Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

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15. LAS CAÑAS SE TORNARON LANZAS (Jesús Alfonso Redondo Lavín)

Segundo de bachiller. Dirige el ensayo el hermano Felipe, el rechoncho fraile de tercero. El coro infantil a tres voces y tres filas canta con disciplina:

─Mi abuelito tenía un reloj…

─Parad, mal, mal, muy mal. De nuevo.

─Mi abuelito tenía… Mientras cantábamos lo del abuelito y el reloj, el fraile con el ceño fruncido agudizó el oído abocinándolo con la palma de su mano y fue recorriendo con atención las filas de cantores.

Yo me jactaba de tener buena voz. Mi abuela lo corroboraba. Me encantaba cantar a lo barítono en la ducha. Incluso un vecino músico me animaba a entrar en el coro de la parroquia.

Y un dedo índice, gordo con la uña cuadrada y limpia, se paró en la punta de mi nariz.

─ ¡Tú! ¡Fuera!

Rojo de vergüenza recogí mi voz y salí de la fila, del aula y del colegio, cabizbajo, como para entrar en un vagón destino a Mauthausen.

Camino de casa, rabioso, no dejé de tirar piedras al lecho vacío del canal de Deusto. No dije nada a mis padres. En mi época, esas cosas no se compartían y mis amigos del coro tampoco se chivaron.

Es que mis trinos se tornaron gallos.

10 Respuestas

  1. Rafa Heredero

    Como homenaje a la música, y como forma de comentario alternativo, quiero compartir con vosotros una canción que esté relacionada con algún aspecto de vuestros relatos. Espero que te guste la que he elegido para el tuyo.

    RADIO FUTURA – El canto del gallo
    https://youtu.be/q-BTtf1SUBA

    1. Jesús Alfonso Redondo Lavín

      Gracias Rafa. No soy consciente, tampoco es tan raro en mi caso, de haber prestado atención a esa canción, pero me ha gustado tu invitación y he gozado de su ritmo pegadizo. Como puedes suponer mis gallos eran los de la preadolescencia. La barba, para mi vergüenza me tardó más en salir.

  2. Ángel Saiz Mora

    A veces tenemos un concepto de nosotros mismos demasiado elevado, que no siempre se corresponde con la realidad. Tu protagonista, al menos, tiene la grandeza de reconocer al final que sus trinos «se tornaron gallos», lo que enlaza con el bonito título de este relato, que casi doy por hecho que tiene, como suele ser habitual en tus letras, algo de autobiográfico.
    Es muy cierto lo que cuentas de que los incidentes que sucedían a los muchachos en el colegio o en otros ámbitos no se compartían en casa, no tanto por vergüenza o pudor, sino por miedo a recibir, tras el traspié, algún cachete en casa, por toda comprensión. Es la pedagogía que había antes en muchos casos. El caso es que pese a ello, o tal vez por ello, quién sabe, aquí estamos.
    Un abrazo, suerte y buen verano, Jesús

    1. De cualquier modo, Alfonso, ese era un mal profesor. Últimamente oigo mucho lo del efecto Pigmalión, y, estoy de acuerdo en que a veces hay que decir las cosas, pero el secreto está en cómo se dicen y, por supuesto, en qué momento. Fueran gallos o trinos, un niño no se merece que lo avergüencen… bueno, ni un niño ni nadie.
      Que siga cantando ese chiquillo por Dios, aunque sea en la ducha o haciendo dúos con su abuela.
      Un abrazo Jesús. Feliz verano.

      1. Jesús Alfonso Redondo Lavín

        Gracias Mercedes, por comentar. Es cierto lo que dices y considero que yo fui bastante afortunado respecto a otros compañeros objeto de escarnio y adulación pública excesivos.

    2. Jesús Alfonso Redondo Lavín

      Y además, cuando vives en un entorno familiar tan cariñoso como el que yo tuve, no querías decepcionar a los tuyos. Ellos me hacían entender que tenían un hijo maravilloso y yo a fuerza de estos golpes sabía que no era para tanto.

  3. Un tal miguel

    Casi estoy viendo al hermano Felipe, vivaracho, energético, con su cabeza de bola de billar y su hablar echando escupitajos peligroso para cualquier pandemia futura 60 años después. Al final se les recuerda con cariño.
    ¡Quien te iba a decir que con el tiempo ibas a revivir aquel momento!. Ese fue otro grano de arena en tu intento de hacerte mayor. Disfrútalo ahora que bastante berrinche te llevaste.

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