70. El Ruido
El pichón estaba en el piso, recién salido del huevo o de algo peor.
Piel casi transparente, el pico demasiado grande para un cuerpo que apenas existía.
— Es feo — dijo
— Se va a morir — dijo también
El hijo insistió.
Así que lo levantó. No por compasión, sino por cansancio.
El cuerpo era liviano, tibio.
Lo dejó en una caja. Pan mojado. Agua.
Esa noche el ruido empezó.
Era húmedo, rítmico, insistente.
Se metía en la almohada.
Pensó levantarse.
Pensó hacerlo callar.
Pero no hizo nada.
Hasta que el ruido ya no fue tolerable.
Lo levantó otra vez. El cuerpo seguía tibio.
Lo dejó afuera, en un rincón.
Donde no molestara.
El ruido siguió un momento más.
Después ya no fue el mismo.
Cerró la puerta.
Sintió alivio.
Durmió.
A la mañana siguiente, el pichón estaba muerto.
“era de esperarse” pensó, y siguió con su día.
Esa noche soñó con el ruido.
Lo vio en reflejos. En la oscuridad.
Siempre igual: enorme, horrendo, quieto.
Una noche habló.
No con palabras.
Primero vino el rincón.
Después la oscuridad.
Después nada que respondiera.
Y recién entonces, el ruido.
Frío.
Hambre.
Soledad.

