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A mi marido me lo trajo una tormenta. Y no es un decir, me lo entregó envuelto en lluvia. Estaba de romería con mis amigas, las pocas que quedamos, cuando empezó a caer un chaparrón de los que empapan el ánimo. Salimos corriendo mientras nos tapábamos con las sillas plegables. Y al pasar por el abrevadero viejo lo vi allí tirado. Hice como si no lo hubiera visto, seguí mi camino con ellas. Cuando llegamos a casa, esperé prudentemente a que cada una llegara a la suya. Me puse la gabardina y salí a buscarlo. Estaba empapadito. No hablaba. Me lo llevé a casa, lo bañé, le di de comer, y hasta hoy. Lo llamo Paco, y él a mí, vida mía. No sabe de dónde viene, y ni falta que me hace. A ellas les he dicho que lo conocí en el Carrefour de la capital y que se quedó prendado de mí. Yo no sé si me creen, pero tampoco me importa. Que se alegran, me dicen. Ya, les digo yo. Ahora a la romería voy de su brazo. Y si llueve, nos quedamos en casa, recuperando lo que la vida me debe.
Veinte de Abril, me situaba en una peculiar cafetería de Murcia, algo dentro de mi ser me decía que debía estar allí. Mientras leía « El amor en los tiempos del Cólera´´ se oía de fondo « someone like you´´ de Adele. Me levanté a pedir un café cuando de repente comenzó a llover, algo bastante raro ya que la situación meteorológica de mi provincia no es dada a que llueva. Se abrió la puerta y ahí estaba él, para nada me resulto raro, sabía que iba a venir, y así fue, lo trajo la lluvia. Se sentó y me invitó a pasar toda su vida con él.
La mayor declaración de amor es la que no se hace; el hombre que siente mucho, habla poco. Platón.
La camioneta se paró en la encrucijada. El chófer les indicó el camino a seguir a pie. Era de noche cerrada y, al bajarse de la camioneta, un viento cargado de lluvia les abofeteó. Los dos hombres emprendieron el camino cuesta arriba. Pedro se subió el cuello de la chaqueta, un gesto mecánico pues no servía de mucho ante el diluvio que les caía encima. Juan echaba pestes de todo: de la tormenta, de la guerra que habían perdido, del hombre que les había indicado ese camino embarrado.
De vez en cuando, un relámpago iluminaba la escena: dos hombres encorvados bajo la lluvia que iba formando riachuelos entre las piedras.
Pedro recordaba a su mujer muerta bajo los bombardeos de Barcelona; recordaba otro camino, el del exilio; recordaba el campo de concentración de Argelès-sur Mer, para finalmente acabar aquí, en ese sendero pedregoso en dirección a una granja donde alojarse a cambio de ayuda en el campo.
No sabrían decir cuanto tiempo habían andado cuando distinguieron una débil luz que provenía de una casa lejana.
Calados hasta los huesos, llegaron a la granja. Al llamar a la puerta, oyeron una voz de hombre que decía:\»¡Simone!,corre, vete a abrir, deben de ser los españoles.\»
Postrado en la cama. Así me hallaba. De compañía, solo una deteriorada ventana al fondo de la habitación. Esa ventana, por la que tantas veces me asomaba de niño a la llamada de mi madre, haciéndola injustamente esperar, entretenido en mil quehaceres lúdicos.
Ahora llueve. Y el agua, ha traído a mi alma todos estos recuerdos, como cuando correteaba por los pasillos jugando con mi hermano, arropándonos bajo el delantal de mi madre en la cocina, o saliendo al encuentro de mi padre cuando regresaba del duro trabajo de la construcción para darle el beso de bienvenida. O gastando bromas a mi hermana, que aprendía labores de costura con mi abuela como mejor maestra.
El tiempo ha pasado. Ya no me queda nada ni nadie. Solo recuerdos…y esa ventana como testigo del paso del tiempo. Observo los visillos de siempre, y acariciando el cristal, las gotas de agua, que van trazando sinuosos y azarosos recorridos jugueteando sobre el mismo, enluciendo las apilistras del patio de mis recuerdos.
Ellos se fueron en un accidente. Pero me visitan cada día que llueve, y me observan por la ventana, golpeando el cristal, diciéndome: Miguel, coge tu silla de ruedas, ánimo y sigue adelante.
Llueve a jarrazos, como si el cielo descargase toda el agua acumulada en un amago de remediar la escasez de esta tierra seca, como si el firmamento gris quisiera venirse abajo de una sola vez.
En un coche con el limpiaparabrisas a máxima velocidad para poder ver la carretera, hablan de forma tranquila y serena una madre y un hijo, de todo un poco, de cosas de ayer cuando vivían en otra ciudad o de lo que surge durante el trayecto. Dialogan con la fluidez de la cercanía. Esos momentos que tanto se echan de menos. Hoy es el día que empieza una nueva historia en proyecto.
Al llegar al destino todavía llueve; abren el paraguas y entran juntos por el pasillo empedrado de un jardín que florece. El hijo le va explicando los pormenores: la cocina, el baño, las habitaciones, el salón… “Todo está por llenar.” Mientras, la madre lo observa y con la mirada hace un repaso ligero. “Vosotros llenaréis este escenario… que trajo la lluvia”.
