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Helio3 lucía en el firmamento cuando cogí la nave de exploración. Atravesé las Praderas Glaucas envuelto en vapores que levantaba el aparato. Al tiempo reconocí unas mariposas aldebaranas parecidas a pterodáctilos enanos con largas alas de mil colores. Intenté perseguirlas pero el motor se apagó y hube de planear sobre la llanura. Caí cerca de una manada de Yakos. Los alrededores estaban salpicados por grandes Rucarios, que más allá formaban las primeras espesuras del Bosque Azul. En la banda opuesta divisaba los montes copernicanos. Pasaron uno, dos, tres minutos… El silencio era completo en la nave, no podía apartar la vista del paisaje. Un Yako se acercó sin prisas, triscando el pasto azul con parsimonia. El animal se paró a escasa distancia. Alzó el cuello, me miró con sus ojos bovinos y penetró en mi mente. Los exobiólogos sospechaban su habilidad telepática, pero eso no alivió mi asombro. En mi cabeza estallaron sonidos: el agua resonante
de las montañas, la sinfonía compleja y armoniosa de las aves, el cántico de los cuadrúpedos… Una voz imperiosa decía: “Humanos, no repitáis vuestro error”. El motor rugió de repente y escapé colmado de desazón, sabiendo lo que sabía sobre mi viejo planeta natal.
Cuentan mis mayores que el rincón donde vivo, situado en un valle rodeado de granito, fue en su tiempo una zona boscosa. Los chopos acompañando al pequeño río, salpicados con el olor del poleo y de las huertas que con ellos se entremezclaban. Los robles y los pinos salpicando la ladera de esta humilde montaña, con el veraniego amarillo del ramo, y el olor penetrante del espliego. Incluso ardillas y lechuzas dicen que por aquí habitaban. De ese paraíso serrano yo no he vivido casi nada, en mis jóvenes recuerdos si veo más verde vida el color de la dehesa, más cobre otoñal la ladera de la montaña y más orugas adornando los pinos con sus caprichosas borlas blancas. De todo eso apenas queda nada. En mis paseos recojo las supervivientes semillas para plantarlas, esperando que los retoños crezcan robustos, haciendo pasado estas palabras y futuro el recuerdo del más anciano de este rincón encajado entre montañas.
Si yo fuera agua sería lago. No sería río que fluye rápido, ni mar inmenso y poderoso. Tampoco sería pozo servicial y oscuro, ni sería represa contenida. Sería lago, verde y llano, espejo del mundo afuera. Todo aquel que a mí se acercara, vería su imagen nítida al verme y así llegaría a mis entrañas llenas de algas, piedras y peces.
Se encontraron en un bar del centro. Olía a churro quemado y a cine independiente.
Él llevaba una rosa roja. Ella un mapa de las estrellas del día en que él le enseñó las constelaciones antes de hacer el amor bajo el cielo nocturno, entre los árboles del bosque, sobre el pasto húmedo.
-Usted es una mujer para el amor, pero tiene el corazón roto y está metida en muchos líos, y yo estoy jodido- Le dijo mirándola con ojos de almendra.
Años después ella se enteró que él se casaba. Se apagaron todas las luces en ese cielo estrellado de hace tiempo.
Amo los helechos, desde pequeña siempre me han fascinado. Nunca he sabido bien por qué, después de todo son plantas más bien sosas, sin flores, que extienden sus hojas uniformemente verdes para bañarse de sol. Ordinarias, claramente. Sin embargo, verlas desenrollarse lentamente desde el churrusquito anudado que son al principio, hasta su extensión completa que pelea contra la sombra, me hace siempre sonreír de ternura. Me maravillo frente a su forma fractal que parece contener las fórmulas del universo y toda su composición.
Supongo que estas cosas ocurren con cualquier elemento del mundo, con todos los frutos de esta tierra vibrante. Es una lástima que yo sólo pueda apreciar tanta magnificencia en la contemplación de un helecho.
–¡No intentes escabullirte, no te servirá de nada!– escuchó Froilán, poco antes de conciliar el sueño.
A aquel inquietante aullido le siguieron otros cientos, haciendo vibrar las paredes del caserón. Cuando compró el terreno, nadie le advirtió de esos gritos que, pasadas la medianoche, irrumpían espectrales en los alrededores. ¿De dónde provendrían? ¿Acaso de un aquelarre en el bosque? Antes de enloquecer, salió de su alcoba resuelto a averiguarlo. Las voces lo condujeron hasta un claro en mitad de la espesura, donde halló un pozo herrumbroso. Todo ocurrió muy rápido. Froilán levantó la cubierta y se asomó al vacío. De repente, una fuerza indefinible lo succionó sin piedad. A continuación engulló los tilos y castaños más cercanos, las madrigueras de topos, el jardín de la mansión, la piscina, el edificio al completo.
Un cartel de “Se vende” luce de nuevo en el descampado, junto a los lindes de la foresta. Oculto entre la maleza, el pozo acecha a su siguiente víctima.
Cuando el sol desaparece en el limbo del horizonte y la oscuridad comienza a
apoderarse de la copa de los árboles, las criaturas fantásticas inician su despertar a la par que los humanos entran en letargo.
Los duendes son los primeros que amanecen, dando brincos, corriendo de un lado a otro; tienen nombres y aspecto diferentes: trentis, con sus vestidos de forraje, tentirujos, con sus orejas puntiagudas sobresaliendo de sus boinas, y zahoríes, con sus zamarras rojizas donde guardan los objetos que los humanos han perdido durante el día.
Estos enanitos se refugian, temblando de miedo, cuando escuchan las gigantescas pisadas de Ojáncanu y Ojáncana, criaturas malignas que siembran el miedo allá donde pasan.
Son los seres más temibles, mucho más que la enorme Osa de Andara o los Caballucos del Diablu. Los habitantes de las aldeas cercanas al bosque tiemblan de pavor en sus pesadillas
cuando estas dos criaturas aparecen en ellas.
Con ellos combate noche tras noche la dulce Anjana, hada benéfica, protectora de los intrépidos e inconscientes humanos que, de noche, se adentran en la oscuridad del monte.
Recuerda, si de noche te pierdes en el bosque, llámala y estarás a salvo hasta que el día florezca.
Hubo un tiempo en que fueron tan numerosos en la comarca como un ejército de hormigas, daban sombra fresca a los caminos y poblaban las laderas de los montes formando espesos bosques; no existía un pueblo que mereciera tal nombre al que le faltara su ejemplar centenario en la plaza principal.
Ahora sólo queda un ejemplar, el mío, y el ayuntamiento está decidiendo su destino.
No quiero que talen mi árbol. Es un olmo enfermo que a duras penas brota en primavera pero guarda la esencia de mi vida. Trepé a sus ramas cuando era niña y desde su cresta entendí que la importancia no es una cuestión de altura; lloré bajo su sombra creyendo que todo se desmoronaba a mi alrededor y él me señaló el mundo nuevo que brotaba ante mis ojos. En su corteza grabé mi historia de amor y allí permanece, dentro de un corazón desdibujado por los años; y a él acudí agradecida creyendo que mis problemas se habían solucionado cuando apenas se difuminaban. Siempre me ayuda. Mientras mis pies se hunden, sus raíces se agarran; cuando yo me bamboleo, sus hojas se mecen. Es mi árbol. Yo lo sé y él lo siente.
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