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Detrás de las cordilleras se ocultaba un bosque donde convivían árboles de todo tipo, eran felices menos uno. El viejo árbol quien un otoño perdió sus hojas. A diferencia de los demás, la primavera no le devolvió su verdor. Los más jóvenes se burlaban de su desnudez. Sintiéndose triste imploró a Dios su ayuda. Quien viendo su aflicción, mandó una gran parvada de pavorreales. Las aves trataron de posarse en los árboles jóvenes, pero estos por tener tantas ramas y hojas, no permitían la libertad de movimientos de los recién llegado, por el contrario, arrogantes les maltrataban sus hermosas plumas. Sucedió que viendo al árbol sin hojas, lo encontraron idóneo para descansar sin lastimarse. Las aves batiendo sus alas al aire, se dejaron llegar a él. De un momento a otro éste se vio cubierto por tan elegantes visitantes. Los árboles del bosque al ver tanta dicha sintieron envidia. Desde la distancia se podía ver su gran follaje tornasol. Las aves se sintieron tan cómodas que decidieron quedarse a vivir en él. Desde entonces al ocaso del día, las aves reacomodan las ramas tornasol de formas caprichosas, emitiendo destellos de verdor a la vista de todos los habitantes del bosque.
Gerard Wild solo tenía siete años, pero las circunstancias en las que había vivido le habían hecho madurar demasiado pronto. Ese día tenía muy claro lo que debía hacer. Abrió la puerta de su casa y se marchó hacia el bosque. Sus pequeñas piernas nunca habían corrido tan deprisa. Sin mirar atrás, siguió adentrándose en el entramado de árboles, huyendo de unos padres de los que solo conocía gritos, golpes y amenazas.
Cuando consideró que ya estaba a salvo se paró y, cansado de tanta travesía, se arrodilló para recuperar el aliento. Entonces pudo comprobar la naturaleza en todo su esplendor. Escasos rayos de luz entraban por los huecos que dejaban las hojas de los arboles, pero suficientes para poder ver a los pájaros revolotear por las ramas y a los animales pequeños moverse por las raíces buscando algo de alimento. Ya casi había olvidado por qué estaba allí. Las preocupaciones habían desaparecido.
Allí, arropado por el susurro de las hojas acunadas por el viento, acostado en un manto de hierba, y con un puñado de hojas secas como almohada, se durmió. Por primera vez en su vida, se sentía seguro. Ahora podía ser un niño.
Cuando la clara luna asciende alegre entre las sombras de la oscuridad, la magia latente se nota de verdad, en medio del bosque criaturas maravillosas surgen alegres y bailan sin parar no notas naturales, que la flora les brinda sin condición aparente.
Sabiduría y eterna paciencia guardas en tu corteza, siempre atento junto a tus cercanos compañeros que saben lo mismo que tu. Cambias sin quejarte con las estaciones, das el abrigo y sobrevivencia a muchos tipos de animales, y a nosotros los humanos, aire fresco que respirar. Aunque no todos te damos la importancia que mereces por tu edad y función mundial, hay quien aún te cuida, te venera y adora, o te deja en tu hábitat natural. Reflexiona persona de cualquier edad, que los arboles son importantes para en el mundo mantenernos, se feliz junto a el y no lo tales por todo nuestro bien.
Un suspiro largo resuena con eco infinito, se torna en jadeo mientras una joven reposa unos segundos en un árbol, de loa que despiertan al caer la noche. Su vestuario es distinto, hecho a mano, sus largas piernas, su plano vientre y sus fuertes brazos están desnudos, un chaleco de piel animal cubre las zonas prohibidas por el pecado original.
Una de las mejores emociones del mundo es estar enamorado y qué decir del primer beso?
Y es que el beso en sí, es maravilloso.
