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Como fuego enfurecido se encontraba tras terminar de escuchar la lectura del testamento de Doña Elisa. No hacía una semana que toda la familia se reunía en su lecho para despedirla rodeada de aquellos viñedos que ahora se tendrían que repartir entre todos.
Para él no era justo el reparto, había cuidado de Doña Elisa, su madre, los últimos tres años de vida, lo había dejado todo para dedicarse a ella en cuerpo y alma, mientras sus hermanos solo la visitaban una vez cada quince días, si no lo hacían una vez al mes. Por eso no estaba dispuesto a compartir nada.
Siempre había creído que era considerado el favorito de Doña Elisa. Al salir de aquella reunión no lo pensó, se fue a la finca, cogió la primera escopeta de caza que encontró, dejó una nota y se pegó un tiro delante del retrato de su madre.
Uno de sus hermanos encontró el cuerpo horas después, cogió la nota que había dejado sobre la mesa y sin dudarlo la leyó:
» Prefiero arder en el fuego eterno del infierno, antes que ver como disfrutáis de estas tierras por las que tanto he luchado y me he sacrificado.»
Cuando baja del tren es imposible saber la hora exacta, porque el reloj de la estación señala las cinco y diez desde que el coronel Aureliano Buendía detuviera su maquinaria de un solo grito. Por la ventana del hotel contempla a la bella Remedios sirviendo aguardiente a un viejo ciego de piel guajira.
José, que recuerda haber soñado esa belleza, entra y se sienta. Remedios le acerca una cuchara y le advierte que solo tiene sopa de changua. Él asiente.
Suenan las campanas de la iglesia. Probablemente, el cura, Antonio Isabel, llevado por la demencia de un siglo de vida y el vino de la comunión, ha vuelto a encontrarse al Judío Errante en la sacristía.
-No es toque de difunto –grita el ciego. En este pueblo no muere nadie. Solo los forasteros…
Varios cristales estallan al fondo del pasillo.
-…Y los alcaravanes, empeñados en morirse dentro de las casas de las personas. Este calor homicida, que los abrasa como fuego…
Remedios le llena el cuenco hasta rebosar. José sorbe la sopa apartando las hebras verdes de lo que cree cilantro, ignorando que Remedios, a veces, también lo confunde con otras hojillas silvestres cuyo dulce veneno ya corre por sus venas.
Relato fuera de concurso
Un saludo.
Dice una antigua leyenda de la selva, que cada jaguar es una estrella, y que cuando tres de ellos se reúnen bajo la luna , formando un triangulo perfecto, en el cielo nace un nuevo astro y en quien lo contempla un alma nueva.
A cambio, un jaguar expira en un lugar oscuro de la jungla.
Es el precio del pacto.
Blog = estimemlaparaula
Miras con intensidad los tres reflectores que alumbran el quirófano. La violencia de la luz es tanta, que tienes que cerrar los ojos y bajo tus parpados empiezan a bailar tres estrellas que te seducen y te invitan a acompañarlas.
Dejas de percibir el frio de la camilla bajo tu cuerpo, te sientes liviana, flotas en una oscuridad que no asusta. Oyes la melodía que lo llena todo, te atrae, es la música del universo, lo sabes, te dejas llevar a través de las ondas que recorren esa inmensidad.
Una luz vivísima te toca, ves como en una película tu infancia, escuchas desde muy lejos risas, recuerdas y sientes las escenas de tu vida, estás fuera, pero también dentro. De pronto, todo se acelera como si te deslizaras por un tobogán infinito y no puedes retener ninguna imagen, se escapan como agua entre los dedos. Te estás disolviendo, convirtiéndote en polvo celeste, lo aceptas; así debe ser, sabes que no es el final. Formas parte de una cadena infinita, que nunca acabará, mientras las estrellas bailen en el firmamento. Eres un eslabón más, te hicieron, has hecho y por ello permaneces.
Me asomé a aquel nuevo mundo y me deslumbró la estrella más brillante que había en el firmamento. Sin pensarlo dos veces, la seguí por todo aquel universo desconocido en un acto de fe sin medida.Cuando pude acercarme a ella vi que no era una sola estrella, sino tres, que unidas eclipsaban a todas las demás.
La primera que alcancé, un día sin más, se apagó y era lo físico, lo tangible. No me importó y seguí adelante sin titubear siquiera.
La segunda que llegue a alcanzar, era su amor por mi y lo que parecía un leve tintineo en su luz, se convirtió en una intermitencia bien definida en el tiempo, sin llegar a apagarse nunca del todo, ahora si, ahora no tanto… Tras un breve titubeo, decidí seguir adelante.
La tercera era su alma, su luz era brillante, cegadora y atrayente, nublaba mis sentidos y mi raciocinio, avasallando todos mis pensamientos y mis actos con una fuerza desconocida hasta entonces para mi.
No me importó y dejando todo lo demás atrás, proseguí mi camino persiguiendo mi sueño, tan solo creyendo en su alma, en su hermoso alma.
Aquellas, son puntadas hechas con hilos de luna para mantener al cielo en su lugar, dijiste una noche señalando las tres estrellas más grandes del firmamento.
Te miré un rato largo y me enamoré un poco más, empapado todavía en la ternura que me había provocado tu comentario infantil.
