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– Oyendo por allá y escuchando por aquí…, me dijeron que en un bosque vivían “Dos Jorobados”.
El sanedrín del bosque ha decidido que el oso tiene que abandonar estas tierras porque, desde que llegó, arrasa con cualquier cosecha que se encuentra en su camino: la de nueces, la de avellanas, la de miel y también la de frambuesas y arándanos. Los lobos, desde que él llegara, ya no molestan a las crías del resto de los habitantes del bosque y todos pueden campar ahora a sus anchas, sin miedo… aunque con hambre.
El más sabio de todos, el búho, asegura que el hombre es el único ser al que el oso teme. Se decide así, por unanimidad, que se llamará al hombre para que expulse al oso, pero nadie ha olvidado todavía que también fue idea del búho llamar al oso para expulsar a los lobos.
El avión aterrizó puntual. Allí estaba Beto -sonrisa acogedora- a pie de escalerilla. Metro 80, pelo corto azabache, ojos claros en un cuerpo fibrado de piel canela. Trabajador del aeropuerto se permitía esta cortesía con sus amigos, y yo, amigo de un amigo, merecí su atención.
Ya en nuestras conferencias, yo en Madrid y él desde Buenos Aires, aprecié su actitud sin prejuicios, pero admito que aquel primer contacto/abrazo estuvo más allá de lo imaginable.
El estudio de la perdida de los bosques nativos argentinos, el palo rosado en el norte y el alerce y algunas araucarias y cipreses en el sur, motivó mi viaje.
Recogiendo el equipaje intercambiamos furtivas miradas, preguntas y comentarios sobre Chema. Caminamos despreocupados hasta el parking apreciando la proximidad de nuestros cuerpos, encajamos los bultos en el coche entre roces y sonrisas y nos acoplamos dentro.
-¿Qué querés que hagamos?- preguntó Beto.
-Y vos ¿qué? – añadí, mientras calladamente mi corazón infartado fantaseaba: …transitar tu orografía… mirarme en tus ojos… abrazar tu tronco… anidar en tus labios… enredarme en tus brazos… anegar tu pecho… fluir en tu vientre… descubrir tu sexo…–.
-Beto ¿querés venir al bosque conmigo?…- aventuré a insinuarme.
He cerrado la puerta con llave para que mi padre no pueda salir. La puerta de casa de mi padre. Ayer, en un descuido, apareció en el bosque, apoyado en un pino, perdido. Un vecino nos avisó, podía haberse caído, fracturado la otra cadera… Al verme, me miró como un chiquillo que, aprendiendo a caminar, ha visto alterada su valentía ante un percance y se alivia al regresar a la seguridad de papá. Pero el papá es él, no yo, y él no aprenderá a valerse por sí mismo con la progresión natural de un bebé; al contrario: la decadencia será irremisiblemente progresiva, se sentirá indefenso en el pinar que tanto disfrutaba.
Se había hecho una pequeña herida en la mano, y temía que le regañara. De vuelta, no paró de tocarme la mano derecha, en el dorso, disculpándose con frases inconexas. Me mostré duro amonestándolo, para que no repitiera estas excursiones.
Cuando cerraba la puerta con llave he visto mi vieja cicatriz, casi imperceptible, donde señalaba mi padre, y he rememorado uno de mis primeros recuerdos infantiles: un niño jugando feliz, choca inadvertidamente con un zarzal, y se provoca unas aparatosas heridas. Ya no me acordaba de aquella cicatriz.
El noticiario de las nueve (de obligatoria visión para todos) abría con la misma noticia de siempre, el avance imparable de los bosques:
“… última semana se estima en 200.000 ha el territorio afectado, con un incremento del diez por ciento sobre el mes pasado. De continuar este ritmo, se cree que la especie humana podría desaparecer del planeta en un plazo muy breve de tiempo. En las zonas más afectadas de Asia o América del Norte hace tiempo que materiales como el asfalto, cristal, acero, hormigón, etc. solo son un recuerdo; la vegetación los ha devorado. Mientras se reúnen los países en una enésima cumbre sobre la amenaza forestal sin llegar a firmar acuerdos definitivos, los bosques de todo tipo continúan su imparable y arrasador avance… Algunos países miembros han solicitado a la Organización de Naciones permiso para poner en marcha medidas de choque como la tala indiscriminada, el uso de agentes químicos contaminantes o la destrucción total de hábitats amenazadores…”
Hacía mucho tiempo que no veía un árbol, casi no recordaba como eran. Roble, pino, haya, tilo, abedul, eucalipto, álamo…escribí en una hoja. Caí en la cuenta de que en las noticias jamás sacaban imágenes, ¿nos estarán engañando?…
Ese día, un día húmedo y maravillosamente perfumado, a causa de la brisa y proximidad del mar, amanecieron corriendo uno detrás del otro.
Por la enorme carretera gris que magullaba poco a poco sus desnudos pies, parecían cantos planos saltando en un río, tras haber sido lanzados hábilmente por un niño.
La noche anterior la pasaron salivando, jadeando a escasos veinte metros el uno del otro, acurrucados entre la espesura de los bosques del norte, a la espera de un encuentro fortuito, que les arrastrarse a la más noble de las persecuciones, y a su correspondida evasión.
-Es maravilloso ser amado, pero saber que he sido amado por ti, dios de los vulpinos, me hace sentir el ser más afortunado de toda la tierra.
Dijo tristemente la liebre, mientras miraba en la carretera el cuerpo recién atropellado del zorro.
-Ahora, las primeras luces del alba sólo traerán mi sombra.
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