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Llegó a la casa rural cuando el sol se había posado. Le mostraron su habitación acogedora y cálida.; dejó las maletas y una caja encima de una silla, miró por la ventana y allí se divisaba un bosque frondoso. Respiró hondo y se durmió plácidamente.
Se despertó sobresaltado por la ausencia de ruido, al cual, estaba tan acostumbrado en la ciudad. Desayunó deprisa y salió al bosque con la caja bajo el brazo; buscó durante horas el lugar perfecto, ni muy soleado, ni muy sombrío, húmedo. Lo encontró cerca de un riachuelo. Sacó de la caja una pala de jardín e hizo un agujero y en él depositó un bonsái añejo.
-“Este es tu lugar, ya eres libre.”
Se tumbó en la hierba y miró hacia el cielo limpio.
En la ciudad no se puede vivir, yo no tengo remedio pero tú lo has conseguido.
Vivirás por fin el sueño que siempre tuve. Con ese acto altruista fue inmensamente feliz.
Escuché susurros y silencio, agua, trinos y berreos. Olí frescor y compañía. Toqué hojas y caricias: sentí ternura y libertad. Comí una mora. Vi hormigas moviendo un tesoro, y abetos vivos, sin regalos ni luces de colores; vi nubes cambiando de forma, coronando risas y paseos, acunando valles y despertando sombras. Disfruté de olores y colores, de verdes, azules,… rosas, violetas y amapolas. Contemplé tus ojos y descubrí un bosque. Miré el bosque y entendí la vida.
¿Estaba el bosque encantado?, siempre pensé que si, creía ver gnomos , hadas, troles y demás «fauna encantadora» por todas partes.
Por el sendero que regreso a casa cada día, veo el bosque, que descansando en el valle observa orgulloso el pico de aquella montaña siempre coronada de blanco, a veces hasta me parece que le dedica una canción, cuando un viento toca uno a uno cada arbol emitiendo distintos sonidos cada vez, un día parece poemas de enamorados y otros en cambio de amantes disgustados…
Hubo una vez un rey que para llevar el progreso a sus súbditos, decidió talar los bosques del territorio. En los espacios limpios de ramas y troncos se construirían viviendas y campos de golf.
Aún recuerdo mi primera vez. Entré en aquel bosque de coníferas de la mano de ella y a primera hora de la tarde, nervioso como la hoja de un álamo temblón apenas el aire se pone en movimiento, para estrechar con mis brazos la oblicua luz que todo lo iluminaba, incluidos nuestros cuerpos cuya piel eran reflejos de oro y canela . Fue un paseo por la sorpresa y la improvisación. La brisa hacía que las hojas, flores y conos de todos aquellos potentes y perennes árboles compusieran, con ayes y sonidos, exclamaciones y gritos, la mejor sinfonía que jamás pudiéramos haber imaginado escuchar. La madera, el viento, la percusión llenaban de armónicos el tiempo y el espacio, y todo el bosque aplaudió, finalmente, nuestro avance hacia el culmen de nuestra realización, haciendo que los muelles pasos sobre aquella arruinada hojarasca en proceso de humificación nos encaminaran hacia un abandono más importante que el obvio del lugar. Abandonados de la vida por aquel maravilloso espacio continuamos unidos de la mano hasta el final.
El bosque permanecía impasible año tras año cuando se disfrutaba desde lo alto de aquel roquedo que, a modo de atalaya, vigilaba mudo aquel cerrado valle entre montañas hermanas. Acostumbrábamos a subir desde el camino de piedra cercano a la aldea al menos cuatro veces al año para sentir, con cada estación y desde allí, aquella falsa impasibilidad adornada con diversos y variados afeites y arreboles, diferentes cada vez según fuera el caso. Tomás, el abuelo de nuestro amigo Juan, solía acompañarnos cuando era aún un hombre con fuerza, y fue él quien nos enseño todas las maravillosas implicaciones que semejante impasibilidad guardaba en su interior, la vida autocontenida sin límites, la subsidiaridad entre especies, la competencia, la muerte, el renacimiento, la inmortalidad, el tiempo. Todo estaba construido, es decir, creado, por las ansias de vida y el lento trascurrir del tiempo. La última vez que subimos Tomás había muerto pleno de inmortalidad y el bosque de nuestros sueños había quedado prendido de una imaginaria línea semejante a una cerilla.
María estaba pasando una mala época, su tristeza se dejaba ver en su mirada. Se acercaban, las vacaciones y su marido le propuso irse a una casita en el bosque. Ella no mostró mucho interés, pero aún así, su marido se encargó de organizarlo todo. Llegó el día y se encaminaron hacia allí. Durante el camino apenas hablaron, pero cuando llegaron, María bajó del coche y algo sucedió, la inmensa arboleda parecía hablarle, los animalillos le daban la bienvenida, el agua del arrollo le ofrecía un abrazo y por primera vez en mucho tiempo, María dibujó en su rostro una sonrisa…
Había entrado en la cabaña cuando empezaba a oscurecer, ni siquiera con la intención de pasar la noche, tan solo por asustar un poco a su marido que apenas dos horas antes, había dejado la zarpa marcada en su rostro. Ella aún se tocaba llorando, no quería reconocer la realidad. El miedo, compañero inseparable desde siempre, por alguna extraña razón,no había entrado con ella en la cabaña y su corazón acurrucado entre las sombras, se transformó en fuego. Comenzó a verlo todo tan claro, que a su marido se le erizaron los cabellos cuando la vio aparecer desnuda viniendo del bosque, lentamente.
Senderos de plata hacia el bosque oscuro, susurros escondidos entre las ramas que te atraen hacia un miedo desconocido, hacia un mundo imaginado en el mismo camino, que, a la vez que aumenta el terror, alimenta la curiosidad. El bosque de esta tierra, mi tierra, despierta lo que la urbe duerme, mis más escondidos sentimientos mis más retraidos pensamientos. El olor a tierra mojada, el tesoro del color verde luchando con el marrón creando luces donde la noche manda, donde las sábanas de esta cama esconden los sueños que vivirás en cuanto te duermas.
Húndete en la almohada y deja que fluyan todos esos aromas a rural, a recuerdos de antaño nunca vividos a TURISMO RURAL.
Corro veloz sobre las hojas secas. Acerco mi hocico a unas ramas quebradas. Te has pinchado con las zarzas y entre el dulzón olor de las moras, ya negras, cárdenas, putrefactas, puedo captar el aroma de tu sangre. No andas lejos de mí. A pesar de la espesura del bosque, mi desarrollado oído percibe tus pasos. Estás corriendo y tienes miedo. También puedo oler tu miedo. Intentas correr, sin darte cuenta de que así, vas tropezando, rozándote con toda la maleza y dejándome más pistas. De todas formas, esperaré a que llegues a un claro, donde la luna llena me revele nítidamente tu figura, para darte caza. Esa luna llena que me convierte en lo que soy, que me hace llevar el bosque en la sangre y ansiar morderte, como yo ( hace ya tanto tiempo que ni lo recuerdo) fuí mordido por otro igual que yo, por otro igual que lo que tú serás cuando te atrape.
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