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Sobre tu tumba no habrá lágrimas que puedan delatarme, no habrá flores que lleguen a marchitarse, no escribiré tu nombre para evitar que otros labios lo pronuncien.
Sobre tu tumba no arrojaré tierra que pueda llegar a tocarte, no pondré una lápida fría y pesada, no dejaré que ningún elemento nos separe.
Tu tumba será el mar como tu deseabas, ese mar que tanto amabas y que tantos secretos nuestros guarda.
Así, junto a tu tumba podré pasear siempre que lo desee, incluso podré introducirme en ella para volver a fundirme junto a ti en un inmenso abrazo sin fin. Podré llorar sin miedo sabiendo que únicamente tú sentirás mis lágrimas de amor infinito. Podré bailar una danza sin fin mientras me meces en tus brazos convertidos en suaves olas. Podré soplar pompas de jabón repletas de sueños e ilusiones nuestras que quedaron inconclusas.
Porque no existirá jamás una tumba que pueda separarnos, tan sólo, un espacio infinito en el que un día volveremos a encontrarnos.
Cierra los ojos para que no se contaminen sus recuerdos. Arena y viento. Calor y sed. Nunca sospechó más mundo detrás del horizonte. No hay sonrisa atraída por el recuerdo del primer beso ni palabras de amor envolviendo la concepción de sus hijos. Caminó el tiempo con su carga: arena, viento y soledad. La muerte entró, sigilosa, en su vida y se fue apoderando de sus fuerzas. Sólo esperaba que se apagara el sol y durmieran las lunas para siempre. Aquella gente que un día visitó el campamento le aseguró que vencería al dolor. La tarde que salió de su jaima para siempre, todavía ignoraba que existiesen las flores. Allí nunca hubo flores, allí sólo florece la esperanza.
Abre los ojos. Ese viaje al pasado le duele demasiado. Ahora debe enfrentarse al último y definitivo.No teme ese momento, sólo sonríe y espera. Vendrá a buscarla un aire limpio y fresco y, envuelta en flores, la llevarán al oasis eterno donde el dolor no existe.
Oí abrirse la puerta de entrada y me enjugué rápidamente las lágrimas mientras sacaba del horno el bizcocho que tanto le gustaba.
– ¡Mira mamá lo que me ha traído la lluvia mágica! – anunció con solemnidad desde el pasillo.
Me volví estupefacta al escuchar la música de su vocecita, después de ocho meses de impenetrable silencio. Sostenía entre sus manos un gatito flaco y sucio que me miraba confiado con unos enormes ojos verdes: pero fue la chispa que brillaba de nuevo en los de mi hijo, lo que realmente me impresionó.
-¿La… lluvia? –logré balbucear conmocionada.
– ¡Claro mamá! La lluvia lo dejó entre tus plantas para que sea mi amigo – explicó con indulgencia.
– Pues…tendremos que bañarle y darle de comer – aseguré, arrinconando gozosamente mis aprensiones y mi alergia.
La tarde pasó volando entre las risas que nos regaló con sus cabriolas y juegos, buscándole un nombre apropiado mientras preparábamos una cuna y una caja de arena en el desván.
Ni siquiera me acordé de las macetas cuando oímos que el granizo bombardeaba los cristales: Aquel año no hubo flores en el zaguán, pero la alegría y la voz de mi hijo iluminaban otra vez toda la casa.
El brumoso día invernal desdibuja el pueblito de pescadores
Una visitante solitaria se detiene frente a la vetusta iglesia, aturdida empuja la pesada puerta.
Fulgurantes velas iluminan en el altar la desnudez de Cristo crucificado.
Ora en religioso éxtasis, sus ojos dormidos vagan en la añoranza de su niñez vivida en el pueblo…
Torturada se sumerge en el río del tiempo.
Los amados recuerdos de los navegantes invisibles que compartieron sus sueños pesan en su corazón
No hay flores, solo el rumor de lejanías que trae el mar la invita a recibir el verde beso de las olas…
La grava del sendero crepitaba bajo mis pies apenas visibles bajo la tenue luz de la Luna. Un búho me observaba y un sauce reflejaba sus ramas en un charco. El camino se estrechaba a mis costados por ambos setos poblados de enormes flores blancas. Mi primer impulso fue arrancar un ramo, pero algo me decía que estaba prohibido, y durante un rato se estableció dentro de mí una lucha, la eterna batalla entre la curiosidad por lo desconocido y el miedo a los tabúes.
