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Golpes de patadas en la puerta, manos arrancándola de la cama. La venda en sus ojos, la mordaza en su boca. Los gritos llamándola por un nombre que no es suyo.
Su cuerpo siendo arrastrado hasta un vehículo, el viaje soportando el manoseo, los insultos, las vejaciones. La llegada hasta ese lugar helado, silencioso, húmedo.
La sensación de su cuerpo desnudo sobre la superficie de metal donde la están esposando. El baldazo de agua fría, la electricidad punzante de la picana en sus lugares más íntimos.
Las preguntas. Las respuestas que no conoce. Sus lágrimas.
El sonido de un teléfono que suena a los lejos.
Alguien que entra dando órdenes. Enojado, exasperado. Insulta a todos y les reprocha que se hayan equivocado. Esta mujer no es la que están buscando. Las torturas, que por fin, paran.
Esa voz que imperante le dice al oído que lo entienda, pero tiene que borrar las pruebas.
Siente el frío del revólver en su sien. En la desesperación de rogar por su vida se descorre levemente la venda de sus ojos. Lo último que puede entrever son esas tres estrellas que brillan en el hombro, de quién sin piedad, ejecuta el disparo.
Cada mañana me despido de ti con un beso en cada mejilla y un breve abrazo. Luego permanezco tras la reja y te observo mientras cruzas el patio, esperando a que vuelvas la cabeza y me dediques una sonrisa, como hacías al principio.
No imaginas cuánto me gustaría, por una vez, tornarme invisible, dejar mi cuerpo abandonado sobre la acera y acompañarte hasta la clase. Pasaría el día entero a tu lado y quizás obtendría por fin las respuestas que me niegas cuando te pregunto. Sabría así con quién juegas, si compartes tus cosas, si te dejan las suyas, si te aprecian. Te escucharía leer en voz alta y seguiría tu trazo en los primeros dictados. Comprobaría si estás atento o si, como sospecho, prefieres dejar que tu mente, traspasando las cristaleras, vuele hasta el jardín para hacer compañía a los pájaros; o acaso hasta el cielo, allí donde se encuentran tus estrellas preferidas, ésas que forman la constelación de Orión.
A las cinco recuperaría mi forma corpórea para estar de nuevo en la calle cuando salieses. Allí me encontrarías, puntual como todos los días, con mis manos aferrando los barrotes de la verja, buscando tu mirada.
Todas las noches salía al porche para hablar con ellas. Era su momento más feliz del día. Antonio, un anciano de noventa años, vivía solo en una casita en el campo. Su única compañía eran sus continuos recuerdos, una maldita artritis y tres estrellas que cada noche compartían con él su triste soledad. En cuanto anochecía, Antonio se arreglaba, como si fuera de paseo, se sentaba debajo de la parra de su porche y hablaba con ellas. A cada una les puso un nombre, eran para él como la familia que ya no tenía. Les contaba lo feliz que fue en esa casa, en otro tiempo, con su mujer y su hijo, que el implacable destino le arrebató. Una noche faltó a la cita y las tres estrellas, inquietas, observaron una luz brillante que se entremetía por la parra al encuentro de ellas. Desde ese momento, fueron cuatro.
Sólo le quedan tres estrellas para devorar la noche. Después le espera un largo día de indigestión. Entonces iluminará el firmamento hasta que llegue otra vez el ocaso.
El zumbido de una mosca en el oído; la carne seca sobre el plato a precio de oro en aquel restaurante tan caro; esa breve mueca que añora una sonrisa en la cara del patán de su jefe; desfallecimiento de las pilas del mando del televisor aquella apática noche de lluvia;… interrumpiendo la enumeración se disparan en su mirada las imágenes sobreexpuestas: la luna asoma entre las frondosas ramas, un ciervo en la carretera, el volante girado, los cuerpos centrifugados, gritos enmudecidos, amasijo de hierros, ruidos de sirena, la vida en ámbar y rojo…
Empuja el respaldo de madera con el desdén de un pie cansado; intenta caer un cuerpo frenado por esa soga que férreamente abraza su cuello, mientras la silla se pronuncia rotunda contra el suelo; péndula la carne todavía fresca; da dos descoordinadas patadas de braza al aire; sonríe por última vez, casi sin fuerzas, a sabiendas que pronto estarán las tres estrellas brillando en el firmamento.
