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Se fijó en los cuerpos famélicos de los niños y en las moscas que revoloteaban a su alrededor igual que un furibundo enjambre de abejas. Observó sus semblantes consumidos, reducidos a huesos y piel. Sonreían a la cámara, mientras sus madres aguardaban en silencio, corroídas por la impotencia de ver morir a diario a sus hijos. Eran incapaces de alimentarlos y desde hacia días ya solo faltaba que la muerte se instalase en la aldea. A lo lejos, se fijó en la constelación de estrellas que refulgían en la oscuridad como luciérnagas en la noche en aquel lugar apartado de África y del que Dios parecía haberse olvidado. Leyó el eslógan en la pantalla del televisor: Cada segundo mueren tres niños en el Tercer Mundo. Cuando terminó el anuncio, se levantó del sofá, abrió la nevera y se sirvió una cerveza bien fría. Menuda mierda, se dijo. Al descanso su equipo de fútbol perdía tres a uno.
Mira por la ventana y sólo ve la niebla que le rodea. A lo lejos adivina el perfil de la montaña y piensa que sería bonito que el día fuese más luminoso y pudiese salir a dar un paseo.
Le gustan mucho los días luminosos. Cuando sale el sol se despreocupa y disfruta de los pequeños y grandes sucesos que acontecen en el limitado mundo que conforman el corredor de la muerte y las celdas anexas. Su último día está cercano, así que aprovecha a tope el mínimo recorrido vital que aún le queda por delante.
Sin embargo, los días de niebla la melancolía le aprisiona el pecho y la soledad se transforma en su única compañía. Es en esos días cuando reflexiona y recapacita.
«…nunca debería haber apagado la luz de aquellas tres estrellas«.
Su mujer le seguiría amando y podrían llevar a los trillizos a dar ese paseo por la montaña.
Los 8 relatos que encontraréis más abajo y con esta ilustración (es Ginette Gilard en plena investigación) corresponden a los 8 textos que presentamos sobre una «cita a ciegas» en la quedada de Santander el pasado sábado.
Ella comenzó a escribir cuando se quedó sola. Él, siempre había sentido ese afán de fabular. Sus viejos cuadernos del colegio, combinaron dibujos de ovnis con problemas de matemáticas, soldados medievales con sujetos y predicados.
Se encontraron en la red. Comenzaron a frecuentar los mismos espacios que recogen pequeñas historias, y entre otros tantos cuentistas, permanecían emboscados en sus alias: ella era Galadriel, la dama blanca de los elfos. Él, Sigfrido, el héroe de los Nibelungos.
Se leían. Disfrutaban cada uno con los cuentos del otro, en el remanso placentero de su intimidad. Se perseguían por los blogs con los que colaboraban.
Quedaron finalistas en un concurso de microrelatos y allí, en el local del Ayuntamiento en donde se celebraba la lectura y entrega de premios, pusieron rostro a su mutuo reconocimiento. Los flases del fotógrafo del periódico local, recogieron el abrazo de los ganadores para consumo, junto al café de la mañana, de los lectores de las páginas culturales.
Ella pensó cuando leía la noticia al día siguiente, que la foto no hacía justicia a su hijo, que no había sabido recoger esa sonrisa que iluminaba su rostro. La misma de cuando era niño.
Relato de la quedada «Cita a ciegas» en Santander
Para facilitarme la reincorporación al bufete me buscaron un caso sencillo: la defensa del heredero de una cadena de comida rápida, detenido en una pelea. Preparé una cita con él y me fui para la comisaría. Mientras rellenaba unos formularios, el funcionario insistía en mandar callar a una joven que mostraba un llanto ahogado, grave y cansino. Estaba medio tumbada, ocupando dos asientos, en una pequeña sala de espera.
-¿Qué le pasa? –pregunté.
– Ha intentado matar a su marido y a su hijo de 3 años. De momento los ha mandado al hospital. Está esperando a que le asignen un abogado de oficio.
Mientras esperaba, vi que la mujer tenía una mano vendada hasta el codo, y puntos de sutura en el mentón y sobre una ceja. Sólo podía imaginarme escenarios desesperados. Aquello reabría en mi interior el duelo y la tortura de la enfermedad que terminó con mi hijo Manuel, el vértigo desolador del posterior hundimiento de mi matrimonio. Entendí que había suficientes señales para hacerlo.
Entré al cuarto y me senté junto a ella.
-Tranquila, tranquila, sigue llorando. Me llamo Paloma Casado y voy a ser tu abogada. ¿Cómo te llamas?
Apenas pudo pronunciarlo.
-Me llamo Libertad.
Relato de la quedada «Cita a ciegas» en Santander
Los cristales de la ventana sabían de mis esperas, de mis dedos pegajosos ,cuando Lucía me traía a escondidas caramelos y me anunciaba un nuevo encuentro, para luego peinar mi pelo, asearme mientras me hacia cosquillas, y arreglar mi cama.
Las ventanas eran como periscopios de submarinos, por los que veía llegar a quien sería en esa ocasión mi cita a ciegas. Siempre fue así. Entraban hasta los jardines del edificio, bajaban de los coches y no volvía a saber de ellos hasta pasadas unas horas. Pero yo ya había visto sus caras, sus ojos asustados, sus manos temblorosas aferradas a otras adultas. Durante ese tiempo en el que perdía su rastro, imaginaba como serian: tímidos, silenciosos, divertidos… La inquietud y la curiosidad se me enganchaban al corazón y mataba los nervios y la impaciencia con los dulces de Lucía.
