67. Lo que el tiempo al guante
En aquel lugar, conforme se alejaba el frío, los guantes escapaban sigilosos de los roperos. A pares siempre. En días cálidos, era común ver bandadas de ellos, como palomas de diez dedos, cruzarse con grupos de aves, que, por el contrario, llegaban en busca de mejor clima. Llamaba la atención cómo algunos largos, de los de casarse o hacer estriptis, antes de huir del todo, sobrevolaban los campanarios, creyéndose cigüeñas.
Para mayo no quedaba ni uno en la ciudad. Salvo los de boxeo, que intentando fugarse de los gimnasios, con zumbido de moscardón, solo conseguían volar a ras de suelo, como avestruces o gallinas negras; acabando casi siempre estrellados contra tapias y tranvías.
Pero la población mostraba ya poco interés en retenerlos. Al llegar el otoño, solo los más, pero cada vez menos, frioleros oteaban el cielo, soñando verlos volver; como si fueran migrantes de retorno. Lo escudriñaban con esperanza varios atardeceres, antes de resignarse a conseguir otro par. Entonces, se dirigían a la última guantería que aguantaba, en la que sus ingenuos dueños sustentaban una fe, nada menguante, en que los inviernos volverían a ser tan rigurosos como cuando, tomadas como acantilados, los guantes anidaban prolíficamente en sus estanterías.


Original, poético y estupendo relato. Aparte de todo, me encantan esas aliteraciones y sutilezas nada menguantes.
Un abrazo y suerte, Miguelángel.