35. En el nombre de nadie (Montesinadas)
Un policía se detiene frente a él, lo empuja, cae de rodillas y empieza a rezar, aunque tenía la certeza de que no era el lugar apropiado y Dios no escucharía sus plegarias. Su madre ya se lo había avisado desde muy joven: “Todo lo malo que te sucede es por falta de fe”.
El policía escupió el palillo que tenía entre los dientes, se le echó encima, le abrasó la cara con el asfalto y lo inmovilizó con las bridas. Con la rodilla hundida en su cuello le aseguró que Dios estaba cansado y había dejado de conceder deseos. Lo sabía de muy buena tinta: en este mundo todo era cuestión de tener buenos contactos y él los tenía hasta en el infierno.
Con la vista fija en las ruedas de los coches, aún alcanzó a ver de reojo un trocito de cielo y pensó en su madre. Seguro que ella podría interceder. Después de tantos años, habría creado vínculos allá arriba y podría ayudarlo. Sin poder respirar, le pidió que no terminara todo en aquella avenida y pudiera volver a escuchar los golpes de los presidiarios en las paredes.

