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Hace más de un mes que se cortaron las últimas flores y no ha pasado nada, sus clones las han superando con creces, no necesitan tierra ni riego y nunca se marchitan, además nos ofrecen una completa gama de colores lisos, estampados a rayas, con cuadros o con lunares y ello sin contar con que podemos elegir el aroma que más nos guste: rosas con olor a café o margaritas que huelen a jabón de Marsella.
Hace más de un mes que se llevaron a Violeta y me dejaron a su clon, es perfecta, no discute, no se queja y no necesita cariño. Todas las noches después de hacer el amor la busco en esa mirada fría y distante. La echo de menos.
Nunca hubo flores, ni tan siquiera plantas de hojas lustrosas que adornaran su casa. Su marido tenía alergia a la alegría. Tampoco quiso tener hijos, y Manolito, su tabla de salvación, nació como fruto de la única mentira que se permitió, – ese descuido- en todos los años de vida en común.
Ahora, en el tanatorio, abrazada a su hijo, escoge la corona más grande, la más florida, para cubrir su ataúd, y sonríe entre lágrimas, como si el sol se abriera paso por fin, entre las nubes de una tormenta que acaba de terminar. Es su pequeña venganza.
Sabes bien que adoro las flores y te aprovechas de ello.
Por eso siempre me las has regalado al día siguiente, cuando has vuelto arrepentido y llorando, jurándome que nunca más volverías a hacerlo.
Y yo siempre las he aceptado. Y te he perdonado siempre, como una tonta.
En el fondo soy una ñoña porque nunca he sido capaz de resistirme a tu carita de remordimiento tras el ramo de rosas, tan grande como bestia has sido el día anterior.
¡ Pero esta vez te juro que se acabó!
¡Te lo digo yo! Esta ha sido la última vez que me pegas, que me llamas inútil y me dices que soy la mayor mierda del mundo y que no merezco vivir. Esta ha sido la última vez que haces llorar a nuestros hijos porque pierdes el control delante de ellos. Es la última vez que les miento diciendo que papá es bueno, que no se da cuenta, que no quiere hacernos daño porque nos quiere mucho…porque eso, eso no es amor.
No. ¡Nunca más!
Esta vez sé que no va a haber flores. En la cárcel no puedes comprarlas y yo, bajo esta fría lápida, tampoco puedo ya aceptarlas.
Cuando dejó de llover en este rincón, las flores se reunieron en consejo y acordaron marcharse, si en el plazo de cien lunas el cielo no volvía a descargar. Recuerdo que todos pusimos de nuestra parte para provocar el llanto atmosférico: los robles fumaban, las ranas danzaban, los búhos solicitaban deseos a las estrellas fugaces, los estorninos picoteaban las nubes y el resto rezaba. Nada, todo fue inútil, los días pasaron de largo sin rociarnos y arrancando el colorido de nuestro bosque. Así el destino jugó con todos nosotros y no movió un dedo por evitar el éxodo floral. De aquello han pasado siglos y casi todos emigraron, otros mudaron para adaptarse y solo nosotros permanecimos inalterables, con nuestros aguijones, en este desierto sin poder enterrar a los nuestros con flores.
Un compañero trajo un día un hámster a la escuela. Era tan simpático y travieso que enseguida lo adoptamos como mascota de la clase. Decidimos llamarle Matías, por ser el santo del día. Campaba a sus anchas por el aula, mientras los profesores hacían la vista gorda, y pasaba las noches en una caja de zapatos en la que depositábamos a diario, por riguroso turno, comida fresca.
Durante las vacaciones de navidad, varios de nosotros fuimos de excursión al Pirineo en tienda de campaña. Por supuesto, Matías nos acompañó. Al despertarnos el segundo día le llamamos, pero no acudió. A alguien se le ocurrió mirar dentro de su saco de dormir. Allí apareció, inerme, el diminuto cuerpo de Matías, que seguramente se había refugiado en él para combatir el frío de la noche.
Fuimos a darle sepultura junto a una cascada próxima. Al pie clavamos una crucecita que hicimos con una rama de pino, donde grabamos su nombre con la punta de una navaja. Flores no dejamos, pues no hallamos ninguna por los alrededores. Y nos impusimos un castigo: hasta el día siguiente no probaríamos bocado, por no haber sabido preservar la vida de nuestro querido amigo.
Mi pasión por las flores era sobradamente conocida, me avivaban sus colores, me embriagaban sus aromas, me conmovían su fragilidad y su extraordinaria belleza… Mis tres hijas recibieron sus nombres fruto de mi debilidad, Margarita, Violeta y Dalia. Mi esposo, Narciso, tuvo su lugar a mi lado en cuanto se me presentó. Invariablemente, dos veces a la semana, acudía a la mejor floristería de la ciudad, allí me perdía entre las fragancias que emanaban de los pétalos de las distintas flores, siempre me costaba elegir un ramo entre tantos igualmente bellos… El día que mi vida tocó a su fin, nada parecía indicarlo, rodeada de amapolas en plena naturaleza se me acercó una abeja, quise alejarla de un manotazo, no sabía que su pequeño aguijón era para mí un arma letal. No me dio tiempo a pedir mi último deseo, y en mi funeral, no hubo flores.
