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Para algunos los remordimientos se presentan como dolor de estómago, a otros les despoja del sueño, desde siempre para mi, la lluvia ha sido mi moral. Ya de niño arremetía contra la ventana de mi cuarto cada domingo, cuando intentaba escaquearme de misa escondido entre las sábanas. A medida que confesaba mis pecados, las nubes se volatilizaban como por arte de magia. Con los años he aprendido a controlarlo. Todos sabemos cuando hemos hecho algo malo, cuando debemos limpiar nuestra consciencia y cuando asumir la culpa. Unas simples palabras pueden competir con el peor de los actos. No se cuál han sido las que abrieron la brecha entre tu y yo, probablemente sean las que no se atrevieron a salir de mi boca, por miedo tal vez, o por vergüenza. La tormenta ha durado ya diez años, hoy vengo a decirte lo siento.
El hombre camina por la noche sin fijarse ya en el ambiente opresivo de la ciudad oscura y triste; ve humo, o quizá sea vapor de agua, escapando entre las sombras desde lo alto de los edificios, fundiéndose con la fría luz de cientos de anuncios de neón que difuminan ráfagas de pesada y persistente lluvia. Un eco inaudible le llama la atención y al levantar la mirada hacia lo alto de los rascacielos que lo cercan cree ver, a través de la bruma y una cortina de agua, dos figuras de aspecto humano peleando como titanes en un combate desigual, mientras la lluvia le empapa y las gotas que llegan a sus labios resbalando por el rostro le dejan un extraño sabor salado.
Fue entonces —luego lo supo— cuando le invadió esa sensación de amarga tristeza, de fracaso, de derrota definitiva que siempre le iba a acompañar, cuando empezó a sospechar que todo afán era inútil y le asfixió la nostalgia de lo que inevitablemente dejaría atrás, y ni siquiera la bellísima imagen de naves de ataque ardiendo más allá de Orión, que le asaltaba de vez en cuando sin saber por qué, pudo poner fin a su melancolía.
Por estas fechas siempre me da por llorar… de siempre, no puedo evitarlo, mira que lo intento. A veces lo consigo y lloro unos pocos días, dejando que mis lágrimas fluyan suavemente, pero otros, me da el ataque y brotan sin cesar durante semanas. Todo es culpa de mi prima que siempre lo llena todo de flores, y yo, debo ser alérgica al polen, a las gramíneas o a todo junto. Sensible que soy… Ya le digo a ella, que traiga sus preciosas flores poco a poco para que me vaya acostumbrando, pero no oye, ¡qué mujer! Ella siempre ha sido un poco… ¿exagerada? ¡Y hala! Haciéndose la interesante despliega todo su esplendor… pues mira este año se va a enterar… Yo también quiero un poco de protagonismo. Por cierto, no nos hemos presentado… mi prima se llama Vera, y yo soy Lluvia.
En 1950 vivíamos con mi familia en un pueblo de campo desarrollado gracias al ferrocarril en el que trabajaba mi padre. Aquel día, se percibía en el ambiente, olor a tierra mojada. Las nubes amenazantes, pomposas y oscuras, parecían competir en una loca carrera celestial. Me gusta la lluvia, pero más de noche que a la siesta. La tormenta se desencadenó rápidamente tras un retumbar de truenos y un centellante baile de relámpagos en el cielo. De prisa, me refugié en mi cuarto y retomé la lectura de un libro que deseaba terminar. La ventana de la habitación se abrió de golpe, empujada por una ráfaga fuerte y, la sorpresa me sobresaltó. El libro cayó de mis manos y con él algunas fotografías y papelitos de recuerdo guardados entre sus páginas. Justo, entró mi madre y me ayudó a recogerlos, alcanzándome uno que rezaba: “Te amo aunque me vaya”. Para entonces, la tormenta había tomado en un santiamén, posesión de mi habitación, mojando el piso, el libro, hasta la colcha de mi cama, arremolinándolo todo… “¿Y esto?” demandó con su mirada mi madre. “Lo trajo la lluvia”, le respondí. ¿Qué otra cosa podría decirle a mis 13 años de vida?
