Imágenes de la ausencia
A las afueras de la ciudad, donde los barrios limitan con las fábricas y el campo, donde los patios conviven con tendederos y coches oxidados, los vecinos contratan a Cassiel. El mejor pintor, comentan todos.
El hombre realiza sus trabajos en silencio, imaginando cada una de las escenas. De ese modo, los muros de las casas lucen ventanas simuladas desde las que puede verse el mar; balcones adornados con flores eternas; un jardín con nieve que no se derrite; una estación con un tren que regresa; o, incluso, un pequeño café frente a un tranvía en Lisboa. Todas aquellas imágenes son encargos de quienes sueñan con algo que nunca tuvieron.
La anciana que vive en el bajo del bloque tres, por fin se ha decidido y, sin titubear, le pide una cocina.
Cassiel pinta entonces pucheros humeantes, un periódico doblado sobre la mesa y un reloj detenido en la pared. La luz entra por una ventana que no existe y, aun así, parece cálida.
Cuando termina, pregunta a la mujer si aquella cocina es la de sus sueños.
—No —responde ella, sin apartar la vista del cristal—. Es la que perdí el día que cayeron las bombas.

