La densidad del aire
Me acerco de puntillas a la puerta entreabierta de Matías. Las pompas de jabón flotan entre las estrellitas del proyector; en una veo el parque, en otra su peluche… Matías respira despacio. En ninguna te veo a ti.
Cierro la puerta para que no puedan entrar y camino, evitando el crujir del suelo, hasta la habitación del fondo. Deslizo el cerrojo, inspiro, abro, traspaso el dintel y la puerta golpea el marco tras de mí. Los bloques de hormigón siguen allí. Fueron recuerdos ligeros que revoloteaban por nuestra habitación. Tumbados, los observábamos, elegíamos nuestro favorito y nos besábamos. Cuando nació Matías, sus colores se diluyeron y a los meses comenzaron a fraguar. El techo estaba casi vacío y el suelo lleno cuando te marchaste. Hoy tropiezo con ellos al despertarme, al vestirme, al acostarme…
Aferro uno con las manos, tiro y no logro arrastrarlo. Cojo la maza y la descargo contra él. No se marca. Tampoco hoy. Golpeo de nuevo y golpeo y golpeo hasta que el mango se parte.
Matías comienza a llorar.
Abro la puerta y mis últimas pompas me persiguen intentando salir. Antes de cerrar, veo en una la soga que me alejó de ti.

