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Habíamos decidido hablar fuera de los lugares cotidianos. Necesitábamos otros aires. Quizás ser otros para seguir siendo juntos. A dos horas de carretera, nos desviamos a un poblado de nombre sugestivo. Este podía ser el sitio que transmutara nuestras posibilidades. Los lugareños nos contaron de apariciones y de sectas que iluminaban los puntos cardinales en sus rituales. No creímos sus cuentos. Durante la noche, vimos luces en las lejanías, en la profundidad del bosque. Nos adentramos impulsados por la curiosidad (un imán mágico). Ella cargaba una grabadora, en la que registraba lo que se le ocurría cuando no tenía material de escritura próximo. Al acercarnos, las luces danzaron. No sugerían ser velas, linternas o bengalas. Llegué a pensar que ahí no había persona alguna. Me pareció que era el ritual de seducción de una criatura nocturna, desconocida. Era una trampa. Cuando me giré para decirle que nos fuéramos, ella ya no estaba. El bosque volvió a oscurecerse y escuché un murmullo de viento, como de tormenta, que se alejaba. La llamé, pero mi voz estaba ahogada por el miedo y la confusión. Lo último que se reproducía en sus grabaciones parecía una despedida premeditada. Sé que no volverá.
El viejo piano ya había perdido algunas piezas de su brillante dentadura, olía a hierba mojada y estaba lleno de acículas secas. Aun así, seguía manteniendo la misma elegancia que el día que me lo regaló mi hermano mayor. Y sin embargo, estaba ahí, en mitad del bosque, rodeado de nogales y secos pinos hendidos, esperando que un alma perdida golpeara sus teclas en busca de consuelo.
Recuerdo el momento en que mi padre entró por la puerta del salón y advirtió aquel gran objeto. Su mirada se dirigió hacia mi hermano, después hacia mí y por último, sobre el piano. “Esto no se queda en casa” logró decir al final. Palabras que más pronto que tarde cumplió.
A veces doy largos paseos alrededor del majestuoso piano, vendido a un hombre de posición acomodada, que al comprobar su escaso valor lo abandonó en mitad del bosque. Yo me siento, y rozo y golpeo sus teclas e intento repetir lo gestos que haría un pianista de verdad, mientras espero que mi hermano regrese de la guerra, para que, como buen maestro, me pueda enseñar.
Entre la hojarasca seca de los pinos centenarios, Rabito, el conejo blanco de cola de algodón, rebuscaba afanosamente algún piñón con qué alimentarse, aunque no había gran cosa que comer.
Hacía calor. En realidad estaba siendo un verano muy caluroso. Apenas había llovido durante la primavera y el ambiente era, en ocasiones irrespirable. Pero hoy era más insufrible que nunca. Rabito ya había visto caer algún pájaro desde los árboles en los últimos días, derrotados por tan altas temperaturas, pero si hubiera tenido la capacidad de sentir asombro, hoy lo hubiera experimentado en grado sumo. Cada poco podía escuchar el sordo golpe contra el suelo de algún pequeño cuerpecillo alado.
Aunque Rabito era conejo y por tanto incapaz de razonar, algo en su interior, le decía que todo aquello era muy extraño. Desde hacía horas no oía el canto de los pájaros, tampoco el zumbido de los insectos.
Sí. Algo inusual estaba ocurriendo allí donde los humanos solían venir a pasar el día, haciendo ruido. El aire se iba volviendo de color gris y le impedía respirar. Se sentía morir. Por eso, cuando la voraz y gigantesca lengua de fuego llegó hasta donde estaba Rabito, no sintió dolor alguno
Me he despertado sobresaltado por los sonidos nocturnos del bosque que se cuelan por la ventana. Lo unico que deseo en este extraño momento de lucidez es poder acordarme de mi nombre todos los días y saber quien es la mujer que amo. También quisiera poder reconocera mis hijos y poder acordarme de cuando eran pequeños y jugaba con ellos. Algunas mañanas al mirarme en el espejo, este me devuelve el reflejo de un rostro desconocido.Tengo la certeza de que dentro de poco todos mis recuerdos, todas mis ilusiones y la persona que un día fui se perderán entre la niebla del olvido. Tu, tan hermosa como siempre duermes placidamente a mi lado. Me gustaría despertarte para contarte que estoy de nuevo contigo y susurrarte al oído que te quiero pero me da miedo que este hechizo dure solo un momento y provocarte aun más dolor. Esta noche no quiero dormir, solo quiero recordar pues vivo sumido en un continuo sueño.
¡¡¡ Maldita enfermedad del olvido !!! -grito para mis adentros y hasta el mismo bosque parece quedar en silencio por un momento.
Entré a buscar lo que no sabía que encontraría. Indagué entre las ramas, pregunté a las garzas y esperé respuesta de cada una de las arañas que me sostuvieron impacientes en su red. Caminé desnudo al apagón del día, cuando el sol se iba rutinario a descansar. Sentí armonía en el frío de lo oscuro. Y esperé abrazado a ti por ver si aparecías. Me rendí gritándole al río, y fue tu reflejo, y no el mío, el que me volvió a empujar a sentirme vivo. Metí la pata en cada cueva. Y te escuchaba, se notaba en cada una de ellas. Corrí sin seguir la senda, olvidé el camino pisado y me detuve frente a ti cuando estabas cerca. Entré al bosque a buscar. Y busqué en el bosque por tu paz. Es el brillo de la claridad entre las hojas, el ruido natural de lo que tocas. Te encontré, calma, te encontré. Ahora puedo volverme a ver.
Le encantaba ver como el fuego crecía y crecía consumiendolo todo. Tan solo el chasquido de un mechero había bastado para provocar semejante incencio. El bosque se retorcía crugiendo de dolor en aquella macabra danza de gigantescas llamas. Pronto vendrán los vecinos y las patrullas de extinción alertadas por el humo – pensó mientras se disponía a abandonar el lugar en su todoterreno pero algo le impedía apartar la mirada de aquello. Así lo encontraron los primeros en llegar. El rostro del pirómano, hasta entonces de clara satisfacción, se vió alterado al descubrir que los lugareños vestían antiguos ropajes portando espadas lanzas y escudos. Mientras lo conducían maniatado, pudo oir como, en un castellano primitivo, hablaban de quemarlo esa noche en la plaza de la villa, junto con las condenadas por brujería
Papa, ¿porque hemos venido al bosque?
¿Ves esa casa de madera que esta junto al rio?, Allí nació tu padre…Desde esa ventana, he presenciado el ciclo de la vida.
Verás, en primavera, el dulce perfume de las flores, realza una harmoniosa melodía de canticos. Los colores fluyen de un lado a otro, te embaucan, te atrapan, solo quieres observar; La luz recorre sigilosamente cada hueco entre la hojas, el cortejo natural aflora el entorno; no dejo de mirar, es hermoso…
En verano, las noches se hacen cortas, el suelo busca engullir el agua de alguna nube, los atardeceres se hacen únicos. Es el momento de abrir la puerta, correr, y respirar.
Al llegar el otoño, los colores rojizos, anaranjados y amarillentos te sumergen en un entorno bucólico y nostálgico. Los campanos del ganado que descienden desde la alta montaña y el sonido de los ciervos en celo, recuerdan a los arboles, que deben dejar caer, hoja tras hoja.
Finalmente el invierno, agarra un gélido pincel, tiñendo el bosque de blanco. Los animales duermen, el silencio se apodera, el tiempo se para…Todos esperan.
Sabes hija!, desde esa ventana no miraba al bosque, era él, quien me miraba a mi…
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