LA BUENA NUEVA (Belén Sáenz)
El grupo de novicias que aguardaba turno delante de aquel confesionario componía, por lo numeroso, un espectáculo insólito incluso para beatas y feligreses. Se trataba de muchachas sencillas que habían venido de los campos de labranza o de allende el océano para sustentar con sus almas piadosas los muros del olvidado Monasterio de Santa María Magdalena. Y no es que el sacerdote fuera un hombre apuesto ni que el Maligno las hubiera encandilado, pero lo cierto es que una vez recibido el sacramento adquirían una mirada sabia, hombros erguidos y un fulgor níveo en el hábito. Ya libres de pecado e impureza, las penitentes salían al claustro para practicar las nuevas oraciones que el prior les estaba enseñando: Ave, José. Lleno eres de gracia… susurraban unas. Y otras respondían: Madre Nuestra, que estás en el cielo…


Dicrn que los tiempos cambian en todos los aspectos, y puede que así sea, si la transformación es capaz de alcanzar lo más sagrado, transformando creencias, si no en su esencia, sí en su forma.
Un abrazo y suerte, Belén