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Cuando los soldados llegaron al pueblo, algunos vecinos se echaron al monte. Éste les daba cobijo y sustento. Con frecuencia, los soldados organizaban batidas provistos de perros de presa para darles caza. Se dice que cada árbol nuevo es el alma de un caído. Así, poco a poco, el bosque se fue extendiendo hasta alcanzar el pueblo. Cuando lo cubrió con su verde manto, los soldados se vieron obligados a abandonarlo para siempre.
Cuando vamos al bosque, mis amigos se parten conmigo. Salimos explorando el frondoso medio, enfundándome calcetines fucsia de mi hermana. Ríen, anécdotas mientras batimos enigmáticos senderos. Recordándome, aquella saliendo del vestuario para jugar a fútbol con indumentaria distinta, sin previa advertencia y el árbitro obligaba cambiarme para no ser del equipo contrario. Aprecian mis esfuerzos, con ese sentimiento puro que todavía está en nosotros. En otras, quedan perplejos, por ser capaz de distinguir el insecto palo aunque permanezca estoicamente quieto. Desde crío he sido muy observador. Puedo diferenciar el mimetismo prolijo entre especies, las inmensas tonalidades amarillentas del camuflaje de la polilla hoja o los perfiles en una mantis religiosa inmóvil en estriado tronco. Lo natural me hace libre. Contrariamente, la ciudad aturde voluntades por regueros caóticos, con complicadas encrucijadas. Soy daltónico. Primero pensaba que todos veían como yo. Mis padres creyeron que era anormal. Luego asimilaron que ese mal no residía en mi cabeza sino en una sencilla deficiencia de los ojos. Pero las dificultades nos empujan a superarnos. Y como Emerson Moser sería capaz de fabricar miles de tonalidades, aunque perciba sobre una paleta de fondos ocres.
Huyó de la soledad de la ciudad, no entendía tanto ruido, tanta prisa para no llegar a ninguna parte, ni siquiera su corazón, abandonado por un amor que no supo amarla con la calma que da saber, que alguien apaga la luz, y te cubre con una manta cuando te quedas dormida. Sin destino, llegó una mañana a un pequeño pueblo, casi en el borde entre la montaña y el mar. Encontró una casa rural, donde decidió hospedarse un tiempo, hasta que su corazón volviera a recuperar el ritmo de sus latidos. Justo delante de la casa un bosque habitaba, tenía los colores que la naturaleza era capaz de crear; Sin pararse a pensar en nada más, salió a pasear antes de que la tarde dejase paso a la noche, entre los arboles de aquel bosque lleno de hayas, con un manto de hojas, rojas, verdes y marrones. Se sentó en el tronco de un gran árbol talado. Sus ojos se perdieron en la profundidad de aquel espacio tan lleno de vida, solo una apacible brisa la acompañaba, sin ruido, pudo oír lo que su corazón le hablaba. Y entendió lo que le recitaba, el bosque callado.
He roto mi promesa de no volver. Los árboles me han reconocido. Eso me halaga y me intranquiliza. La luz de la luna decora con destellos de plata el bosque. A cada paso la enramada me palmea la espalda, devuelvo el cumplido sin cortesía. Reconozco el sendero, los aromas a pino y a corteza. Me adentro en la arboleda y cuento setecientos catorce pasos. Ahí estás, dónde te dejé. Llegaste a mí por casualidad, la peor silla que había visto en mi vida, hecha con restos de madera, llena de astillas y con un manto de podredumbre agarrándote con fuerza. Lo primero que hice fue extraer una a una aquellas esquirlas que parecían atormentarte. Limé, pulí y lustré la superficie. Al acabar me hablaste. Me pediste que te trajera de vuelta a casa. Siguiendo tus indicaciones, te planté junto al tejo. Nunca he sentido tanta felicidad. Juré guardar el secreto. Hoy he vuelto como furtivo, un sibilino ocultando sus intenciones. Te he arrancado una rama y he huido sin despedidas, al amparo de un jirón de nube negra. He llegado a casa estremecido, el corazón palpitando reproches me atormenta. Te he colocado sobre la mesa de trabajo, te llamaré Pinocho.
Helio3 lucía en el firmamento cuando cogí la nave de exploración. Atravesé las Praderas Glaucas envuelto en vapores que levantaba el aparato. Al tiempo reconocí unas mariposas aldebaranas parecidas a pterodáctilos enanos con largas alas de mil colores. Intenté perseguirlas pero el motor se apagó y hube de planear sobre la llanura. Caí cerca de una manada de Yakos. Los alrededores estaban salpicados por grandes Rucarios, que más allá formaban las primeras espesuras del Bosque Azul. En la banda opuesta divisaba los montes copernicanos. Pasaron uno, dos, tres minutos… El silencio era completo en la nave, no podía apartar la vista del paisaje. Un Yako se acercó sin prisas, triscando el pasto azul con parsimonia. El animal se paró a escasa distancia. Alzó el cuello, me miró con sus ojos bovinos y penetró en mi mente. Los exobiólogos sospechaban su habilidad telepática, pero eso no alivió mi asombro. En mi cabeza estallaron sonidos: el agua resonante
de las montañas, la sinfonía compleja y armoniosa de las aves, el cántico de los cuadrúpedos… Una voz imperiosa decía: “Humanos, no repitáis vuestro error”. El motor rugió de repente y escapé colmado de desazón, sabiendo lo que sabía sobre mi viejo planeta natal.
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