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El viaje, comenzó el domingo a las diez de la mañana.Partí, ignorando por completo las ayudas médicos-científicas y, las súplicas llorosas de los íntimos.Como decía, partí desde la corteza cerebral, con mi pequeña nave descerebrada y, a pesar de todos los tubos y cables que mantenían mi vehículo sujeto a la tierra, despegué con rumbo por primera vez para mi desconocido.Había mucha gente a mi alrrededor, me sentía como una estrella del pop, entre las nubes. Luego un inmenso hueco, succionó mi nave y me llevó por un oscuro y tenebroso túnel, por un espacio infinito de tiempo, yo, a estas instancias, quería volver, pero el control remoto de mi nave estaba seriamente dañado, de repente, al final, se enciende un pequeño cartel que decía, ¨lamentamos mucho las incomodidades de su viaje, pero por problemas energéticos que son de público conocimiento, por mucho, mucho tiempo, nos veremos obligados a que no vean más que este diminuto cartel luminoso, en lugar del maravilloso resplandor, al final del túnel. Firmado: San Pedro, amo de llaves del hotel Tres estrellas- ¨El Paraíso¨
Blog = Rotcehoremor
En la aldea de Brezeniskhov vive sola Anastassia Prazskhyn que encontró una moneda y con ella le compró a un italiano una bolsa de letras instantáneas. Desde entonces, todas las noches, tras sacar los nabos escuálidos, se quedan solas las letras en el plato de sopa que ella va moviendo con la cuchara de modo que formen palabras, las palabras de Tassia que no sabe leer y que significan una cosa o todas las cosas, cada día cambiando su postura, violentando incluso su inclinación, como si sirvieran de un día para otro, firmes aunque parecen erráticas, solo se necesita un vocabulario o, mejor aún, un diccionario, pero un diccionario extraño, blando, líquido, con los términos y las palabras que se muevan por las páginas como si estuvieran navegando en una sopa de letras.
Ayer se agotaron las letras. Tassia las movió, leyó su última palabra y se la tragó. Por eso esta noche se dirige con el cuenco a una roca y allí lo deja y lo va moviendo suavemente al tiempo que mira al cielo hasta que consigue encajar en el círculo líquido tres reflejos que ondulan y tiemblan, blancos y turbios, como una sopa de estrellas.
Dormía mejor que nunca o, mejor dicho, más horas que nunca. De hecho pensaba que perdía el tiempo durmiendo aunque tiempo era lo único que le sobraba.
La casa de sus padres era el sitio ideal para descansar, de noche, el ruido de los grillos y la luz de las estrellas era lo único que podía alterar el sueño. Y aquello que más había echado de menos era ahora otro motivo más de frustración, tristeza e incluso enfado.
Desde que se fue a la ciudad, hacía más de 10 años, había soñado con vivir en una casa bajo un cielo lleno de estrellas como el que miraba durante horas cuando era niña. Ni el piso que compartía cuando iba a la Universidad ni el pequeño apartamento que alquiló con su primer sueldo tenían vistas más allá del edificio de enfrente.
Pero ahora, otra vez en casa de sus padres, sin trabajo y sin ingresos con los que poder pagar un alquiler con lo único que soñaba era con volver a su apartamento en un bloque de pisos donde en el mejor de los días tan sólo se veían, entre tejados, chimeneas y antenas, tres estrellas.

Generación tras generación esperaron. Intuían que de allende los mares vendrían los dioses que adoraban sin conocer; aquellos dioses que suponían encarnados en las tres estrellas que el cielo, con tanta premura, había logrado alinear.
Y soñaban… soñaban cada noche que juntos jugaban sobre las ondas plateadas del mar, provocando aquella fusión mitológica que humanizaba a unos y endiosaba a otros, en una simbiosis sin par.
Todo fue luz, hasta el día del escatológico encuentro, cuando las tres estrellas, perfectamente alineadas, irrumpieron con su verdadera identidad: La Santa María, La Pinta y La Niña.
Aún recuerdo la mañana que encontré tres estrellas de mar. Lloviznaba y había sido el primero en levantarme para aprovechar la marea baja. Antes de cerrar la puerta mamá me llamó desde su habitación, pero preferí no darme por enterado. La playa kilométrica me esperaba llena de tesoros.
Sin embargo, mi entusiasmo se fue desinflando de vuelta a casa, mientras arrastraba la bolsa con mis nuevas adquisiciones. De repente, empezó a preocuparme la discusión que había escuchado desde mi cama la noche anterior.
