Guía para encontrar la salida
En la oficina de correos del semisótano se saltaron su turno y esperó una eternidad hasta ser atendido. La empleada le explicó que el funcionamiento era automático y en la pantalla aparecían los números de manera rigurosamente consecutiva, habrá sido un despiste suyo, caballero. Aceptó la humillación con tal de acceder al exterior cuanto antes. Recogió el sobre y bajó al garaje: no pudo abrir el vehículo porque el mando no respondía. Se dirigió a su apartamento a por la copia, pero no consiguió entrar: la llave no encajaba en la cerradura. Se internó en el edificio de su infancia. Una apresurada nostalgia lo empujó escaleras arriba. La puerta del que fuera su domicilio se hallaría entornada, según le indicaron. Recorrió el pasillo donde había jugado con sus hermanos y se metió en el diminuto cuarto del fondo lleno de los trastos de siempre. No miró atrás. Solo releyó la carta. Abrió el ventanuco e imploró ayuda. Entendió que al otro lado alguien tiraría de él. De su cabeza, porque no había otro modo de salir de aquel aprieto. Como entonces.

