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Generación tras generación esperaron. Intuían que de allende los mares vendrían los dioses que adoraban sin conocer; aquellos dioses que suponían encarnados en las tres estrellas que el cielo, con tanta premura, había logrado alinear.
Y soñaban… soñaban cada noche que juntos jugaban sobre las ondas plateadas del mar, provocando aquella fusión mitológica que humanizaba a unos y endiosaba a otros, en una simbiosis sin par.
Todo fue luz, hasta el día del escatológico encuentro, cuando las tres estrellas, perfectamente alineadas, irrumpieron con su verdadera identidad: La Santa María, La Pinta y La Niña.
Aún recuerdo la mañana que encontré tres estrellas de mar. Lloviznaba y había sido el primero en levantarme para aprovechar la marea baja. Antes de cerrar la puerta mamá me llamó desde su habitación, pero preferí no darme por enterado. La playa kilométrica me esperaba llena de tesoros.
Sin embargo, mi entusiasmo se fue desinflando de vuelta a casa, mientras arrastraba la bolsa con mis nuevas adquisiciones. De repente, empezó a preocuparme la discusión que había escuchado desde mi cama la noche anterior.
Encontré a papá arrojando paquetes dentro del coche. En cuanto me vio señaló mi bolsa y me ordenó que la tirase. Las vacaciones se habían terminado, y mamá tampoco parecía dispuesta a que me llevase nada que pudiese recordarlas. Estaba muy enfadada conmigo porque me había marchado sin avisar, así que de nada sirvió llorar, ni implorar, ni patalear.
Sólo pude salvar mis estrellas, que escondí debajo de la moqueta del maletero. Pero no me volví a acordar de ellas hasta el día siguiente, cuando papá vino quejándose de que el coche apestaba. Allí las dejé hasta que se secaron.
De niño, pasaba horas observando el cielo por las noches, maravillado por la majestuosidad y el brillo de las estrellas. La Luna ejerció una seducción tan importante sobre mí, que se convirtió en la Musa principal de mi poesía. Cuando los astronautas invadieron su misterio, sentí una íntima decepción: ya no era mía en exclusividad, como la había sentido desde siempre.
Pero mi atracción fundamental, la que influyó en todos los aspectos de mi vida, fue por la constelación de Orión, en especial por las Tres Marías. Las observaba embelesado, les escribía, hablaba con ellas. Las imaginaba pobladas de extraños seres diminutos, inteligentes y amigables, que noche a noche me invitaban a visitarlos. Mis juegos infantiles giraron siempre en torno a las fantásticas naves espaciales, que me llevaban junto a mis amigos imaginarios.
Después, mi vocación por la Astronomía, mi Tesis, mi Doctorado, todo estuvo marcado por aquella pasión.
Ahora, desde el lugar en que me encuentro, Betelgeuse, siento que estoy muy cerca de cumplir mi sueño.
A Lucas de un tiempo a esta parte le van mal las cosas. No sabe dónde tropezó para que su destino cambiara de rumbo. Ahora nunca habla ni sonríe, siempre está de mal humor. Empezó perdiendo el trabajo; en poco la autoestima y en no mucho más a los amigos y ya no ve luz al final del camino. Una creciente impotencia le empuja al abismo sin retorno.
Un charlatán conduciendo un carromato desvencijado fue la novedad entre el tropel de feriantes que por las Fiestas de San Amador siempre llegaban al pueblo.
—¡Vengan, vengan, pócimas crecepelo, vigorizantes masculinos, camisones de seda, estrellas de los deseos, ünguentos milagrosos para el dolor, alfombras persas! En cuanto lo oyó, trotó hasta el pequeño circo y se ofreció para hacer cualquier faena. Cuando le pagaron un par de perras, corrió hasta la carreta del mercachifle. —Por esto sólo te puedo dar tres pequeñitas, le dijo socarrón el buhonero, entregándole un frasquito. El niño esperó hasta que se hizo oscuro. Entonces se deslizó entre las callejuelas, saltó la verja y encontró a tientas lo que buscaba. Abrió el frasco y sopló el polvo de estrellas sobre la tumba. Después se acostó sobre ella y pegó la oreja todo lo que pudo al frío mármol. Así estuvo durante horas hasta que se quedó dormido mientras susurraba, despacito, «ven aquí mi amor, que eres las estrella más bonita de mi cielo«, lo que siempre le decía su madre mientras lo peinaba para ir al colegio. Si alguien hubiera estado allí, quizás hubiera visto, o no, cómo una mano quimérica acariciaba su carita.
