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Era una gran maleta de cuero que habían regalado a mi padre.
Su peso nos hizo desistir de tomar, como de costumbre, alguno de los primeros vagones.
Fin de vacaciones. El tren partió desde Orejo destino Bilbao.
Antes de Carranza frenó oyéndose un tremendo ruido, como de aplastamiento de maderas. Los bultos se precipitaron de los altillos sobre nuestras cabezas, la gente gritando caía al suelo.
Bajamos del tren.
La moderna máquina diesel resoplaba y humeaba, caída en un lateral de la vía, como un toro humillado esperando la puntilla.
El primer vagón estaba hecho añicos. Colgaba sobre la vía, medio cuerpo lateral de un hombre y una mujer gemía; tenía sus piernas atrapadas por el amasijo de maderas sosteniéndose agarrada a un hierro saliente.
Cruzamos, un maizal recientemente segado. Un muchacho acarreó la pesada maleta. Llegamos a la carretera. Un autobús nos dejó en Carranza donde reanudamos viaje en otro tren hasta Bilbao.
Mi hermana recuerda cómo mi padre, con semblante desencajado, nos buscaba nervioso entre los desaliñados pasajeros en el andén de la estación de la Concordia.
Fueron 20 los heridos y 5 las personas fallecidas.
A mi padre, no solamente, le habían regalado una maleta de cuero.
Al cruzar la frontera, Pilar todavía no lloraba. Atrás dejaba su infancia y sus juegos de niña. Le esperaba un largo viaje, que duraría muchos años, hasta poder regresar a su ciudad natal.
Pilar tenía nueve años cuando – agarrada de la falda de su madre y con sus dos hermanos pequeños- anduvo desde Molló en España hasta Prats-de Mollo-la Preste en Francia. Era febrero de 1939. A partir de ese momento iba a vivir todo tipo de situaciones…
Hoy, Pilar tiene ochenta y dos años, es una mujer entrañable y muy sabia. Cuenta su historia sin ningún rencor ni amargura.
El viaje le enseñó que, si existen la maldad, la envidia, el odio y la violencia, también hay personas bondadosas, llenas de compasión, capaces de ayudar, de comprender y de crear ternura.
Esta historia no es inventada: Pilar existe y siempre me conmueve cuando la escucho hablar de su vida.
Prensé con la mano la última palada que había echado sobre el cuerpecito aún tibio de Duende. Decidí que una azalea roja, como la que enmarcaba su cabecita cuando me miró por primera vez o la que tantas veces evitamos que mordisqueara para que no se intoxicase, sería lo apropiado.
Fue recordando la áspera lengüita, acicalando mis dedos mientras se apagaba su vida, cuando las lágrimas se volvieron incontenibles.
Aquella tarde mágica de lluvia que le trajo, mató las flores y cambió el viento de nuestras vidas, comenzamos juntos un viaje que no todos comprendieron, que casi nadie siguió, pero que llenó mi vida de luz, manteniendo el aleteo de mi corazón y la cordura de mi mente. Ése viaje que terminaba silenciosamente en aquel rincón del jardín quince años después, me había enseñado a amar, a empatizar, a ser compasivo, a expresar emociones, a valorar lo pequeño, a sentirme querido y necesario, a crecer feliz y madurar relajado y seguro.
Nuestra íntima despedida se vio interrumpida por la vecina que, asomando por encima de la valla, preguntó si me encontraba bien.
Consciente de ella que tampoco entendería, respondí cabizbajo:
– Como ya no hay gato, cultivaré doscientas azaleas rojas…
El viaje me enseñó que nada permanecía, que todo podía cambiar. Sólo dependía de la voluntad de los hombres.
Aquel día en que emprendía mi viaje a mi añorada tierra, para disfrutar de las vacaciones anuales, me percaté al llegar, que eran muchas las caras nuevas que desconocía.
Sin embargo, algo continuaba igual, era la esencia de la gente gallega, tan apegada a su tierra, a la que amaba por encima de todo, pese a las dificultades que aparecían con más frecuencia en el horizonte.
Esa certeza era la que cada año me empujaba a volver a Fisterra.
Fue un viaje en el espacio y en el tiempo. En ese momento me encontraba apoyado en las piedras caídas del vallado, mirando una fachada que había sido castigada por el abandono. Un vecino que paseaba hacia la ribera se detuvo.
