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Preciosa noche de luna llena, formamos un grupo no muy numeroso para disfrutar de la montaña. Vamos subiendo con calma, agradeciendo los sonidos y los olores que en la oscuridad se derraman.
De vez en cuando alguna risa rompe el silencio y nos dejamos llevar por las carcajadas, felices caminamos anticipando una noche mágica.
Elegimos lugar para descansar y cada uno va buscando dónde poner su saco, tumbados seguiremos riendo, charlando, durmiendo, y a ratos percibiendo el entorno que sonríe embrujador.
De repente un olor extraño, miramos y descubrimos asustados el fuego devastador. Los nervios nos superan, el miedo invade los sentidos y el sufrimiento de cada ser forma parte de nuestro propio sentir, es el viento el que decide hacia dónde dirige el horror.
Creemos morir; cada planta, cada árbol, cada animalito forma un conjunto en plena ebullición. El humo llena los pulmones y el calor arrasa todo. Pedimos ayuda que no llega, y el viento caprichoso decide cambiar su rumbo, asombrados admiramos cómo de pronto agita fuerte los arboles derrumbados y con llamas se despide de nosotros. Nos abrazamos y lloramos, somos afortunados. Llegan los helicópteros, pero ante nuestra vista se derraman hectáreas y hectáreas de pura desolación.
La pobreza hace lo que el viento fuerte, enloquecer a la gente. Yo cambie. Apenas si abrazaba los harapos de mis antiguos sueños. Me hizo terco, y mendigo sin cobijo. Me aisló. Un día, no sé cuando, quise olvidarlo todo, y me arropé solo con cielo y luz del día. Por eso respiro calle, muerte en cualquier lugar, a cualquier hora, por cualquier cosa, supervivientes agónicos, y viajeros de pateras… Lo que comparto en la mesa común, pan, jarra de agua, caballo, crisis… umbría, hipotermia… mi poca juventud, y mi vida ¡que lleva muchas prisas!
¿Qué hago? Caminar débil, observarme las manos imparables, sin pulso, y la mirada huidiza y marchita de indigente. Ah, y olvidar sorbiendo cerveza, y trastornando la carne aviejada y sedienta; herida por los filos del asfalto oxidado, y el brocal de la botella.
Mi familia no se va de mí, busca encuentros; nunca acudo. Conozco sus corazones rebosantes de heridas. Es difícil comprenderse. Representan su mundo; decorado con oficinas del paro, bancos inquisidores, y bancos ocupados por desempleo.
Igual algún día… sereno, sonriente, y recién afeitado. … me ciño un traje… llamo a la puerta de mis padres…, y abrazándolos, los beso… Igual algún día…sereno,
Soplé con todas mis fuerzas para que las cenizas que habían caído sobre mis pantalones se fueran todas juntas con el resto, porque pensaba que si se esparcían, sería como si cada parte de tu cuerpo estuviese en un lugar diferente sin posibilidad de unirse. Mi vida cambió como el viento, de norte a sur, de este a oeste. Fue una virada brusca, intensa, inesperada, que me dolió muy profundo en el alma como si se clavaran millones de agujas en el corazón. Con el paso de los días parece que se van desprendiendo una a una las agujas, y con cada paso que doy hacia adelante, la pena se suaviza pero el recuerdo se aviva. Cuando me invade la melancolía, subo a la cima de la montaña para sentirme más cerca de ti. Y rezo para que el viento no sea muy fuerte y así no te alejes de mi. Me tumbo sobre la hierba de la loma con la intención de buscar una simbiosis terrenal y espiritual, cierro los ojos y permanezco allí un buen rato. Después desciendo relajada y en calma, regando la senda del camino con un llanto silencioso que no puedo controlar.
Me levanté con el viento en contra.
Si no hubiera sido por que necesitaba la cafeína me habría vuelto a la cama. Al salir, la calle estaba desierta; en la cafetería que siempre tomaba mi café, solo estaba el camarero. Al verme me trajo el café y el periódico. En primera página la foto del la cafetería con el siguiente titular: “en el atraco de un banco resultaron muertos por balas perdidas el camarero y un cliente de la cafetería….”
Ayer me levanté con el viento en contra.
Muchas veces se dejaba impulsar por el viento. No le suponía ningún esfuerzo, simplemente relajaba el cuerpo, extendía sus brazos y, aprovechando su empuje y su fuerza, se elevaba. No como un globo, ni tampoco le aparecían alas. Flotaba horizontalmente, ingrávida y muy alto. Sus ojos adquirían una extraña propiedad que le permitía verlo todo desde allá arriba. Montañas y ciudades diminutas que le hacían pensar que la tierra era un lugar sorprendente y sus habitantes, con sus cuitas, puntitos imperceptibles del universo. Este era el viento de Junio, uno de sus mejores sueños.
Bastará una ambigua palabra dicha al descuido para ponerme a la defensiva. Yo que era brisa fresca de verano, contendré la respiración dispuesta a todo en cuanto desconfíe.
Acércate con cuidado. Tendrás que caminar con pies de plomo sobre este terreno pantanoso y si descubro malicia en tu intención, largaré el suspiro retenido y desataré un huracán incontenible.
No siempre fui la misma. Cuando aún mi cuerpo no había abierto las ventanas, flotaba entre las hojas iluminando el día. Todo cambió cuando la ráfaga filosa de aquel deseo ladino se atrevió a levantarme la falda. ¡Vaya si cambié! De repente fui un tornado feroz arrancando de cuajo las palmeras de esas ansias salvajes.