Volvía tarde aquella helada noche, tan tarde que le acompañaba el ritmo acompasado de sus pasos y su sonoro eco en el silencio de las esquinas. El acordeón en bandolera le pesaba dolorosamente sobre su espalda estremecida y encogida por el frío y sus manos le colgaban desnudas como carámbanos bamboleantes a lo largo de su cuerpo. Estaba deseando soltar todas aquellas monedas que la gente que poblaba animadamente las calles llenas de luminosos escaparates, habían depositado en su gorro de lana, aunque aún no era Navidad. Hizo un gesto para colocar sus ateridos huesos y al levantar la cabeza se dio cuenta de lo limpio y oscuro que era el cielo y recordó a su familia lejana, allá en los Cárpatos, el cálido cuerpo de su mujer, el alboroto de sus hijos y a su padre señalándole con el dedo el cinturón de Orión, el collar de perlas azules que brillaba en aquel momento en el cielo. De pronto se sintió solo en mitad del universo, de pronto comprendió que también sus vidas estaban latiendo bajo las mismas estrellas. Aquella noche su felicidad fue grande, pero no tanto como su añoranza.
Embarcamos al amanecer en el portaviones con rumbo desconocido. A la llegada y ya en el campo de batalla el ruido de las sirenas era una orquesta desafinada amenizada de fondo por las chillonas ametralladoras y las explosivas granadas que parecía que cantaban a capela.
En la lejanía se veían los tanques deslizándose como si de lagartos gigantes se tratara. Detrás de la trinchera aguardábamos agazapados el momento más propicio para cruzar el campo enemigo como si fuera el “Rubicón”.
Miles de luces parpadeantes surcaban el cielo e iluminaban la noche otoñal más oscura y sangrienta. Sólo pude ver 3 estrellas: las del uniforme de mi capitán haciéndome un torniquete en mi maltrecha pierna.
Después mi vista fue perdiéndose en el vacio hasta que se diluyó del todo. Doscientos soldados perdieron la vida. Yo, tuve suerte, sólo perdí la pierna.
La ondulante arena de la Media Luna Vacía trababa los pies de los jóvenes aspirantes, que sentían cómo la inquietud transformaba sus manos en agua: aquella noche iban a ser sometidos a la prueba de agudeza visual que determinaría su ingreso en el real cuerpo de arqueros.
Pronto el capitán detuvo la marcha y ordenó que formasen. Después fue aproximándose a los jóvenes de uno en uno y susurrándoles algo al oído. Shafik veía cómo sus compañeros miraban al cielo y murmuraban una palabra. Cuando llegó su turno, el capitán le pidió que fijase la vista en un punto de la constelación del Féretro, aquella que otros pueblos llaman el Carro, y le dijese cuántas estrellas veía. “Tres”, respondió sin dudarlo.
Shafik jamás fue admitido en los arqueros reales, y hasta la misma noche de su muerte Mizar y Alcor, las dos estrellas que le habían arrebatado su destino de gloria, parecían mofarse de él desde su dualidad incontestable.
Cuando cientos de años más tarde el astrónomo Liebknecht descubrió una estrella que llamó Sidus Ludoviciana entre Mizar y Alcor, los huesos pulverizados de Shafik danzaron con el viento sobre las dunas de su tumba de arena.
La que se montó con el robo de los carritos llenos hasta arriba de comida. ¿No te acuerdas? Gordillo y sus cuadrilla de sindicalistas sacando comida del supermercado por la cara. Todo para luego darla a los que no pueden pagarla. ¡Cuánto se habló de aquello! A favor y en contra. ¡Qué hubo de todo! Yo, que Dios me perdone, pero por mucho de izquierdas que me crea, no soporto la imagen de ese barbudo mal vestido ni porque salve a todos los muertos de hambre de la tierra. Prefiero un empresario de éxito, aunque apenas pague impuestos… digamos… Amancio Ortega. ¡A un gran empresario da gloria verlo! Te imaginas los titulares: ¡Amancio Ortega sacando carritos llenos de comida para los pobres! ¡Amancio denuncia las injusticias del sistema! Las cajeras haciéndole una reverencia en vez de exigirle que abone la cuenta. ¡Qué risa! Pero puestos a pedir… que tal que lo hiciera el hombre más apuesto del universo… Cayetano Ribera, por poner uno bueno. ¡Qué peligro! ¡Las marujas de media España hubiera imitado a su héroe! ¡Eso sí que hubiera provocado el colapso económico del país!.. ¡y sin posibilidad de rescate! ¡Qué tres estrellas para la misma película!
