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Hola, vaya sorpresa…
Un beso rápido en la mejilla después de tanto tiempo, un andén, un encuentro, un par de frases intrascendentes, los caminos en sentidos opuestos.
Más no es tan corto un instante para buscar el ardor de tus ojos, esa mirada que como el fuego es capaz de calcinar la ropa que traigo encima. Pero al encontrarme con ellos, una gris capa obstaculizó mi visión.
El tren llegó, un simple adiós con la promesa de siempre de que llamarás…
Abordé quedándome de frente, con la mano levantada para despedirme. Cuando la puerta cerró y comenzamos a avanzar, en la ventana vi mi propia mirada reflejarse. Tampoco ardía fuego ya, éramos humo de pasión que se apagó.
Nunca llamaste más…
Ella siente fuego en la cara. Él la zarandea entre gritos e insultos. Ella quiere mirar, pero no; intenta defenderse, pero no; trata de escapar,… pero tampoco puede. Rota, deformada se esconde entre el miedo y su túnica azul.
—El control del fuego supuso un hito en la historia de la civilización. Los antropólogos sostienen que fue el homo erectus el primero en controlar el fuego.
—¡Menudo rollo de prehistoria!
La chica de las gafas azules prefiere las matemáticas y el inglés… Garabatea en su cuaderno una gran nave espacial.
—Te va a ver el profe…
—¡Y me va a arrastrar de los pelos como un cavernícola! —le susurra, mientras se quita sus gafas azules para hacer muecas, imitando a un mono.
La chica de la túnica azul no sabe qué homínido controló el fuego. Acurrucada en la calle, mientras el ácido deforma su rostro, siente un golpe en la cabeza… ¡Se lo merecía! La chica de la túnica azul ya no grita, no se mueve.
Mientras trajino por la chabola, la vigilo. Alimento el fuego, compruebo que tengo agua caliente y barro en silencio sin apenas levantar el polvo del suelo. Todo mi ser está volcado en ella, en mi pequeña, en vigilar el movimiento de su pecho, en su fiebre. Mientras escucho como delira, recorro otra vez el espacio que forman las cuatro paredes que nos protegen del frío y por las que sigue colándose el aire del invierno. Temo por ella y por nosotros; temo por lo que sería de nosotros sin ella.
Se abre la puerta, es él, la cierra corriendo. Compruebo que ha adelgazado estos días, que está más viejo; pero me parece que su gesto está algo más relajado mientras rebusca entre sus ropas ansioso. Con cuidado y con una sonrisa, me muestra una pequeña botella llena de un líquido color ocre; sé lo que es, la medicina que venden los buhoneros de la ciudadela. No sé cómo lo ha logrado pero yo también sonrío, ahora sé que la niña se curará y, mientras hago que beba un poco, doy gracias a Dios y rezo.
Marzo 1244:
Los ojos de Bruna refulgían como el fuego, como el fuego de la hoguera que la esperaba. Erguida y serena, iba caminando con los demás cátaros por no haber renunciado a su fe.
Recordaba el asedio sufrido durante meses en el castillo de Montségur, en lo alto de la montaña. Cuanto más se acercaba al fuego, más brillaban sus ojos. No tenía miedo, pues iba a encontrarse con el Padre y atrás dejaba este mundo de sangre y fuego.
Además, regresaría…
En las noches de tormenta, suele aparecer una Dama Blanca cerca de las ruinas del castillo. Baila y canta canciones tristes. Dicen que en la zona del “Prat del Cremats” se puede percibir una energía poderosa … son las almas de los que allí perecieron.
La causa estaba clara: intencionado. El autor, un misterio que todos pretendían no saber. Mil conjeturas, cada vecino su propia versión, mil versiones. Por el día, las cenizas lo matizaban todo, infundiendo al pueblo un aspecto de castigo divino, de fin del mundo. Por las noches, mientras duró, el espectáculo era impresionante, surrealista. Todos subíamos a la plaza de arriba para contemplar con una mezcla de maravilla y horror el amenazante cerco de fuego que perfilaban las montañas y que una semana de brigadas e hidroaviones no habían logrado apagar. Ignacio, siempre solo bajo el olmo, era el último en irse a casa: se quedaba hipnótico mirando el fuego. Desde que regresó del ejército no era el mismo.
Días después de sofocado, aún desprendía calor la tierra; el río bajaba ennegrecido e Ignacio, con la mirada vacía, deambulaba de bar en bar. Siempre estaba fumando. En aquellos días, ya no se hablaba con nadie.
Al
borde
de la carretera,
como cada atardecer,
ella esperaba engalanada
con su vestido amarillo.
Él, ciego de amor,
acudía puntual
todos los
días
en busca de ese deseado momento de
intimidad que nunca llegaba.Mientras daba vueltas y más vueltas intentando acercarse, le parecía tan bella como inalcanzable, siempre rodeada de su cohorte de admiradores. Una noche por fin se atrevió a besarla. Durante
un instante sintió el fuego de una pasión que habría podido ser eterna. Después, mientras caía herido de muerte, el mosquito miró por última
vez la luz cegadora de su amada farola.
