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La pregunta le trepanaba los sesos. En tiempos de soledad, sin tentaciones, todo había resultado más fácil, con ayunos y rezos le alcanzaba; aunque muy a su pesar era un hombre aún joven, y brioso. Las complicaciones comenzaron con la visita de esa pobre señora, y del jovencito ciego: los ojos inútiles de éste ya repletos de luz y de vida, el vientre yermo de aquella no cesaba de parir. El bosque se había plagado de lisiados y decrépitos; también de mujeres. “Volveré por la noche”, había dicho sugestiva la condesa K., joven de escote abultado y hombros tersos. No pudo concentrase en las oraciones. Devoró con avidez la magra comida. Observó la llama de los cirios, los íconos. Estaba perdido. Se sabía indefenso frente los encantos de aquel ángel malévolo. Cuando el hermano lego vino a retirar la bandeja con el plato, le pidió que no cortara leña, él mismo lo haría; sólo que le acercara el hacha, y el tajo. Su confesor había dicho que la hermandad no veía con buenos ojos el uso del flagelo, sin embargo, jamás se había referido al eventual caso de una mutilación. ¿Se atrevería?
Estoy adentrándome en tu bosque, del que tantas veces me hablaste, se que no te encontraré aquí, pero conocerlo me ayuda a conocerte más a ti. Recuerdo que me hablaste de un pequeño pantano escondido entre los árboles, no se hacia dónde dirigirme, todo me resulta similar. Me llega un olor extraño, aquí son muchos los olores, pero éste es diferente, huele a menta fresca, como tu aliento cuando me besabas. Oigo que me llamas, se que es imposible, pero tu voz me llega nítida, aunque lejana.
Mis pasos dirijo hacia el olor y hacia tu voz, seguro son imaginaciones, pero por alguna señal me tengo que guiar. Mientras camino voy recordando tus brazos, tus besos, tus ojos enamorados, no me fijo por donde piso, ensimismada en mis recuerdos.
¿Qué sucede? Metí los pies en algo blando, no los puedo sacar, busco dónde agarrarme, de dónde tirar, me hundo, me asusto… Grito pidiendo auxilio ¿pero quién me va a escuchar? agotada me dejo llevar… Me rindo a este barro frío, que me va a tragar. Siento tus labios en los míos, dándome aliento para respirar, el calor sube por mi cuerpo y envuelta en tu abrazo permanezco sin más…
Tras una extensa llanura, que parecía interminable, llegué al río. No sin dificultad, logré cruzar al otro lado. De pronto el valle se convirtió en un frondoso bosque, con árboles tal altos que no dejaban ver el cielo. Las ramas se entrelazaban formando tal espesura que apenas dejaban pasar la luz del sol. Llegó un momento en que la vegetación era tan densa que dudé si seguir adelante. Quedé paralizada. Estaba nerviosa y asustada, como no había estado jamás.
De pronto apareció un duende. Tomó mi mano y me guio a través de los misterios del bosque. Había árboles cuyos troncos estaban huecos, y daban paso a pasadizos secretos que eran atajos para moverse por el subsuelo. Algunos árboles eran puertas secretas que comunicaban con el mundo de los humanos. ¡No era de extrañar que los duendes fueran capaces de esconderse tan bien a la vista de los hombres! Otros tenían escaleras de caracol escondidas en su tronco, que subían a la copa, donde las hojas se convertían en blando algodón sobre el que saltar tan alto que era posible llegar a tocar las estrellas. Y desde donde deslizarse velozmente hasta el suelo por lianas cual si fueran toboganes gigantes.
Me até los cordones de las botas de monte de manera que los dos cabos encerados quedaran exactamente a la misma altura; sacudí enérgicamente los pies para que se desprendiera de las suelas la tierra reseca y me dispuse a intentar llegar a la cima más alta del bosque.
El camino comenzó con una pendiente suave de hojarasca crujiente. Disfruté acariciando con mis pies aquel manto sin dueño. Levanté la mirada y el paisaje me conmovió con su belleza desnuda.
