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Un compañero trajo un día un hámster a la escuela. Era tan simpático y travieso que enseguida lo adoptamos como mascota de la clase. Decidimos llamarle Matías, por ser el santo del día. Campaba a sus anchas por el aula, mientras los profesores hacían la vista gorda, y pasaba las noches en una caja de zapatos en la que depositábamos a diario, por riguroso turno, comida fresca.
Durante las vacaciones de navidad, varios de nosotros fuimos de excursión al Pirineo en tienda de campaña. Por supuesto, Matías nos acompañó. Al despertarnos el segundo día le llamamos, pero no acudió. A alguien se le ocurrió mirar dentro de su saco de dormir. Allí apareció, inerme, el diminuto cuerpo de Matías, que seguramente se había refugiado en él para combatir el frío de la noche.
Fuimos a darle sepultura junto a una cascada próxima. Al pie clavamos una crucecita que hicimos con una rama de pino, donde grabamos su nombre con la punta de una navaja. Flores no dejamos, pues no hallamos ninguna por los alrededores. Y nos impusimos un castigo: hasta el día siguiente no probaríamos bocado, por no haber sabido preservar la vida de nuestro querido amigo.
Mi pasión por las flores era sobradamente conocida, me avivaban sus colores, me embriagaban sus aromas, me conmovían su fragilidad y su extraordinaria belleza… Mis tres hijas recibieron sus nombres fruto de mi debilidad, Margarita, Violeta y Dalia. Mi esposo, Narciso, tuvo su lugar a mi lado en cuanto se me presentó. Invariablemente, dos veces a la semana, acudía a la mejor floristería de la ciudad, allí me perdía entre las fragancias que emanaban de los pétalos de las distintas flores, siempre me costaba elegir un ramo entre tantos igualmente bellos… El día que mi vida tocó a su fin, nada parecía indicarlo, rodeada de amapolas en plena naturaleza se me acercó una abeja, quise alejarla de un manotazo, no sabía que su pequeño aguijón era para mí un arma letal. No me dio tiempo a pedir mi último deseo, y en mi funeral, no hubo flores.
Muchas gracias a todas, a todos.
Nos lo habéis puesto muy difícil. Ha sido complicado elegir tan sólo éstos, y se nos han quedado una docena de relatos en el último descarte que nos ha dolido dejar… pero esto de los concursos es así, el resultado de una parte de talento y otra parte de lo que la diosa Fortuna se empeñe en reunirnos como jurado…
Felicidades para todos los señalados aquí y mucho ánimo para los demás.
LOS TRAJO LA LLUVIA,de Ginette Gilart
MI PEQUEÑA ABRIL, Laura Navas.
CAMBIO CLIMÁTICO, de Esperanza Temprano
CERAUNOMANTE, Juan Pérez
DE LLUVIA, ESPEJOS Y DEBERES, Gabriel Bevilaqua
ME TRAJO ABRIL, Ana Gómez Quevedo
Ni siquiera de plástico. Ya nadie le lleva flores, ni limpian su lápida. Cualquiera que recorra el sendero entre el mar y la montaña, camino del molino, puede comprobarlo. Pues su sepultura está señalada en ese lugar único y privilegiado.
Aquel anochecer mi padre regresaba a su tumba, no sin cierto hastío, cuando se sorprendió al vislumbrar sentado en una de las cuatro esquinas del mármol, a un viejo con barba blanca y un manojo de llaves en el regazo de su túnica. El viento, que silbaba por aquellos parajes, arremolinó su largo cabello níveo.
─Te esperaba Florencio ─le dijo a papá. Y continuó─: Ven conmigo para encontrar la justicia que no hallaste en Vida, y por fin te abriré las puertas del Cielo.
─¡¿Justicia?! Pero Pedro…, si a casi todas las almas les pones inconvenientes por cosas sin importancia, y envías a la gente al infierno. No, no te acompañaré.
Así, el fantasma de mi padre perdió su oportunidad, y sigue visitándome todas las tardes. Ya sólo me tiene a mí. Ahora que soy vieja me alegra tener compañía. Aunque estoy preocupada, ¿a quién se le aparecerá cuando yo muera?
No hubo flores el día de su despedida. Ni tan siquiera un tulipán, con lo que le gustaban. No hubo flores ni tampoco lágrimas. Se fue una mañana de primavera, a esas horas en que la luz empieza a abrirse paso para comenzar un nuevo día. A esas horas en las que el aire huele a limpio y las gotas de rocío adornan las ramas a las que les están brotando las hojas. Se fue sin avisar ni echar la mirada atrás. No hubo flores ni tampoco un adiós.
Sergio admiraba la explosión de colores y aromas que cada primavera, poblaba aquellos prados por lo general inundados por un monocromático océano verde.
Humildes margaritas, pitonisas del sí o el no, compartían modestas el espacio con petunias de cien colores, cada una dueña de su propia esencia. Dondiegos cuyas hojas asemejan el corazón de la dama que se quiere encandilar. Claveles, flor de los Dioses, formando pequeñas islas como haciendo piña. Tulipanes, indecisos la mayoría. Algunos eligen el púrpura, los más osados. La mayoría no obstante se conforma con un neutro tono blanco o rojo. Ostentosos crisantemos, incapaces de mantenerse en el anonimato con colores y dimensiones modestas.
