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Vivo en el bosque. En mi cabaña apenas hay muebles. Sólo una cama desvencijada, unos pocos utensilios de cocina y algunas cestas de mimbre que utilizo para recoger lo que planto en el corral trasero, junto a los robles. Sólo así puedo leer, rodeado de paredes desnudas. Silencio y rumor de viento en los árboles, fuera. Silencio y rumor de hojas impresas, dentro. Vacío que se llena con las historias de los libros que devoro. Los cultivo yo mismo. Hago un agujero, echo algunas palabras inconexas, riego, fertilizo y en unas semanas crecen unos libros grandes y hermosos. Al principio me gustaba la poesía y abonaba las letras con alas desmenuzadas de mariposa pero cada vez me gusta más el ensayo. Así que, he tenido que cambiar de abono. Lo consigo en el pueblo. Acecho a algún vecino, lo degüello y después lo entierro en el huerto.
Aquel invierno de mala suerte, una bandada de cuervos, una enorme bandada salió del bosque para apoderarse de la ciudad. Era un invierno seco, oscuro, sin nieve; una interminable helada había petrificado tanto los edificios como las esperanzas de los habitantes. La crisis había mordido despiadadamente las porciones de comida en las mesas, los fuegos de las chimeneas, el dinero de los bolsillos. Uno, dos, cien, mil cuervos ocuparon con sus negras siluetas y su siniestro croar las ramas de los abedules de la Plaza Central. ¿Qué querían los cuervos? ¿Qué más agoraban?
Detrás del mostrador del bar desierto, Miguel miraba la tele. Toda la mañana habían transmitido la sesión parlamentaria extraordinaria. La agitación de los trajes oscuros, las agresivas e ininteligibles palabras, aquel confuso croar humano acentuaron su mal humor. Apagó la televisión. Sacó un puñado de monedas, tiró tres en el cajón y tomó del tarro un par de caramelos para sus hijos. Agarró la escopeta del patrón, salió del bar y empezó a disparar ráfagas de tiros contra los cuervos que, asombrados, echaron a volar por encima de la Plaza. «¡Atrás¡ ¡Atrás al bosque de donde saliste!» gritó, pensando: «…¡Sólo el inicio, miserables!…»
¿Ves los árboles?
Verón miró hacia el punto que señalaba su padre. Veía.
Son abedules. En otoño consiguen ese aspecto plateado, fíjate. Y mira cómo se extienden por allá, bajando por la ladera. Todo esto es la naturaleza, siéntela en tus pulmones. ¿A que aquí se respira diferente a la ciudad, eh?
Verón se encogió de hombros
Este era un bosque grandioso, ¿sabes?, cuando yo tenía tu edad me parecía enorme. Yo vivía un poco más abajo, detrás de aquella loma. Entonces nadie se atrevía a cruzarlo. Ya sabes, nadie regresaba…
¿Ahora también?
No, ahora no. Ahora ya construyeron la carretera. Se puede atravesar en línea recta, ¿no te diste cuenta?, por donde hemos llegado.
Asintió el hijo aunque dudara cual de todas las carreteras que cruzaban el bosque podía ser.
El mejor terreno que hay sobre el valle… Fíjate, hijo mío, que espectáculo para la vista. Un lugar maravilloso. Imagínate poder despertarte, abrir la ventana y descubrir este cielo, este bosque…
Vale, pero donde está tu oficina. Dijiste que me enseñarías donde trabajas…
Te lo estoy enseñando, hijo mio. Yo construyo sueños: aquí es donde tu padre construirá el complejo de hoteles más grande que exista.
-¿Tu título?, «EL BOSQUE». ¡Qué poco original!…
Oigo tus palabras pero no dejo que su desprecio me hiera. Hace tiempo, mucho tiempo que me acostumbré a que tus voces no fueran ecos en mis entrañas, a que el veneno destilado se diluyera entre las aguas, a que ya no pudieras talar mis troncos ni romper mis ramas, dejé que tu ira fuera viento pasando por mi cara, tus rayos entre ramas no dañan mis ojos, me acostumbré a mirarte con piedad y a perdonarte.
Comprendí, que depositabas en mí, lo que no te gustaba de ti. Pero, hoy, este día de invierno, frío y con escarcha, me ha enseñado a ser valiente.
Me he colocado mi abrigo, mi bufanda y con un par de buenas botas, salgo y te digo:
-Agur, hasta siempre. No, hasta mañana. Seremos felices separados, como la noche y la madrugada.

El viento levanta las hojas. El rocío resbala por miss hojas y mi tronco, y tras caer al suelo, comienzan a crujir las hojas del otoño. Los pasos se acercan, y después de un silencio; el llanto de un hombre corrompe el bosque y resquebraja el crepúsculo. Me acerco a él, y poso mis hojas en su espalda. Sin siquiera mirar a su alrededor, se duerme el hombre hecho y derecho cual niño en el regazo de un desconocido árbol.
Se oyen pasos cerca del arroyo y retumban con estruendo. Caminar solo por este bosque no fue una buena idea y mucho menos romperse la pierna. El dolor ha paralizado mis ansias de conseguir llegar a algún sitio para poder pedir ayuda y la hiriente humedad se cuelga de mi ánimo como un yunque macizo, conminándome a adoptar una postura de postración penosa.
Atravesó el umbral de la puerta del hostal, observó los primeros rayos de sol en el horizonte y, chapoteando sobre las lágrimas de la noche anterior, emprendió su camino hacia el bosque. Acostumbraba a pasear bajo ese entramado de pinos y abedules siempre que le era posible; de alguna forma, la arboleda le infundía un soplo de aire fresco lejos de la batalla diaria. A sus pies, cientos de huellas huérfanas. El sendero parecía sitiado por un ejército de pezuñas de corceles en pleno desfile ante el altar de la naturaleza. Su mirada pesaba como un grillete prensado al pie de un reo en la cárcel, al tiempo que sus pulmones se inundaban de la fragancia de saberse libre de la esclavitud del trabajo. Realmente, su alma no necesitaba mayor equipaje que el proporcionado por esos parajes. Horas después, bajo un cielo pintado de rojizo sublime, regresó al hostal y, con voz de satisfacción, dijo: “Tras sentir el incombustible latido del bosque y ayudar en su vuelo a un gorrión malherido, he fraguado la lanza del destino de un alma afligida. Creo que es hora de volver a casa”.
Oyó la sentencia.
Cuenta una vieja leyenda que, en lo más profundo del bosque, se encontraban dos de sus más bellos árboles que se amaban con sus ramas rozándose a diario… Pero un día, a pesar de que la dulce savia del amor nunca había dejado de alimentarlos, uno de ellos sintió que todo había cambiado, que su amor no era correspondido hasta el punto de desear con todas sus fuerzas que fuera el hacha del leñador quien le librara de aquella angustia y sufrimiento…
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