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La puerta de la Sala de Espera se abrió. “Álvarez” y un anciano con paso cansino se dirigió donde estaba la enfermera.
La Sala de Espera estaba repleta de personas de edad muy avanzada, salvo un joven bien vestido que destacaba en aquel lugar. La señora de su lado le preguntó directamente qué le pasaba. Era vieja y no tenía tiempo ni vergüenza que perder. El joven respondió que era Visitador Médico. La señora sin contemplaciones murmuró, otro vendedor de matarratas y siguió con sus quejas y dolores.
El joven se puso en pie y con una voz suave que hacía que todos se callasen para escucharle, les habló:
Vengo de un bosque de hadas en el que hay una fontana llena de vida y esperanza. Quería ofrecérsela al doctor pero pienso que ustedes la necesitan más que él. No tienen obligación de tomarla. Si quieren acérquense y beban. Y uno a uno se iban acercando en silencio e iban saliendo más erguidos, más rectos, menos encorvados, con una sonrisa de felicidad, tirando en la puerta antes de irse las muletas, bastones y sillas de ruedas. Cruzaron la puerta y corrieron con todas las fuerzas de sus veinte años…
Por precaución había dejado transcurrir un mes desde la última pieza cazada. La gente ya empezaba a decir que era mucha casualidad dos chiquillos desaparecidos tan seguidos. Pero ahora estaba allí, esperando entre la oscura madera del bosque. Siendo algo más. Porque en los bosques había cosas y él era una de aquellas cosas. Era el hombre que espera. El coco, el hombre del saco.
Era el lobo del cuento y el bosque, sobre su hombro, susurraba. La noche había caído casi por completo. La niña se acercaba, ajena a todo lo malo. Podía escuchar sus pasos muy cerca, sobre el camino, correteando y deteniéndose súbitamente, agachándose para coger algo. Podía notar su olor a chicle y el corazón comenzó a golpearle cada vez más fuerte. Podía verla. Oírla. Su respiración de conejo confiado. Una sombra entre las sombras. Tan solo una silueta inocente entre lo oscuro de los árboles. Era Caperucita en el Bosque y yo era el Lobo…
Giré en redondo con brusquedad y me adentré en la espesura del bosque con la rapidez que mi dañado cuerpo me permitió, zigzagueé entre los árboles sabiendo que cada segundo ganado era un instante más de libertad mientras en mi cabeza se agolpaban las imágenes que anhelaba borrar para siempre. Con cada huella impresa en la tierra dejaba un rastro rojizo que se diluía lentamente intentando camuflarse entre los colores del bosque y que sin embargo me delataba ante mi cada vez más veloz perseguidor ya acostumbrado a desplazarse entre el follaje… El disparo retumbó en mis oídos a la vez que un agudo dolor se apoderaba de mí. Esta vez había acertado de lleno, mi maltrecho cuerpo cayó al suelo y mis ojos empezaron a cerrarse, justo en ese momento vi la cara del cazador que unos minutos antes había acabado con la vida de mi madre. Este fue el verdadero final de la historia, aunque a los niños no les cuenten lo que realmente le pasó al cervatillo…
No me importa que se tiendan encima de mí, ni que las lagartijas vengan aquí a tomar el sol o que las hormigas me rasquen la espalda. Soporto el calor, el frío, el viento, la lluvia, la nieve o el hielo. Hasta los terremotos resisto. Soy inquebrantable y nunca me quejo por nada. Me encanta la vida que llevo, siempre en el bosque y por la noche contemplando como adquieren vida seres que los humanos no creen que existan. Veo a las hadas danzar, a los faunos enfadarlas haciendo cabriolas, a los gnomos con sus sempiternas riñas, a las ninfas siempre tan bellas, a las náyades que asoman de los pequeños riachuelos y del lago, a las oceánidas que vienen a visitar a sus primas y a las nereidas que dejan el mar mediterráneo para acudir a la fiesta en época de mareas bajas. No permutaría un solo átomo de mi cuerpo por tener otra vida distinta o por durar otros tiempos de los que vivo o por sentir diferente. Solo una cosa me disgusta, solo una desde la Prehistoria y es la CANTIDAD DE BASURA QUE DEJAN LOS HUMANOS!!! Por esto sí, por esto cambiaría, cambiaría y aplastaría…
Me desperezo y me estiro lentamente pero con fuerza… Wowww… Cuanto he dormido hoy, pero ya estoy lista para empezar a arreglarme. Hace una noche increíble, llena de estrellas, sin una nube y con la conjunción, siempre por estas fechas, de Júpiter, Venus, Marte y casi me parece ver a Saturno… Es una noche maravillosa. Desde donde yo vivo, en el único álamo blanco del bosque, veo el cielo perfectamente y también el lago.
Voy hacia allí, tengo que estar bien linda para esta noche. Me quito mis prendas. Ya he traído los nuevos vestidos dorados. Me sumerjo en el lago que está frío y tiritando me zambullo buscando sirenas o náyades. Con pereza me froto la piel con la esponja natural y salgo caminando del agua bien limpia. Me seco y me dedico a vestirme con una preciosa tela dorada que lleva incrustados finos brillantes y resplandece. Calzo mis zapatos dorados y me arreglo mi melena dorada también ¡Cómo brillo! Por último, cojo una tela de terciopelo y saco brillo a mis alas transparentes ¡Ya estoy lista para la fiesta! Hoy es la reunión de todas las hadas del bosque y he de ser la más bella.
Cuando los soldados llegaron al pueblo, algunos vecinos se echaron al monte. Éste les daba cobijo y sustento. Con frecuencia, los soldados organizaban batidas provistos de perros de presa para darles caza. Se dice que cada árbol nuevo es el alma de un caído. Así, poco a poco, el bosque se fue extendiendo hasta alcanzar el pueblo. Cuando lo cubrió con su verde manto, los soldados se vieron obligados a abandonarlo para siempre.
Cuando vamos al bosque, mis amigos se parten conmigo. Salimos explorando el frondoso medio, enfundándome calcetines fucsia de mi hermana. Ríen, anécdotas mientras batimos enigmáticos senderos. Recordándome, aquella saliendo del vestuario para jugar a fútbol con indumentaria distinta, sin previa advertencia y el árbitro obligaba cambiarme para no ser del equipo contrario. Aprecian mis esfuerzos, con ese sentimiento puro que todavía está en nosotros. En otras, quedan perplejos, por ser capaz de distinguir el insecto palo aunque permanezca estoicamente quieto. Desde crío he sido muy observador. Puedo diferenciar el mimetismo prolijo entre especies, las inmensas tonalidades amarillentas del camuflaje de la polilla hoja o los perfiles en una mantis religiosa inmóvil en estriado tronco. Lo natural me hace libre. Contrariamente, la ciudad aturde voluntades por regueros caóticos, con complicadas encrucijadas. Soy daltónico. Primero pensaba que todos veían como yo. Mis padres creyeron que era anormal. Luego asimilaron que ese mal no residía en mi cabeza sino en una sencilla deficiencia de los ojos. Pero las dificultades nos empujan a superarnos. Y como Emerson Moser sería capaz de fabricar miles de tonalidades, aunque perciba sobre una paleta de fondos ocres.
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