Pero como el primero….uffff no hay nada que se compare a un primer beso… no, no, no. El primer beso fue en el sitio ideal para ambos. Los dos coincidíamos en que lo más bello que existe es la Naturaleza en todas sus vertientes, con todos sus rumores, sus olores y su belleza. Por eso, quisimos que el primer beso fuera en el bosque, en la profundidad de los bosques, donde solo estar ya es enamorarse. Y así fue, bajo los chopos y los álamos, los pinos, los abedules, los castaños, encima de las hojas caídas y del césped y las flores silvestres. Nuestro lugar secreto fue ese, a partir de ahí. Mudos testigos de nuestro amor fueron todos ellos y el azul cielo límpido que reinaba aquel día. Este es el motivo por el que todos los meses y, si podemos, semanas, vamos allí… y nos besamos.
Esta noche te cuento que no todos los caminos llevan al interior del bosque, pues en ocasiones nuestros pasos nos sorprenden y confunden nuestra intención. ¿Qué hay en el interior de ese bosque? Puede ser que encuentres el verdadero aroma de la naturaleza, quizás descubras algún animal e incluso puede que veas plantas extrañas, nunca sabemos que vamos a encontrar cuando emprendemos pasos desconfiados sobre senderos desconocidos. A veces, la mayoría de las veces es más sencillo ver esa gran arboleda desde fuera, no sé si fue la ciudad o fuimos nosotros con nuestros absurdos reparos los que nos alejamos de la naturaleza, de ese contacto que nos hace más humanos y a la vez nos hace sentir parte de ella y a ella parte nuestra. ¿Qué hay en un bosque de tú verdadero ser? Puede ser cualquiera de esas duras cortezas que nos protegen de nuestros semejantes, o quizás que aunque nos tambaleemos con tempestades nunca caemos, a lo mejor es esa paz que encontramos cuando estamos en soledad, o quizás ese sendero que lleva hasta nuestro verdadero interior. Caminando hacia el bosque, el bosque caminará hacia ti. ¿Vienes?
Erase una vez Yo.
Yo quería ser Tú.
Un día decidió contárselo y quedaron para pasear por el bosque.
– Verás, Yo, en realidad ser como yo es bastante aburrido. Me paso el día podando árboles…además, si tú fueras Tú, ¿yo quién sería? ¿Yo?
– Pues sí. Estoy cansado de ser pequeño, blando y con voz aguda. Tú eres alto y fuerte, tienes voz grave y…
– Para eso sólo tienes que esperar.
Yo se sentó bajo un naranjo por si el tiempo tardaba en llegar.
Le entró hambre y comió muchísimas naranjas. Después le entró sed y bebió savia. Cuando le entró sueño apiló las ramas más bajas para descansar.
Al despertar le dolía todo el cuerpo; miró sus manos y vio lo grandes que eran, gritó y comprobó cuán grave se había vuelto su voz. Fue corriendo a buscar a Tú y le encontró sentado bajo un viejo chopo ya reseco.
– ¡Tenías razón! – Tú se limitó a mirarle en silencio y a sonreír agarrado a su bastón- ¿Qué te pasa?
– Ya no puedo levantarme – Dijo Tú con un hilito de voz – ahora soy pequeño, blando y con la voz aguda…el tiempo ha pasado por los dos.
Hará de esto un par de años, pero lo recuerdo como si hubiese sido ayer. Mientras iba sumergido en mis pensamientos, manejaba a lo largo de una zona montañosa, casi desierta por donde nunca antes había pasado. De pronto, mi hija pegó un grito. En un principio temí que le hubiera ocurrido algo, pero más bien había gritado de emoción al reconocer el nombre del lugar referido por mi padre en una de las historias que solía contarnos.
El viejo nos relató que alguna vez allí se alzó el bosque más hermoso del mundo, de árboles fragantes y flores enormes, donde la flora y la fauna eran íntimos amigos. Con tristeza en sus ojos, también dijo que debido a la avaricia siempre creciente del hombre, al poco tiempo el bosque se vio reducido a nada: sus árboles fueron talados y sus animales perseguidos. Pero como quien sabía contar cuentos, con un guiño para mi hija terminó diciendo que si alguna vez alguien deseaba ver el bosque como antes fue, bastaba con desearlo muy fuerte con corazón sincero.
Casi al salir de aquella zona, mi hija miraba cautivada a través de la ventanilla mientras un olor exquisito lo inundaba todo.
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