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Atravesé el Atlántico en mi aeroplano de tela, y como iba al ras del océano parecía que era arrastrado por musas acuáticas que en la península ibérica tenían nombre. Soplaban Nuberos y Ventolines. Había leído en mi libro digital, formado a mano con hojas del árbol de luz, sobre la mitología cántabra. Llegué al bosque por mar; creí ver al hombre pez. Pretendiendo conocer las tierras de donde provenían los relatos, descendí al sur subiendo la montaña. Mientras caminaba entre los tejos alguien tiró una pedrada, lo adjudiqué al malvado Ojáncano o a travesuras de Trasgus. Al cruzar el río confundí libélulas con Caballucos del diablo. Encontré tendida en la hierba la corona de flores de la Anjana. Escuché la flauta del Musgoso. Supuse Ijanas robando miel de la colmena; un Trenti disfrazado de corteza. En la cocina de la estancia que me dio posada encontré las pequeñas huellas de harina del Trastolillo. Imaginé pero no vi criatura alguna. Cansado me eché a dormir y desperté con otros ojos, en otra Cantabria. De noche hubo fiesta, los susurros y las voces del bosque se dejaron escuchar. Las historias eran ciertas, pasearé en forma de fuego y lechuza con las brujas.
Sabía que tú me estarías esperando afuera, así que, en cuanto me dejaron solo, me encaramé hasta la ventana, rompí el cristal con la mano —apenas sangré, creo que el mismo miedo retuvo la sangre en el interior de mi cuerpo— y salí al exterior. Atravesé el jardín y me interné en los árboles. Tú estabas allí en alguna parte, pero no podía gritar tu nombre por miedo a que nos descubrieran.
Nadie decide quien crece en este frío bosque, en este río que por llevar, no lleva ya ni agua. Esos a los que llamamos humanos nos han dejado sin vergüenza, sin pétalos, sin pensamientos ni hojas, nos pisan como si fueran superiores, como si ellos pudieran vestir, además de botas gruesas, chulería y aplastarnos con ambas cosas. Nos adaptamos. Sigue siendo nuestro mundo, nuestro bosque. Seguimos teniendo flores que se creen bonitas y tienen más espinas que la rosa que pude oler un día. Si los humanos alguna vez han creído a su Dios, nosotros creemos en ese humano que nos acoja, nos sonría y se atreva a regalarnos cuatro miradas, cuatro palabras que nos hagan estar a su altura sin tener que regarnos. Esperaremos a nuestro amigo Dióxido, de apellido De Carbono, y nos quedaremos aferrados en nuestra tierra, deseando que pasen muchos más años, y muchos menos humanos. Recuerdo de mi infancia un pequeño encuentro con un mal juicio, con una ortiga juzgada por piratería y terrorismo, recuerdo un par de miradas, dos abejas taxistas transportando polen entre ese atasco de niebla, una frase, una realidad: “prefiero morir enraizada, que vivir trasplantada”.
– Oyendo por allá y escuchando por aquí…, me dijeron que en el Congreso Animal de los Diputados, estaban debatiendo el Estado de la Nación:
– Oyendo por allá y escuchando por aquí…, me dijeron que en un bosque vivían “Dos Jorobados”.
El sanedrín del bosque ha decidido que el oso tiene que abandonar estas tierras porque, desde que llegó, arrasa con cualquier cosecha que se encuentra en su camino: la de nueces, la de avellanas, la de miel y también la de frambuesas y arándanos. Los lobos, desde que él llegara, ya no molestan a las crías del resto de los habitantes del bosque y todos pueden campar ahora a sus anchas, sin miedo… aunque con hambre.
El más sabio de todos, el búho, asegura que el hombre es el único ser al que el oso teme. Se decide así, por unanimidad, que se llamará al hombre para que expulse al oso, pero nadie ha olvidado todavía que también fue idea del búho llamar al oso para expulsar a los lobos.
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