Encontré a papá arrojando paquetes dentro del coche. En cuanto me vio señaló mi bolsa y me ordenó que la tirase. Las vacaciones se habían terminado, y mamá tampoco parecía dispuesta a que me llevase nada que pudiese recordarlas. Estaba muy enfadada conmigo porque me había marchado sin avisar, así que de nada sirvió llorar, ni implorar, ni patalear.
Sólo pude salvar mis estrellas, que escondí debajo de la moqueta del maletero. Pero no me volví a acordar de ellas hasta el día siguiente, cuando papá vino quejándose de que el coche apestaba. Allí las dejé hasta que se secaron.
De niño, pasaba horas observando el cielo por las noches, maravillado por la majestuosidad y el brillo de las estrellas. La Luna ejerció una seducción tan importante sobre mí, que se convirtió en la Musa principal de mi poesía. Cuando los astronautas invadieron su misterio, sentí una íntima decepción: ya no era mía en exclusividad, como la había sentido desde siempre.
Pero mi atracción fundamental, la que influyó en todos los aspectos de mi vida, fue por la constelación de Orión, en especial por las Tres Marías. Las observaba embelesado, les escribía, hablaba con ellas. Las imaginaba pobladas de extraños seres diminutos, inteligentes y amigables, que noche a noche me invitaban a visitarlos. Mis juegos infantiles giraron siempre en torno a las fantásticas naves espaciales, que me llevaban junto a mis amigos imaginarios.
Después, mi vocación por la Astronomía, mi Tesis, mi Doctorado, todo estuvo marcado por aquella pasión.
Ahora, desde el lugar en que me encuentro, Betelgeuse, siento que estoy muy cerca de cumplir mi sueño.
A Lucas de un tiempo a esta parte le van mal las cosas. No sabe dónde tropezó para que su destino cambiara de rumbo. Ahora nunca habla ni sonríe, siempre está de mal humor. Empezó perdiendo el trabajo; en poco la autoestima y en no mucho más a los amigos y ya no ve luz al final del camino. Una creciente impotencia le empuja al abismo sin retorno.
Un charlatán conduciendo un carromato desvencijado fue la novedad entre el tropel de feriantes que por las Fiestas de San Amador siempre llegaban al pueblo.
—¡Vengan, vengan, pócimas crecepelo, vigorizantes masculinos, camisones de seda, estrellas de los deseos, ünguentos milagrosos para el dolor, alfombras persas! En cuanto lo oyó, trotó hasta el pequeño circo y se ofreció para hacer cualquier faena. Cuando le pagaron un par de perras, corrió hasta la carreta del mercachifle. —Por esto sólo te puedo dar tres pequeñitas, le dijo socarrón el buhonero, entregándole un frasquito. El niño esperó hasta que se hizo oscuro. Entonces se deslizó entre las callejuelas, saltó la verja y encontró a tientas lo que buscaba. Abrió el frasco y sopló el polvo de estrellas sobre la tumba. Después se acostó sobre ella y pegó la oreja todo lo que pudo al frío mármol. Así estuvo durante horas hasta que se quedó dormido mientras susurraba, despacito, «ven aquí mi amor, que eres las estrella más bonita de mi cielo«, lo que siempre le decía su madre mientras lo peinaba para ir al colegio. Si alguien hubiera estado allí, quizás hubiera visto, o no, cómo una mano quimérica acariciaba su carita.
Desde la arista meridional de mi estrella puedo ver la sequía que asola sus cinco puntas, sus grietas, áridas y quejosas por la sed. No crecen flores. En la arena calcárea, brilla la reminiscencia del recuerdo de Eva, cuando su pelo se enredaba en mis pensamientos, ahora estériles. La eternidad de mis sueños es tan frágil como su recuerdo evaporado en la poesía que no sé escribir. La dejé volar, escapó resbalando por una arista dejándose caer. Ahora la presiento, acomodada en un ángulo muerto, en otra estrella, inalcanzable, inasible, indiferente. Desde la arista oriental contemplo otra atmósfera de femineidad transparente, una danza del destino invocando otros párpados. La tarde inmóvil roza los pétalos de una mujer que me invita a resbalar gravitando hacia su estrella. Puede que mañana lo haga, aquí todo es hastío.
Amanece. Me he atrevido. Estoy solo, perdido, aterido de frío. Extraño el cuerpo que me envuelve. La ciudad late en silencio y la noche es negra, tanto como un túnel ramificado en cientos de arterias que no reconozco. Deambulo sin rumbo, a tientas, palpando una soledad que me estremece. Miro hacia el cielo: son tres, las veo.
Una fue mía, pero resbalé dos veces.
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