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Una vez, el rey de Suecia mandó construir una armada para dominar el Báltico. Cien escuadrones partieron a talar los bosques cercanos a Estocolmo. Las hachas asolaron la región. Como guerreros exangües caían los árboles, uno tras otro, profiriendo alaridos milenarios.
– ¡Nos vengaremos!– gritaban al desplomarse.
Allí mismo los serruchos desgajaban los troncos. Inmensos tablones viajaban hasta los astilleros en carretas de bueyes.
Al retirarse los hielos, zarparon a la guerra. A la semana el vigía observó unas yemas que despuntaban del mástil, unos brotes en la proa. Poco después empezó a menguar el ritmo, los navíos no avanzaban. En vano exhortaba el contramaestre a sus remeros que bogasen más rápido. Estaban en alta mar, encallados sin remedio.
Días después las naves se llenaron de ramas. Al poco los barcos se elevaron y quedaron suspendidos en el aire, cada vez más alto. La madera crujía bajo los pies. Las quillas estallaron en pedazos. Perforando lo que se interpusiera en su camino, se abrían paso los troncos. Finalmente, libres de sus carcasas, los renacidos árboles se agitaron, arrojando a los soldados al vacío. Por último despegaron sus raíces y partieron de vuelta a casa, dando grandes zancadas sobre las olas.
No parecía posible, pero aún estaba allí. Mark pudo comprobar otra vez el rasposo tacto de aquel roble añejo, de aquella “venerable dama verde”, como decía él. Sus raíces habían engordado, de sus hojas ya solo se podía encontrar el color oxidado que las teñía, pues parecía que el letal filo de la guadaña estaba haciendo su trabajo más rápido de lo esperado. Mark se apenó por ello. Al alcance de sus fastuosas raíces y a la boca de ese tupido bosque, conoció a Sara por primera vez y, desde ese momento, aquel árbol fue su punto de encuentro. Hasta que ella murió. “No”, reconoció Mark. Había venido una última vez, pero no era a causa del amor y la pasión, sino del dolor y el calvario que estaba aguantando. Recordaba haberse puesto a llorar como un niño apoyándose en su corteza, aunque ella se quedó impasible ante su escena plañidera.
Entonces su hija le llamó desde la lejanía con una voz casi inaudible. Mark se marchó lentamente echándole una última mirada de reojo a aquel roble, aquella dama que le había visto en la cúspide del sufrimiento y del amor.
Hoy quiero caminar despacio, tranquilo, oyendo crujir las secas hojas caducas bajo mis escariosos zapatos. Cruzar sinuoso la senda de los inmensurables fresnos. Contemplar algodonales nubes con sus ligeros destinos, rozados con puntiaguda rama de blanco chopo; desvanecidos vuelos y voluptuosas sombras errantes por un río estático. Hoy, todo naufraga lento por la singladura del recuerdo; incluso mis espantadizos pasos dejando lejos los pueriles miedos. Mis ojos se pierden con la pureza de un ornamentado camino verde sin retorno, vivificando entre huellas otra semilla esperanzada con los deseos más abiertos. Eres, tan cierto y claro, tan recalcitrantemente mío y tan de todos, – bosque amigo -, que lloro de alegría cuando abrazo tu corazón noctámbulo de murmullos compartidos. Contigo avanzo por la vida desde tus sonoros troncos. Por ti arranqué pétalos al pasado que entre besos a mi amada le fuiste dando. Como generatriz de un telón de colmenas y nidales, aprendí melodiosos cánticos. Porque me devuelves al lugar mágico de los sueños. Y antes de dormir la noche me acuna secretas lunas y reflejos. Sacudiendo este yunque que late acompasado de sollozos.
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