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A la salida del colegio, varias niñas se encaminaron hacia sus casas. Al llegar a una bifurcación de caminos, una se separó del resto, se adentró en un bosque cubierto por una espesa niebla y, en un largo camino aun más oscurecido por las frondosas copas de los árboles, se encontró con el guardabosques. Sorprendido por el hallazgo en un día tan desapacible, le ofreció que le acompañara a su casa, una hermosa cabaña de madera situada en un claro del bosque.
El fuego ya había calentado el salón. Le preparó un trozo grande de bizcocho con arándanos y un tazón de leche caliente. Cogió una silla, la acercó a la chimenea e invitó a la niña a sentarse en sus rodillas para que entrara en calor. La niña introdujo la mano en su cartera en busca de algún objeto, lo asió fuertemente y de un certero golpe le clavó el compás en el cuello seccionándole la carótida. Mientras se desangraba, ella observó en el espejo las salpicaduras de sangre sobre la pechera de su vestido blanco. Se sintió preocupada por la bronca que recibiría de su abuela por mancharse con las moras del bosque.
Matías interrumpió su tarea para mirar de dónde procedía aquella algarabía de pájaros. Justo enfrente de su huerto, al otro lado del río, se alzaba Peña Cígena, una pequeña aunque escarpada estribación de la Sierra del Martillo. Una mancha de pinos que vestía la umbría trepaba a duras penas por detrás del promontorio a través de una estrecha pendiente libre de escarpes.
Por fin identificó el origen de aquellos graznidos: por encima de la peña, ya muy cerca de él, un milano era importunado por una pareja de pequeñas aves cuya especie no acertaba a identificar. Tal era el afán con que defendían su prole, oculta tras algún risco próximo.
Matías permaneció un buen rato observando el reiterado interés de la rapaz por alcanzar su presa, defraudado una y otra vez por aquellas avecillas. Al fin, el milano desistió y sus contrincantes desaparecieron. Todo volvió a la situación anterior: el rumor del río, el viento entre las ramas, un olor de tierra recién abierta…
Reanudó su trabajo, hundiendo con fuerza la azada en el hoyo y mirando de reojo, con lástima, el cadáver de su último perro.
-¡Pobre! Alguna mañana seré yo el que vuelva a la tierra.
Llegamos a la madrugada, en medio de una tranquilidad perturbadora. A pocos pasos de nosotros, yacían árboles rojizos y verdes que medían más de sesenta metros de altura; y formidables insectos del tamaño de una valija. Los niños quedaron asombrados. Los hombres empezaron a instalar los campamentos. Una voz de tono fuerte nos ordenó a las mujeres preparar la comida. Cuando nos disponíamos a cumplir la orden una de nosotras dijo en tono casi imperceptible: “ya estamos en la tierra prometida que tanto hablaban nuestros ancestros”. Casi de inmediato miramos al cielo; allí estaban majestuosos los anillos de Saturno.
A la mañana siguiente todo era naturaleza desnuda y humana. Había dejado de oír el canto de los pájaros como truenos desquiciantes. Mis sentidos habían aminorado. Mi furia dolida era ahora un veneno que dormía silencioso bajo la funda de piel que envuelve como una máscara al ser humano. Caminaba saltando las hojas otoñales, secas o mojadas tras una noche de lluvia, amontonadas entre grandes piedras. Decidí sentarme sobre la más alta, como si tuviese derecho a sentirme poderosa. Y allí estaba ella. Sobre una pequeña y hundida roca, entre lamentos de sangre, yacía su cuerpo mortificado. Y ya no estaba visible la luna para culparla.
Me despierto porque mi hermana me ha dado en la cabeza con su cola, y ya empezamos a jugar, muy pronto de mañana. Corremos entre las ramas rozando las hojas ya mustias por el otoño, que se deslizan por el aire como bailando, hasta caer en la hierba mojada por el rocío. La brisa fría de marzo nos hace espabilarnos y pasamos de un árbol a otro, subiendo y bajando sin parar. Rápidas, más rápidas que el mismo viento…. Hasta que de pronto… ¡es una chica! Yo me paro de repente, y allí la veo. Está mirando desde la ventana de la casa que está en los lindes del bosque. Mirándome con ojillos curiosos, tan azules como un cielo de verano. Me quedo muy quieta para ver lo que hace, y entonces, ¡se ríe! Y yo también me río, y doy vueltas y vueltas por el prado, y agito mi cola y la vuelvo a mirar. Entonces mi hermana se tira sobre mi cabeza una vez más, y juntas vamos a comer los frutos de los pinos, y luego corremos y luego… algo haremos, ¡porque las ardillas nunca paramos!
