54. Misivas y conciencias.
El papel cruje al ser desplegado. Tiembla y se humedece en las manos del hombre que lee extrañado las cabriolas de tinta que surcan de negro el blanco.
“Me han permitido escribirte por ser un caso inaudito o insólito. Vamos, muy raro. Sólo quiero ayudarte y terminar con esto. De verdad que te entiendo, pero lo de ayer no se puede repetir.
He oído que tu padre era una leyenda y que ahora te toca a ti seguir sus pasos. Vale que no es un oficio bonito, pero es muy útil y necesario. Bueno, al menos en mi caso.
Ayer noté tus nervios cuando no atinabas con el collar y me pellizcaste al cerrarlo. Me dejaste a cuadros cuando me pediste perdón apurado. Tiene gracia. Por eso te dije que también era mi primera vez, por relajar el ambiente y quitar hierro. Cuando después dije lo de que fuera rapidito y a la primera no era mi intención meterte presión. Supe que la cagué al escuchar el porrazo en el suelo y el murmullo de los asistentes. Culpa mía.
Hoy tienes que cumplir. Entiende esto: Lo merezco. Lo necesito. Haz justicia.
Atentamente R. R”


Un verdugo que siente culpa y hasta se desmaya no es muy profesional, pero sí humano, en un oficio en el que solo se espera que la persona se convierta en mero y frío instrumento. Un reo que siente culpa por el fracaso de su ejecutor muestra también una humanidad inesperada. Según Google, las siglas R.R. se corresponden con las de un famoso condenado de EEUU.
Un relato con reparto de culpas muy diferentes, que en un caso y en el otro evidencian que tener conciencia es posible hasta en los momentos más críticos.
Un saludo y suerte, Carlos