Ella se agitaba entre las sábanas, gimiendo como un animal herido.Él intentaba que despertara, pero desde hacia meses, nunca lo conseguía.Hoy, una vez más, despertó ausente, ni sus palabras, ni sus caricias la devolvían su maravillosa sonrisa de ayer.
El tintineo de la lluvia en el cristal les devolvió a la realidad…
Imposible visualizar nada más allá de la tormenta estrellándose en el parabrisas. Emergiendo en la densa niebla él no es capaz de esquivar aquella densa mole, un último sonido, escucha, nítidamente, un claxon.
La oscuridad se transforma en destello.
Ella observa el rayo de luna iluminando el jardín en penumbras y traspasando el haz, un destello humano. Acaricia amorosamente su barriga prominente y le habla:
-\»Una noche tormentosa te alejó de mí para siempre pero esta lluvia de abril te ha devuelto a mí, una vez, más para que sepas que una parte de ti, siempre vivirá conmigo\».
Él comprendió todo el amor que allí se respiraba y su sonrisa se convirtió en luz de luna y se perdió en la eternidad.
Aquella noche la tormenta no arreciaba, las gotas de lluvia salpicaban los cristales del coche sin cesar. Maldije nuestra mala suerte. No teníamos ni idea de donde nos encontrábamos y para colmo el coche se había averiado. Laura no decía nada.
Un rayo lo ilumino todo por un momento y entonces lo vi. Asomado a la ventanilla un niño nos observaba con los ojos muy abiertos.
Abrí la puerta y al salir la lluvia entro como un torrente.
—Estamos perdidos, buscamos el hotel — le dije.
Con un gesto me indicó que le siguiéramos.
Cuando divisamos a lo lejos las luces del hotel agarre a Laura por la cintura y le di un beso para celebrarlo. Al separarnos estábamos otra vez solos.
A la mañana siguiente nos levantamos temprano para ir a dar una vuelta y descubrimos un antiguo cementerio en la parte de atrás del hotel. Sin saber porque, me acerque a la primera tumba y me quede paralizado de miedo por lo que vi. Desde la fotografía el niño de la noche anterior me miraba fijamente. Entonces un olor penetrante de tierra húmeda se apodero de mi nariz y tuve la horrible sensación de que algo trepaba por mi espalda hasta posarse sobre mis hombros.
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Lo trajo la lluvia. Por fin trajo la lluvia el aliento de vida que la tierra necesitaba.
Desde hacía mucho tiempo, un viento solano soplaba implacable, sembrando la desolación y la muerte.
La tierra, desesperada, se encontraba cada vez más resquebrajada y reseca, con enormes grietas cada día más profundas.
Los árboles estaban agostados, las plantas sin vida, todos clamaban al cielo por un poco de agua con que aliviar aquella agonía interminable.
Aquel día amaneció nublado, el solano se había calmado.
Pasado el mediodía, el cielo se cubrió de un manto de nubes negras.
Un zigzag centelleante, rompió el cielo en dos mitades y un trueno ensordecedor se expandió por todas partes, haciendo temblar a todo el orbe.
Una lluvia menuda y fina empezó a caer sobre la tierra y poco a poco se fue haciendo más intensa. Entonces, pequeños riachuelos fueron cubriendo sus grietas, las raíces empezaron a buscar el agua tan ansiada, las plantas se enderezaron lentamente y los árboles agradecían el agua que resbalaba por sus ramas.
Un manantial de esperanza y de vida se esparció por todas partes.
Entre pendones iba el difunto, rezaban las malas lenguas. El pendón negro anunciaba el entierro que, ayudado por la cruz, abría paso al féretro con el finado dentro; seguía el cura, un monaguillo y la viuda; detrás, los allegados, las plañideras y demás acompañantes. Cerraba el cortejo fúnebre la muerte con su guadaña para que no le robaran el cuerpo.
Llovía, arreciaba, diluviaba; el cielo se vino abajo todo junto. No sólo no encontró cabida en el río, sino que la riada arrasó campos, caminos y cuanto se le interponía. Otra desgracia, el cementerio se encontraba en la parte baja del pueblo y allí llegó el acompañamiento al completo; arrastrados y revueltos, sin orden ni concierto. Hasta la misma parca se vio estampada contra las rejas del camposanto. <
Como maceta fuera del tiesto, así estaba aquella mañana de lluvia. Se había levantado con un cansancio enorme y no sabía el porqué.