Alargué la mano, decidida a arrancar las flores, cuando de repente, por entre los arbustos apareció una niña de unos cinco años de edad, vestida con una túnica blanca. En sus manitas portaba un gran ramo de flores, como las que yo había intentado robar. La niña me miró entre altanera y tierna.
—Detente, persona mayor– me dijo con su vocecita de plata— tú no puedes arrancar estas flores.
— ¿Y tú sí?
—Yo sí, claro.
— ¿Por qué no puedo yo?
—Podrás, persona mayor, pero antes, debes crecer hasta mi altura.
Se preparó para ir al cine. Hizo cola hasta conseguir su entrada en taquilla y se dirigió hacia su butaca. En el interior de la sala el silencio resultaba abrumador. Algo desconcertante en los momentos previos a la proyección de una película.
Miró curiosa a su alrededor y descubrió horrorizada que a todos allí les faltaba algo: un ojo; un brazo; la facultad de habla… Personas aparentemente incompletas que seguían adelante sus vidas haciéndose duras en la desgracia. La única flor rara de aquel macabro jardín era ella. Tan débil, ínfima y solitaria como siempre. Tan triste como una flor mustia.
Se sintió ridícula junto al ramo de rosas rojas que había decidido regalarse esa tarde de sombrío aniversario para ella, y que ocupaba la segunda de las localidades que había pagado. Se levantó y su boca floreció con una sonrisa que llevaba cinco largos años dormida. A continuación se puso a regalar a todas las parejas una de aquellos capullos fragantes. Cuando las flores se agotaron siguió repartiendo páginas de la novela que acababa de comprarse esa mañana.
«Las tristezas mejor mantenerlas aisladas. Las alegrías siempre conviene compartirlas», les decía.
El día que decido acercarme el corazón me da vueltas en el pecho.
Nerviosa, se me nubla la visión.
Quisiera ir más a menudo. Pienso, para que, para no oírle, ni verle. Se me rompe el alma en mil pedazos. Intento armarme de valor, sacar fuerzas de lo mas hondo, no lo consigo.
Me siento al borde de la cama, miro sus fotos, lloro, le busco pero no le veo, está tan lejos. En esas fotos su sonrisa reclama mi atención y en sus ojos me pierdo, descubro mi razón, y vuelvo a la cordura.
Tengo las flores, son tan bonitas, que adornan todo lo que está cerca, y es feo. Las dejaré a su lado, para que esté a gusto y acompañado, que le den alegría a esa morada triste y desalentadora en la que descansa.
El último día, las flores estaban marchitas. Las hago desaparecer. Lo mismo que en otoño, las flores parecen ocultarse de repente, dejando sus pétalos por el suelo.
He decidido no ir, mi corazón no lo resiste, las flores las dejaré aquí, en la mesilla, aunque la pena amenace mi ser por no poder, hoy no habrá flores.
Mis recuerdos provienen de un lejano mes de Abril.
Por entonces vivía sola en un sitio diminuto y ruidoso lleno de humedades. Apenas podía moverme, mis débiles huesos parecían poder quebrarse con el más leve temblor.
Estaba yo arrugadita como un níspero olvidado en el fondo de un frutero y apenas tenía cuatro pelos, mis encías estaban desiertas y me alimentaba de una miserable y aburrida dieta por sonda.
Lo días se sucedían sin novedad. Hasta que de pronto algo extraño rompió mi monotonía: sentí una pequeña sacudida y las paredes de mi casa se contrajeron. Luego tranquilidad. Al poco tiempo volvió a ocurrir lo mismo. Tuve miedo. Mi ritmo cardíaco aumentó.
De pronto me sentí atraída por una luz que intuían mis ojos casi ciegos y me desplacé hacia ella aprovechando una nueva y extraña contorsión de las paredes de mi hogar.
Atravesé un camino estrecho y sentí un frío espantoso. Mi llanto histérico se apoderó del momento y unos cálidos brazos me envolvieron protegiéndome. Era mi casa por fuera.
Abril me recibió con el tenue sollozo feliz de mi madre, con leche tibia, lluvia pertinaz y flores de interior. Cada abril recuerdo quién soy y de dónde vengo.