En mi mesilla de noche descansan los mismos tres objetos que todas las noches desde hace ya demasiado tiempo, son recordatorios sempiternos de épocas mejores, documentos palpables de una realidad caducada, de una vida añorada desde mi insoportable presente. Uno es un frasco de pastillas para dormir, que ya no me hacen efecto. Otro es un libro sin título, desgastado por mi manoseo al intentar en vano entretener mi insomnio. Y el tercero es una imagen, una vieja fotografía en color de nuestro bosque… Un paraíso verde y fresco en primavera lleno de la naturaleza amiga que nos ofrecía la intimidad que requerían nuestros besos. Un descanso en verano, que nos regalaba sus sombras para escapar del ardiente sol. Un milagro en otoño, con sus increíbles dorados, amarillos y rojos entre los cuales te encontrabas tú, mi Eva en el paraíso, mi primera y única mujer…
Es invierno, la noche está oscura, fuera de esta cabaña el bosque brama agitando sus brazos en busca de compañía, ¿o acaso soy yo el que aúlla por dentro en mi tenebrosa soledad, ansiando que vuelvas a mi lado?. Esparcí tus cenizas en nuestro bosque, ahora no puedo volver a él a buscarte.
Erase una vez un niño que plantó un árbol chiquitito en su jardín. Cada día lo regaba, lo rodeaba, saltaba a su alrededor y cada semana medía su crecimiento. Al principio, el niño creció más que el árbol pero, con el tiempo, no pudo abarcarlo con su abrazo. El niño fue padre, abuelo… y sus hijos, sus nietos… siguieron la tradición y cada uno de ellos plantó un árbol junto al suyo. Así de generación en generación. Hoy nos toca a nosotros.
Baja cada vez más despacio, se esconde por los troncos, por el musgo, entre los altos ramajes; queda como una sombra tendida bien pegada a la tierra…
En esta hora que se ausenta el día, he cruzado el bosque y entre los claros oscuros, me confundí con ella.
– ¡Me he perdido!
Grito con miedo pero mi voz está lejos y nadie siente lo que digo.
No tengo nada más que hacer, me dejo envolver por LA NIEBLA, ya formo parte de la naturaleza sonora.
A Leidy
El lobo llevaba más de tres días internado en las profundidades del bosque. El frío y el hambre habían reducido su deseo fervoroso de llegar a la casa de la abuela. Sabía que difícilmente cumpliría su empresa; y si lo hacía, sería juzgado por sus conciudadanos con la pena más alta del bosque. Deseó ardientemente quedarse allí, cerca del tilo enorme que lo vio nacer; pero, si lo hacía –aparte de ser juzgado- , defraudaría profundamente las enseñanzas de sus padres. Así que corrió, corrió como alma que lleva el diablo.
La casa de la abuela se hallaba en el pico más alto de la montaña; su perverso hermano gemelo se la había mostrado más de una vez. Entró apresuradamente a la habitación, con la esperanza de evitar la tragedia. Su esfuerzo fue en vano: el cadáver de la abuela se hallaba apuñalado en la cama, sin ningún signo vital. Desesperado, huyó del lugar con la certeza que sería victima de la calumnia más infame de toda la literatura.
Llevo tantos años aquí que olvidé mis raíces. Puedo decir, a gritos y desde lo más alto, donde acaricio nubes, que soy feliz. Siempre hay algún imbécil que llega queriendo dejar huella, hiriendo a alguno de nosotros, en nombre del romanticismo o de la eternidad. Nos tatúan números, letras, símbolos de lo que creen amor. ¡Triste quien perpetua su amor a golpe de cuchillo! Afortunadamente, cada vez son menos, la Princesa Ecología les sonríe desde alguna conciencia.
Otra tarde que la niebla sube por el valle cubriéndolo todo, llegara a los puertos antes que el sol se esconda tras las peñas. Camina Toño por el bosque, pensativo, sube a ver las yeguas, como siempre quiere echarlas mas arriba, donde los pastos están sin tocar aun. Ha pasado por los mismos lugares una, dos, tres, mil veces, la roca enorme solitaria, el árbol partido por un rayo, el claro donde alguna vez vio al lobo… Siempre es igual. Pero esta vez ve algo entre unas matas que le llama la atención, se acerca y recoge un campano, sorprendido se da cuenta que es de \»la vieja\», una vaca tudanca de Fermín, un vecino. Mejor dicho era, porque la vaca murió va para 10 años. Lo guarda y cuando baja al pueblo rodea por el callejo que va a casa de Fermín. Le encuentra de espaldas en el patio reparando unas hoyas, no le ha oído, así que despacio saca el campano del morral y lo menea, Fermín deja lo que esta haciendo y sin girarse dice: el campano de \»la vieja\».
Toño lo posa en la tapia de piedra y sigue para su casa.
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