La noche se ilumina con una constelación de estrellas en tu cucharilla de cenizas y liquido azul llameante, el veneno que te hace olvidar tu miedo e impotencia. Los días son borrosos, pero entre sombras y tinieblas te dejas guiar por esa luz que bombea paz con cada latido de tu corazón. Cegado por una gran llamarada cabalgas dichoso al borde del precipicio. Siempre regresas aunque nadie te espera, pero hoy una enorme rata se ha acercado sigilosa a ti. Se arrastra sobre tu cuerpo olisqueándolo, percibiéndote como una inmundicia más de este callejón de contenedores y sin ningún temor arranca de un mordisco un trozo de tu carne marchita. Qué importa, tú ya has llegado al final del túnel.
Hablaba ayer con un participante de que prescindir del anonimato en el concurso ha permitido que surja toda esta “comunidad” de gente que se reconoce en lo que hace; en contra siempre está que, cada vez somos más y nos vamos conociendo mejor, y ser objetivo ( creo que logramos serlo en todo lo posible) termina siendo un dolor, porque no descartas o eliges relatos, sino personas a las que estimas y admiras… Es el coste de esta propuesta, y creo que seguiremos pagándolo hasta que se nos ocurra algo que lo sustituya sin perder lo que tenemos… o que pierda interés por vuestra parte.
Pues este mes hemos ha vuelto a ser difícil. Muchiiiiísimos relatos, y con muy buen nivel… La primera tanda del jurado repartió votos a 49 relatos, y de ahí tuvimos que hacer un primer corte hasta 20… se nos cayeron un buen número de estupendas historias. El tramo final ha sido lo mismo de complicado; tanto que hemos tenido que volver a saltarnos la norma y elegir 5 relatos como seleccionados ante la complicación de realizar más agrios desempates.
El jurado, creo, ha trabajado mucho y bien y es justo agradecérselo … a Mar, a Mari y a Chema.
Pero, en fin, este ha sido el resultado de un buen número de comentarios y de 3 apretadas tandas de votaciones.
RELATOS SELECCIONADOS (orden numérico):
Los relatos que tienen premio de finalistas, son candidatos al premio final y se aseguran aparecer en la publicación de la 2ª Edición son:
SEP47. TAN VERDE COMO SIEMPRE, de Paloma Hidalgo Díez
SEP84. JUEGOS DE PATIO, de Nieves Martínez Menaya
SEP100. DE OLORES DE LA MEMORIA, de Fran Rubio
SEP109. CEREZAS de Miguelangel Flores
SEP137. NATURALEZA MUERTA, de Xavier Blanco
SEP51. Y COMIERON PERDICES, de Yolanda Nava
SEP63. INMADURO, de Fernando Andrés Puga
SEP73. MUJER DE CEPA, de Susana Revuelta
SEP129. EL SABOR DE LA FELICIDAD, de Rosa Molina
SEP135. HISTORIA DEL VIENTO DE OTOÑO, de Elysa Brioa
SEP140. EL SACRIFICIO, de Ignacio Rubio Arese
Enhorabuena a todos los mencionados y seleccionado. Y muchas gracias por seguir compartiendo con nosotros vuestra pasión a tod@s los que participáis.
La calma llega a estas horas de la noche, cuando el cuerpo cansado del día agotador reclama la cama con impaciencia. Pero el anhelo de los días tranquilos se hace presente y siento el impulso que me lleva a la ventana. Contemplo la noche estrellada, esa oscuridad salpicada de pequeñas bombillas incandescentes que me golpean el corazón con su belleza. Extasiada por tan suma grandiosidad se convierten en minutos lo que iban a ser segundos. Con los ojos enrojecidos por el sueño cierro la ventana y me giro hacía el dormitorio. En la cama duermen mis tres estrellas más preciadas. Con su luz interior más brillante que la más deslumbrante del cielo duermen ajenas al amor de la madre que las mira.
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