Llueve. Se escucha el repique de las gotas sobre los barrizales y el lamento invisible de los caídos. Hay un hombre agazapado, está herido. Le encañono tembloroso mientras me observa. Resplandecen, como luciérnagas en la noche, sus ojos color miedo. Sólo se ausculta el silencio que precede a las tragedias, el silencio de los mataderos. Tirito. Tengo frío, la puta guerra que cala hasta los huesos. Llueve sobre el rostro aterido de los muertos, sobre sus guerreras gastadas, sobre sus manos. Llueve sobre el olvido de las viudas, sobre el futuro de los niños huérfanos, diluvia sobre la razón de los hombres. El agua sabe a desasosiego. Revolotea la sombra de los cuervos. Se escucha el trino equivocado de un pajarillo. Sigo mi camino. Me persigue el eco amargo de los fusiles disparando extremaunción. Me apoyo en un roble y enciendo un pitillo. Inspiro hondo iluminando con mis pulmones la espesura de la noche. Se escucha el chasquido de un percutor y el silbido de la muerte que penetra en mi cabeza. Me desplomo como una estatua de barro que el agua deslíe. Llueve sobre mi rostro, sobre mis manos. Se acerca un hombre, me mira: esboza una sonrisa. Llueve.
Le miró mientras daba su clase y comprendió que el momento de hablar con él había pasado. Salió en estampida con el coche poniendo dirección hacia el hotel, tal y como había planeado.
La lluvia fue su compañera durante todo el trayecto. Se paró en la gasolinera para repostar y comprar un alijo de todo aquello que contravenía las normas del equilibrio nutricional.
Continuaba lloviendo cuando la puntillosa cordialidad del recepcionista le indicó donde estaba su habitación. Recogió de su coche la caja que transportaba y se encerró en la habitación.
Desde el balcón vislumbraba las sombras opacas de los árboles del bosque cercano circundado por la persistente lluvia que cobijaba todo. El sueño, a pesar del atracón, había desertado de su compañía.
La lluvia dejaba entrever tibiamente el amanecer, cuando salió del hotel y se dirigió hacia el interior del bosque con su bagaje a la espalda. Se adentró y buscó un lugar adecuado para comenzar a cavar. Cuando consiguió la profundidad deseada sacó un tarro y volteó su contenido en el fondo del hoyo bajo los dos acebos. Era todo lo que quedaba de Marina y así cumplía su último deseo: sobrevivir en el bosque. La lluvia retornó.
Apoyó el rostro contra el frío cristal e intentó distinguir alguna figura en medio del aguacero, pero no hubo caso. Se resignó a salir y, enfundado en su impermeable, echó a correr por el camino. No tardó mucho en encontrarla, de pie en medio de la nada. Era una criatura extraña, pensó, sin darse cuenta de que ya se había detenido a su lado y miraba en la misma dirección, hacia la entrada del bosque, esperando, sin saber a qué. Había llegado un día como aquel, empapada y helada, incapaz de pronunciar palabra, de sabe Dios dónde, llena de barro. Ahora, igual que entonces, el pelo mojado dejaba entrever sus orejas, ligeramente puntiagudas. La atrajo hacia sí y la cubrió con el chubasquero. Era consciente de que en algún momento tendría que dejarla ir, pero no sería hoy. Con el agua calándoles hasta los huesos, empezaron a caminar despacio hacia casa.
Fuera llueve, pero dentro…, siento como te acercas a mí, como tu pecho se funde con mi espalda y tus brazos me rodean.
Me besas dulcemente susurrándome al oído tu deseo y tus labios recorren mi cuello con una dulzura infinita. Cierro los ojos para sumergirme, aún más, en las intensas sensaciones que me producen tus manos recorriendo suavemente mi cuerpo. Tu boca se desliza buscando mis senos que te esperan impacientes.
Te busco. Mis labios pronuncian tu nombre en un grito silencioso, pero la angustia se apodera de mi pecho mientras la locura que produce el miedo va ocupando gran parte de mi mente.
La habitación se ilumina por un momento y no te encuentro, un fuerte ruido retumba en mis oídos, tan cerca, que mi cerebro por fin reacciona y comprendo que todo ha sido un sueño.
Fuera sigue lloviendo, oigo como las gotas de agua chocan contra el asfalto cada vez con más fuerza. Por entre las rendijas de mi persiana se cuela un intenso resplandor que lo ilumina todo a mi alrededor y casi, inmediatamente, un gran estruendo me estremece. Mi habitación vuelve a quedarse a oscuras y yo me acurruco, sola, entre mis sábanas.
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