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Me despierto porque mi hermana me ha dado en la cabeza con su cola, y ya empezamos a jugar, muy pronto de mañana. Corremos entre las ramas rozando las hojas ya mustias por el otoño, que se deslizan por el aire como bailando, hasta caer en la hierba mojada por el rocío. La brisa fría de marzo nos hace espabilarnos y pasamos de un árbol a otro, subiendo y bajando sin parar. Rápidas, más rápidas que el mismo viento…. Hasta que de pronto… ¡es una chica! Yo me paro de repente, y allí la veo. Está mirando desde la ventana de la casa que está en los lindes del bosque. Mirándome con ojillos curiosos, tan azules como un cielo de verano. Me quedo muy quieta para ver lo que hace, y entonces, ¡se ríe! Y yo también me río, y doy vueltas y vueltas por el prado, y agito mi cola y la vuelvo a mirar. Entonces mi hermana se tira sobre mi cabeza una vez más, y juntas vamos a comer los frutos de los pinos, y luego corremos y luego… algo haremos, ¡porque las ardillas nunca paramos!
En mi mesilla de noche descansan los mismos tres objetos que todas las noches desde hace ya demasiado tiempo, son recordatorios sempiternos de épocas mejores, documentos palpables de una realidad caducada, de una vida añorada desde mi insoportable presente. Uno es un frasco de pastillas para dormir, que ya no me hacen efecto. Otro es un libro sin título, desgastado por mi manoseo al intentar en vano entretener mi insomnio. Y el tercero es una imagen, una vieja fotografía en color de nuestro bosque… Un paraíso verde y fresco en primavera lleno de la naturaleza amiga que nos ofrecía la intimidad que requerían nuestros besos. Un descanso en verano, que nos regalaba sus sombras para escapar del ardiente sol. Un milagro en otoño, con sus increíbles dorados, amarillos y rojos entre los cuales te encontrabas tú, mi Eva en el paraíso, mi primera y única mujer…
Es invierno, la noche está oscura, fuera de esta cabaña el bosque brama agitando sus brazos en busca de compañía, ¿o acaso soy yo el que aúlla por dentro en mi tenebrosa soledad, ansiando que vuelvas a mi lado?. Esparcí tus cenizas en nuestro bosque, ahora no puedo volver a él a buscarte.
Erase una vez un niño que plantó un árbol chiquitito en su jardín. Cada día lo regaba, lo rodeaba, saltaba a su alrededor y cada semana medía su crecimiento. Al principio, el niño creció más que el árbol pero, con el tiempo, no pudo abarcarlo con su abrazo. El niño fue padre, abuelo… y sus hijos, sus nietos… siguieron la tradición y cada uno de ellos plantó un árbol junto al suyo. Así de generación en generación. Hoy nos toca a nosotros.
Baja cada vez más despacio, se esconde por los troncos, por el musgo, entre los altos ramajes; queda como una sombra tendida bien pegada a la tierra…
En esta hora que se ausenta el día, he cruzado el bosque y entre los claros oscuros, me confundí con ella.
– ¡Me he perdido!
Grito con miedo pero mi voz está lejos y nadie siente lo que digo.
No tengo nada más que hacer, me dejo envolver por LA NIEBLA, ya formo parte de la naturaleza sonora.
A Leidy
El lobo llevaba más de tres días internado en las profundidades del bosque. El frío y el hambre habían reducido su deseo fervoroso de llegar a la casa de la abuela. Sabía que difícilmente cumpliría su empresa; y si lo hacía, sería juzgado por sus conciudadanos con la pena más alta del bosque. Deseó ardientemente quedarse allí, cerca del tilo enorme que lo vio nacer; pero, si lo hacía –aparte de ser juzgado- , defraudaría profundamente las enseñanzas de sus padres. Así que corrió, corrió como alma que lleva el diablo.
La casa de la abuela se hallaba en el pico más alto de la montaña; su perverso hermano gemelo se la había mostrado más de una vez. Entró apresuradamente a la habitación, con la esperanza de evitar la tragedia. Su esfuerzo fue en vano: el cadáver de la abuela se hallaba apuñalado en la cama, sin ningún signo vital. Desesperado, huyó del lugar con la certeza que sería victima de la calumnia más infame de toda la literatura.
Llevo tantos años aquí que olvidé mis raíces. Puedo decir, a gritos y desde lo más alto, donde acaricio nubes, que soy feliz. Siempre hay algún imbécil que llega queriendo dejar huella, hiriendo a alguno de nosotros, en nombre del romanticismo o de la eternidad. Nos tatúan números, letras, símbolos de lo que creen amor. ¡Triste quien perpetua su amor a golpe de cuchillo! Afortunadamente, cada vez son menos, la Princesa Ecología les sonríe desde alguna conciencia.
