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Yo era tan solo un niño, el pastor número 8. Desde mi modesta perspectiva, el Belén siempre me había parecido un lugar aburrido. Todo el año esperando en el fondo de la bolsa para acabar colocado en el sitio de siempre, junto a las puñeteras ocas.
Pero aquel año fue distinto. Aún recuerdo el grito de la lavandera, tras encontrar el cadáver de Melchor flotando en el papel de plata. En menos de una semana el herrero murió abrasado en su taller, los soldados de Herodes aparecieron decapitados, y descubrimos al caganer enterrado en el musgo. “¿Quién puede estar haciendo esto?”, nos preguntábamos.
Volvimos la vista hacia el portal, esperando una respuesta. El Ángel había bajado y estaba conversando con María y José. No sé de qué hablaron, pero al día siguiente todas las figuras se habían recuperado y ocupaban su lugar.
Nada extraño ha vuelto a suceder desde entonces. De todas formas, me alegro de seguir siendo el pastor número 8 y estar lejos del portal. Ese niño siempre me dio mala espina.
De tanto oír a los niños del lugar,
el elefantito sin trompa quiso probar.
¡Navidad! bueno tenía que ser,
ya que todos su alegría dejaba ver.
-“Solo es cosa de ilusión”, oía a los mayores,
“regalos para todos los que no han sido los peores”.
-¿Yo cómo habré sido?
¿Seré malo y por eso mi trompita se me ha partido?
Hablan de un tal “Papá Noel”,
buscaré la manera de que me encuentre… o yo a él.
Dicen que baja por chimeneas, trepa balcones y también que llega volando en trineo.
Le pediría un cencerrito, para que nadie se asuste y oiga mi tintineo.
¡Ya sé! El árbol más frondoso y bonito buscaré,
y para comer por el camino sus frutos y ricas hojas le guardaré.
Después de un arduo trabajo, que en ningún momento le pudo, por su gran expectación, rendido a pies del árbol quedó dormidito sin saber que le llegaría su ocasión.
Entre sueños oía cascabeles, ruido de celofanes y renos que daban grandes resoplidos.
No lo podía creer, Papá Noel de blancas barbas, su regalo zarandeaba entre los más bellos sonidos.
La Navidad también premió al elefantito,
sin trompa, pero contento y orgulloso con su cencerrito.
– Fue muy bonito lo que hiciste por ella…
-!Mentí y robé a esa mujer¡
-La hiciste feliz…
A pocos días de su llegada sabía dónde encontrarlo en la iglesia del pueblo. “Tal como el año pasado, Manuelito: un buey, un asno, ovejitas y tu soledad como la mía. Este año, Condesa no parió, Platero más viejo y cansado, las borreguitas, percudidas, apenan con su respirar; Berni, no ladra, solo quiere protección… Tengo un plan, Manuelito, no puede fallar”.
El veinte escogió el lugar bajo de un chirimoyo y su concavidad con estrellitas sinfín. El veintiuno ubicó la cantera, el manantial, cubrió de verde la explanación. El veintidós, con pasión desbordaba, sus deditos moldearon la arcilla y fueron apareciendo palomitas, gallinas; condesas generosas, briosos plateros y corceles, ovejitas de toda laya por manadas; agregó cerditos… y aseguró la propiedad con bernis intimidantes. El veintitrés construyó una casita compacta, espaciosa, con ventanales y techo de tejas. El veinticuatro esculpió a su padre vital, a su madre le dibujo una linda sonrisa. Comprobó que todo estaba bien, se sintió colmado, feliz, maravillándose de su obra… En la noche, a las doce, corrió hacia la iglesia, se escabulló entre los presentes y se acercó lo más que pudo, le habló quedito: “¡Manuelito! ¡Manuelito!… Cumplí mi parte… Te toca soplar”.
Me pongo muy nervioso. Son los días claves para demostrar que he sido un niño bueno. Nada puede desviar mi atención. El beso con el que recibo a mi padre al llegar del trabajo me indica que ha llegado la hora.
– Mamá, dame la basura.
Mientras ella cierra la bolsa, a hurtadillas, toco el fondo del bolsillo del abrigo para asegurarme que aún sigue ahí.
– No tardes en subir. No hables con nadie. – Me dice.
Bajo las escaleras, abro la puerta y me recibe el gélido aliento de la noche. Tengo que darme prisa o mis padres empezarán a sospechar. Abro la tapa del contenedor, aguanto la respiración. Ya está. Ahora corre.
