90. El escondite
Hago memoria mientras el carcelero y el oficial aguardan mi confesión. Les cuento que aquel desconocido me describió con todo detalle cómo el sol iluminaba el edificio de un amarillo intenso al atardecer. Los dos asienten, impacientes. Las terrazas de la fachada, me dijo, eran alargadas; de esas de tendedero o de paseo de ida y vuelta. No me detalló cuántas alturas tenía, pero me lo imagino con siete.
—¡Tiene siete alturas! —grito. Y es verdad. Afuera nieva y ellos insisten.
—Dinos dónde se esconden esas ratas que tú llamas «camaradas» y no te pasará nada —susurra el oficial.
Un escalofrío recorre mi espalda siempre que cruzo el muro que nos separa del exterior. Pero no les cuento nada de eso. Tampoco menciono aquella cafetería en la que un hombre cualquiera me habló del edificio en el que creció. Por suerte, frente a nosotros, una mujer sale a una terraza del tercer piso y se apoya en la barandilla. Se la señalo. Esta luz realza sus facciones. Los dos se quedan embobados y la observan desde la acera.
—Se llama Marianna —les digo y, mientras el sol se pone, le quito las llaves al carcelero.


La necesidad agudiza el ingenio.
Un poco de fantasía para ganar tiempo, y un poco más para distraer, aprovechando los estímulos externos como aliados: un atardecer, un edificio y una mujer. Para que luego haya quien diga que la imaginación no sirve para nada.
Un abrazo y suerte, Asier
Seguro que consigue su objetivo de escaparse, pero me pregunto qué fue de Maríanna. Necesito saber cómo continuar esta historia.
un abrazo y suerte.