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Estaba comiendo magdalenas. Intercalaba mordiscos entre sorbos de café. Era un domingo de primavera infernal. La lluvia chocando contra los cristales resultaba ensordecedora. Intuí el timbre. Abrí la puerta .
-Buenos días, no quiero molestarla. Iba conduciendo y he pinchado. Tengo que cambiar la rueda pero con este tiempo me es imposible. Me he calado entero y como esta es la única casa que está cerca me preguntaba si no le importaría que entrara a refugiarme, estoy completamente helado.
Me quedé perpleja unos segundos. Después dejé que aquel desconocido entrara en la cocina . Le ofrecí una taza de café que agradeció sobremanera. Entablamos una conversación sincera en la que en ningún momento dejó de mirarme a los ojos. Le conseguí ropa seca y tendí la mojada al lado de la chimenea .
Mientras se quitaba la camisa contemplé su torso desnudo. El se giró al notar que le observaba. Después no sé muy bien lo que ocurrió. Se acercó hacia mí, me miró a los ojos y comprendiendo mi infinita soledad, me dijo:
-Lo que tú me des, no se lo voy a dar a nadie.
Mi boca sedienta alcanzó la suya y rompí la hucha de los besos.
La tenaz insistencia de sus palabras me impulsó a callar las mías. Me exigía una explicación clara de lo sucedido, aunque yo sabía que la justificación que asomaba a mis labios no serviría para acallar su enojo a punto de transformarse en cólera. Lo indicaba a partes iguales el peligroso fulgor que despedían sus ojos y el nervioso movimiento de sus manos al gesticular. “Lo trajo la lluvia”, acerté a decir, y el brillo de sus ojos se esfumó a la vez que dejaba caer los brazos, lánguidos, derrotados. “Lo trajo la lluvia, repetí, no sirve de nada sembrar si no acompañan los elementos a dicha siembra. Esparces inocentes semillas pensando que tan sólo con ese gesto germinarán verdes brotes que a su vez derivarán en los ansiados frutos y no piensas que hay factores externos que condicionarán que tu cosecha sea o no la esperada. Así es la vida, tú has sembrado el mal jugándotelo todo a una temporada seca, sin embargo, el agua ha echado a perder tus propósitos lavando lo que quería causar daño para transformarlo en algo puro. A veces pasa, y la vida consigue sorprendernos”.
Nos quedábamos en la cocina, sentados, expectantes. Afuera cantaba la marea y el salitre pintaba los cristales. La lámpara brillaba sobre nuestras cabezas y nuestras sombras jugaban, cual fantasmas, en todas las paredes.
Eran las noches mágicas de inviernos lluviosos y oscuros y de veranos alegres y ardientes. El abuelo contaba mil historias, casi siempre de miedo, reales, decía él. Sobre el mantel de hule nuestros brazos temblaban, se escalofríaban o se apretaban para esconder el susto. Horas de sobremesas bordadas de palabras pronunciadas despacio, casi silabeando, pupilas dilatadas en ojos que no parpadeaban, con la mirada fija y la cabeza inmóvil, casi sin respirar, sin romper la tensión con nuestro aliento. Cuando la noche dominaba la casa y los silencios habitaban el aire, las camas que nos abrazaban se volvían heladas, sin mantas que abrigaran nuestra rigidez. La mañana siguiente, las historias dormían para siempre en baúles que el abuelo nos hizo a cada uno para guardar tesoros, dentro del corazón. El abuelo, al pasar por nosotros nos revolvía el cabello con su mano callosa y nos guiñaba un ojo, arqueando la sonrisa.