Como a mí me parecen estrellas, tomaré una y te la obsequiaré, adelanté feliz aunque con esa sensación cotidiana de estar en deuda con vos.
Pero entonces gritaste que no lo haga, por favor, que ni siquiera lo intente, que confíe en vos ignorando lo absurdo de esa opción.
No discutí. El terror de tus ojos me estremeció y me forzó a creerte. Aunque no comprendiera.
Anoche, sin embargo, recostado a tu lado lo entendí todo.
Mientras te observaba dormir, el horizonte que establecía la sábana sobre tu clavícula se desplazó hacia el sur, descubriendo la respuesta.
Allí estaban, también atraídos por el magnetismo de tu piel, en una posición curiosamente similar a la de las estrellas. Tres lunares sobre tu pecho, justo encima del corazón.
Recordé tus palabras. No me atreví a acariciarlos.
De entre las tres estrellas que forman la cola de la Osa Menor, emergieron tres naves extraterrestres. Su misión: encontrar al ser humano más correcto para dialogar con él sobre los graves asuntos del cosmos. Así que alzaron una larga antena por una ventanilla e inspeccionaron los niveles de pureza, deseo de un mundo estable, y tranquilidad en Obama, Merkel, Rajoy… entre otros grandes políticos de nuestro tiempo más.
—Jefe —comunicó una nave a la otra—, las estadísticas dan negativo.
—Todavía quedan zonas por explorar —intermedió la tercera nave—. Sigamos albergando esperanzas de encontrar al correcto ser humano.
Sin querer, sobrevolaron un tramo de selva africana donde había un chimpancé rascándose el culo. La antena de las naves registró al simio e increíblemente dio positivo, así que al rato andaban abduciéndole. Habían visto humanos importantes tan poco agraciados, que aquel pobre chimpancé sólo les parecía un humano feo pero a fin de cuentas el más correcto.
-Te voy a enseñar el mayor secreto del mundo pero, tienes que prometerme que no dirás nada, ¿prométemelo?
-Te lo juro, anda cuéntame.
Subimos a su habitación apago la luz y al abrir la cortina una luz invadió todo, era como formar parte del sol.
-¿Lo ves? Son mis estrellas, ellas me ayudan a conseguir lo que me proponga.
-¿Cómo… te ayudan? Explícate.
– Hace unos días había decidido rendirme y hacer lo que todo el mundo esperaba de mí, no lo que yo quería, pero de la noche a la mañana, mis tres estrellas aparecieron y la responsabilidad de proteger el secreto, me dio el empujón para seguir mis sueños.
-¿Y por qué son 3?
– Una son las ganas, otra la fuerza y última la paciencia.
Feliz por mi amigo, me despedí de él. Di vuelta a su casa y confirme mi sospecha, las estrellas eran las luces de las nuevas farolas de la carretera comarcal. Pero, prometí no decir nada y eso haría.
Sin darme cuenta yo también encontré ese empujón, aunque a mis estrellas yo las llamo farolas.
“Busca las tuyas” y cuando las encuentres, protégelas, nunca te fallarán.
Edelmira sabía de la Noche Vieja, pero en su aldea casi nadie la celebraba. Eran gente humilde que trabajaba en el campo, tenían otras preocupaciones y ahora que estaba sola, sin hijos y sin marido, todos los días eran iguales.
Cuando se casó con Pascual, la vida era dura, pero se tenían el uno al otro. Hombre callado y bueno, por las noches se hacían compañía junto al fuego.
Edelmira quedó dos veces encinta. El niño nacido del primer parto murió de neumonía con dos años; los antibióticos llegaron tarde. El segundo nació sin vida, en el hospital. Le dijeron que había hecho demasiados esfuerzos en el campo.
Pascual y Edelmira ya no pudieron ser padres, pero siguieron unidos con su monótona vida de campesinos. El tiempo, el clima y el trabajo los fue consumiendo, hasta que Pascual, partió un treinta y uno de diciembre.
Todos los años, cuando llegaba esa fecha, Edelmira después de tomar la misma cena que el día anterior, pedía a Dios por sus tres estrellas que brillaban en el cielo, hasta que una noche, se quedó sentada en un banco contemplándolas; al día siguiente, el firmamento contaba con una estrella más.
Pasó su infancia atrapando luceros. Capturaba el reflejo en un charco y saltaba sobre el agua diciendo \»eres mía, estrella\», y así, poco a poco, se hizo con un bosque de luminarias de escarcha prendidas en la noche. Porque en la hora de los prodigios, cuando se abría el cielo después de un aguacero, la calle se llenaba de niños que saltaban charcos y construían bosques.
Eso fue antes de que los soldados entraran en el pueblo con los ángeles ensartados en sus lanzas, antes de que a su padre y a su hermano se los tragara la tierra, antes de que le diera terror que le crecieran los pechos, mucho antes de que el río bajara cargado de miedo.
Ahora, el suelo. La boca y la nariz llenas de barro y de sangre seca. Las piernas rotas. El frío en la espalda. Los ojos cerrados para pensar en charcos y en bosques de estrellas.
El hombre de las botas le aparta el pelo en un repentino gesto piadoso. Saca su pistola y dispara tres veces sobre su vientre. Mientras los tres luceros rojos anidan en su camisa, ella camina entre los cuerpos celestes.
–«Eres mía, estrella…Eres mía, estrella…«.
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