¿Padre?
¿PADRE? (Gema Herráez)
Tumbado en la cama, con todos esos cables que transportan la vida artificial, parece inofensivo. Lo mira con los ojos cargados de pasado hiriente, de lágrimas infértiles que sólo alimentaron la autocompasión. Le hacía sentir pequeño, peor aún, por su especial sensibilidad, defectuoso. Nunca una palabra amable. Por dentro guarda escombros emocionales. Por fuera se ha construido una coraza, frágil pero eficiente, gracias a que corazones ajenos supieron aceptarle y brindarle respeto. Y ahora está sentado al lado de su cama esperando una muerte que tantas veces deseó como única escapatoria a su carácter hiriente y devastador. Padre, ¡qué palabra tan malgastada en él! Ni siquiera la palabra madre pudo frenar el tsunami de su agresividad. No sabe por qué está ahí. Quizás porque quiere reivindicar la bondad que no heredó pero que es capaz de sentir. De pronto abre los ojos. Quisiera reconocer en ellos la culpa, el perdón, pero solo ve miedo. La máquina empieza a pitar y una línea recta marca el final. Sin preaviso, inesperadamente, brotan lágrimas de sus ojos por lo que fue y por lo que pudo ser.

