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Mi hermano Miguel era dos años menor que yo, y una carga que me seguía a todas partes como una mala conciencia.
Éramos apenas dos adolescentes cuando estalló la guerra, y aquel día que llegaron los soldados, nos sorprendieron trabajando la tierra. Altaneros y terribles, se pararon frente a nosotros para enfrentarnos con una siniestra disyuntiva: el primero que matara a nuestro perro, que les ladraba insistente y amenazador, quedaría libre. El otro tendría que acompañarles a la plaza del pueblo para ser fusilado.
No sé si fue el terror que me movilizó en sus filas pero, sin pensarlo siquiera, empuñé el azadón para acabar a golpes con la vida de ese inocente que me miraba encogido sin comprender mi furia. Las risas de los soldados me despertaron de esa cruenta enajenación, y entonces miré hacia atrás. Con los ojos bajos y los brazos caídos, Miguel permanecía impasible. No había intentado siquiera algún gesto para defender su vida. Mi hermano.
Solo habían querido divertirse a nuestra costa, y nos dejaron libres a los dos. Fue entonces cuando levantó la vista para ver como se alejaban; Después nuestras miradas se encontraron. Sus ojos quemaban como el fuego.
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La conocí entre whiskys y vodkas. Le presenté a mi sonrisa y me guiñó un ojo. Ella estaba sola en la ciudad esa noche. Yo estaba estresado por mi futura boda. Recuerdo vagamente una banal conversación. Las risas se intercambiaban sutilmente con coqueteos. Cambiamos el oscuro bar de copas por una luminosa suite, en un hotel. El ascensor fue el primer testigo de nuestra pasión. Pecaminosos besos se intercambiaban con obscenos cariños. Me costó abrir la puerta de la habitación, aunque ella no pareció tener el mismo problema con mis pantalones. Me vienen a la mente sus jadeos, mi sudor, los olores de nuestros cuerpos, los arañazos en mi espalda, sus dientes mordiendo mi piel. No puedo explicar con palabras la enorme satisfacción que alcancé aquella noche, con un clímax tras otro, hasta acabar exhaustos. Desperté solo, en una habitación desastrada, confuso, cansado, dolorido y con resaca. Tenía varias llamadas perdidas de mi chica, a la que nunca podría
volver a mirar y amar de la misma manera. Cancelé la boda, pues estaba obsesionado con la imagen de mi fugaz amante. Entró en mi vida y, en unas pocas horas, arrasó mis cimientos… como el fuego.
Se propagó entre los matorrales como un reguero de pólvora; pisoteó la hierba de los prados y, mofándose de todo cuanto abrasaba a su camino, se dirigió hacia las casas. Al llegar, se encaramó a una de las paredes lechadas, ascendió sigiloso por la escaleras y acarició con sus manos la madera de las puertas. Desde allí, bajó al salón, donde bailó de seguidas con una mujer hasta que la depositó extenuada sobre el lecho más cercano. Cuando el cuerpo exhaló su último aliento, se adentró en el patio y rompió cual tenaza el alambre del corral, segando las vidas de los animales que yacían en su interior. Acto seguido, continuó su danza por las veredas de la noche, riendo a carcajadas y buscando entre los tejados de las viviendas un sitio donde descansar. Su memoria ardió ruidosamente y en la combustión de sus entrañas solo quedaron cenizas de odio y rencor.
La noche del 23 de Agosto de 1572 el odio hacia los hugonotes se extendió como el fuego lo hace en un pinar sediento.
Catalina de Médicis y su hijo Carlos IX de Francia decidieron exterminar a los cabecillas protestantes, pero la matanza no tuvo límites. Corrió la sangre por las calles como los ríos discurren por su cauce.
Matar resultaba sencillo para los católicos amparados en el dios verdadero y en lo que creían la cruzada perfecta: Limpiar su propia ciudad, París, de cucarachas. Unas 2000.
Catalina no pretendía que las cosas discurrieran así, pero no sentía que todo estuviera en su mano y en la de su hijo. Además, ella había sufrido dolores mayores que los que ahora sufrían los hugonotes.
Ella, Catalina de Médicis, había visto a su marido, Enrique II, sentado sobre el regazo de Diana de Poitiers haciendo sonar la guitarra, e incluso en alguna ocasión tocándole las tetas, esas que ella percibía como más tersas.
En las cambiantes luces del espejo se esfumó, la traviesa niña rubia y su hermano que trepaban a los árboles o escalaban el tapial a la hora de la siesta.
Maduró la grácil e idealista jovencita enamorada.
Envejeció la madre que ambicionaba un porvenir venturoso para sus pequeñuelos.
Cambió mi figura, me delatan la redondez de mi cara y mis caderas, se ensanchó mi sonrisa suavizando mis rasgos europeos, las arrugas dibujan el largo camino recorrido y mis fuertes manos amparan a todos los que quiero.
Ya no tengo la belleza de la juventud, si las ansias y proyectos.
Celebro cada amanecer y agradezco cada día. Fueron muchas las dichas concedidas, también tristezas y lágrimas por duelos.
En el balance de mi vida, feliz compruebo que el haber supera al debe.