Será mejor no decir nada. Que hablen los cuerpos. Deslízate subrepticiamente sobre mi geografía y búscame la rosa de los vientos hasta encontrar el sur de mis sentidos. Si oprimes el botón que abre el cofre secreto, te acompañaré a la cumbre inexpugnable donde habita ese dios que da la vida con el hálito que fluye de su boca.
Aire en movimiento que dispersa las sombras y nos hará bailar entreverados.
Nunca me imaginé que aquella borrasca que anunciaba la televisión se acabaría convirtiendo en un huracán capaz de limpiar de mi calle a los camellos de poca monta, a los viejos verdes del parque, a los especuladores inmobiliarios, a las putas de las esquinas, a los abrazafarolas, a los violadores, al lobo feroz, a los estafadores, a los ladrones de guante blanco y a todo bicho viviente que ensuciaba el buen nombre del barrio. Desde entonces, es placentero observar como el torbellino que los apresó entre sus brazos los tiene suspendidos en el aire para exhibirlos ante los inocentes que sufrieron la inquina de estos desgraciados antagonistas. Lo único que le achaco a este viento redentor es que no haya podido aún cambiar al animal de mi padre, que sigue recluido entre estas cuatro paredes porque no se atreve a salir de su escondite. Pero saldrá, seguro, de eso me encargo yo.
Había vuelto a desayunar leche con galletas. Cuando comía no hablaba. Al terminar empezó a canturrear la canción de Mambrú mientras recogía el plato y el vaso e intentaba llevarlos indemnes a la cocina. Al llegar, ella limpiaba azarosamente una olla del día anterior; se detuvo y le dio un beso en la frente. Sin embargo él ya estaba, con una sonrisa de oreja a oreja, pensando en Don Elías, su maestro, y lo que les tendría preparado… se le vino a la cabeza Julia con sus largas trenzas y su mirada pícara endulzándole la mañana. Con la canción en la boca se dirigió a la entrada donde su madre le dejaba la mochila pero antes, en medio del largo pasillo, entró como acostumbraba en el servicio para peinarse guiado por una certeza: a Julia le gustaban los chicos con la raya en el medio. Una vez allí, frente al espejo, su rostro lleno de luz cambió como el viento. Se topó con un hombre mayor, sin pelo, en cuyo semblante, rico en arrugas, se refugiaba una mirada perdida y de la mano, como si fuera un apéndice de su añejo cuerpo, salía un inquieto peine.
Otro otoño más, muchos a sus espaldas, pero ella intuía que ese sería su último otoño, tal vez, porque de alguna manera el ulular del viento se lo susurraba aquella tarde gris.
Miraba sus piernas anquilosadas, sus manos casi yertas, su sonrisa casi apagada, pero recordaba a su pequeña del alma y volvía a sonreír. Su pequeña, ya no era tan pequeña, era una mujer hecha y derecha pero ella solo podía verla como su pequeña alegría diaria.
Algún día faltaré, pero nunca me voy a separar de tu lado. Te amaré como nunca he amado a nadie. A través del tiempo y de la vida. Si algún día crees que me he ido, que sepas que no será así. Cada noche me asomaré a tu lecho y suavemente y en silencio te taparé para que no cojas frío y te daré un tibio beso en tu mejilla. Sabrás que estoy ahí, para siempre, para toda la eternidad.
Entonces, de pronto, cambió el viento, nubarrones oscuros, rayos…y luego, silencio total.
Aquella noche, se asomó a su cama de puntillas, y la besó levemente….. etérea….. invisible al fin.
Apoyado contra la pared de la gruta, modela con cariño su muñeco de barro. Ya solo faltan unos pequeños retoques para lograr la imagen con la que tantas veces había soñado. Está exhausto, pero satisfecho: han sido seis días de emociones y dentro de nada llegará su merecido descanso. Pero poco le dura la dicha: afuera se ha levantado un vendaval que enturbia de arena el aire de la cueva, cegándole la vista.
Al salir, se cubre la cara para no presenciar el desastre. El mar se ha encolerizado: no soportaba ser testigo pasivo de los juegos de las palmeras mecidas por la brisa; que la luna impusiera límites a su furor y le impidiese lamer con su marea más allá de la orilla y participar así de la fiesta de sombras y baladas; que las gaviotas se aprovecharan de su despensa… Un huracán vengador riza una enorme ola que barre sin piedad toda la costa.
Abatido, se retira al interior de la caverna. Se topa con la figurita medio terminada que le mira desafiante, rascándose la entrepierna, y decide entonces abandonar el paraíso.
Regresará cuando todo haya terminado, para enterrar bien profundo los despojos de su obra imperfecta.
Desde la loma del faro, se me olvidan los insultos de los chicos de la escuela, por mi tic en el ojo y ese apodo de “la galleguca”. Nunca he sabido por qué me lo pusieron. Le pregunto a mi madre y me dice que cuando sea más moza entenderé. Creo que tiene algo que ver con una tarde plomiza en la que sin avisar cambio el viento y de pronto sopló el del oeste. El gallego, se hizo cómplice de la mar, y juntos removieron las olas agitando con fuerza los barcos que llevaban varios meses ausentes, poniendo sus quillas mirando al cielo. Ese día, dicen las vecinas, lloraron hasta las piedras del barrio pesquero, y las mujeres se unieron en ruegos a la virgen del Amparo, para que cesara la galerna. Dicen que mi madre no estaba allí para pedir por el regreso de mi padre. Nueve meses después nací yo, nunca pude conocer a mi padre, su cuerpo no apareció. Desde entonces nos cuida tío Roberto, el de la taberna. Dice que me quiere mucho, y debe ser cierto porque a él también le tiembla un ojo como a mí.
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