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Sabía que tú me estarías esperando afuera, así que, en cuanto me dejaron solo, me encaramé hasta la ventana, rompí el cristal con la mano —apenas sangré, creo que el mismo miedo retuvo la sangre en el interior de mi cuerpo— y salí al exterior. Atravesé el jardín y me interné en los árboles. Tú estabas allí en alguna parte, pero no podía gritar tu nombre por miedo a que nos descubrieran.
Nadie decide quien crece en este frío bosque, en este río que por llevar, no lleva ya ni agua. Esos a los que llamamos humanos nos han dejado sin vergüenza, sin pétalos, sin pensamientos ni hojas, nos pisan como si fueran superiores, como si ellos pudieran vestir, además de botas gruesas, chulería y aplastarnos con ambas cosas. Nos adaptamos. Sigue siendo nuestro mundo, nuestro bosque. Seguimos teniendo flores que se creen bonitas y tienen más espinas que la rosa que pude oler un día. Si los humanos alguna vez han creído a su Dios, nosotros creemos en ese humano que nos acoja, nos sonría y se atreva a regalarnos cuatro miradas, cuatro palabras que nos hagan estar a su altura sin tener que regarnos. Esperaremos a nuestro amigo Dióxido, de apellido De Carbono, y nos quedaremos aferrados en nuestra tierra, deseando que pasen muchos más años, y muchos menos humanos. Recuerdo de mi infancia un pequeño encuentro con un mal juicio, con una ortiga juzgada por piratería y terrorismo, recuerdo un par de miradas, dos abejas taxistas transportando polen entre ese atasco de niebla, una frase, una realidad: “prefiero morir enraizada, que vivir trasplantada”.
– Oyendo por allá y escuchando por aquí…, me dijeron que en el Congreso Animal de los Diputados, estaban debatiendo el Estado de la Nación:
– Oyendo por allá y escuchando por aquí…, me dijeron que en un bosque vivían “Dos Jorobados”.
El sanedrín del bosque ha decidido que el oso tiene que abandonar estas tierras porque, desde que llegó, arrasa con cualquier cosecha que se encuentra en su camino: la de nueces, la de avellanas, la de miel y también la de frambuesas y arándanos. Los lobos, desde que él llegara, ya no molestan a las crías del resto de los habitantes del bosque y todos pueden campar ahora a sus anchas, sin miedo… aunque con hambre.
El más sabio de todos, el búho, asegura que el hombre es el único ser al que el oso teme. Se decide así, por unanimidad, que se llamará al hombre para que expulse al oso, pero nadie ha olvidado todavía que también fue idea del búho llamar al oso para expulsar a los lobos.
El avión aterrizó puntual. Allí estaba Beto -sonrisa acogedora- a pie de escalerilla. Metro 80, pelo corto azabache, ojos claros en un cuerpo fibrado de piel canela. Trabajador del aeropuerto se permitía esta cortesía con sus amigos, y yo, amigo de un amigo, merecí su atención.
Ya en nuestras conferencias, yo en Madrid y él desde Buenos Aires, aprecié su actitud sin prejuicios, pero admito que aquel primer contacto/abrazo estuvo más allá de lo imaginable.
El estudio de la perdida de los bosques nativos argentinos, el palo rosado en el norte y el alerce y algunas araucarias y cipreses en el sur, motivó mi viaje.
Recogiendo el equipaje intercambiamos furtivas miradas, preguntas y comentarios sobre Chema. Caminamos despreocupados hasta el parking apreciando la proximidad de nuestros cuerpos, encajamos los bultos en el coche entre roces y sonrisas y nos acoplamos dentro.
-¿Qué querés que hagamos?- preguntó Beto.
-Y vos ¿qué? – añadí, mientras calladamente mi corazón infartado fantaseaba: …transitar tu orografía… mirarme en tus ojos… abrazar tu tronco… anidar en tus labios… enredarme en tus brazos… anegar tu pecho… fluir en tu vientre… descubrir tu sexo…–.
-Beto ¿querés venir al bosque conmigo?…- aventuré a insinuarme.
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