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Como todo bueno cuento éste inicia así:
Había una vez una mariposa que no sabía que lo era, se acostumbró a verse y conocerse como una oruga.
Observó como sus compañeras adquirían colores fabulosos, como dejabanatrás sus viejas pieles junto al suelo donde ella se quedaba observándolas mientras desplegaban sus nuevas alas.
Una a una la fueron abandonando.
Una a un a cruzaban el aire.
Las observó.
Las envidió.
Cada día buscaba su reflejo en el agua, cada día se decepcionaba,
cada día su reflejo la decepcionabam cada día su esperanza moría.,
Un día dejó de buscar su reflejo, para ella ya no tenía sentido.
Tal vez fue por dolor al no poder vola y ser bella como las demás que decidió acabar con todo.
Subió hasta la copa de un árbol, cerró los ojos y se lanzó.
Esperaba sentir al menos unos segundos la maravillosa sensación del viento contra ella, esperaba sentir el golpe, el impacto; grande fue su sorpresa al sentir que se elevaba y oír a sus compañeras decir \»ya eres una de nosotras\» a pesar de no poder ver sus alas supo que era una mariposa, lo era desde hacía tiempo pero nunca lo pudo ver.
Iba caminando por el bosque rodeado de árboles, a algunos los reconocía
por haberlos visto en mis clases de botánica, otros me eran totalmente
desconocidos,el camino sin sendero por el que iba era un colchón de hojas muertas, que al pisarlas ,hacían un ruido ensordecedor dentro de mi cabeza,tenía que llegar a casa de mi abuelo el leñador del bosque, antes de las doce y ,…ya eran las once y cuarenta y cinco,una ardilla que pasaba me saludó, sacándose una nuez de la garganta,y un conejo me invitó con unos huevos de chocolate,gritándome felices pascuas,de repente,… detrás de un enorme árbol se me apareció el lobo,por suerte llevaba en mi canasta, el gas pimienta y la picana eléctrica que mi abuela me regaló para la noche de reyes,sino este cuento tendría otro final,.-
El Consejo de Árboles cerró la reunión, más abruptamente de lo habitual. Los árboles más ancianos, con varios siglos sobre sus raíces, insistían en permanecer igual, sin hacer nada. Sin embargo, los árboles jóvenes, faltos de experiencia pero repletos de vigor, clamaban por el cambio y la rebelión. Incitaban a abandonar su posición pasiva y enfrentarse a la humanidad, o acabarían desapareciendo entre sus manos.
\»Acabemos con esos asesinos\», pedían los jóvenes, \»o ellos acabarán con nosotros\».
\»Precisamente porque no somos como ellos\», contestaban los grandes ancianos, \»jamás actuaremos de forma inconsciente, irresponsable ni, mucho menos, cruel\».
Como cada vez costaba más aplacar a los más rebeldes, en la siguiente reunión el árbol más viejo les habló de un pequeño niño humano, perdido en esos momentos en un frondoso bosque canadiense.
\»Adelante\», dijo el anciano. \»Empezad vuestra revolución. Matadle\».
Pero ninguno se atrevió.
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