Todas y cada una de ellas serán arrasadas en cuestión de horas, y es que el rebaño de Sergio tiene un paladar muy sibarita.
Sabíamos que el atardecer se tornaría naranja de otoño. Que el viento tumbaría las ramas del manzano, pero no que con el paso del invierno, la primavera llegaría este año sin flores.
El patio era una losa yerma. Simulaba el jardín del cuento, el del gigante egoísta, pero aquí no somos de gran tamaño y modestamente nos creemos buenas personas.
No había indicio de la causa de aquel suceso, y con la calma que dan los años, aceptamos lo que vino sin más reproche.
Pero cómo todo en esta vida tiene su por qué, pronto se nos dio, no sólo el motivo si no la solución de aquella inusual primavera.
El último en llegar había sido Basilio, jardinero de profesión. Desde joven cultivaba las rosas del jardín. Ahora, abandonado en él, había perdido el interés por su cuidado y sus noches eran un continuo sollozo.
Y sólo desde el día en el que su nieto apareció y Basilio comenzó a regar la tierra, vimos crecer los tallos de incipientes florecillas.
Una semana después se despidió diciéndonos:
– Me voy a casa de mi nieto a vivir, pero volveré cada mañana a la residencia para ver cómo marchan mis retoños.
Recibí un mensaje con inesperadas palabras de amor. Seguro llenaría de paradójicos escalofríos, al remitente y a mí.
Creí que estaba dormida y despierta a la vez, la vida había conseguido marearme, porque, hubo una vez en que hubiera querido cultivar esas flores. Sí, mi corazón se salió del sitio y no tuve donde guardarlo, ahora, sé positivamente de la inexistente coincidencia del amar, me está golpeando con las letras del mensaje recibido y el mundo me confina entre aromas…
Que alguien me ame es un traje nuevo que aprieta mi corazón en el pecho; es conturbador y me hace recordar cuando no fui correspondida. ¡Dioses!
Mi cabeza gira y todo se instala en la lejana memoria, entre la nada. Ni siquiera tuve tiempo de permitirme soñar en paseos de la mano por los claros de los montes o, bajo la luz radiante del sol.
Ya no quiero amores, se me acabó la energía y me rendí ante la realidad; hace mucho tiempo, toda la vida…
Mi jardín se quedó sin flores en mayo, y las hierbas silvestres ahogaron las semillas de la reseca esperanza entre mis áridos adentros…
Es posible que esté insomne y sueñe despierta…
Aquel día no hubo flores para celebrar la llegada de la primavera.
Eran demasiadas las cosas que urgía cambiar en sus rutinas diarias, antes de que su familia pudiera permitirse el lujo de intentar retomar de nuevo la normalidad.
La trágica noticia de que la madre sufría una enfermedad incurable´había irrumpido de forma atropellada en sus vidas.
No, esa vez no había flores que atrajeran con sus colores la alegría de la vida para celebrar un año más el Día de la Madre.
Tendrían que esperar los seis meses que le habían dado de plazo los médicos, para que esas bellas flores alegrasen no su vida, sino su sepultura como prueba innegable del amor que le profesaban los suyos.
Sobre tu tumba no habrá lágrimas que puedan delatarme, no habrá flores que lleguen a marchitarse, no escribiré tu nombre para evitar que otros labios lo pronuncien.
Sobre tu tumba no arrojaré tierra que pueda llegar a tocarte, no pondré una lápida fría y pesada, no dejaré que ningún elemento nos separe.
Tu tumba será el mar como tu deseabas, ese mar que tanto amabas y que tantos secretos nuestros guarda.
Así, junto a tu tumba podré pasear siempre que lo desee, incluso podré introducirme en ella para volver a fundirme junto a ti en un inmenso abrazo sin fin. Podré llorar sin miedo sabiendo que únicamente tú sentirás mis lágrimas de amor infinito. Podré bailar una danza sin fin mientras me meces en tus brazos convertidos en suaves olas. Podré soplar pompas de jabón repletas de sueños e ilusiones nuestras que quedaron inconclusas.
Porque no existirá jamás una tumba que pueda separarnos, tan sólo, un espacio infinito en el que un día volveremos a encontrarnos.
Cierra los ojos para que no se contaminen sus recuerdos. Arena y viento. Calor y sed. Nunca sospechó más mundo detrás del horizonte. No hay sonrisa atraída por el recuerdo del primer beso ni palabras de amor envolviendo la concepción de sus hijos. Caminó el tiempo con su carga: arena, viento y soledad. La muerte entró, sigilosa, en su vida y se fue apoderando de sus fuerzas. Sólo esperaba que se apagara el sol y durmieran las lunas para siempre. Aquella gente que un día visitó el campamento le aseguró que vencería al dolor. La tarde que salió de su jaima para siempre, todavía ignoraba que existiesen las flores. Allí nunca hubo flores, allí sólo florece la esperanza.
Abre los ojos. Ese viaje al pasado le duele demasiado. Ahora debe enfrentarse al último y definitivo.No teme ese momento, sólo sonríe y espera. Vendrá a buscarla un aire limpio y fresco y, envuelta en flores, la llevarán al oasis eterno donde el dolor no existe.
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