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Hoy quiero caminar despacio, tranquilo, oyendo crujir las secas hojas caducas bajo mis escariosos zapatos. Cruzar sinuoso la senda de los inmensurables fresnos. Contemplar algodonales nubes con sus ligeros destinos, rozados con puntiaguda rama de blanco chopo; desvanecidos vuelos y voluptuosas sombras errantes por un río estático. Hoy, todo naufraga lento por la singladura del recuerdo; incluso mis espantadizos pasos dejando lejos los pueriles miedos. Mis ojos se pierden con la pureza de un ornamentado camino verde sin retorno, vivificando entre huellas otra semilla esperanzada con los deseos más abiertos. Eres, tan cierto y claro, tan recalcitrantemente mío y tan de todos, – bosque amigo -, que lloro de alegría cuando abrazo tu corazón noctámbulo de murmullos compartidos. Contigo avanzo por la vida desde tus sonoros troncos. Por ti arranqué pétalos al pasado que entre besos a mi amada le fuiste dando. Como generatriz de un telón de colmenas y nidales, aprendí melodiosos cánticos. Porque me devuelves al lugar mágico de los sueños. Y antes de dormir la noche me acuna secretas lunas y reflejos. Sacudiendo este yunque que late acompasado de sollozos.
Cada vez que llegábamos al río, sabíamos que faltaba poco. Y ya metíamos nuestros pies en el agua helada que nos recibía con agrado. Las piedras brillantes esperaban en la orilla por nosotros. Y arriba los arboles del hermoso bosque que abrazaba manantiales. Hojas verdes que desde lo alto escupían gotas del sol que caían por entre las ramas. Y nos metíamos en el agua a oír el trinar de los pájaros que nos cantaban historias de amor entre sus aguas cristalinas.
Tenía ocho años cuando empecé a sospechar que yo no era como los demás, los otros niños le tenían miedo al bosque, yo, en cambio, le rendía pasión, respeto y reverencia. Me gustaba adentrarme en él todas las tardes a la salida de la escuela y a medida que las hojas secas crujían bajo mis botas, mis pies se iban convirtiendo en raíces andantes, mis brazos en ramas y mi pelo en una corona de brotes verdes que se alzaban buscando la luz. Cuando me acercaba al arroyo mi apariencia de árbol se iba transformando en agua y acababa confundiéndome con su caudal corriendo ladera abajo hasta la fuente del camino, allí volvía a adoptar mi forma a la espera de que los últimos rayos de sol se recostaran sobre las hojas de las hayas, entonces yo emprendía el camino a casa y salía del bosque justo cuando en el cielo asomaban las primeras estrellas. Una vez me sorprendió la noche dentro y desde entonces mis orejas se volvieron puntiagudas y empecé a oler a tierra mojada. Han pasado cuarenta años y me siguen llamando “El duende”.
Eran las cuatro de la mañana. Una fría brisa corrió por el fino cuello de Ágata, que de repente se levantó a causa de ella. A pesar de todo, sus párpados no se abrieron del todo pues la pesadez de la noche lograba que así no fuese. La pequeña tuvo ganas de ir al lavabo y se dirigió en un estado semi drogado hacia la puerta. Lo que no esperaba es que al traspasarla se encontraría en un insólito bosque que lo abarcaba todo. Ágata anduvo torpemente mirando hacia un lado y otro, observando como los conejos salían de sus madrigueras, atendiendo al calmoso sonido del río…Pero, poco a poco, mientras se iba adentrando más y más, notó en falta a la gente, en especial a sus padres. Con un sentimiento de congoja, corrió por el brumoso bosque hasta que al final se encontró con una hermosa ninfa de pelo rubio. Esta última le dijo suavemente “¿Qué haces aquí, Ágata? ¡Despierta…! ”
Al final Ágata fue al lavabo sin problemas con ayuda de su madre, que estaba allí para guiarla. Instantes después ya se había dormido, olvidando por completo aquel lugar.
De niña, el bosque me daba miedo. Procuraba evitarlo, y cuando no me era posible recorría el sendero deprisa, con la vista clavada en el suelo, ajena a cualquier sonido que no fuera el de mi propia respiración. Al fin y al cabo, eso era lo que se esperaba de mí. “No te pares, no te distraigas, no hables con extraños”, me decían. La vida parecía llena de peligros, y el bosque una representación de todos ellos.
Pero todo cambió aquel día en que alcé la mirada, sorprendida por el canto de un pájaro desconocido. Descubrí entonces que el crujido de una rama podía anunciar la presencia de una ardilla, y no una amenaza. Que era el viento el que hacía temblar las hojas en las copas de los árboles, y no el temor. Que la llegada de las nubes no tenía más consecuencia que la lluvia, y que esta no iba a dañarme, sino a llenar de vida cuanto me rodeaba. Que, al explorar otros nuevos, estaba trazando mi propio sendero. Todo lo que soy, todo lo que he sido se lo debo a ese día. El día en que olvidé ponerme aquella estúpida caperuza roja.
Mis centenarios árboles hablan de tu crueldad. Mis cristalinos ríos se enturbian con tu suciedad. Polución, tala, incendios… ¿hasta dónde llega tu locura? Dime hombre, dime, ¿Por qué quieres matarme? ¿Qué te hicieron todas mis criaturas que las cazas y enjaulas? ¿Y tú eres el rey de la creación? ¿Es que no sabes que atacarme a mí es atacarte a ti mismo? ¿Qué harás cuando me seque, cuando ya no puedas respirar? Dime, ¿Tu tecnología te permitirá producir agua, oxígeno? ¿Podrás hacer magia como mis duendes?
Te lo advierto hombre, te queda poco tiempo. Aprende de mí, del constante fluir del rio, de la fortaleza de mis árboles, de la previsora ardilla, de la comunidad de hormigas… tienes tanto que aprender… eres una oruga, no te quedes en capullo, yo que se que puedes ser una bella mariposa. Sal de la crisálida…
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