¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Paso la mayor parte del tiempo correteando por los troncos de los robles y de las hayas. Me encanta pasar la mañana saltando de copa en copa, emborrachándome con los olores de los pinos. A veces descanso un momento sobre la rama de un abeto para escuchar el canto del petirrojo. Aunque no puedo despistarme y aguzo el oído por si se acerca algún animal no bienvenido. Cuando aprieta el hambre busco bellotas, nueces, cualquier alimento que pueda sacar de la vegetación o que esté caído en el suelo. Lo llevo firmemente entre mis manos de ardilla y ágilmente alcanzo uno de los agujeros que algún pájaro carpintero diseñó para dar cuenta del festín. Tengo unos dientes afilados y largos que pueden abrir cualquier cáscara que recubra los frutos. No se me resiste nada. Después vuelo de árbol en árbol buscando algún amigo para jugar. Y me encuentro felizmente con una comadreja. Ella alaba la forma de mi cola peluda y mullida que me guía en el aire, y yo le cuento las últimas novedades de las alturas.
Sabía que se estaba haciendo mayor: cada vez le costaba más trepar por los árboles y ya no era tan ágil como antes. Sin embargo, creía que todavía podía aportar experiencia y sabiduría al grupo y mientras se valiera por si misma seguiría impartiendo sus enseñanzas. Pero un día, su cansada vista le jugó una mala pasada y lo que ella pensaba que era una tierna castaña resultó ser una pequeña piedra que hizo que su preciado y blanco diente saltara por los aires. El grito de dolor se oyó por todo el bosque y sus habitantes corrieron a ver qué había ocurrido. La anciana ardilla, creyendo que se había convertido en una carga incapaz de alimentarse por sí misma huyó lo más rápido que pudo y cuando el resto de los animales encontraron el diente partido y vieron las huellas de su amiga no pudieron contener las lágrimas sabiendo que jamás volverían a verla. El joven tejón enterró la pequeña pieza de marfil en la fértil tierra y de repente comenzó a llover con armónica suavidad. Un increíble árbol brotó. Y de sus ramas colgaron las más tiernas castañas que jamás se pudieron comer en aquel bosque.
Cándido despertar sonoro de las luces. Ingenua hora la de la luz del alba. Desperezado el día, columpia sus reflejos en gotas de rocío no estrenadas. Aromas nuevos a trufa oculta, a humus, a bayas, a frutos y a madera. Brotes menudos entre ramas traviesas jugando a ser un árbol. Roces secretos entre las tenues hojas que aún se esconden. Y en alguna parte pájaros sabios que anuncian canturreando sus distancias. En esa vieja lucha, fiel a su espacio el ave, astuta, vigilante, sigue clamando al cielo su lugar en la tierra. Por todas partes, ignorando el murmullo de verdes, orugas laboriosas, nidos sin dueño, agujeros labrados por la hormiga en la roca, madrigueras, refugios, pequeñas cuevas codiciadas, trampas, cornisas y atalayas.
Al claro del bosque, donde la mamá de Bambi lengüeteaba la piel moteada de su hijo, fueron llegando Hansel y Gretel buscando la casita de chocolate; Pulgarcito y sus hermanos ya sin más migas de pan; una despistada Caperucita Roja buscando el camino para llegar a casa de su abuelita y los siete enanitos de Blancanieves, a lo suyo, cruzaron marciales al son:
-«♫ I go, I go»…
Apareció medrosa Cosette con su cubo de agua musitando:
– ♫ Miedo me da la oscuridad, sola no me atrevo a ir…
Y mis amiguitas de la escuela cantaban a coro saltando en corro:
-♫ Jugando al escondite en el bosque anocheció; el cuco cantaba el miedo nos quitó, cu cu; cu cu …
El príncipe de la bella durmiente a mandobles cortaba los hechizados zarzales y Robin Hood y sus amigos de Sherwood saltaban por las quimas de árbol en árbol.
De pronto un torbellino alargó las figuras aplastándolas contra las paredes de un gran embudo en acelerada vorágine descendente hacia lo oscuro de una sima.
Todo quedo negro.
Alguien me zarandeó.
– ¡Mamá tienes que tomarte la pastilla!.
-¿Quién es ésta que quiere que beba el vaso de agua?…
Mis pasos avanzan por este camino de hojas y helechos desde donde sube una fragancia a floresta que se enreda en mi pelo, se libera y asciende hasta quedar atrapada en las copas de los pinos que observan el caminar dubitativo del que no sabe a donde va porque quizá no quiere ir a ningún lado, sino más bien quedarse y seguir caminando por uno y otro senderos, y contemplar la luz refulgente, diamantina que se filtra desde lo alto, desde un cielo silente que lo abarca todo incluso este bosque en donde me pierdo y en donde mis pasos avanzan por este camino de hojas y helechos..
