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Cuando quieras, otro incendio, dice el mensaje, del anterior no queda ni recuerdo ni rescoldo. Si tú quieres, esta noche, contesto yo en otro. Nos vemos en un lugar alejado y oculto Y allí, una vez más, oímos el chispazo que prende haciendo lumbre. Enseguida vemos extenderse el fuego. A veces, nos miramos mientras arde. Y yo veo las llamas dentro de sus ojos. Imaginar cómo se ven en los míos me produce puntas de placer, un punteo, un gozo puntiagudo. Un gusto que me lengüetea por dentro como hacen las flamas que bailan ante mí. Y me endiosa. Y nos endiosa. Y nos impulsa hacia arriba, a lo alto, junto al resto del olimpo.
Estuvo ardiendo toda la noche. Crepitando sin parar hasta que, al amanecer, sobre un lecho de cenizas, abrasados, nos dormimos.
El niño que se oculta tras los escombros ve la sombra del águila alargarse al sobrevolar el campo de batalla. La muerte sigue recogiendo hombres, mujeres, niños, niñas, viejos y perros. Recolecta a los que han caído a lado y lado de la raya invisible. La muerte es la única que come bien en estos días, piensa el niño, pero se equivoca. El águila se ha posado junto al titán encadenado a la roca y picotea su hígado regenerado. Prometeo la ha visto llegar, la conoce, la esperaba. Así ha sido cada día desde que vulneró el mandato de Zeus, desde que entregó el fuego a los hombres para asegurar su supervivencia. Así ha sido y es. El niño ha trepado a la roca. A pedradas ha espantado al águila que ahora vuela desabrida entre los buitres. Prometeo ha sonreído. Todavía hay esperanza, ha pensado, pero el niño borra esa idea devorando el hígado del titán y deja las contemplaciones para postre.
La ciudad del fin del mundo se alza prodigiosamente sobre un terreno desconocido. Su ingente verticalidad se impone ante sus gentes como un cruel tirano. Nadie sabe cómo llegó allí y nadie sabe cómo salir. Nadie queda en ella que recuerde cómo es el Sol o la Luna. De aspecto enfermizo, brillantes como el fuego, los edificios de la ciudad ya no dejan ver el cielo. Sus luces permanecen encendidas sin cesar. Abierta veinticuatro horas, la ciudad del fin del mundo no descansa nunca. Ante este panorama, no es de extrañar que sus habitantes caminen por las calles como muertos, sin alma, sin rumbo fijo. Simplemente caminan. La ciudad los sobrecoge, los atemoriza. Se repliegan sobre sí mismos y allí permanecen encerrados para siempre, desde que nacen hasta que mueren. Nunca fuimos tan pequeños ni estuvimos tan muertos como ahora. Las formas de la ciudad se alteran, se distorsionan los paisajes, los colores cambian y las perspectivas nos engañan. Impotentes, vagamos por la ciudad del fin del mundo como quien ya no sabe a dónde ir: sin hacer camino a cada paso, solo repitiendo el mismo una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez.
El frio del invierno ha entrado de puntillas sin avisar, me hundo entre los almohadones del sofá ligeramente adormecida por el calor que despide el fuego de la chimenea, siento como mi mirada se pierde entre el rojo intenso de las llamas, no puedo apartar mi vista de ellas, estoy hipnotizada.
Mi mente retrocede al pasado, percibo como mis sentimientos se amontonan y arden en la hoguera y como con el fuego chisporrotean devolviéndome antiguas imágenes que titilan como si tuvieran vida.
«Sonrio al verte correr en bicicleta, calle abajo, como alma que lleva el diablo, mirándome de reojo. Cara de velocidad, pelo revuelto, pantalones sucios llenos de polvo y zapatillas manchadas de barro y miles de sueños que salen desbordados por tu gastada mochila«.
Oigo, entre el crepitar de los leños al arder, el eco de tus palabras, algunas veces tiernas, cariñosas y otras secas e hirientes que un día desplegaron sus alas y se esfumaron arrastradas lejor por el viento del olvido.
Busco entre las brasas las cenizas de nuestra historia y no encuentro nada. Veo como el fuego, que todo lo arrasa, también ha ido quemando tu recuerdo.
—Querida Matilde, guardo las cartas suyas que exudan el olor a su perfume de esencias más vivas. ¿Cómo pudo insinuarse así en su última misiva?. Atentamente suyo, Feliciano.
—Querido Feliciano, hay pasiones interiores en una mujer que se desatan alocadamente a la llamada del varón. Me contuve, pero al imaginarle, al leerle con su cuidada prosa ensalzando mis virtudes, no pude por menos que agradecérselo con una parte íntima de mí. Siempre a sus pies.
—Querida Matilde, avivo el fuego que arde en mis venas, la huelo a usted cuando observo el tímido resplandor del sol en un horizonte lejano, y por la noche, un torrente de calor me acompaña hasta el nuevo amanecer. Le envío algo confidencial.
—Querido Feliciano, mis enaguas le gustaron, pero mi marido descubrió las letras de usted en sus pulgueros. Los ha quemado y ha enloquecido. ¿Cómo hará usted para alimentar la llama de este amor que nos subyuga en la distancia? ¡Veinte años de cárcel son demasiados!
—Querida Matilde, nunca me ha preguntado la causa de mi condena. Se la confieso: ¡arderán estos muros el mismo día que usted me posea! Soy pirómano de vocación y pirómano en espíritu.