Algunos estuvieron conmigo durante meses, otros unas semanas y los menos unos días. Todos ellos se quedaron en mí y dejaron su huella. ¿Cómo olvidar a esos niños que durante aquellos años infantiles, en los que aprendí a vivir y a ganar a la muerte, fueron mis compañeros en la habitación de un hospital?
Relato de la quedada «Cita a ciegas» en Santander
-Si ¡tú estabas muy bien!
De sopetón me lo soltó una coetánea comadre.
Entré en la pubertad después de pasar mi niñez entre misas. Misas matutinas del colegio, misas de fin de semana, de cuaresma y navidad; misas de primeros viernes y obligatorios “panges lingua gloriosis” antes del cine pasado por censura; confesiones abrazado por Don Tomás, respirando su fétido aliento como anticipo de la penitencia.
Me enfrenté, mentalmente absolutamente capado, a las pasiones de la adolescencia.
No tenía ninguna idea de que yo resultase atractivo. Nadie me lo dijo, ni yo noté la más mínima insinuación al respecto.
Incluso, la que hoy es mi mujer, a quien no conocí en una cita a ciegas, afeaba mi mal gusto en el vestir. Yo vestía a cuadros de chaleco a calcetines. Además, sin llegar a sufrir de la esteatopigia de los hotentotes, confesó que sentía una cierta vergüenza al pasear de mi brazo por su elegante zona residencial bilbaína del “Paseo de Volantín”, dadas mis nalgas respingonas.
¡Dios!: ¡Qué pronto pierden protagonismo las nalgas!
– Querida comadre, te podrías haber insinuado más notoriamente. No me comí una rosca hasta que me casó aquel cura al que llamábamos “el peli”, por taheño.
Relato de la quedada «Cita a ciegas» en Santander
Tan sola me sentía que me acabe por decidir en pedir una cita con gente afín…
Nos dieron sus instrucciones: debíamos llevar tres cosas rojas… así que me compre unas manolitas y su bolso a juego…
Llegue con antelación a la cafetería estipulada llevando escondido en mi bolso el chal de seda tan elegante comprado también para la ocasión (siempre podía pretender que había confusión de persona si el tipo no me gustaba ya que no llevaba mas que dos cosas rojas)…
A la hora exacta vi estudiantes que se destornillaban de risa asomados encima de la barandilla de la escalera del metro y surgió el ser más curioso que se pueda uno imaginar:
Regordete a la faz lunar, color de café con leche cortada, gorro de lana sobre pelo cresposo (en plena canícula), corbata mal anudada y carpeta gigantesca… todo de rojo chillón…
Se le veía tan risueño que me gusto de inmediato… así que me lancé el chal sobre los hombros y me levanté haciéndole un gesto…
Se acerco y me dijo medio riendo: “¿no será usted ciega?” y al momento “¡es que yo soy tan feo que había rogado que la cita sea a ciegas!”
Relato de la quedada «Cita a ciegas» en Santander
EstaNocheTeEncuentro.com me pareció un nombre simpático y confiable. Encuentros y nocturnos… Sí, sin duda sería una agencia de contactos seria y discreta. Rellené mis datos en un cuestionario on-line. No mentí, lo juro, bueno… quizás exageré un poco mi gusto por el deporte y la vida sana, por eso de parecer una mujer moderna y de mundo. Lo de decir que adoro a los animales… fue porque siempre da un toque cariñoso, hogareño. Y eso de que soy pelín desordenada, vale lo confieso, para no espantar a nadie, que los hombres y el orden ya sabemos que son incompatibles y mira… una ya tiene unos años y bueno… tampoco se puede ser tan exigente ¿no?. Lo que es la tecnología… el ordenador aplicó sus algoritmos de selección en su base de datos y me hizo una sola pregunta : ¿Sexo? Sólo había dos botones : «Aceptar» y «Cancelar». Para que no se fuese el tema al garete pulsé «Aceptar». Oye, en dos días ya tenía cita con el candidato. Estoy encantada con Tarzan69, en-can-ta-da.
Relato de la quedada «Cita a ciegas» en Santander
—Escucho un murmullo que se acerca, es como un lamento, parece que intenta comunicarse, espere… hay interferencias… estoy perdiendo la conexión… ¡Vaya, con lo cerquita que estábamos! Yo que usted no pararía ahora. Si desea averiguar algo más de su difunto marido nos llevará otra sesión, podemos continuar o no, usted decide: son cincuenta euros la media hora, ya sabe que merece la pena llegar hasta el final…
Ella no responde, no puede: tiene la boca llena de la virilidad del maestro espiritual y los brazos sujetos a la espalda con un cilicio. Para la próxima cita lo tiene claro: se pedirá el disfraz de alumna díscola y látigo.
Relato de la quedada «Cita a ciegas» en Santander
Ya ha llegado la noche, brillan en cielo tres estrellas, cierra los ojos y duerme hasta que mamá te despierte.
En ese dormir angelical, deja fuera mi bebé, el olor alcohol y los golpes, que ya es tiempo de soñar. Duerme pronto cielo mío, que ya brillan tres estrellas. Y hoy tu padre llegará, cargado de problemas.
Duerme pronto ángel mío, que no hay hambre a donde vamos, allá arriba bien bien alto, al fin tendremos nuestra casa, donde brillan tres estrellas.
Nos cuidaran los angelitos, ya descansa mi bebito, toma mi mano y volemos que ya es tiempo de soñar y unidos viajaremos lejos del hambre, la miseria y el dolor. Muy atrás y aquí abajo quedaran los maltratos, los silencios y esas miradas llenas de horror.
Descansa niño mío, abrázame una vez más, que el sueño nos descubra siendo uno como al comenzar. Descansa dulzura mía, que sea juntos este último latido, ya es tiempo de dormir, de soñar para siempre, de por fin libres… vivir.
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