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Estoy acostumbrada a la soledad. Por eso vivo en el bosque. Ella es mi amiga, confidente, hermana y maestra, aunque algunas veces se convierta en la peor madrastra, como aquel día en que se puso tan pesada que necesitaba quitármela de encima aunque fuera por unas horas. Así que descolgué el teléfono y empecé a llamar a mis amigos.
¿Dónde estaba todo el mundo? ¿Era quizás una conspiración de silencio contra mí?
Cuando llegó la noche a la soledad la acompañó el silencio y al silencio la oscuridad. Se fue la luz y un compañero más apareció en escena: el terror.
Allí, en aquella cabaña del bosque rodeada de pinos donde sólo llegaban los pájaros, nada se oía, sólo un silencio oneroso, ni siquiera el rumor del viento.
Poco a poco empecé a oír como una música muy tenue, como un canto que paulatinamente iba subiendo de volumen .Un coro de voces en la noche, maravilloso, sí, pero al mismo tiempo terrorífico. Salí de la cabaña dispuesta a enfrentarme con lo que fuera y me quedé estupefacta: un grupo de unas cien personas cantaba una bellísima canción…y entonces comprendí por qué no me habían contestado mis amigos.
Eran ellos. Todos.
El cielo se va tornando azul oscuro, verde, violeta y, cuando está a punto de volverse negro, comienza a volverse anaranjado. El bosque crepita. Ahora son más perros los que ladran. El ganado muge. Algo ocurre en el pueblo. El hombre acelera el paso. Huele a humo. Ahora lo ve !El poblado arde! Corre, corre con desesperación !Su familia!
La aldea es una bola de fuego. Gente y animales que huyen. Gritos de terror. El rojo de las llamas resalta sobre el cielo del anochecer. Su casa carbonizada. Su familia ¿Dónde está su familia? De las entrañas del hombre sale un grito que hace temblar el bosque, el grito de un león herido.
Las piñas, pequeñas granadas de mano salen despedidas y hacen extender el fuego más allá de los límites del bosque. La gente corre por entre las rocas que conducen al río, el río que los salva de las mordeduras del fuego. Están vivos, sumergidos en el agua casi helada, tiritando de frío, pero dando gracias a los dioses de las aguas.
Se ha perdido todo: cosechas, viviendas, algunos animales, no todos, pues ellos también chapotean en el río.
Pero la vida renace gracias al río benefactor.
Otro día y vuelve a llegar tarde al trabajo. Y encima, para variar, no ha dormido nada. Sale a toda prisa de
su casa y como puede busca algún taxi y, como no, están todos ocupados. Al final, Emma, ha decidido ir andando. Ya ha llamado a Olivia, avisando que llegaría tarde. Emma mira al cielo y ve que esta nublado. Acelera el paso porque sabe que si no la lluvia la empapara. Nunca había pasado por aquella calle y se ha quedado embobada con esos enormes edificios. Sin darse cuenta, se mete en un bosque que esta cerca de la ciudad. Cuando se da cuenta esta demasiado lejos de su hogar. Mira a su alrededor y miles de recuerdos de su infancia le vienen a la mente ¡Cuanto tiempo! Piensa ella mirando el bosque. De repente se da cuenta de que \»su\» bosque esta cambiado. Se fija mejor y se encuentra con botellas vacías, bolsas, basura, etc.
– ¿Quien a podido hacer esto? –
Vuelve a mirar el cielo, pero esta vez no esta nublado. Mira hacia donde esta la ciudad y se encuentra con una enorme nube de contaminación encima de su población. Mira de nuevo a su alrededor y sin pensarlo dos veces, coge una bolsa del suelo y comienza a limpiar ese pequeño bosque de su infancia.
Aquella tarde de otoño, aquel día en ese bosque… no lo podre olvidar nunca. Ese día pude ver lo que
nunca imagine. Estaba sentado en una de las piedras del bosque cuando, de repente, comencé a escuchar
una hermosa melodía. No pude evitar levantarme y dirigirme a donde salia aquella canción . Cuando llegue me escondí tras uno de los arbustos y observe atentamente. Puede ver a tres muchachas jóvenes y bellas.