El banco está en la esquina, no lejos, pero lo suficiente para llegar jadeando por el esfuerzo. Él me está esperando. Lo sé. Me vigila. Y yo no puedo fallar. Saco del bolsillo el desayuno de cada mañana y se lo ofrezco como cada noche.
– Come, come, Gaspar, – mascullo mientras subo las escaleras – a mi no me engañas.
Aún recuerdo aquella Navidad, de niña. Refugiada en la oscuridad del descansillo escuchaba su risa grave al otro lado de la puerta de enfrente. El frío atravesaba los agujeros de mis zapatillas mientras pensaba en su rostro de apariencia afable, mirada dulce y mejillas sonrosadas. Le había pedido un trabajo para papá y un pintalabios para mamá. Para dibujarle una sonrisa.
Pero ese año tampoco pasaría por casa. Fue lo último que pensé antes de arrancar el cartel de la pared y reducirlo a una pelota arrugada en mi bolsillo.
Todos se sobresaltaron cuando aquella madrugada del veinticinco de diciembre un eco de campanillas y un ruido sordo retumbaron ocho pisos más abajo. El orondo cuerpo del señor de traje rojo y barba blanca se había precipitado al vacío. Junto a su cráneo roto, las piezas faciales de un juguete con forma de patata aparecían dispersas por el suelo, confundiéndose con las propias.
Desde entonces, la imagen dantesca de cachivaches, purpurina y huesos rotos sigue apareciendo ante mí cada vez que hojeo las páginas del viejo libro de cuentos de Poe. Entre ellas asoman los restos de un magullado papel donde se lee: “Peligro. Ascensor fuera de servicio”.
Papá dice que el Papa dijo que los reyes magos no vienen de oriente. ¿De dónde vienen entonces? De Tartessos. ¿Dónde está Tartessos? Esto era Tartessos.
Ahora que sé que los reyes Magos son andaluces y que la mula y el buey no estaban en el portal, se me ocurre un cuento muy gracioso.
Andaban por el desierto María y José -andaban, porque no había mula- camino de Belén. Se detuvieron en el portal porque María rompió aguas. No había bueyes a la vista para calentar al niño cuando naciera, así que José hizo una candela con rastrojos y un poco de leña. El niño nació, pero José y María no sabían que nombre ponerle.
Melchor dijo al entrar: ¡La virgen, que frío! Cuando entró Gaspar y escuchó los estornudos de Melchor, dijo: ¡Jesú! Ese nombre me gusta, replicó María. Y le pusieron Jesús.
Sujetando dos sogas atadas al cuello de sendos animales apareció Baltasar. Melchor dijo: ¿Que traes ahí, miarma? Gaspar añadió: Yo me los crucé, picha, pero iban que se las pelaban. Baltasar sentenció: “Cuando los vi pensé: ¡no-ni-ná, quillo! Diga lo que diga er papa, cuando lo diga, la mula y el buey se vienen pal portá.
Cuando ya de madrugada y achispado por el vino mi abuelo se enfundaba su traje de Papá Noel para repartir regalos entre los niños del barrio, yo me debatía entre creer en su agnosticismo declarado o simplemente en su buen corazón.
La repipi de Ceci y el suavón del Pomposo eran dos cuervos. Venían a casa en Navidad y se suponía que éramos primos.
Aquella Nochebuena, cuando nos mandaron a la salita para que no enredáramos en la cocina, Ceci dijo que papá era un vago, que llevaba un año en paro, y que el suyo nos iba a echar a la calle. El Pomposo añadió que era una vergüenza que mamá trabajara fuera de casa. Mi hermano temblaba de rabia, pero yo sujetaba su mano.
Señalé el patio:
-Mi bici es mejor que la tuya.
La muy tonta picó, y tan pronto salió al patio cerré la puerta y la dejé fuera bramando y tiritando, para que probara el frío de los que no tenían techo. El Pomposo se puso a gritar y le derramé sobre el pantalón una jarra de ponche. Como su madre temió que se resfriara, pasó la velada vestido con una falda y unas bragas. Fueron las mejores navidades de nuestra vida.
Ganamos aquella batalla, pero no la guerra.
Hoy Ceci dirige un banco que echa a la gente de sus casas, y el Pomposo es tertuliano en una cadena de televisión. Siempre lo supimos.
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