Todos los días los pasaba hablando de temas que no le interesaban mientras lavaba el pelo a los clientes. Sus dedos bailaban bajo el chorro de agua, antes de lanzarse a frotar los cueros cabelludos.
Llegó con la lluvia la fotografía mojada de un velero. La secó y la guardó con cuidado. Deseaba cambiar el escenario de la danza de sus dedos y sería todo su cuerpo el que bailaría con el agua.
Una mañana, sus manos se detuvieron en el lavado de una melena y enseñó la foto del velero, ya ajada. Se quitó el delantal y se fue en busca de aquel barco que trajo la lluvia.
Lo trajo la lluvia. Esta lluvia dulce, blanda y redonda que viste de lentejuelas los campos cuando saluda el sol entre dragones de algodón… Lo trajo la lluvia. Esa lluvia incolora que suspendida levanta puentes irisados e intangibles… Lo trajo la lluvia. Aquella lluvia que estampa con formas y colores la primavera.
El ruido, el estruendo… los trajo la lluvia… Aquellas lluvias que se llevaron la paz.
El miedo, el insomnio… los trajo la lluvia… Esas lluvias que mataron el amor.
El vacío, el abandono… los trajo la lluvia… Estas lluvias que borraron toda vida.
Después… desolación y silencio. Más tarde un perpetuo comienzo.
Lo trajo la lluvia.
La lluvia trajo mi felicidad, trajo mis anhelos, trajo esperanza, trajo sosiego,trajo paz, trajo clemencia, trajo un ser, pero también trajo tempestades, trajo tristeza y desolación… todo eso lo trajo la lluvia, y así también se llevó lo demás. Se llevó mis sueños rotos, se llevó mis lamentos, se llevó mis angustias, se llevó mis pesares, se llevó mi orgullo. Como creer de nuevo que la lluvia me traerá de regreso todo lo que se llevó? lo bueno, lo malo, lo esperado, lo añorado, lo vivido…. si es parte de mi existencia, si con todo y sin nada he logrado ser feliz; si con angustias y con alegrías he aprendido a vivir. Con la pérdida volví a construir, volví a nacer!. Sólo hice como la oruga que vivió encerrada en su capullo para hacerse colorida y hermosa y volverse mariposa y decidir nacer aun sabiendo que pronto moriría. Pues ese día posó sobre las flores de mi jardín. Esa mariposa la trajo la lluvia y también se la llevará. Nunca supe que lo que trajo la lluvia fue bendiciones porque traer una mariposa me hizo entender que se puede decidir morir el mismo día pero también vivir eternamente.
A María le gustaba oír el agua que caía en torrente hacia el interior de la alcantarilla, le gustaba observar como los pequeños restos de seres humanos eran arrastrados por la fuerza de la lluvia, sin darse cuenta había regresado a su mente un recuerdo de la infancia. Aquel barco de papel que hizo un día jugando con su hermano Manuel, un pequeño barquito naufrago, despistado, que cayó a través de unos barrotes semejantes a los que ahora veía, ¿qué fue de él? Muchos años han pasado desde que se fue, ¿qué aventuras habrá vivido?, ¿qué lugares habrá visitado?, parecía tan frágil… se marchó tan orgulloso, dispuesto a ir allí donde le llevara la corriente, se apartó de ella aquel día lluvioso, se alejó sin decir adiós, tantos recuerdos…
El teléfono dio tres tonos antes de que lo cogieran.
– Mamá, soy María, si, lo sé… mucho tiempo, ¿sabes algo de Manuel?
¡En abril aguas mil! -escuché a mi espalda. Y casi instantáneamente una gota se deslizó de mi nariz a mis labios y sin tiempo ni a pestañear, muchas más se le sumaron; hasta que los nimbos tintados de gris descargaron toda su ira.
Me refugié bajo un frondoso fresno, que me hizo de pantalla todo lo bien que pudo.
¡San Marcos, rey de los charcos!- proclamó de nuevo aquella voz. Pude vislumbrar como se formaban pequeñas lagunas en zonas descubiertas de hierba, donde la tierra se enfangaba. Y ensimismado en el sonido de las gotas al golpear la superficie, susurró a mis oídos: ¡Las aguas de abril todas caben en un barril; pero si el barril se quiebra…!- en ese momento pude observar como por aquella colina verdosa, se deslizaba serpenteante un pequeño riachuelo, que me transportó a un sueño profundo.
¡Despierta!, ¡Tras la tempestad llega la calma! -dijo el viejo refranero mientras unos finos rayos de sol acariciaban mi rostro- Aunque esto que ahora ves, lo trajo la lluvia-repitió. Y fue entonces cuando pude comprobar que un suave naranja ocupaba el cielo y los cúmulos dorados que tenía en mi mente como una quimera, aparecieron en el horizonte.
Aquella tarde lluviosa y desapacible papá regresó a la tumba, entristecido. Allí estábamos mamá, mi hermana y yo, muertos de hambre y de sed, pues éramos tan pobres que teníamos que vivir en el cementerio. El invierno era tan duro que nadie transitaba por las calles oscuras. Esa noche llovía muchísimo y papá sólo había podido cazar un gato callejero. Vivo, pero menos da una piedra.
Estábamos tan sedientos que los tres nos abalanzamos sobre el minino mientras papá sonreía al ver la sangre correr por nuestras comisuras.
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