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Huyó de la soledad de la ciudad, no entendía tanto ruido, tanta prisa para no llegar a ninguna parte, ni siquiera su corazón, abandonado por un amor que no supo amarla con la calma que da saber, que alguien apaga la luz, y te cubre con una manta cuando te quedas dormida. Sin destino, llegó una mañana a un pequeño pueblo, casi en el borde entre la montaña y el mar. Encontró una casa rural, donde decidió hospedarse un tiempo, hasta que su corazón volviera a recuperar el ritmo de sus latidos. Justo delante de la casa un bosque habitaba, tenía los colores que la naturaleza era capaz de crear; Sin pararse a pensar en nada más, salió a pasear antes de que la tarde dejase paso a la noche, entre los arboles de aquel bosque lleno de hayas, con un manto de hojas, rojas, verdes y marrones. Se sentó en el tronco de un gran árbol talado. Sus ojos se perdieron en la profundidad de aquel espacio tan lleno de vida, solo una apacible brisa la acompañaba, sin ruido, pudo oír lo que su corazón le hablaba. Y entendió lo que le recitaba, el bosque callado.
He roto mi promesa de no volver. Los árboles me han reconocido. Eso me halaga y me intranquiliza. La luz de la luna decora con destellos de plata el bosque. A cada paso la enramada me palmea la espalda, devuelvo el cumplido sin cortesía. Reconozco el sendero, los aromas a pino y a corteza. Me adentro en la arboleda y cuento setecientos catorce pasos. Ahí estás, dónde te dejé. Llegaste a mí por casualidad, la peor silla que había visto en mi vida, hecha con restos de madera, llena de astillas y con un manto de podredumbre agarrándote con fuerza. Lo primero que hice fue extraer una a una aquellas esquirlas que parecían atormentarte. Limé, pulí y lustré la superficie. Al acabar me hablaste. Me pediste que te trajera de vuelta a casa. Siguiendo tus indicaciones, te planté junto al tejo. Nunca he sentido tanta felicidad. Juré guardar el secreto. Hoy he vuelto como furtivo, un sibilino ocultando sus intenciones. Te he arrancado una rama y he huido sin despedidas, al amparo de un jirón de nube negra. He llegado a casa estremecido, el corazón palpitando reproches me atormenta. Te he colocado sobre la mesa de trabajo, te llamaré Pinocho.
Helio3 lucía en el firmamento cuando cogí la nave de exploración. Atravesé las Praderas Glaucas envuelto en vapores que levantaba el aparato. Al tiempo reconocí unas mariposas aldebaranas parecidas a pterodáctilos enanos con largas alas de mil colores. Intenté perseguirlas pero el motor se apagó y hube de planear sobre la llanura. Caí cerca de una manada de Yakos. Los alrededores estaban salpicados por grandes Rucarios, que más allá formaban las primeras espesuras del Bosque Azul. En la banda opuesta divisaba los montes copernicanos. Pasaron uno, dos, tres minutos… El silencio era completo en la nave, no podía apartar la vista del paisaje. Un Yako se acercó sin prisas, triscando el pasto azul con parsimonia. El animal se paró a escasa distancia. Alzó el cuello, me miró con sus ojos bovinos y penetró en mi mente. Los exobiólogos sospechaban su habilidad telepática, pero eso no alivió mi asombro. En mi cabeza estallaron sonidos: el agua resonante
de las montañas, la sinfonía compleja y armoniosa de las aves, el cántico de los cuadrúpedos… Una voz imperiosa decía: “Humanos, no repitáis vuestro error”. El motor rugió de repente y escapé colmado de desazón, sabiendo lo que sabía sobre mi viejo planeta natal.
Cuentan mis mayores que el rincón donde vivo, situado en un valle rodeado de granito, fue en su tiempo una zona boscosa. Los chopos acompañando al pequeño río, salpicados con el olor del poleo y de las huertas que con ellos se entremezclaban. Los robles y los pinos salpicando la ladera de esta humilde montaña, con el veraniego amarillo del ramo, y el olor penetrante del espliego. Incluso ardillas y lechuzas dicen que por aquí habitaban. De ese paraíso serrano yo no he vivido casi nada, en mis jóvenes recuerdos si veo más verde vida el color de la dehesa, más cobre otoñal la ladera de la montaña y más orugas adornando los pinos con sus caprichosas borlas blancas. De todo eso apenas queda nada. En mis paseos recojo las supervivientes semillas para plantarlas, esperando que los retoños crezcan robustos, haciendo pasado estas palabras y futuro el recuerdo del más anciano de este rincón encajado entre montañas.
Si yo fuera agua sería lago. No sería río que fluye rápido, ni mar inmenso y poderoso. Tampoco sería pozo servicial y oscuro, ni sería represa contenida. Sería lago, verde y llano, espejo del mundo afuera. Todo aquel que a mí se acercara, vería su imagen nítida al verme y así llegaría a mis entrañas llenas de algas, piedras y peces.
Se encontraron en un bar del centro. Olía a churro quemado y a cine independiente.
Él llevaba una rosa roja. Ella un mapa de las estrellas del día en que él le enseñó las constelaciones antes de hacer el amor bajo el cielo nocturno, entre los árboles del bosque, sobre el pasto húmedo.
-Usted es una mujer para el amor, pero tiene el corazón roto y está metida en muchos líos, y yo estoy jodido- Le dijo mirándola con ojos de almendra.
Años después ella se enteró que él se casaba. Se apagaron todas las luces en ese cielo estrellado de hace tiempo.
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