La noche fue movida, aquel sueño le hizo dar vueltas durante toda la noche y le dejó agotado. Caminaba por las calle, enfundado en una gabardina negra, el cuello levantado y un sombrero calado hasta el fondo. La calzada mojada reflejaba su figura desdibujada. El chapoteo de sus zapatos en contacto con la misma era el único sonido que se sentía. Caminaba sin rumbo fijo, esperando que alguien le guiara, la mirada perdida hacia el horizonte, donde las imágenes se borraban. De pronto, de aquella bruma, de entre la lluvia, aparece una niña que con una gran sonrisa corre hacia él, abre los brazos, pero al intentar abrazarla desaparece.
Se mira al espejo, las ojeras le dan un aspecto terrible, una buena ducha lo arreglará todo. Se prepara un café bien cargado, lo necesita. Gabardina y sombrero en mano, se dispone a salir, tocan al timbre; abre, una mujer joven lo mira:
–Hola, papá… Igual que se la llevó, la trajo la lluvia
Tras varios días de espera, decidió reanudar la marcha sola. Cansada de ser empujada por un viento que no la llevaba a ninguna parte, se precipitó al vacío.
No soportaba más la sensación de permanecer en un estado físico que parecía estar a medio camino de todos los conocidos, de pasar de uno a otro en un bucle constante, de viajar y viajar sin obtener descanso.
Saltó para empezar a ser. Para fundirse con aquel abismo que licuaba su cuerpo dándole, al fin, una identidad concreta.
Se dejó caer por el simple hecho de sentir la caída, de alejarse de la condensación de la que había formado parte, de sentirse libre como nunca lo había hecho.
Las demás la seguirían pronto. Era el orden natural de las cosas, lo había sido siempre. Esperarían al momento adecuado para precipitarse todas juntas, unidas para llenar aquel abismo que ahora sólo le pertenecía a ella: la primera gota de lluvia que anuncia a la tormenta.
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-Quiero que lluevan sentimientos capaces de borrar las desigualdades, los estereotipos rancios y las prepotencias. Deseo un chaparrón de respeto, de igualdad de oportunidades, de reparto en las tareas. Dame una tormenta que arrastre los malos tratos, las discriminaciones, las palabras que hablan de inferioridad. Una lluvia que cale hasta los huesos cargada de derechos, de respeto, de convivencia en igualdad entre hombres y mujeres.
-Quiero que los días de lluvia sirvan para lavar diferencias, quiero que el agua arrastre hasta las alcantarillas todos aquellos comportamientos que degradan a las madres, a las secretarias, a las maestras.
-Dime que puedes hacerlo, por favor.
Un relámpago cruzó la noche cuando el genio cerró los ojos y alzó sus brazos sobre su cabeza.
Abrí la ventana, el aire olía distinto y ya habían comenzado a caer las primeras gotas. Sonreí al ver a padre, de regreso a casa, empapándose bajo el aguacero. Madre no volvería a ver germinar en su cuerpo las malditas flores moradas que padre acostumbraba a sembrar en su piel cada noche, cuando regresaba borracho.
Y todavía podía pedir dos deseos más a ese genio que algunos, dicen que no existe.
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Hacía mucho calor ese verano. Mi piel y mi corazón se secaban. Y él llegó como la lluvia. Poco a poco mojando mis pensamientos y mi alma. Pronto como una tempestad me azontaron inquietudes e inseguridades y busqué un paraguas de amistad para parapetarme del dolor que me provocaba tener cerca su rostro y no poderlo acariciar. Mientras él dejaba ríos de sonrisas y palabras que calaban hondo en mí y que al final del día caían como aguacero en mis sueños.
Las gotas tan esperadas ese estío nos sorprendieron a los dos paseando, sin poder resguardarnos, atándonos a un camino que ambos recorríamos. Sin miradas y sin palabras. Solo oyendo el sonido de la tierra que pisábamos y respirando la fragancia del bosque que nos envolvía.
Antes de llegar al refugio, el chaparrón luchaba por difuminar en la espesura nuestros cuerpos unidos en un beso, refrescante y deseado como la lluvia.
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