Otra tarde que la niebla sube por el valle cubriéndolo todo, llegara a los puertos antes que el sol se esconda tras las peñas. Camina Toño por el bosque, pensativo, sube a ver las yeguas, como siempre quiere echarlas mas arriba, donde los pastos están sin tocar aun. Ha pasado por los mismos lugares una, dos, tres, mil veces, la roca enorme solitaria, el árbol partido por un rayo, el claro donde alguna vez vio al lobo… Siempre es igual. Pero esta vez ve algo entre unas matas que le llama la atención, se acerca y recoge un campano, sorprendido se da cuenta que es de \»la vieja\», una vaca tudanca de Fermín, un vecino. Mejor dicho era, porque la vaca murió va para 10 años. Lo guarda y cuando baja al pueblo rodea por el callejo que va a casa de Fermín. Le encuentra de espaldas en el patio reparando unas hoyas, no le ha oído, así que despacio saca el campano del morral y lo menea, Fermín deja lo que esta haciendo y sin girarse dice: el campano de \»la vieja\».
Toño lo posa en la tapia de piedra y sigue para su casa.
El desconsolado llanto de un recién nacido en un bosque llegó a oídos de un viejo ovejero en la canícula del verano. El pastor adoptó al neonato encontrado en medio de la maleza como a su propio hijo que creció con las adornadas historias que le narraba sobre su nacimiento en el bosque.
Un día en la escuela el niño dijo que él era el hijo del bosque. Todos los niños se desternillaron de risa. Le decían que eso era imposible, que esa patraña se la había inventado ese lunático senil del pastor, y al unísono todos comenzaron a berrear llamándole “estiércol de campo”. Además, su pelo negruzco y su tez renegrida incitaba más a ello.
El niño salió corriendo con los ojos vidriosos hacia el bosque y en medio de la hojarasca rompió a llorar maldiciendo al viejo pastor.
Una suave brisa aquietó el viento de mistral tocando las húmedas mejillas del chico simulando el roce de las caricias. En la superficie de su epidermis sintió un tacto tan perfecto que el niño comprendió que ese viejo loco tenía razón. Presintió que el alma del bosque se compungía por él. Sintió que era hijo del bosque.
La pregunta le trepanaba los sesos. En tiempos de soledad, sin tentaciones, todo había resultado más fácil, con ayunos y rezos le alcanzaba; aunque muy a su pesar era un hombre aún joven, y brioso. Las complicaciones comenzaron con la visita de esa pobre señora, y del jovencito ciego: los ojos inútiles de éste ya repletos de luz y de vida, el vientre yermo de aquella no cesaba de parir. El bosque se había plagado de lisiados y decrépitos; también de mujeres. “Volveré por la noche”, había dicho sugestiva la condesa K., joven de escote abultado y hombros tersos. No pudo concentrase en las oraciones. Devoró con avidez la magra comida. Observó la llama de los cirios, los íconos. Estaba perdido. Se sabía indefenso frente los encantos de aquel ángel malévolo. Cuando el hermano lego vino a retirar la bandeja con el plato, le pidió que no cortara leña, él mismo lo haría; sólo que le acercara el hacha, y el tajo. Su confesor había dicho que la hermandad no veía con buenos ojos el uso del flagelo, sin embargo, jamás se había referido al eventual caso de una mutilación. ¿Se atrevería?
Estoy adentrándome en tu bosque, del que tantas veces me hablaste, se que no te encontraré aquí, pero conocerlo me ayuda a conocerte más a ti. Recuerdo que me hablaste de un pequeño pantano escondido entre los árboles, no se hacia dónde dirigirme, todo me resulta similar. Me llega un olor extraño, aquí son muchos los olores, pero éste es diferente, huele a menta fresca, como tu aliento cuando me besabas. Oigo que me llamas, se que es imposible, pero tu voz me llega nítida, aunque lejana.
Mis pasos dirijo hacia el olor y hacia tu voz, seguro son imaginaciones, pero por alguna señal me tengo que guiar. Mientras camino voy recordando tus brazos, tus besos, tus ojos enamorados, no me fijo por donde piso, ensimismada en mis recuerdos.
¿Qué sucede? Metí los pies en algo blando, no los puedo sacar, busco dónde agarrarme, de dónde tirar, me hundo, me asusto… Grito pidiendo auxilio ¿pero quién me va a escuchar? agotada me dejo llevar… Me rindo a este barro frío, que me va a tragar. Siento tus labios en los míos, dándome aliento para respirar, el calor sube por mi cuerpo y envuelta en tu abrazo permanezco sin más…
Tras una extensa llanura, que parecía interminable, llegué al río. No sin dificultad, logré cruzar al otro lado. De pronto el valle se convirtió en un frondoso bosque, con árboles tal altos que no dejaban ver el cielo. Las ramas se entrelazaban formando tal espesura que apenas dejaban pasar la luz del sol. Llegó un momento en que la vegetación era tan densa que dudé si seguir adelante. Quedé paralizada. Estaba nerviosa y asustada, como no había estado jamás.
De pronto apareció un duende. Tomó mi mano y me guio a través de los misterios del bosque. Había árboles cuyos troncos estaban huecos, y daban paso a pasadizos secretos que eran atajos para moverse por el subsuelo. Algunos árboles eran puertas secretas que comunicaban con el mundo de los humanos. ¡No era de extrañar que los duendes fueran capaces de esconderse tan bien a la vista de los hombres! Otros tenían escaleras de caracol escondidas en su tronco, que subían a la copa, donde las hojas se convertían en blando algodón sobre el que saltar tan alto que era posible llegar a tocar las estrellas. Y desde donde deslizarse velozmente hasta el suelo por lianas cual si fueran toboganes gigantes.
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