Cuando lo vio subir al bote dispuesto a todo, Calíope cayó de rodillas, juntó las manos y con los ojos rojos de llanto, imploró:
—¡Ay, barquero! ¡Díselo! A mí no me escucha. Dile que no baje al inframundo. Dile que la olvide. Convéncelo. Aunque jamás podrá rescatarla del abrazo del fuego, está tan enceguecido que persiste en la idea por más que nadie dé apoyo a su locura. ¿Es que no teme a las llamas que como arrebatados tentáculos obstruyen el camino? ¿No le basta con el amoroso cobijo que le brinda mi regazo y el aroma tibio de las sábanas del lecho donde lo acuno cada noche? ¿Qué busca? ¿Arder en otros brazos? ¡Ay! No lo cruces, te lo ruego. Que no baje hasta el reino de Hades. ¿No ves que acabarán mis esperanzas? Si vuelve, será con Eurídice; será porque pactó con el señor del fuego. Si no, es que acabó quemándose hasta no ser más que cenizas. Dime: ¿Es que ni matándola he podido alejar a esa ramera de mi niño?
Inmune a toda súplica, Caronte cruzará plácidamente el Estigia llevando a Orfeo a la otra orilla. Carece de poder para cambiar destinos.
Me contó de lugares y gentes, de los hombres a los que amó y a los que abandonó, de su vagar en pos de sentirse libre. Sus ojos, refulgentes, ascuas como el fuego que nos calentaba. Junto a la chimenea, los troncos se deshacían entre leves crujidos, como mi rabia y su vida, una vida que ahora yo entendía, después de haber esperado por aquella confesión durante años. Allí, al calor de las llamas, comprendí a mi madre.
Fuera, la lluvia y el cierzo hacían añicos el tiempo perdido. El fuego ya se encargaba de purificarlo.

Esbeltas bailarinas que danzan mientras rechinan las tablas, pájaros de color amarillento que vuelan en medio de la negrura del cielo, grandes rubíes que destellan su fulgor por un tiempo no muy prolongado y grisáceas nubes odorantes que suben a toda velocidad producidas por un mar de magma y calor.
La imagen lo dejaba impactado, -¡No hay nada como el fuego!- Solía repetir en voz alta, pero…, ¿por qué entonces se lo asocia con la catástrofe y la destrucción? ¿Por qué en el Infierno hay fuego y en el Paraíso no? ¿No pasan frío las almas buenas? Si la combustión es controlada y se maneja con cuidado, resulta vital.
Estas disquisiciones lo estaban volviendo loco, por eso decidió incorporar una cláusula prohibitiva a su testamento: no vaya a ser que justo al final, su admiración por lo ígneo se estropeara.
Aún guardo en mi retina esa fotografía de aquellos jóvenes impresa en blanco y negro en el couché de mis recuerdos. Su historia –dicen– fue una tragedia, un espanto; estarían enfermos… ¡no!, ¡aquello fue distinto!
Comenzó una tarde en aquella esquina del viejo edificio de la facultad donde cada tarde se citaban. Una mirada, un beso y el mundo se suspendía, sólo el otro existía. Pero aquella tarde, cuando sus bocas se alimentaban la una en la otra, ella notó –algo–un resplandor, un fuego helado recorriendo su espinazo; no te ama, sus besos son para otra. Por un momento, una hebra imperceptible de tiempo apartó sus labios de los de él. Después, siguió besándole como siempre. No dijo nada. El percibió la duda, la negación en los ojos de ella. Tampoco dijo nada.
Aquel fulgor reapareció, aleatoriamente al principio, incesantemente después. Ella pasaba las noches en vela; no me ama, sus promesas están vacías… El golpeaba con sus puños las mañanas, maldiciendo al mundo por perderla. Jamás dijeron nada. Unas palabras sin sentido escritas en tinta roja.
Pero sé, aquel rayo destructor que vi entonces no cesará, aquella visión –horripilante guadaña espectral– sigue su camino, otro corazón quizás aguarde.
—¿Y cuándo será el incendio?
—Eso no se lo puedo confirmar, don Luis. Hoy mismo, dentro de unos días… Las órdenes las mandan los de arriba, ya se lo dije.
El de la barba gris garabatea algo en un papel y recogiendo su maletín se levanta para marcharse.
—Te veré en una semana, Rodrigo, a ver si sabes algo más.
El muchacho asiente, aturdido, sin parar de retorcerse las mangas de la camisa.
Agotado tras la última consulta del día, el doctor abandona el edificio. Aspira una bocanada de aire fresco y busca en la chaqueta el paquete de cigarrillos. El vigilante de la puerta le ofrece lumbre. Qué cabeza, otra vez se ha dejado el mechero en casa.
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