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Jamás se atrevió a contar a persona alguna, lo que le sucedía.
Su corta edad, su inexperiencia, la ausencia de su madre, la obligó a no confesar lo que iba a buscar cada día, en medio del bosque.
Ella siempre se sintió parte de él. En sus momentos difíciles o cuando alguna esporádica alegría la invadía, se escondía en el bosque, sola y buscando la protección que no encontraba en su hogar.
Se sentía acompañada por cada árbol, pájaro o animalito que se le cruzaba en el camino.
El día que su padre, feroz, la golpeó una vez más, huyo a su refugio y una voz la recibió, amparándola.
No veía a nadie, pero la voz que escuchaba le llegaba nítida, como una caricia suave, para su alma lastimada.
Busco a su alrededor la presencia de alguien, pero solo un búho dormido y algunas mariposas, le hacían compañía.
Pensó que no podía ser real, que alucinaba, cuando la voz le aseguró que la custodiaría siempre y la conduciría hasta la felicidad total, junto a su madre.
La púrpura del cielo se ocultó en el horizonte y los párpados de la niña se entrecerraron, llamando a las sombras.
Una vez, el rey de Suecia mandó construir una armada para dominar el Báltico. Cien escuadrones partieron a talar los bosques cercanos a Estocolmo. Las hachas asolaron la región. Como guerreros exangües caían los árboles, uno tras otro, profiriendo alaridos milenarios.
– ¡Nos vengaremos!– gritaban al desplomarse.
Allí mismo los serruchos desgajaban los troncos. Inmensos tablones viajaban hasta los astilleros en carretas de bueyes.
Al retirarse los hielos, zarparon a la guerra. A la semana el vigía observó unas yemas que despuntaban del mástil, unos brotes en la proa. Poco después empezó a menguar el ritmo, los navíos no avanzaban. En vano exhortaba el contramaestre a sus remeros que bogasen más rápido. Estaban en alta mar, encallados sin remedio.
Días después las naves se llenaron de ramas. Al poco los barcos se elevaron y quedaron suspendidos en el aire, cada vez más alto. La madera crujía bajo los pies. Las quillas estallaron en pedazos. Perforando lo que se interpusiera en su camino, se abrían paso los troncos. Finalmente, libres de sus carcasas, los renacidos árboles se agitaron, arrojando a los soldados al vacío. Por último despegaron sus raíces y partieron de vuelta a casa, dando grandes zancadas sobre las olas.
No parecía posible, pero aún estaba allí. Mark pudo comprobar otra vez el rasposo tacto de aquel roble añejo, de aquella “venerable dama verde”, como decía él. Sus raíces habían engordado, de sus hojas ya solo se podía encontrar el color oxidado que las teñía, pues parecía que el letal filo de la guadaña estaba haciendo su trabajo más rápido de lo esperado. Mark se apenó por ello. Al alcance de sus fastuosas raíces y a la boca de ese tupido bosque, conoció a Sara por primera vez y, desde ese momento, aquel árbol fue su punto de encuentro. Hasta que ella murió. “No”, reconoció Mark. Había venido una última vez, pero no era a causa del amor y la pasión, sino del dolor y el calvario que estaba aguantando. Recordaba haberse puesto a llorar como un niño apoyándose en su corteza, aunque ella se quedó impasible ante su escena plañidera.
Entonces su hija le llamó desde la lejanía con una voz casi inaudible. Mark se marchó lentamente echándole una última mirada de reojo a aquel roble, aquella dama que le había visto en la cúspide del sufrimiento y del amor.
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