Después de haberle introducido el brebaje hirviendo de hierba luisa, varas de viña, algunas ramas de duraznero blanco y un poco de hinojo recién cortado, procedió a zangolotearla de izquierda a derecha repetidas veces, dándole pequeños y bruscos zarandeos para que el enjuague oloroso penetrara bien y restañara las heridas guardadas durante algún tiempo.
Iniciaba así, con ella, un baile circular, de extremo a extremo hasta acabar exhausto. Terminada la danza, preparó una pequeña mecha de manera artesanal, depositando una cierta cantidad de azufre en un trozo de paño blanco, anudado a un fino y largo alambre. Le pegó fuego e introdujo la mecha encendida en la boca, tapó cuidadosamente el orificio y dejó apenas un extremo del filamento colgando hacia el exterior. Una vez que la llama se hubiera consumido lentamente en sus entrañas, los gases del azufre secarían y purificarían su interior.
Cuando a las dos horas acudiera a verificar el resultado, ya estarían prietas, limpias y aromáticas las duelas cóncavas unidas por anchos flejes metálicos que, formando el envase, recibiría el mosto de la temporada. Según expectativas, estaría entre los mejores caldos de la zona. La barrica de roble se encargaría del resto hasta finalizar el proceso.
Se acercó insinuante, cariñoso y hasta meloso. Su mirada tierna y amorosa, podía derretir hasta los cubitos de hielo que había colocado dentro de la cubiletera para amenizar aquel encuentro, con un sorbito de aquella bebida afrodisiaca, fresca y algo picarona. Quemaba como el fuego e invitaba a pegarse, a cogerle y estrujarle para apreciar en su paladar el increíble sabor de la croqueta hecha a base de una excelente bechamel.
Una lengua de fuego fue la que, siete días después de los idus de agosto, redujo a la niña Livia Domitia, de siete años, a un simple hueco.
En realidad, más que lengua era una de las vísceras sanguinolentas y palpitantes del Vesuvio. Se comió la ladera, atravesó las calles y llegó hasta la casa sin que nadie ni nada se le opusiera. Sorteó al canem, que para entonces no era más que un espectro, esquivó el impluvium que a esa hora ya no contenía agua sino hervor y puso en fuga a siete siervos medio manumitidos. Al fin encontró a Livia, cuyo cuerpo, de temeroso e implorante, se hallaba acurrucado, y la invadió de modo que fue perdiendo la sustancia, la esencia de la que todos estamos formados y se fue consumiendo y poco a poco abandonando el espacio que venía ocupando hasta que se volvió simple hueco, como antes quedó dicho.
Así, ausente, translúcida, invisible, estuvo Livia aguardando que los dioses vinieran a re-crearla vertiendo de nuevo en su espacio ausente el barro primitivo con el que vienen de siempre moldeando a todos los seres.
Una simple figura de barro es, pues, Domitia, la de la vida demorada.
-¿Estas cansado?- Los ojos de él colmados de reproche la observaban iracundos. Volvió a escupir en su mano y arrodillándose siguió frotando. Arriba, abajo, en círculos. Rebecca disimulando su impaciencia observaba el obstinado rostro de Felipe que empapado en sudor seguía intentándolo.
-¿Paramos un rato?- sugirió ella
-Puedo conseguirlo-lo dijo sin mirarla a los ojos, con voz queda, algo avergonzado ahora.
-La semana pasada Paco lo consiguió en apenas cinco minutos- Había sarcasmo en su voz y por qué no decirlo, un cierto hartazgo.
-Ya- respiró profundo- es que Paco tiene más experiencia.
-Estaba mucho más húmeda- Rebecca dejó escapar una risa ahogada que cubrió rápidamente con su mano. Él paró de repente, la miró un instante a los ojos y acto seguido redobló el ritmo, rabioso, iracundo. Perdiendo la compostura, entre convulsiones y a la voz de “vamooos” tan sólo los gritos de ella le regresaron al ahora, entonces lo percibió con claridad:
Una débil columna de humo se elevaba en el aire. Rebecca sujetaba con firmeza entre sus rodillas la rama de abedul, la hojarasca más próxima prendía, crepitaba incendiada ya…
«Como el fuego se ha apagado podemos volver a casa» -dice el padre.
El niño no se mueve y sigue mirando las brasas. Sus ojos brillan enrojecidos.
Cuando el padre se marcha, el niño se arrodilla ante la hoguera. El aire ardiente le acaricia la cara tan suave como un soplido de amor. Por las mejillas teñidas de humo le descienden todas las lágrimas del mundo. Se ha consumido todo y sólo quedan las cenizas.
Regresa por el camino sombrío, por primera vez sin la mano que siempre le llevaba cogido. Y la soledad se le mete dentro, extendiéndose desde la punta de los dedos de su mano, que no va cobijada en aquella otra mano, hasta el corazón.
El padre está cenando en la cocina. Sobre la mesa hay un cofrecito. El niño lo coge, pero el padre dice: «Deja que se enfríen, ya las recogerás después. Ahora siéntate y cena. Y acéptalo, puñetas, mejor que se la coma el fuego que no los gusanos.»
El niño piensa que le gustaría ver arder la casa entera, su padre con el cuerpo en llamas, el pelo incendiado… Desearía que fueran sus cenizas las que tuviera que guardar en el cofrecito.
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