Siéntate, sólo escucha. Hay un rumor atávico de hojas agitadas, un susurro de agua nueva que fluye serena.
No abras los ojos, aspira. El aroma húmedo de la tierra antigua, los acres vapores de la hojarasca mullida, las flores.
Mira, desde tu luz el rocío escarchado de la noche, la vibrante telaraña entre las ramas, los nidos trabajados con esmero.
Acerca a tus labios la dulce mora, el esbelto hinojo, el berro humilde.
Camina sin agobio sobre la alfombra verde y ocre de los prados.
Todo es tuyo y tú de ello. Y haz sólo una cosa: Ámalo.
¿Qué le indujo a Juanjo aquel amanecer de octubre a transitar el bosque? Nadie le vio salir.
Dejé caer la tarde en el camino. Sin prisa, indiferente como la luz oblicua, me olvidé de las horas y me adentré en el bosque. Era un sendero antiguo, dibujado, que a modo de antesala recibía luminoso al caminante. Los árboles que orlaban el paseo, lejanos, discontinuos, parecían jugar con reflejos fundidos que adornaban el bosque de una luz desmayada. De pronto, la luz inverosímil y aquel silencio quieto, aquella forma lenta contorsionando el tiempo, se olvidó del
Hace un día maravilloso. Luce el sol en lo alto del cielo azul. La temperatura otoñal magnífica. Entre los árboles del bosque tomo refugio de las banalidades de la vida cotidiana y artificial. El verde intenso del musgo que cubre las rocas blancas y el silencio sólo roto por los pies que se dejan arrastrar por la hojarasca, me transmiten una paz que penetra por todos los poros de la piel. Me siento feliz, y libre de saber disfrutar de esta naturaleza extrema que abarco por los cuatro puntos cardinales. Los árboles pelones de sus hojas protegen de los rayos de luz del mediodía y puedo apreciar colores que nunca podré capturar con un pincel y unas acuarelas. Rojo, marrón, verde, amarillo, anaranjado. Si no fuera por las marcas que algún buen samaritano pintó en las piedras no sería capaz de salir de este laberinto, pues el paisaje del bosque se confunde fácilmente y termina por parecer todo igual, pero no tengo miedo, los pies buscan el camino, si de repente se equivocan, se detienen, las pupilas otean el horizonte y de nuevo encuentran la pista, y de nuevo las piernas cogen el ritmo.
En el bosque vive la Bruja de los Enamorados. Su fama se extiende por la región y todos la temen. Sólo la buscan los caballeros desesperados que han puesto su amor en alguna dama de frío corazón. En ese caso, el caballero sabe lo que debe hacer. En una noche de luna llena, llega hasta el bosque, deja en la linde armas y caballo, y se adentra en la espesura. La Bruja lo espera. Cuando la encuentra, le cuenta su historia. Comienza un ritual mágico. La Bruja hiere en la mano al enamorado, unas gotas de sangre caen en la hierba. En ese momento, el húmedo espíritu del bosque entra ya en su cuerpo.
Con la luna nueva, una dama que lleva el corazón en llamas huye de un palacio. Llega al bosque, abandona el caballo y se adentra en la espesura. Cuando se reúne con el caballero, la Bruja oficia el último ritual. Luego se despide de ellos y se aleja del bosque para siempre. Los amantes pasan la noche en su cabaña. Sucede un año de intensa felicidad, después del cual el caballero muere. Con el corazón helado, una nueva Bruja de los Enamorados vive en el bosque.
Caminamos por la vereda que se adentraba en el seno del bosque. Se cerraban lentamente tras nosotros abanicos verdes, engañosos velos de la araña (mortaja para incautos), cortinas de terciopelo que no permitían pasar la luz más que entre rendijas. No paseábamos, sino que éramos incorporados al paisaje, seductor y absorbente amante.
Íbamos de la mano, pero me perdía mientras mis ojos seguían continuamente las sinuosas sombras. Los rincones oscuros me sugerían dios sabe qué silenciosas tragedias, los claros que sorprendían detrás de los arbustos eran como milagros del último momento, respiros para el corazón sofocado. Olía a agua, a tierra, a moho, a verde, acre de hojas maceradas, un festival de la vida y de la muerte, tan abrazadas ambas. Nada más simbólico del misterio sagrado que el bosque: lo vivo necesita de lo caduco, para que haya fragantes flores se necesita putrefacción. Nada hay de ofensivo en nacer entre la bosta y emerger con la máxima belleza. Nada terrible es madurar en exceso, caer, fermentar y alimentar a los gusanos. Todo es hermoso, todo es armonía, todo responde a un ciclo y a él se pliegan la semilla y el ratón.
Temía perderme y despertarme hiedra.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