Desde la arista meridional de mi estrella puedo ver la sequía que asola sus cinco puntas, sus grietas, áridas y quejosas por la sed. No crecen flores. En la arena calcárea, brilla la reminiscencia del recuerdo de Eva, cuando su pelo se enredaba en mis pensamientos, ahora estériles. La eternidad de mis sueños es tan frágil como su recuerdo evaporado en la poesía que no sé escribir. La dejé volar, escapó resbalando por una arista dejándose caer. Ahora la presiento, acomodada en un ángulo muerto, en otra estrella, inalcanzable, inasible, indiferente. Desde la arista oriental contemplo otra atmósfera de femineidad transparente, una danza del destino invocando otros párpados. La tarde inmóvil roza los pétalos de una mujer que me invita a resbalar gravitando hacia su estrella. Puede que mañana lo haga, aquí todo es hastío.
Amanece. Me he atrevido. Estoy solo, perdido, aterido de frío. Extraño el cuerpo que me envuelve. La ciudad late en silencio y la noche es negra, tanto como un túnel ramificado en cientos de arterias que no reconozco. Deambulo sin rumbo, a tientas, palpando una soledad que me estremece. Miro hacia el cielo: son tres, las veo.
Una fue mía, pero resbalé dos veces.
Como cada noche, me asomo a la ventana de la buhardilla buscando las tres estrellas.
Cuando el Sol va dejando su paso a la noche, el corazón me late a velocidades imposibles.
Abro la ventana, miro al cielo y ahí están. Deslumbrantes, tintineantes, poderosas, como si me hicieran un guiño recordándome que están ahí, cuidándome.
Mi corazón suspira en ser como ellas. Quisiera volar, quedarme en la noche, jugar con el resto de estrellas, navegar por la vía láctea, por todo el universo.
Desde arriba se debe ver el mundo de otra manera, quizás. Formar parte de alguna constelación, ya que aquí abajo es más difícil ser parte de algo importante.
Pero si algo me enseñan mis tres estrellas, es que en la Tierra puedo ser como ellas. Poder ser alguien importante.
Conforme va pasando la vida y sigo asomándome a la ventana de mi buhardilla, estoy convencido que sí, que soy una estrella que reluce exultante y soy miembro de la mayor constelación que se haya creado jamás: mi vida.
Todo ser vivo puede ser una estrella. Puede brillar y dar belleza al mundo que le rodea. Esto sería lo ideal.¡Qué nuestro brillo no lo apague el hombre!
Cada luna nueva, el río Nauta se eriza como un felino, los yacarés se sumergen espantados y los paiches rozan el aire con sus escamas de lija. Los ojos del jaguar brillan en la maleza. Dice mi abuelo que en estas noches, tenebrosas como quejido de guácharo, las almas en pena recorren las quebradas, se enganchan en las ramas de los árboles y sueltan alaridos estridentes. Por eso las bestias duermen inquietas y los niños tenemos sueños de escalofrío. Entonces mi abuelo nos lleva a la charca de mi aldea. En sus negras aguas titila el universo. Allí nos damos un baño de estrellas y espantamos nuestro miedo a los espíritus alborotadores. Luego cogemos luciérnagas, estrellas de la selva, y las soltamos en su cabaña. Meciéndonos en el chinchorro, mi abuelo nos explica que forman constelaciones errantes, si no las sujetan las telarañas, como esas tres y la de abajo, nos señala, que forman la cruz del sur y que debemos recordar porque de ella cuelga esta parte del mundo.
Pablo era especial. Sabía sonreír y abrazar, pero no leer ni hablar. Aunque el mundo exterior le parecía frío y distante, su interior era rico en sentimientos y habilidades. Necesitaba ayuda para casi todo, y eso a él no le importaba, se sentía feliz a su manera. Su gran pasión, desde muy pequeño, eran las estrellas. Las tenía de variados materiales y tamaños, y de todas las formas y colores. Las guardaba en cajas decoradas, como no podía ser de otro modo, con dibujos de estrellas que compartían el espacio de su armario entre sus ropas y zapatos. Jugaba con ellas sin cansarse nunca, y se las mostraba con orgullo a todo el que pasase a su lado.
Un día, sin más explicación, aparecieron en sus manos tres nuevas estrellas. Nadie sabía a ciencia cierta de donde procedían; brillaban con una luz especial que iluminaban toda la habitación, y Pablo sentía verdadera locura por ellas.
Aquel mismo día los periódicos anunciaron que en el firmamento, más allá de los planetas conocidos, se habían descubierto tres nuevos agujeros negros, que se suponía eran estrellas apagadas.
Sólo Pablo sabía que esas tres estrellas seguían brillando…
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