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Ya le habían advertido de la importancia de todo aquel papeleo. Había sido contratado como becario y no se entendía con la fotocopiadora.
Hubo una vez un bosque de árboles pequeñitos que crecían todos a la vez. Habían sido plantados por un anciano labrador que cuidaba que todos crecieran fuertes y sanos. Aquel era un lugar con un encanto especial, pues justo en el centro, rodeado de miles de árboles de poca altura, se alzaba un impresionante árbol, alto, grande y recto como ninguno. Y ese árbol el anciano lo llamó Cerrao, el único que nunca crujía por el viento, era debido a que fue construído por el hombre. Aire, tierra, fuego y agua fueron los elementos naturales en los que se basó como ejemplo de que existe un sitio en Cantabria donde el bosque, naturaleza y hombre, aún, pueden coexistir en perfecta armonía.
Nos acompañó todo el camino el olor a hinojo.
Con sus varillas finas de anís regalándonos perfume a nuestros pies cansados al rozar sus altos tallos.
Estaban allí, guardando el camino de polvo de lluvia, de heladas, de calores inclementes: siempre allí en la orilla como un fiel compañero.
Durmiendo a su lado, rojas, rojisimas amapolas susurrando al viento, olores mezclados en mi olfato y en mi memoria.
A la salida del colegio, varias niñas se encaminaron hacia sus casas. Al llegar a una bifurcación de caminos, una se separó del resto, se adentró en un bosque cubierto por una espesa niebla y, en un largo camino aun más oscurecido por las frondosas copas de los árboles, se encontró con el guardabosques. Sorprendido por el hallazgo en un día tan desapacible, le ofreció que le acompañara a su casa, una hermosa cabaña de madera situada en un claro del bosque.
El fuego ya había calentado el salón. Le preparó un trozo grande de bizcocho con arándanos y un tazón de leche caliente. Cogió una silla, la acercó a la chimenea e invitó a la niña a sentarse en sus rodillas para que entrara en calor. La niña introdujo la mano en su cartera en busca de algún objeto, lo asió fuertemente y de un certero golpe le clavó el compás en el cuello seccionándole la carótida. Mientras se desangraba, ella observó en el espejo las salpicaduras de sangre sobre la pechera de su vestido blanco. Se sintió preocupada por la bronca que recibiría de su abuela por mancharse con las moras del bosque.
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