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A Almudena la encontraron cochambrosa y semidesnuda danzando casi extasiada en el meollo de un bosque. Pronto la aislaron en un centro donde se las amañaba para esconder los plastidecor y pintar las grisáceas paredes de la habitación 127. Las decoraba con montañas atravesadas por caóticos matorrales. Dibujaba hileras de árboles ornamentando sus quejumbrosas ramas con escamarujos escarlata. En este escenario estiraba sus brazos y su cuerpo giraba impulsado por una pierna apoyando toda su masa muscular sobre la otra. Dos giros perfectos, punta-talón-punta, saltito, y después un grand-plié.
Unas pequeñas dosis de psicoterápia combinado con atracones de antipsicóticos alentaron el fin de sus días en el manicomio. Su habitación seguía gris. Almudena ya estaba preparada para volver a su rutina normal. A coger el metro en hora punta para ir trabajar en unas oficinas de la gran ciudad.
Todos estaban muy optimistas con su salida del psiquiátrico. Sobretodo ella, que estaba loca por liberarse de esos tabiques tiznados de color ceniza y poder ocultarse en la frondosidad de un bosque para danzar como una ninfa, estirar sus brazos y finalizar sus coreografías con un grand-plié.
Parecía como si el verde de la hierba estuviera recién pintado, un verde intenso, casi hipnótico. Siempre le cautivó el olor penetrante a tierra mojada, ese agradable legado que deja una lluvia fina, no hiriente, justa. Estaba feliz compartiendo esas sensaciones con su pequeño Luca, aunque el niño parecía más entusiasmado en averiguar dónde podrían haberse escondido las ardillas que acababan de cruzarse por su camino…
El bosque de mi niñez es el mismo que el de mis antepasados y permanecerá inalterable para las generaciones que me han de suceder. En él, los castaños juegan al escondite con las ardillas; los avellanos se divierten lanzándoles frutos secos a los erizos; los robles se encargan del orden; las encinas vigilan el camino; y los eucaliptos se dejan manosear por las lombrices que cosquillean sus raíces. Los demás habitantes de nuestro hogar, prefieren el anonimato, aunque son tan importantes como los mencionados. Todos ellos son mi familia y juntos nos organizamos para dar la bienvenida a todos aquellos que nos visitan. Eso sí, permanecemos en silencio para que nadie se asuste en nuestra casa.
Esta es la historia de un bosque entre dos ciudades. Antaño este bosque era vasto y hermoso, rebosaba vida, pero las dos ciudades no paraban de crecer y fueron mermándolo, echando los troncos abajo, arrancando las raíces. Cuanto más crecían las ciudades más rápido se consumía el bosque. Los ríos apenas llevaban agua en sus caudales, los pocos árboles que quedaban crecían enclenques y sin hojas (éstas se dejaban arrastrar por el viento). El bosque estaba triste. Las dos avariciosas ciudades, no conformes con diezmarle poco a poco, le habían arrebatado lo más preciado: las estrellas. Habían inundado el cielo nocturno de estridentes luces artificiales, de modo que era imposible contemplar un solo astro en el firmamento. Sin el cielo estrellado, los animales vagaban cabizbajos y las ramas de los árboles se doblaban y partían. Pero una noche el bosque entero se iluminó: la esperanza brotó de las entrañas mismas del bosque, de la tierra estéril y los ríos secos, de las hojas marchitas. Las luciérnagas les habían traído del cielo las estrellas, para deleite de todos los habitantes del bosque. Unos hablaron de “milagro”, otros entendieron que era un mensaje: ‹‹Resistid, que la pena no os venza. Resistid››.
Aquella calurosa mañana de verano salí a pasear y me dirigí al interior del bosque, en busca del frescor del arroyo. Era el segundo día de mi estancia en este pueblo perdido entre las montañas y no podía evitar comparar este paraje con mi ciudad. Iba tan enfrascado en mis divagaciones que no advertí que el sendero se volvía irregular y accidentado. Debí de tropezar con una roca; no recuerdo cómo caí pero me desperté al cabo de un rato en el suelo. Recuerdo, eso sí, que tuve un sueño desasosegante. Vi un futuro en el que no había bosques, ni árboles, ni ríos, ni montañas. Los seres humanos lo habían destruido todo, porque no creían en nada. Todo había sido conquistado por este ejército de nihilistas: donde antes había extensos valles ahora había centros comerciales, donde antes había altas coníferas ahora había escaleras mecánicas, donde antes había hermosos paisajes ahora sólo había pantallas gigantes. Desperté y, sin moverme del suelo, miré los troncos, las piedras, la hierba; se oían los cantos de los pájaros y el suave rumor del arroyo. Pensé en mi ciudad: si había que echar algo realmente de menos era la cordura humana.
