6. La Muerte y el silencio
Seguía en pie ante el micrófono, cuando se detuvo un instante. Entonces se giró hacia el ataúd dispuesto frente al altar, tragó saliva y con voz trémula continuó con su discurso fúnebre:
”No podías hablarme, ni oírme, ni verme; las condiciones de tu nacimiento no lo permitieron. Pero mis manos siempre estuvieron contigo, sobre tu piel, hablándote sin palabras. Ojalá haya conseguido… Ojalá hayas sentido todo el amor que…”
Repentinamente dejó de hablar. Apoyó despacio ambas manos en los extremos del atril y dirigió la vista al techo de la iglesia. Permaneció inmóvil durante largos segundos en una especie de trance, como si estuviera escuchando algo. Al cabo, hizo un gesto de asentimiento, devolvió la mirada al féretro y una amplia sonrisa iluminó su recompuesto semblante.
Lógicamente, debido a la intensidad del momento, todos los allí presentes atribuyeron lo ocurrido al fruto de su imaginación. Sin embargo, aquel día la Muerte sí hizo una excepción.


Muy emotivo. Hasta la lágrima, si una no se controla.
Hasta la Muerte puede tener su corazoncito y relajar un poco, alguna vez, su férrea imposición de ausencia, no importa que nadie se crea ese contacto con el más allá, que piensen que es un mecanismo de defensa, un recurso falso e imaginativo. Tu protagonista sabe lo que ha visto y muchos la creemos.
Un abrazo y suerte, Antonio