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Año del señor de 1191. El caballero templario Robert de Sablé espolea a su montura bajo el ardiente sol de Palestina. El casco le abrasa, el sudor de su frente resbala por su sien mezclándose con el polvo del camino y la rabia en su alma. Ha fracasado en su misión con los otros emisarios: la guerra es inminente. A lo lejos divisa unas pequeñas casas de adobe y un pozo. Allí, un anciano le tiende un cuenco de refrescante agua que alivia al cruzado.
–Señor, sus amigos ya han pasado por aquí–indica el viejo.
-¿Amigos?- Se extraña el jinete.
-Los otros caballeros de las estrellas– añade señalando la cruz de malta del uniforme militar.
El monje-soldado, hace una mueca de desagrado –sus estrellas son distintas, muy distintas…- La media luna y la estrella de Karakush, el enviado de Saladino, y la estrella de David del hebreo Ben Yehuda, en nada se parecen al símbolo de la cruz cristiana y al emblema de su Rey, Ricardo I, llamado Corazón de León.
El anciano se encoge de hombros :
-Como las estrellas del cielo: todas distintas, todas luminosas, todas bajo el mismo y único cielo.
Esperó a que su padre cerrara la puerta y saltó la ventana para dirigirse al jardín. Excavó en la oscuridad de la noche, justo donde estaba la gran X, y no paró hasta encontrar su escalera mágica. La clavó en el suelo, y cuando la escalera hubo crecido lo suficiente como para llegar a las estrella, trepó. Rasgó el suelo estelar con sus uñas, destrozadas de repetir aquel gesto una y otra vez, y llenó el bote que llevaba con él. Volvió a bajar, escondió la escalera, y durmió toda la noche.
Al día siguiente, entró orgulloso en la habitación donde su madre reposaba.
-Buenos días, mamá. Hoy también te he traído polvo de estrellas. Mi osito Apus dice que estás tan blanca porque te estás convirtiendo en una, y que es importante que te acostumbres a tu nueva piel.
-Gracias, hijo –le respondió ella esbozando una sonrisa con dificultad.
Cuando el pequeño salió del cuarto, la mujer dejó aquel frasco lleno de tierra junto al resto y esperó la llegada de la noche. Allí volvería a ver a su hijo arañando la arena, y sentiría, una vez más, como el calor de su propio sol inundaba su maltrecho corazón.
Ahora que las risas y las ganas han emigrado a otro lugar más soleado, el polvo se acumula sobre los muebles, prepotente; a ratos, o a siglos, no lo sé, suena el teléfono inquisidor e hiriente. Los minutos, las horas y los días andan colgados de las saetas del reloj, golpeando el silencio, y tejen una brillante telaraña para atrapar luces inexistentes. Porque todo está oscuro. Yo soy el firmamento, negro, inmensamente llano, tristemente deshabitado. La luna se fue en busca de miel al paraiso y las estrellas se fueron apagando tibiamente. Bueno, no sé, quizás queden estrellas, esas tres chispas juguetonas que apagan y encienden mi valor, riendo a carcajadas. Si, yo soy el firmamento y ellas son mis estrellas: Miedo, Dolor y Muerte. Pronto las horas caerán de los relojes, el silencio se quedará agrietado y las estrellas dejarán de jugar al escondite
Desde el gran ventanal, la mujer de manos crispadas, miraba el sol morir en el límite rojo del horizonte marino. No le quedaban fuerzas para sostenerse en la espera. Algunas luces próximas a la costa, la distraían. Recordaba a Manuel Palomino, ese hombre maduro, tan gentil, tan educado, tan ensimismado con su profesión de práctico en el mar. Ningún buque de carga, menos un crucero turístico, podría amarrar si Manuel no daba las indicaciones necesarias para entrar al puerto, en esa inmensa bahía turquesa que deslumbraba con las ballenas en octubre. Hacía muchos meses que él había partido dejando una promesa en oídos de ella. En ese momento, la noche avanzaba oscura cuando de pronto, una luz potente iluminó el cielo. Semejando borbotones rojos, azules, dorados, surgidos de la negrura, tres luces hechas una, cruzaron el éter ahogándose en un mar dormido. “Buen anuncio, Magdalena” dijo su madre y le dio la bendición de las buenas noches.
Los diarios de la mañana siguiente distribuirían la noticia de un hecho nunca visto: Tres estrellas fugaces habían caído en medio de la bahía. También, darían la bienvenida al práctico del puerto, quien recuperado de una larga enfermedad, regresaba del exterior.
Era extraña. Mientras todos comentábamos el último éxito musical o la peli de moda, ella permanecía apartada garabateando en su bloc. Al principio nos intrigaba su contenido, especulábamos sobre qué habría en él; pronto perdimos interés, cualquier cosa absurda, seguramente un diario en el que plasmar su soledad: cosas de “rara”; así era como llamábamos a la nueva en el instituto.