En la misma cocina, esta lluvia que baila en los cristales me trajo un nuevo escalofrío
Ha llegado un nuevo abril. Fuera, en la calle llueve y ha estallado una tormenta. Dentro, en el interior de Marina, está sucediendo lo mismo. Tiene quince años y sufre el adiós de un primer amor. Se oye el retumbar de los truenos. Sola, encerrada en su cuarto, se encoje en cada estallido, está asustada, sabe que la casa se inunda. El suelo del cuarto de invitados comienza a levantarse. La colcha rosa que su madre bordó, se deteriora con cada gota que recibe. La humedad retuerce las alfombras. Los azulejos del baño caen uno tras otro y el espejo dorado se desprende de la pared. El barniz de la escalera de estilo victoriano, se decolora. En la cocina, las cazuelas de zinc comienzan a perder brillo. Ella no quiere que la casa se desmorone, pero no puede hacer nada por evitarlo: Le duele tanto esa nueva y extraña lluvia que llegó. La infancia se aleja de ella, las lágrimas se filtran por el tejado y Marina se abraza a su casita de muñecas.
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Miraba por la ventana con la mirada perdida en algún lugar. Esa noche el viento azotaba con fuerza haciendo que las olas quisieran salirse de aquel paisaje. El agua caía con fuerza provocando una música fuera en la que los truenos marcaban el ritmo.
Detrás de aquella ventana, parecía que el mundo se iba a romper. Ella continuaba impasible como si aquel cuadro que se pintó frente a ella no formara parte de su realidad. Desde que él se fue, se sentó a contemplar esa obra de teatro llamada vida en la que ya no se sentía con fuerzas para seguir actuando.
Un tímido crujir de madera pareció querer interrumpir la escena. Unos pasos sigilosos que cada vez sonaban más cerca hasta dibujar la figura de él frente a la de ella. Él se sentó a su lado y la acomodó sobre su pecho. Los dos permanecieron abrazados en silencio, mirando por la ventana aquella lluvia cómplice de su encuentro.
El viento proyectaba gruesas gotas de lluvia contra el cartel que anunciaba el nombre de la posada, cuando el viajero abrió su portón de madera. Atrás quedaban dos meses de viaje interrumpido a lomos de su caballo, soportando los rigores del frío, la nieve, y la lluvia, para prevenir a los habitantes del continente, de la proximidad de la muerte.
La peste negra estragaba el norte y él había sido elegido por su comunidad, como emisario de la desdicha.
El golpe de calor que le recibió y las tranquilas conversaciones de los comensales, le sumieron en una calidez que llegó al fondo de sus huesos. Enseguida, una camarera le sirvió una jarra de vino y un plato de estofado, mientras le informaba de que una dama, sentada al fondo de la sala, deseaba conocerle.
Intrigado, se dirigió al lugar en donde se encontraba la mujer misteriosa, sin poder percibir de ella más que los contornos de la capucha y la capa que la cubrían por completo. Al llegar a su mesa, un frío intenso se apoderó de su cuerpo, oprimiendo su corazón. La muerte se le había adelantado y ahora le miraba desde las cuencas vacías de sus ojos.
Lo trajo la lluvia ¿Qué que trajo? Pues agua. Agua dulce y salada al mismo tiempo. Que refresca mi piel con solo tocarla. Que me quita el calor ¿Y sabéis que es lo que mas me gusta de la lluvia? Que deja charcos de agua por el suelo y que tan solo mirar esos charcos me vienen a la mente todos aquellos buenos momentos de cuando era niña. Cuando el parque que estaba cerca de mi casa se llenaba de charcos y con mis pequeños pies metidos en esas diminutas botas de agua saltaba encima de ellos. Mi risa y la de muchos niños resonaba en aquel parque lleno de agua. Agua de lluvia. Si esta claro, es lo trajo la lluvia.
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Mientras ya se cuecen las primeras pruebas de maquetación en el horno…
Arrancamos con el propósito y la ilusión de hacerlo lo mejor que nos es posible.
Revisad bien las BASES, hay cambios: un sólo relato al mes, sin seudónimo, un tema mensual, etc…
Esperamos serviros de inspiración y recoger una buena cosecha de historias para finales de año.
Y sólo una súplica desde el primer momento: usad este espacio como un lugar de encuentro con gente que, por distintos caminos, hacen el mismo trayecto… Buen viaje a todas, a todos.
Y nuestro agradecimiento más sincero si elegís acompañarnos.
Y para que sirva de ejemplo arranco con uno de cosecha propia… fuera de concurso, por supuesto. No seáis vengativos…
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