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Madre nuestra que estás en este mundo. Bendito sea tu nombre. Venga a nosotros tus montes y mares. Sáciense tus necesidades, así en la tierra, mar y aire. El oxígeno nuestro de cada día dánosle hoy. Perdónanos nuestros incendios, y poluciones, así como nosotros intentaremos perdonarnos. No nos dejes caer en la tentación de la industrialización excesiva y líbranos de hacerte mal.
Cuando el cielo se torna gris y parece que la noche ha madrugado demasiado,
Cuando los relámpagos iluminan cual luciérnagas incandescentes,
Cuando los truenos ensordecen a los pajarillos…
Cuando parece que el viento lucha contra las ramas de los árboles…
Cuando parece que en cualquier momento los árboles ya no aguantarán mas…
Cuando menos te lo esperas aparece el primer rayo de sol.
A nosotros nos pasa igual que al bosque, a lo largo de nuestra vida nos tenemos que enfrentar a terribles tormentas, pero después de la tormenta siempre llega la calma y tímidamente el sol se va abriendo camino. Y al igual que a los árboles nos ha servido para fortalecer nuestras raíces y a aprender que es necesario vivir una tormenta para estar agradecido cuando haga sol.
Recuerdo aquellas tardes de estío de mi infancia en las que salía a pasear con mi abuelo por los caminos del pueblo. Todas ellas terminábamos bajo la sombra del viejo roble. Impasible a los años se mantenía erguido estirando sus brazos que daban buen cobijo en días de sol. Mi abuelo me contaba que cuando él era niño iba con su abuelo a merendar bajo el árbol. Allí sentados en la hierba engañaban el hambre antes del regreso al hogar. Y mi abuelo me narraba que su abuelo le decía que también pasaba el final de las tardes de verano bajo el gran roble con su abuelo.
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