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Cada día la mujer atravesaba el bosque para ir al pueblo, donde trabajaba como dependienta. Vivía junto a un claro de la arboleda, en una vieja casa de madera que había heredado de su abuela. Recorría el camino sin inquietud: ya no había alimañas por los contornos y los temibles lobos de antaño estaban ahora en una reserva acotada, casi extinguidos.
Mientras enciende el último cigarrillo, Fran recuerda la noche en que despertó, parpadeó dos veces, y con los ojos muy abiertos oteó el bosque de hayas en completa oscuridad. Captó un movimiento entre la hojarasca, se lanzó en picado y el ratón cayó bajo sus garras sin rechistar.
Cuando yo era pequeña, a mis padres debía de parecerles que no había un plan más fascinante que llevarnos a mí y a mis hermanas de excursión al bosque en pleno invierno.
Algunas noches, merodeaba por las aldeas cercanas. Vestida de negro, con una cestuca bajo un brazo y sin los zancos de madera, la vieja caminaba silenciosa, tambaleándose en la oscuridad, hasta que entraba sigilosa en una casa. Al poco tiempo salía con el mismo andar oscilante y mudo, y era entonces cuando se dirigía hacia el bosque. Se adentraba lenta, y lo atravesaba con monotonía fría, hasta que finalmente se detenía ante la caverna y depositaba en el suelo la cesta. Se oía entonces un gemido hueco de dentro del agujero. Poco a poco, un hedor de animales muertos y madera podrida iba inundando cada rincón. La criatura asomaba aquella cabeza deforme entre las sombras de las ramas. Se acercaba arrastrando un cuerpo enorme, peludo, con multitud de dedos inacabados en las extremidades, y una respiración profunda de caballo exhausto. Se arrodillaba ante la vieja y le abrazaba los pies. La vieja acariciaba la cabeza, y la criatura desde abajo no se atrevía a mirarla con su único ojo. Los paisanos lo llamaban Ojáncano. La vieja, hijo. Después, la criatura cogía la cestuca y volvía a la caverna, mientras un llanto de recién nacido brotaba de la oscuridad.
Lucía el tímido sol de invierno en el jardín de Lulo. Ocre sobre verde, torcaces y un pardal. Sentado, observaba el aleteo incesante de una mariposa sobre su flauta de madera.
— ¡Quieta, mariposa! ¿Acaso conoces las estrofas que con ella se pueden entonar? Ven, te enseñaré una cosa y hoy mi amiga serás.
— ¿Sabrías volar en Do? ¿Y en Re? ¡Más difícil es en Fa! —Silencio. La mariposa quedó suspendida ante las palabras del niño. Y fue el leve meneo de su cola lo que le hizo sonreír al chaval.
— ¡Bien! Hagamos una prueba —propuso al animal. Y soltando a su amiga, comenzó a tantear una bella melodía.
— Comenzaremos con Do: Tu, turá, tu, turá…, —entonaba Lulo. La mariposa describía curvas con su vuelo. Una, y otra más hasta que aprendió.
— ¡Estupendo! Ahora con Re: Tu, turá, tu, turá…, —insistía el muchacho. Y su amiga describió una llamativa espiral. Así, hasta modular todos los acordes conocidos hasta formar una sección dorada, regla áurea sin igual. Y despidiendo a su nueva amiga, quedaron para siempre en prorrogar.
— ¡Adiós, mariposa! ¿Cómo te llamaré?
El animal trazando cuatro órbitas en el cielo contestó:
— Llámame do-re-mi-fa.
Y Lulo fue feliz. Lulo no deseó más.
Bailaban todos, pero llueve y ya no bailan. Solo dos. En medio del claro, rodeados de sombras de salvajes.
Él guía, ella le sigue. Llueve a cántaros pero calados hasta los huesos no pueden parar de mover las piernas y los brazos. Cerraron los ojos y entraron en trance.
Los demás, a cubierto entre árboles, no pueden tampoco dejar de mirarlos. Es una suerte de abrazo energético sideral.
No va a parar de llover. Seguirán bailando aún sin música, les basta con tener el cielo abierto y el viento. Y los sentidos receptivos a los sonidos y esencias sonoras del bosque.
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