¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Amo los helechos, desde pequeña siempre me han fascinado. Nunca he sabido bien por qué, después de todo son plantas más bien sosas, sin flores, que extienden sus hojas uniformemente verdes para bañarse de sol. Ordinarias, claramente. Sin embargo, verlas desenrollarse lentamente desde el churrusquito anudado que son al principio, hasta su extensión completa que pelea contra la sombra, me hace siempre sonreír de ternura. Me maravillo frente a su forma fractal que parece contener las fórmulas del universo y toda su composición.
Supongo que estas cosas ocurren con cualquier elemento del mundo, con todos los frutos de esta tierra vibrante. Es una lástima que yo sólo pueda apreciar tanta magnificencia en la contemplación de un helecho.
–¡No intentes escabullirte, no te servirá de nada!– escuchó Froilán, poco antes de conciliar el sueño.
A aquel inquietante aullido le siguieron otros cientos, haciendo vibrar las paredes del caserón. Cuando compró el terreno, nadie le advirtió de esos gritos que, pasadas la medianoche, irrumpían espectrales en los alrededores. ¿De dónde provendrían? ¿Acaso de un aquelarre en el bosque? Antes de enloquecer, salió de su alcoba resuelto a averiguarlo. Las voces lo condujeron hasta un claro en mitad de la espesura, donde halló un pozo herrumbroso. Todo ocurrió muy rápido. Froilán levantó la cubierta y se asomó al vacío. De repente, una fuerza indefinible lo succionó sin piedad. A continuación engulló los tilos y castaños más cercanos, las madrigueras de topos, el jardín de la mansión, la piscina, el edificio al completo.
Un cartel de “Se vende” luce de nuevo en el descampado, junto a los lindes de la foresta. Oculto entre la maleza, el pozo acecha a su siguiente víctima.
Cuando el sol desaparece en el limbo del horizonte y la oscuridad comienza a
apoderarse de la copa de los árboles, las criaturas fantásticas inician su despertar a la par que los humanos entran en letargo.
Los duendes son los primeros que amanecen, dando brincos, corriendo de un lado a otro; tienen nombres y aspecto diferentes: trentis, con sus vestidos de forraje, tentirujos, con sus orejas puntiagudas sobresaliendo de sus boinas, y zahoríes, con sus zamarras rojizas donde guardan los objetos que los humanos han perdido durante el día.
Estos enanitos se refugian, temblando de miedo, cuando escuchan las gigantescas pisadas de Ojáncanu y Ojáncana, criaturas malignas que siembran el miedo allá donde pasan.
Son los seres más temibles, mucho más que la enorme Osa de Andara o los Caballucos del Diablu. Los habitantes de las aldeas cercanas al bosque tiemblan de pavor en sus pesadillas
cuando estas dos criaturas aparecen en ellas.
Con ellos combate noche tras noche la dulce Anjana, hada benéfica, protectora de los intrépidos e inconscientes humanos que, de noche, se adentran en la oscuridad del monte.
Recuerda, si de noche te pierdes en el bosque, llámala y estarás a salvo hasta que el día florezca.
Hubo un tiempo en que fueron tan numerosos en la comarca como un ejército de hormigas, daban sombra fresca a los caminos y poblaban las laderas de los montes formando espesos bosques; no existía un pueblo que mereciera tal nombre al que le faltara su ejemplar centenario en la plaza principal.
Ahora sólo queda un ejemplar, el mío, y el ayuntamiento está decidiendo su destino.
No quiero que talen mi árbol. Es un olmo enfermo que a duras penas brota en primavera pero guarda la esencia de mi vida. Trepé a sus ramas cuando era niña y desde su cresta entendí que la importancia no es una cuestión de altura; lloré bajo su sombra creyendo que todo se desmoronaba a mi alrededor y él me señaló el mundo nuevo que brotaba ante mis ojos. En su corteza grabé mi historia de amor y allí permanece, dentro de un corazón desdibujado por los años; y a él acudí agradecida creyendo que mis problemas se habían solucionado cuando apenas se difuminaban. Siempre me ayuda. Mientras mis pies se hunden, sus raíces se agarran; cuando yo me bamboleo, sus hojas se mecen. Es mi árbol. Yo lo sé y él lo siente.
Silencio, fuego lento y valentía subían río arriba con la esperanza por los suelos. Celos, pasión y orgullo se apresuraban río abajo enrabietados como lobos. En la ladera, a mitad de camino, esperaban tolerancia, empatía y sacrificio, porque ellos no entendían de altibajos, manteniéndose siempre en la llanura.
Tuvo que ser una sequía, quien parase, detuviese y juntase a todos los elementos dispares que conformaban el amor. Y fue en mitad del bosque, donde el río dejó de tener sed, dando pausa a sus viajeros. Silencio, fuego lento y valentía, se arrimaron a la orilla con ayuda de algún ser. Celos, pasión y orgullo, discutían ya con tolerancia, empatía y sacrificio, que los habían ido a socorrer. La pasión quiso llegar a las manos, a fuego lento sintió empatía el orgullo y fue en silencio cuando todos escucharon al sacrificio. Entonces, y sólo entonces, se atrevió a salir la sonrisa de entre los árboles que la habían escondido en aquel bosque. Y con una sonrisa, empezó a fluir el río con mucha esperanza y los pies en el suelo. Con la ambición de un lobo hambriento, también.
Camina la pareja entre los pinos ascendiendo una ladera. Ya no se puede ver el pueblo, ni siquiera el río, que hasta hace poco no era más que una línea que brillaba al sol de mediodía. Una brisa comienza a susurrar sobre las hojas de los árboles cuando ella, de repente, se detiene y se gira hacia él con una sonrisa entre los labios apacibles:
-Éste es el lugar.
-¡Pero Silvia…!
-¿Flavio se niega?
Y Silvia comienza a desvestirse con parsimonia, dejando caer prendas sobre un arbusto de romero. Ya hubieran querido las ninfas poseer este cuerpo tan cercano y tangible apariencia, atrayente como la corteza viva de un árbol.
Desnudos se dan calor entre piel y piel, se acarician, se besan, se enredan… Por fin, en ella irrumpe un principio de placer como mordisco en manzana fresca, abierta. Poco a poco los jadeos se mezclan con el viento entre las ramas. En ese momento, una garza grazna sonoramente por encima de ellos,despertando el tiempo.
-¿Qué es eso?
-Ya es hora de irse-, responde ella.
Flavio se incorpora. No entiende.
Silvia, sin embargo, está satisfecha. Ha fecundado de nuevo el bosque.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