Muchas gracias a todas, a todos.
Nos lo habéis puesto muy difícil. Ha sido complicado elegir tan sólo éstos, y se nos han quedado una docena de relatos en el último descarte que nos ha dolido dejar… pero esto de los concursos es así, el resultado de una parte de talento y otra parte de lo que la diosa Fortuna se empeñe en reunirnos como jurado…
Felicidades para todos los señalados aquí y mucho ánimo para los demás.
LOS TRAJO LA LLUVIA,de Ginette Gilart
MI PEQUEÑA ABRIL, Laura Navas.
CAMBIO CLIMÁTICO, de Esperanza Temprano
CERAUNOMANTE, Juan Pérez
DE LLUVIA, ESPEJOS Y DEBERES, Gabriel Bevilaqua
ME TRAJO ABRIL, Ana Gómez Quevedo
Ni siquiera de plástico. Ya nadie le lleva flores, ni limpian su lápida. Cualquiera que recorra el sendero entre el mar y la montaña, camino del molino, puede comprobarlo. Pues su sepultura está señalada en ese lugar único y privilegiado.
Aquel anochecer mi padre regresaba a su tumba, no sin cierto hastío, cuando se sorprendió al vislumbrar sentado en una de las cuatro esquinas del mármol, a un viejo con barba blanca y un manojo de llaves en el regazo de su túnica. El viento, que silbaba por aquellos parajes, arremolinó su largo cabello níveo.
─Te esperaba Florencio ─le dijo a papá. Y continuó─: Ven conmigo para encontrar la justicia que no hallaste en Vida, y por fin te abriré las puertas del Cielo.
─¡¿Justicia?! Pero Pedro…, si a casi todas las almas les pones inconvenientes por cosas sin importancia, y envías a la gente al infierno. No, no te acompañaré.
Así, el fantasma de mi padre perdió su oportunidad, y sigue visitándome todas las tardes. Ya sólo me tiene a mí. Ahora que soy vieja me alegra tener compañía. Aunque estoy preocupada, ¿a quién se le aparecerá cuando yo muera?
No hubo flores el día de su despedida. Ni tan siquiera un tulipán, con lo que le gustaban. No hubo flores ni tampoco lágrimas. Se fue una mañana de primavera, a esas horas en que la luz empieza a abrirse paso para comenzar un nuevo día. A esas horas en las que el aire huele a limpio y las gotas de rocío adornan las ramas a las que les están brotando las hojas. Se fue sin avisar ni echar la mirada atrás. No hubo flores ni tampoco un adiós.
Sergio admiraba la explosión de colores y aromas que cada primavera, poblaba aquellos prados por lo general inundados por un monocromático océano verde.
Humildes margaritas, pitonisas del sí o el no, compartían modestas el espacio con petunias de cien colores, cada una dueña de su propia esencia. Dondiegos cuyas hojas asemejan el corazón de la dama que se quiere encandilar. Claveles, flor de los Dioses, formando pequeñas islas como haciendo piña. Tulipanes, indecisos la mayoría. Algunos eligen el púrpura, los más osados. La mayoría no obstante se conforma con un neutro tono blanco o rojo. Ostentosos crisantemos, incapaces de mantenerse en el anonimato con colores y dimensiones modestas.
Todas y cada una de ellas serán arrasadas en cuestión de horas, y es que el rebaño de Sergio tiene un paladar muy sibarita.
Sabíamos que el atardecer se tornaría naranja de otoño. Que el viento tumbaría las ramas del manzano, pero no que con el paso del invierno, la primavera llegaría este año sin flores.
El patio era una losa yerma. Simulaba el jardín del cuento, el del gigante egoísta, pero aquí no somos de gran tamaño y modestamente nos creemos buenas personas.
No había indicio de la causa de aquel suceso, y con la calma que dan los años, aceptamos lo que vino sin más reproche.
Pero cómo todo en esta vida tiene su por qué, pronto se nos dio, no sólo el motivo si no la solución de aquella inusual primavera.
El último en llegar había sido Basilio, jardinero de profesión. Desde joven cultivaba las rosas del jardín. Ahora, abandonado en él, había perdido el interés por su cuidado y sus noches eran un continuo sollozo.
Y sólo desde el día en el que su nieto apareció y Basilio comenzó a regar la tierra, vimos crecer los tallos de incipientes florecillas.
Una semana después se despidió diciéndonos:
– Me voy a casa de mi nieto a vivir, pero volveré cada mañana a la residencia para ver cómo marchan mis retoños.
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