El viento que precede a la tormenta arreció y el bloc de La Rara voló hacia mí. Con un movimiento rápido lo rescaté. Un dibujo de gran calidad quedó expuesto ante mis ojos: un cielo oscuro en el que brillaban tres estrellas, la más grande y luminosa llevaba mi nombre, las otras dos el de mis amigas. Al pie, en una diminuta isla, una chica encogida sobre sí misma rodeaba con sus brazos sus rodillas, la admiración vestía su rostro. Miraba las tres estrellas.
Antonia chilla desesperada, sus gritos y resoplidos, atraviesan las impolutas paredes blancas del recinto.
Entre sudores y bufidos, Pedro agarra fuertemente a su esposa. Ella le oprime la mano y él aguanta como puede, rezando a todos los santos que no le rompa ningún hueso.
Es la primera vez que pasa por algo así y lo que experimenta es algo indescriptible.
Llevan horas con ella y Pedro a su lado, blanco como la leche, quiere que todo acabe ya.
Cuando el silencio se hace oír y todo se calma, Pedro corre a ver a sus tres estrellas, mira a su esposa, cansada por el esfuerzo, se sonríen y besa a sus tres luces que desde ese momento sabe que iluminarán su vida.
Se acerca a su esposa, que tiene las mejillas sonrosadas, los ojos brillantes y el corazón latiendo a mil por hora. Pedro, le acaricia el pelo mientras lo hace le susurra al oído un TE QUIERO.
–Y ahora, ¿cuál de las tres seguimos? –preguntó Gaspar, que era el más espabilado.
–Bueno, como somos tres, lo más práctico será que cada uno siga una, de ese modo uno de nosotros llegará al portal adecuado –explicó Melchor, que tenía estudios.
Baltasar, que las mataba callando, no dijo nada. Acostumbrado a ser siempre el último, esta vez partió el primero, siguiendo la que más brillaba, que a la postre le condujo hasta aquel pesebre que después se haría tan famoso.
–¿Cómo ha ido todo, José? –le preguntó al padre cuando lo tuvo frente a él.
–Trillizos –respondió desencajado el carpintero–. No nos lo esperábamos… Creo que voy a demandarlo, esto no figuraba en el contrato.
–Vaya, pues solamente traigo un regalo, ¿cómo está la madre?
–Descansando; ya sabes… cesárea.
http://pequenastretas.
Sin entrañas, ese era el nombre impuesto, el que le impusieron el día en qué nació, ¿Y por qué? Un motivo sin importancia… su madre, la que le dio a luz, murió al nacer él.
¿Qué culpa tenía o tuvo él?… ¡Toda! Papá se lo dijo; «Hijo, estaba escrito en las estrellas». Tres, tan solo tres estrellas, (su papá era astrónomo) y él fue el que lo vio todo escrito en ellas. Tenía que ser así; un catorce de abril, a las nueve de la noche, sería engendrado, un ser sin sentimiento, alma, ni entraña, que, nacería la noche de reyes, justo al aparecer en el cielo las tres estrellas, y se convertiría en un ente de horror, espanto y muerte…
Nunca quiso hacerlo, ― nunca quiso hacerlo― pero no tuvo otra opción… su papá se lo pedía cada noche… al acostarse, se acercaba al vientre de mamá y se lo pedía… muy suave, «Mientras, ella, dormía» ― come, hijo, come… ―. Y yo… comía.
Hasta que nueves meses más tarde… nací, y, ya no había más que comer… Bueno, sí, solo que dejé que mi papá me bautizara y después… también me lo comí… «Me había quedado con hambre…».
Una, dos, tres estrellas…
cuatro, cinco, seis estrellas…
seis millones de estrellas amarillas
caminaron hacia el exterminio.
«No envidies a las estrellas. Ahí, donde las ves, siempre luciendo tan brillantes y orgullosas… no saben que llevan mucho tiempo apagadas… muertas«, aquellas palabras maternales encienden en la mente del forastero la mecha de un mal presagio, pero se encamina, protegido por un hado metálico jovial y novel palpitando bajo su chaleco, hacia una calle flanqueada por dos sombras.
El episodio es fugaz y violento, como una tormenta. Pero esta vez luz y sonido alternan sus papeles. El eco de la muerte rasga el silencio y da paso a tres haces de luz cegadora que estallan con precisión certera: el hombre que lleva una opaca y raída estrella en el pecho deja caer su mano, antes cargada de plomo; el fugitivo que intenta apagar la luz que se escapa a borbotones de su corazón se rinde al descanso eterno sobre la tierra rojiza; el forastero, con su inexperta autoridad de metal convertida en inesperada condecoración otorgada por la parca, aún agonizando en su bolsillo, agota su última exhalación para increpar, orgulloso, al firmamento: «Miradme, estrellas, he brillado antes de…, antes de…».
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