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Se encontró con ella en la parada de frutas del mercado; su olor los mitigaba todos. Laura le saludó sonriente con un racimo de plátanos en la mano. El hizo lo mismo un tanto embobado, pero esta vez sacó el valor para pedirle si quería ver con él la lluvia de estrellas de esa noche.
-No son estrellas, son meteoros de un cometa.
-Eso queda un tanto frío. Dejémoslo en lágrimas de San Lorenzo que es más poético.
-De acuerdo.
-Pues en la fuente después de cenar.
Él llegó primero porque no pudo tragar bocado. Además, ella podía llegar pronto y marcharse sin esperar.
Al poco llegó ella,, con su roja chaquetilla de entretiempo, más bonita que nunca.
-Creo que la ladera junto al castillo nos permitirá, estando tumbados, mirar el cielo como si fuera una gran pantalla de cine.
A Laura le pareció una buena elección.
Ya tumbados en la ladera, él le dijo que si se conseguía ver tres estrellas fugaces se podía pedir un deseo que seguro se cumpliría.
Cuando divisaron la primera ya estaban sus manos tonteando tímidamente.
Tras la segunda se empezaron a comer los labios.
La tercera ni la vieron. ¿Para qué?
Danzaban procurando ser las mejores bailarinas, pero lo que no habían podido imaginar aquellas tres estrellas es que al formar parte de un caldo de gallina, aderezado con puerro, cebolla y zanahoria, entre otros elementos que salpimientan e incrementan el sabor, tendrían que cocer a ritmo del bolero de Ravel, la danza del vientre e incluso la samba, para ser las mejores y más sabrosas que formaran parte de aquel primer plato del mejor restaurante de la ciudad.
-Mamá,ven corre-grita el niño que observa las estrellas tras el cristal.
-Que ocurre hijo.
-Mira mamá,cuantos puntos brillantes hay en el cielo,¿de quien son?.
-No son puntos hijo, son estrellas y son de un señor muy viejecito.
-Mamá,tú lo conoces?
-No hijo,no lo conozco, pero dicen que es muy bueno y que nos quiere mucho a todos.
-Entonces si es tan bueno, y como tiene tantas nos podría dar tres.
-Para que quieres tres?
-Una para tí, otra para papá y otra para mí.
-Y que vas hacer con ellas?
-Verás mamá,mis amigos del cole,tienen insignias pegadas en sus camisetas,así yo pegaré una estrella.La tuya la pondrás en el abrigo y papá la colocará en la chaqueta.
-¿Sabes donde vive ese señor?
-Mira hijo,ese señor vive encima de las nubes en un castillo muy grande,rodeado de ángeles guardianes,y cuando entras en su casa ya no puedes salir mas.
-Entonces no es tan bueno,ya no quiero sus estrellas-responde el niño entre sollozos acurrucado entre los brazos de su madre.
Esta lo estrecha contra su pecho y lo introduce en su cama.
Blog = dulcinea-del atlántico
Un haz de luz da vueltas ¿o soy yo y no me reconozco? Tampoco sé si estoy despierta o si deliro. Ante mi da vueltas lo que sea. Unos rayos dorados giran sobre sí mismos y alrededor de todo. De pronto cambian, son tres puntos de luz, quieren cegarme, por eso aprieto con mas fuerza los ojos, pero ellos, los tres puntos de luz, parece que ahora están en mi cerebro… no, ahí no, mejor ante mi vista. Les reto y paran. Ahora crecen, se hacen más grandes… estrellas, son estrellas, son tres, de cinco puntas, perfectas, impecables. Estrellas sobre verde. Un verde peculiar, un escudo que habla del pasado. Y comienza la historia. Dentro estoy de esa historia. Mi casa, mi familia, una familia extraña: mis padres son más jóvenes que yo, y tomo entre mis brazos algún niño, un niño que de pronto me supera en altura. Todos a un tiempo se transforman. Ya no les reconozco. Pero descubro que es mi estado febril y me voy a mi cama.
Ahora soy parte misma de ese escudo de estrellas. De cinco puntas, tres. Condenada a girar eternamente en la extraña galaxia de mi mente.
En las películas los muertos dan miedo, y si se sueña con ellos o eres médium o se presagian sucesos de los que ponen el vello de punta. En la vida real, lo aconsejable es no hablar de estas cosas. Pero es lo que nos pasa a Felipe y a mí con nuestra madre: de día la recordamos y de noche nos reencontramos con ella, a veces por separado, a veces coincidiendo. Para alivio de los cuidadores del orfanato, nos vamos a la cama cada vez más pronto, esperando que llegue esa hora, ese sueño en que madre sigue viva y feliz y nos hace reír como nada más puede hacerlo en la vigilia. Así que decidimos dormir y dormir. Dice mi hermano que, durmiendo más que la mayoría de la gente, unas 10 o 12 horas diarias –como era costumbre muchos años atrás—podremos estar miles de veces con madre, en el más allá. También queremos que alguien sueñe con nosotros cuando hayamos muerto. Es lo que nos aseguran las tres estrellas que brillan en el cielo cuando nos despertamos de noche y miramos por el ventanuco del baño: alguien nos querrá. Solo es cuestión de tener mucha paciencia.
