20. Me llaman el querulante (Jesús Alfonso Redondo Lavín)
Sr. Presidente:
Con su acostumbrada contumacia, de nuevo hoy a las 9-20, la joven rubia del perrito blanco, ese adorable bichón-maltés, atravesaba el jardín de la finca en dirección a las pistas de pádel. Se distraía en los pantallazos de su celular. Tras ella, el faldero, suelto a distancia apreciable, gozaba con su hocico del frescor del rocío con que los aspersores habían emperlado las hierbas del césped. De pronto, me fijé desde mi terraza, el chucho cabrioló sobre sí mismo hasta orientarse norte-sur, encorvó su espinazo y su peristáltica dejo como huella un simpático zurullito, que quebró la fila de unas hacendosas hormigas.
El perrito, ya descargado, corrió hacia su dueña. La joven de cabellos dorados siguió impertérrita, ajena a cualquier culpa, desapareciendo tras los arbustos, dejando abandonado, secándose al sol, el canino regalo para el cortacésped del jardinero.
Bajé para verificar lo que vi desde la altura. Efectivamente, a primera vista, el cilíndrico residuo era de consistencia media, ni dura ni blanda, segmentado, sin signos de parásitos intestinales y de color marrón-chocolate, características que indicaban la buena salud del pequeño blanco maltés.
Ruego actúe en consecuencia.
Adjunto al documento la foto del excremento.
19/9/2026
El vecino del sexto.


Guando se aprecian conductas incívicas, quienes las cometen, sin ningún rastro de culpa, además, puesen encontrarse con ciudadanos vigilantes, a los que quizá se pueda tildar de quejicas, pero que no existirían si los «sin culpa» actuasen de forma correcta y solidaria.
Un suceso cotidiano, demasiado frecuente, contado con estilo, lejos de lo escatológico.
Un abrazo y suerte, Jesús.