Mi destino como el viento es libre, abierto, atravesando caminos, desviando por atajos. Sólo parando cuando la pausa es necesaria, receso merecido para el descanso del guerrero. Marchando rápido para llegar con anticipación y aventajar a lo inesperado.
Hoy mi viaje acompañando mi destino se libró sobre dos raíles que atravesaron el camino hacia donde estás, para unirme a ti para siempre. No hubo atajos, ni anticipación; el pequeño vaivén fue como sentir el viento, libre, abierto, condiciéndome casi sin pausa y en completa armonía, hasta cuando al bajar me esperabas en la estación y nuestros labios se fundieron en uno.
Abrí la contraventana de mi buhardilla y miré la línea perfilada sobre el horizonte. Cielo azul intenso, mar en calma, trinos madrugadores, montaña solitaria. Siempre idéntica estampa. Mi editor apremiaba con urgencia: misterio, miedo, algo terrorífico. Amor, ternura, y sueños es todo cuanto yo era capaz.
El vigésimo día, observé unas cordilleras de nubes cabalgando sobre el horizonte. Las más negras eran arrastradas con violencia por rachas de viento huracanadas, las más grises flotaban errantes cambiando sus formas. Giraron su rumbo bruscamente aproximándose hacia mi caserío, y descubrí en sus masas evanescentes: rostros de pupilas huecas y bocas deformes, guadañas y patéticos cuerpos. La inspiración me sobrevino al tiempo que la errante nube negra cernía su oscuridad sobre la montaña. Cerré la ventana y tomé mi cuaderno para escribir durante tres días seguidos sin pausa. Escuchaba el viento mojado arrasando los pétalos de mis rosas. Tras cien páginas y un agotamiento interior que apenas sentía, abrí triunfante las contraventanas. Un aire endiablado penetró por una de ellas y mis cuartillas volaron por los aires dejándose arrastrar por el viento. Gaviotas de hojas blancas de las que sólo conseguí atrapar el título : “Ladrón de historias”.
Nos conocimos en la bisectriz de 1991, y la atracción que sentimos fue directamente proporcional a la intensidad de las miradas.
Al principio nos inundaron las dudas, pero logramos despejar y resolver la incógnita.
Vimos pasar años en conjunto, perteneciendo al mismo destino y existiendo por el otro.
Pero algo cambió.
Un día me dijo que la raíz de su amor se había secado, que necesitaba restar monotonía y dividir los caminos, fraccionándome con un denominador de incontables cifras.
Todo cambió.
Hoy cargo trece julios de recuerdos en la nuca y en los hombros, siete primaveras invernales, cientos de madrugadas de oídos desconcertados, sin solución, por la falta de latidos bajo la fría piel de la almohada, e impares navidades que no encuentran circunferencias de burbujas en mi copa vacía.
Vivo entre una constante y el valle profundo de una parábola, garabateando el dolor con ochos tendidos y multiplicando oraciones para que vuelvan esa sonrisa simétrica, las pestañas paralelas y su corazón obtuso.
Y mientras busco un límite para esta desesperación, deseo fervientemente que me extrañe con igual intensidad de cálculo o, aunque sea, con un pequeño segmento de su recta solitaria.
En esto descubrieron treinta o cuarenta gigantes que había en aquel campo sembrándolo de caos, y así como Don Quijote los vio dijo a su escudero: Ves amigo Sancho, que en verdad estoy curado, que ya no veo gigantes donde solo se descubren acobardados molinos de viento. ¿Qué molinos? Dijo Sancho Panza, tirando tan fuerte de las riendas del rucio que a punto estuvo de arrancarle la quijada. Aquellos que allí ves, respondió su amo, observa bien sus aspas volteadas por el viento para hacer andar la piedra de molino ¿Acaso no los oyes? Y diciendo esto se adelantó al aterrorizado Sancho. En el estudio de la CBS, Orson Wells relataba la caída de las naves marcianas invasoras de la que habían surgido unos gigantes de brazos largos, de casi dos leguas, que todo lo arrasaban a su paso, cuando vio, a través de la ventana, cómo se desintegraba el Empire State Building. En el limbo, Cervantes discutía con H.G.Wells, ante la atenta mirada de Carver, sobre la coherencia de las ideas y su relación con el mundo real.
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