He vagado muchos años por los lugares más recónditos de este bosque, de este enigmático laberinto de luces y sombras. He visto senderos trazar caminos ante mis pies, raudos ríos caer desde la montaña en busca de su océano, lluvias hundirse en la tierra fértil. He visto el sol asomarse entre las copas de los árboles e iluminar por un fugaz instante la penumbra de mi bosque. Y he llorado y he caído de rodillas a la tierra mojada. Porque entonces, sólo entonces, he comprendido algo acerca de los caminos que he andado, acerca de la soledad de todas las criaturas aquí extraviadas, que no saben de dónde vienen ni hacia dónde van. He comprendido la majestuosidad de los árboles, que con sus hojas aspiran a tocar el cielo; y la melancolía del horizonte, que suspira con tristeza cuando anochece. Si hay algo valioso en esta vida es esa belleza efímera que desaparecerá para siempre cuando el sol se marchite como hojas de otoño, cuando yo me convierta en lluvia
y duerma bajo el amparo de la tierra húmeda. Cuando yo me vaya, este bosque ya no será nada y, sin embargo, lo será todo. Cuando yo me vaya…
“Hay que afrontarlo de una vez y no asustarse. Estoy perdida”, se repitió a sí misma, en voz alta, para intentar calmarse en medio de ese frondoso bosque donde se había refugiado de los gritos de la hija y del yerno, que discutían por su culpa; vivía con ellos desde que tuvo que enfrentarse al desahucio, y sin ningún sitio donde ir, aceptó el pequeño cuarto que le ofrecieron en su granja, aunque al parecer no había sido buena idea. Cuando huyó de allí, angustiada, se internó de forma imprudente en un bosque cercano, y ahora no sabía cómo regresar.
Buscó entonces una salida y se propuso seguir el sendero que vislumbraba entre la espesura. Incapaz de calcular el tiempo que llevaba caminando le sorprendió un atrayente aroma y se dio cuenta del hambre que tenía. Siguiendo su rastro apareció en un pequeño claro, frente a una casita de cuya chimenea salía un humo espeso y oloroso, y suspiró aliviada por haber encontrado ayuda y posiblemente algo de comida: ¡era capaz de comer cualquier cosa!
En el interior, contemplando cómo se acercaba la mujer, Hansel y Gretel sonrieron cómplices, y empezaron a relamerse.
Detrás de las cordilleras se ocultaba un bosque donde convivían árboles de todo tipo, eran felices menos uno. El viejo árbol quien un otoño perdió sus hojas. A diferencia de los demás, la primavera no le devolvió su verdor. Los más jóvenes se burlaban de su desnudez. Sintiéndose triste imploró a Dios su ayuda. Quien viendo su aflicción, mandó una gran parvada de pavorreales. Las aves trataron de posarse en los árboles jóvenes, pero estos por tener tantas ramas y hojas, no permitían la libertad de movimientos de los recién llegado, por el contrario, arrogantes les maltrataban sus hermosas plumas. Sucedió que viendo al árbol sin hojas, lo encontraron idóneo para descansar sin lastimarse. Las aves batiendo sus alas al aire, se dejaron llegar a él. De un momento a otro éste se vio cubierto por tan elegantes visitantes. Los árboles del bosque al ver tanta dicha sintieron envidia. Desde la distancia se podía ver su gran follaje tornasol. Las aves se sintieron tan cómodas que decidieron quedarse a vivir en él. Desde entonces al ocaso del día, las aves reacomodan las ramas tornasol de formas caprichosas, emitiendo destellos de verdor a la vista de todos los habitantes del bosque.
Gerard Wild solo tenía siete años, pero las circunstancias en las que había vivido le habían hecho madurar demasiado pronto. Ese día tenía muy claro lo que debía hacer. Abrió la puerta de su casa y se marchó hacia el bosque. Sus pequeñas piernas nunca habían corrido tan deprisa. Sin mirar atrás, siguió adentrándose en el entramado de árboles, huyendo de unos padres de los que solo conocía gritos, golpes y amenazas.
Cuando consideró que ya estaba a salvo se paró y, cansado de tanta travesía, se arrodilló para recuperar el aliento. Entonces pudo comprobar la naturaleza en todo su esplendor. Escasos rayos de luz entraban por los huecos que dejaban las hojas de los arboles, pero suficientes para poder ver a los pájaros revolotear por las ramas y a los animales pequeños moverse por las raíces buscando algo de alimento. Ya casi había olvidado por qué estaba allí. Las preocupaciones habían desaparecido.
Allí, arropado por el susurro de las hojas acunadas por el viento, acostado en un manto de hierba, y con un puñado de hojas secas como almohada, se durmió. Por primera vez en su vida, se sentía seguro. Ahora podía ser un niño.
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