Cantaban y bailaban junto a unos animales salvajes. La música ceso. Me acerque un poco mas y pude
escuchar su conversación.
– Kira ¿Que pasa? ¿Porque dejas de cantar? –
– Iris, Amira…. alguien nos observa, tengo ese presentimiento y sabéis que mis presentimientos nunca fallan –
Me retire un poco de mi escondrijo pero sin querer rompí una rama con mi pie. Las muchachas miraron mi escondite y se acercaron con pasos temerosos, me habían descubierto. Me intente esconder un poco mas pero me resulto imposible. Las jóvenes estaban apunto de apartar un poco el arbusto, pensé que estaba
perdido, pero una voz suave y dulce llamo su atención. Ellas se fueron y me volví a quedar solo. Desde ese
momento no puedo dejar de pensar en aquellas chicas, en aquel bosque que he recorrido centenares de veces sin resultado alguno. No puedo dejar de preguntarme si eran las ninfas del bosque que con su felicidad daban vida a la naturaleza del lugar.
Desde tiempos inmemoriales, el río dividía el bosque y separaba dos pueblos. También separaba a Sara de un joven llamado Omar. El río era bravo. Nadie antes lo atravesó, así que Sara se resignaba contemplando a lo lejos a su amado Omar. Ni siquiera podía comunicarse con él, ya que el aislamiento extrañó las lenguas.
Un viejo del lugar consoló a la joven: “Ten paciencia. Una antigua leyenda dice que un amor verdadero unirá los dos lados del bosque”.
También el joven Omar se desesperaba. Él amaba a Sara, al igual que amaba al bosque y a su río. “Vosotros calmáis el hambre y la sed de mi pueblo, pero no podéis calmar el ardor de mi corazón”. Un día Omar tuvo una idea. Talló en una tabla su nombre y todos los caracteres de la lengua de su pueblo. Luego la lanzó al río. Sara rescató la tabla y procedió de igual manera. Los jóvenes entregaron las tablas a los sabios de sus respectivos pueblos. Cuando los sabios las estudiaron y llegaron a un conocimiento de las lenguas, los habitantes de ambos lados pudieron construir un puente de madera.
Los primeros en cruzar fueron Omar y Sara.
El cangrejo, rápidamente cruzó el agua para defenderlas. Desigual batalla donde el cangrejo murió en su intento. Pero quienes lo molestaban un rato antes con su alborozo, salvaron su vida.
Cerré dando un portazo, quería que desde la planta de abajo mi madre no dudase de la inmensidad de mi enojo. Aún nervioso, sintiéndome acorralado entre las cuatro paredes del cuarto, opté por tumbarme sobre el blanco edredón nórdico, sin descalzarme a propósito, deseando que mi madre entrase y se enfadase conmigo por manchar el cobertor con los zapatos. Cerré los ojos y con la mente retrocedí a esta misma mañana, cuando tras desayunar con rapidez me escabullí hacia el bosque, mi paraíso, ese en el que por una vez me perdí y lejos de asustarme me sedujo de tal manera que los caminos de tierra cubiertos de ramas rotas y crujientes hojas, custodiados por robustos y altivos árboles, me incitaron a adentrarme cada vez más en la espesura. Al encontrarme, mi madre me abrazó y cubrió de besos mi rostro creyéndome asustado, aunque la asustada era ella. Yo me eché a llorar al verme alejado de mi edén particular. Me prohibió volver solo al bosque. Dijo que
era peligroso. Yo no entiendo qué puede haber de comprometido en la inmensidad del bosque, donde no existen el ruido ni los humos de los coches, donde todo es paz y tranquilidad…
El río estaba seco antes ya de empezar el verano; en primavera no había llovido prácticamente nada. El bar estaba lleno antes incluso de empezar la mañana, los hombres tenían prisa por abandonar sus casas. El bosque estaba solo desde antes de que el río se secara y continuaba estándolo cuando los hombres abandonaban el bar. Solamente un niño, disfrazado de niño, iba todos los días con una botellita de plástico llena de agua para verterla a los pies de un pequeño pino, que sobrevivió aquel verano gracias a eso.
¬Cuando sea mayor, te regalaré mi sombra -le prometió el pino.
Esa tarde, al llegar a casa, el niño escondió el hacha de su padre.
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