Soy audaz, independiente, inquieta, escribo cuentos y poemas.
El otoño trajo nuevas alegrías, nietos, familia y amigos.
Pedir más no puedo.
Mis ansias y deseos aun arden como el fuego y entibian mi corazón lleno de anhelos.
Y él la miraba como quien ha encontrado un tesoro y necesita desenterrarlo y a ella ese brillo llevaría su cuerpo y su alma donde quisiera. Es cuestión de piel.
Comienza la combustión y se besan y se acarician rápido, sin algo de la ropa que últimamente siempre sobra.
Se mueven al unísono durante un rato aunque sin armonía. Él se abandona.
Ella lo siente y le busca por segunda vez. Nota que ya no está allí pero quiere traerle a su lado. Necesita de su cuerpo, de sus caricias que ahora pueden ser directas y sin pausas.
Después solo queda su olor y la lluvia que golpea los cristales.
Poco a poco el celeste de él se torna gris, lleno de nubarrones de remordimientos que ella trata de evitar y el camino de vuelta se vuelve abrupto y frío.
Ella solo quiere saber por qué entonces llegaron tan lejos y desaparecería para no seguir notando el bajón de él que retumba desde su corazón. Bum. Bum. Bum.
Y él, de pronto, no quiere saber nada y las llamas se apagan dejando un laberinto de dolorosas cenizas”.
Como el fuego, tus manos moldean mi cuerpo llevándolo a la perfección. Dibujando en él los matices escondidos de la pasión que nos envuelve. Como el fuego, arde mi sangre que llega a mis entrañas con idilios jadeantes de deseo. Te miro y en tus ojos puedo ver a la bestia que nace en ti, me despoja de todas mis fuerzas y me hace tuya, una vez y otra más, hasta que el fuego que nos envuelve se apaga, dejando paso a las frías y grises cenizas.
Sin saber por qué, son atacados y callados. Se les arroja por un precipicio de desesperación eterna y se les reducen a cenizas.
De sus propias cenizas resurgen como ave fénix. Son moldeados y maquetados. Se les introduce el chip mártir de la obediencia y son programados para servir y acatar.
Primero, les llenan las mentes con promesas envenenadas para más tarde empaquetarlos como hermanos gemelos en una caja que les separa de la realidad. Esos son los ingredientes del (humano) juguete perfecto.
Rojo cálido como el fuego, así era el color de su pelo, un sorprendente color que coronaba su hermosa cabeza, altiva y a la vez cercana, bella, y siempre extraña.
Aquella cara, tierna y llena de misterio, era capaz de hacerme sentir el ser más feliz de la tierra o el más desgraciado del Universo, con tan solo dirigirme un gesto.
Por eso, en cuánto veía que se acercaba a mí, trataba de desentrañar en cada uno de sus gestos, cuál sería su veredicto.
Cada tres meses, pobre infeliz, yo trataba de intuir en su mirada cual sería el destino que me esperaba. Intentaba ver en sus ojos la mínima muestra de aprecio u aprobación, o el mínimo rastro de enfado y desdén.
Siempre temía enfrentarme cara a cara con ella. Era tanto el poder que ejercía sobre mí, que no era capaz de mirarle de frente, y decirle lo que esperaba de ella, de mi querida profesora de historia, que ese trimestre, me pusiera un sobresaliente.
Urbin, sentado en su silla giratoria, chasqueó sus nudillos y sonrió.
-Está decidido. De seguir así, en un año verá la luz.
-¿¡Qué!? ¡Jamás hablamos de mostrarlo! No, no nos lo permitirá. Él jamás nos dejara hacerlo.
-Eres un paranoico, James. La gente tiene que saberlo. Debe saberlo.
-¿Y qué si debe? ¿Necesitas que te recuerde una historia?
James sacó de su bolsillo derecho un mechero Zippo dorado y lo encendió con habilidad. La llama brillaba con un vaivén hipnótico, casi mágico, y James la puso a pocos centímetros de la cara de Urbin.
-Esta maldita llama fue los que nos dio el Titán Prometeo. Robó el fuego a los Dioses para entregárnoslo. ¿Crees que le dieron una palmadita en la espalda? No, le ataron en una roca para que un cuervo le picoteara el hígado noche tras noche, pues éste le volvía a crecer. ¿Qué crees que nos pasará a nosotros? Yo solo sé que mi hígado no volverá a crecer.
-Lo ves a través del cristal incorrecto, amigo.
-¿Y cual es el cristal correcto?
-Cuando mostremos el cubo al mundo, no seremos el Titán Prometeo.
-¿Y quién seremos? –Contestó James con desgana.
-Nosotros seremos los Dioses.
Soy Sagitario y mi cumpleaños es en noviembre. Sagitario es un signo de fuego. No es el único. También Leo lo es.
Como Sagitario, soy idealista y como joven, era tonta. Por eso, cuando era joven leía el horóscopo. Y me lo creía. A pies juntillas.
Un año mi horóscopo me anunció que en noviembre tendría una aventura amorosa que me calentaría como el fuego. Y en noviembre me lié con un Leo.
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