Miró luego al marciano que se perfilaba contra el cielo.
Doradas y esplendorosas lucían sobre un cielo de un extraño color. Eran tres brillantes luminarias las que vi cuando recobré el sentido.
Al pronto no fui capaz de comprender qué me había pasado, era todo tan confuso… los truenos, los fogonazos y los gritos aun retumbaban en lo más profundo de mi cerebro. No veía más que estrellas, aquellas brillantes estrellas que relucían con una esperanza de vida. Pero lentamente, como se despierta una de un sueño profundo, fui volviendo a la realidad. Mis ojos se fueron abriendo a la luz, y a partir de aquellas estrellas mi vista fue subiendo subiendo hasta llegar a una barba incipiente y un bello rostro de hombre.
Giré la cabeza, y allí, sobre el suelo cubierto de metralla había una gorra con tres estrellas bordadas.
Desde antes de nacer, su destino fue calculado en coordenadas astrales. Durante una polinización de las Dracónidas, la nave del que sería su padre tuvo un encuentro con uno de esos granos siderales. Varado en tierra extraña, el viajero permaneció junto a una aborigen hasta que las Tres Marías se mudaron a otros cielos. Como cualquier otro hombre de las estrellas, dejó una promesa de regreso. Y una hija. Al ser mayor, ella también siguió la misma ruta de las trillizas del Cinturón de Orión. Al Norte. A su destino. Hasta una gran metrópoli . Pero los astros habían elaborado un desafortunado mestizaje entre expectativas y realidad. Y aunque sus ojos celestes refulgían en su piel nocturna, en los casting la rechazaban por su tamaño insuficiente para brillar en las pasarelas.
Al menos hoy recibiría tres estrellas por su actuación. Estaban en una gaveta de su tocador, junto a las pestañas postizas. Dos para cubrirse los pezones, y un frontispicio de pétalos estelares para el hilo dental. Hoy brillaría para estallar de pudor al ser llamada al escenario por su nombre artístico, y sus últimos destellos de esperanza se los tragaría ese hoyo negro de la calle Rouge.
Cuando la tercera de las estrellas se cernió en el firmamento, ella cayó en un sueño profundo.
Ahí estaba frente a mí. Posando sus ojos cristalinos, débiles, tenues y penetrantes sobre los míos. En instantes sus párpados se cerraron y su respiración se aceleró. Gracias a aquella anaranjada luz irradiada por la lámpara sitiada a palmos de distancia de la cama, pude vislumbrar su figura; dibujé con mis dedos su silueta inquieta, vertiginosa. Acaricié sus cabellos eternos, dorados y revueltos y tras ello, besé sus labios sensuales y sedantes como fresa aromatizada.
Deslicé mi brazo tras su espalda y miré por aquella ventana posada frente a mí. Miré a aquellas estrellas de allá y en 1,2,3… al placentero sueño yo también viajé.
Algunos lo habéis solicitado. Intentaré explicarlo como quien silba un olor o como quien os canta un aroma.Nieves Martínez Menaya
Trataba de recordar si «nuestras almas están cosidas a la misma estrella» era de Huidobro, cuando comenzó.
La oscuridad aún no era palpable ni cerrada y Los Planetas se fueron vertiendo lentamente en mis oídos, en círculos concéntricos de melodía, flotando sobre loscos. Yacía en mi cama envuelto por la psicodelia y la infelicidad mientras intuía ideas que la música iba sugiriendo, preguntas femeninas y respuestas masculinas de imposibilidad.
Tal vez me despertó la angustia, «donde tú quieres ir sabes que yo no puedo estar«… Solo sé que seguía allí, tumbado, confirmando la letra: estaba solo, sin una estrella a la que asirme.
El niño ha esperado a que anocheciera para abrir el regalo. Lo desenvuelve y mira a su madre con esa mirada que ella no puede soportar.
-El dependiente dijo que es el más potente. Alcanzarás a ver todas las estrellas.
-Te pedí tres estrellas, no todas.
-Recortaremos unas cartulinas amarillas…
-Quiero estrellas de verdad, que tengan luz y alumbren mi habitación.
La madre suspira, le besa en la frente y se va del salón.
Desde que su marido les abandonó el niño le hace la vida imposible con sus caprichos. Pero ella sabe que sólo se trata de necesidad de cariño.
Y ella por su hijo es capaz de cualquier cosa. A fin de cuentas, ¿qué son tres estrellas? Una nadería comparado con la vez que le pidió el precipicio. Sonríe orgullosa recordando lo que le costó transportarlo, y cuánto disfrutó el niño hasta que se cansó de tirarse por él. Entonces le pidió un unicornio y también fue feliz el niño hasta que se aburrió de cabalgarlo.
Se pone el abrigo, coge la red y el cesto y sale a la oscuridad de una noche sin estrellas. En esta ocasión lo tiene un poco difícil.
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