Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

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80. Ictericia o la enfermedad del amor

Tumbados en la playa, el sol nos acariciaba la piel con cierta delicadeza. Cuando quisimos darnos cuenta, estábamos tan calientes que tuvimos que salir corriendo a refugiarnos en el hotel, dejando un reguero de bermudas y bikinis por la escalera de incendios. Aquel verano el destino nos cruzó como a perros y el verbo amar por fin se hizo carne. Lo conjugamos en todos los tiempos, en todas las personas, en todas las posturas. Yo la amé y ella también me amó y dejamos colgado el cartel de no molestar del picaporte del dormitorio durante el resto de las vacaciones. Encerrados en la habitación, nos olvidamos de comer y beber, alimentándonos solo de nuestros cuerpos. Exhaustos por el esfuerzo, deshidratados, acabamos vomitando mariposas sobre las sábanas y fuimos perdiendo peso. Empezamos a palidecer. Poco a poco, el tono dorado de nuestra piel se fue decolorando, hasta perder definitivamente todo el moreno que habíamos cogido durante los primeros días. Aquel verano estiramos tanto el verbo amar que nos volvimos amarillos.

1 Respuesta

  1. Ángel Saiz Mora

    Todo exceso es negativo, o eso dicen. Estos días veraniegos no dejamos de escuchar advertencias sobre los peligros de una exposición al sol durante demasiado tiempo. Esa solanera desmedida del principio de tu historia, sin embargo, no es sino el preludio de la desmesura física y sensual en la que iban a sumergirse los protagonistas en la intimidad de su habitación de hotel.
    El cuerpo no hace sino reflejar el trato que le damos, no siempre el adecuado, como la obesidad, las ojeras o una resaca. En el caso de tus personajes terminan amarillos a causa de su fijación. Pese a todo, creo que la mayoría de los lectores no les recriminarán nada, ni pensarán que reciben la justa consecuencia a su entrega obsesiva, más al contrario, ese tono amarillo, mucho más que cualquier bronceado, puede ser motivo de abierta envidia.
    Un relato que puede tomarse de modelo de cómo un relato, bien conducido, puede acumular intensidad de principio a fin, alejando toda sensación de indiferencia.
    Un abrazo de verano y suerte, Ernesto

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