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Roberto era un escritor novel, iba caminando por el frondoso bosque ensimismado en sus pensamientos, la inspiración le había abandonado y trataba de recuperarla en aquel paraje .
Llegó hasta un claro del bosque, una preciosa pradera llena de flores silvestres sentándose debajo de un árbol para disfrutar un rato de aquellas maravillas .
No habían transcurrido ni cinco minutos cuando de pronto delante de él se presentó un hada del bosque, era pequeñita, toda ella lila, su vestido, sus alas, su pelo…
En sus manos traía algo se fue acercando a él muy despacito y comenzó a hablarle:
-Mira , esto es una pluma mágica , es la pluma de las hadas del bosque , nos la regaló un mago, esta hecha con las ramas del árbol mas antiguo y sabio del bosque, muy pocas personas poseen una porque muy pocas lo merecen, pero todo buen escritor que se precie debería tenerla y solo sirve si su dueño realmente tiene imaginación, amor y un corazón limpio.
– Gra….gracias
llego a balbucear Roberto sin terminar de creérselo aún, recogiendo de las minúsculas manos una extravagante pluma verde con adornos dorados.
Volvió a casa, su musa estaba con él.
Según cuentan las leyendas escritas incluso antes de que viviera el Rey Arturo, y tal y como está escrito en todos los libros de hechizos y conjuros, las hadas que fabrican los sueños viven en los bosques.
Encontrarlas es muy sencillo. Sus casas se esconden tras la séptima piedra con forma de caracola, contando a partir del centro exacto del bosque. Y los talleres de sueños, absolutamente todos, están ocultos en la hoja más pequeña de cada roble, entre sus ramas más bajas.
Las hadas de los sueños se diferencian del resto de hadas en que no tienen alas. Sus cabellos son, sin excepción, del color de la noche. Y, si se fijan bien, verán que sus ojos tienen forma de estrella.
Aunque no lo crean, las hadas comienzan a fabricar los sueños cuando el sol se encuentra en su punto más alto. Recogen todos los ingredientes básicos: deseos, pensamientos, supersticiones, amores, anhelos, rayos del sol y pétalos de flores. Solo cuando la luna es la única luz del atardecer, las pócimas de los sueños están listas. Entonces, desde el caldero bajo la hoja de roble sale el humo que llena nuestras almohadas de los sueños que solo las hadas y nosotros conocemos.
Hacia tanto que no te contemplaba que me daban ganas de llorar, quería sentir tus manos coger las mías, necesitaba de ti, y no estabas aquí.
Al amanecer los rayos del sol entraron por mi ventana y desperté de un incomodo sueño. Escuché el sonido del viento entre los árboles y me pareció que susurraban mi nombre, me asome al bosque que rodeaba el hostal y te vi caminar por la orilla del río, corrí a tu encuentro y el aire de la mañana arremolinaba mis cabellos que un solo instante taparon mi rostro, los aparte a toda prisa y cuando miré ya no estabas, las lagrimas brotaron de mis ojos nublando mi visión y mi corazón
Una mano rozo la mía y la alegría me embargo.
Ahora ambos paseamos por este maravilloso bosque perdiéndome en él y en tus ojos.
Hoy llego un pajarito al jardín y me contó que más allá del sol hay un lugar donde todo es de color violeta y las cosas tienen otro nombre.
-¿Y entonces como se llaman los pájaros? Pregunté.
-Nuestro nombre allí es natillas, contestó Él.
-¿Y a las natillas como le dicen?
-Amor, me contestó.
-Y entonces me dio la risa porque pensé que sería hermoso comerse el amor.
A Almudena la encontraron cochambrosa y semidesnuda danzando casi extasiada en el meollo de un bosque. Pronto la aislaron en un centro donde se las amañaba para esconder los plastidecor y pintar las grisáceas paredes de la habitación 127. Las decoraba con montañas atravesadas por caóticos matorrales. Dibujaba hileras de árboles ornamentando sus quejumbrosas ramas con escamarujos escarlata. En este escenario estiraba sus brazos y su cuerpo giraba impulsado por una pierna apoyando toda su masa muscular sobre la otra. Dos giros perfectos, punta-talón-punta, saltito, y después un grand-plié.
Unas pequeñas dosis de psicoterápia combinado con atracones de antipsicóticos alentaron el fin de sus días en el manicomio. Su habitación seguía gris. Almudena ya estaba preparada para volver a su rutina normal. A coger el metro en hora punta para ir trabajar en unas oficinas de la gran ciudad.
Todos estaban muy optimistas con su salida del psiquiátrico. Sobretodo ella, que estaba loca por liberarse de esos tabiques tiznados de color ceniza y poder ocultarse en la frondosidad de un bosque para danzar como una ninfa, estirar sus brazos y finalizar sus coreografías con un grand-plié.
Parecía como si el verde de la hierba estuviera recién pintado, un verde intenso, casi hipnótico. Siempre le cautivó el olor penetrante a tierra mojada, ese agradable legado que deja una lluvia fina, no hiriente, justa. Estaba feliz compartiendo esas sensaciones con su pequeño Luca, aunque el niño parecía más entusiasmado en averiguar dónde podrían haberse escondido las ardillas que acababan de cruzarse por su camino…
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