Pronto alcancé uno de mis lugares predilectos de aquel recorrido, una cueva que nadie había profanado antes que yo. Acaricié el musgo suave que cubría los alrededores, jugué metiendo mis dedos entre la humedad y, bajo la tierra, encontré un codiciado tesoro.
Reanudé la marcha y el bosque formó una planicie de ensueño en la que me tumbé a descansar. Posé mi cara en el césped aterciopelado y allí disfruté de su olor y suavidad.
Sentí que la cima no quedaba lejos, así que aceleré el paso con firmeza y movimientos acompasados. Finalmente alcancé la maravillosa cascada torrencial que, de forma generosa y con un placer de todo punto indescriptible, colmó mis ojos, mi vida y todos mis sentidos.
Atravesé el Atlántico en mi aeroplano de tela, y como iba al ras del océano parecía que era arrastrado por musas acuáticas que en la península ibérica tenían nombre. Soplaban Nuberos y Ventolines. Había leído en mi libro digital, formado a mano con hojas del árbol de luz, sobre la mitología cántabra. Llegué al bosque por mar; creí ver al hombre pez. Pretendiendo conocer las tierras de donde provenían los relatos, descendí al sur subiendo la montaña. Mientras caminaba entre los tejos alguien tiró una pedrada, lo adjudiqué al malvado Ojáncano o a travesuras de Trasgus. Al cruzar el río confundí libélulas con Caballucos del diablo. Encontré tendida en la hierba la corona de flores de la Anjana. Escuché la flauta del Musgoso. Supuse Ijanas robando miel de la colmena; un Trenti disfrazado de corteza. En la cocina de la estancia que me dio posada encontré las pequeñas huellas de harina del Trastolillo. Imaginé pero no vi criatura alguna. Cansado me eché a dormir y desperté con otros ojos, en otra Cantabria. De noche hubo fiesta, los susurros y las voces del bosque se dejaron escuchar. Las historias eran ciertas, pasearé en forma de fuego y lechuza con las brujas.
Sabía que tú me estarías esperando afuera, así que, en cuanto me dejaron solo, me encaramé hasta la ventana, rompí el cristal con la mano —apenas sangré, creo que el mismo miedo retuvo la sangre en el interior de mi cuerpo— y salí al exterior. Atravesé el jardín y me interné en los árboles. Tú estabas allí en alguna parte, pero no podía gritar tu nombre por miedo a que nos descubrieran.
Nadie decide quien crece en este frío bosque, en este río que por llevar, no lleva ya ni agua. Esos a los que llamamos humanos nos han dejado sin vergüenza, sin pétalos, sin pensamientos ni hojas, nos pisan como si fueran superiores, como si ellos pudieran vestir, además de botas gruesas, chulería y aplastarnos con ambas cosas. Nos adaptamos. Sigue siendo nuestro mundo, nuestro bosque. Seguimos teniendo flores que se creen bonitas y tienen más espinas que la rosa que pude oler un día. Si los humanos alguna vez han creído a su Dios, nosotros creemos en ese humano que nos acoja, nos sonría y se atreva a regalarnos cuatro miradas, cuatro palabras que nos hagan estar a su altura sin tener que regarnos. Esperaremos a nuestro amigo Dióxido, de apellido De Carbono, y nos quedaremos aferrados en nuestra tierra, deseando que pasen muchos más años, y muchos menos humanos. Recuerdo de mi infancia un pequeño encuentro con un mal juicio, con una ortiga juzgada por piratería y terrorismo, recuerdo un par de miradas, dos abejas taxistas transportando polen entre ese atasco de niebla, una frase, una realidad: “prefiero morir enraizada, que vivir trasplantada”.
– Oyendo por allá y escuchando por aquí…, me dijeron que en el Congreso Animal de los Diputados, estaban debatiendo el Estado de la Nación:
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