¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Que de recuerdos aquella casa al final del camino.
Los árboles bailaban al son de la música que ellos mismos emitian con su amiga la brisa. Hasta las hojas al caer acompañaban tan bella melodía.
Laika, la perra de mis abuelos nos salía al encuentro brincando y meneando la cola, esperando la tan querida caricia. Nos acompañaba hasta la puerta donde nuestro abuelo ya nos esperaba para darnos un achuchón.
Antes de entrar se podía oler a sol, que desprendían las sábanas tendidas. Al menos a mi me lo parecía.
La abuela, nos llenaba de besos, besos aspirados porque no se había puesto los dientes, nos sonreímos.
A continuación sacaba la lata de las galletas, eran las mismas que había en casa, pero aquellas sabían mejor.
Me sentaba junto a la ventada para disfrutar del calor, del silencio,…a veces añoro esos momentos cuando estando en la cuidad recuerdo todo aquello y más ahora, que ya mis abuelos ya no están.
Dejó de sentir las lamidas del viento. Siempre tenía la sensación de haber corrido casi toda su vida. Yendo y viniendo con prisa, soñando y cansándose para quedarse más insomne y ardiendo de espera. Lo que buscaba era cambiante, difícil definirlo. Continuamente se sentía incompleto.
Hasta que entró al bosquecillo.
Solía pasar por la zona pero nunca lo había visto. Pensando cómo era posible que estuviera en su horizonte, decidió entrar. Tropel de olores y sonidos lo rodearon y elevó la vista hacia los fragmentos de luz que jugueteaban entre las ramas. Tantos árboles hermosos abrazados. Tantos. Aquel era su lugar, y una fresca comodidad lo fue arrullando.
Se sentía un poderoso ilusionista con la naturaleza en sus manos para un gran acto. La confianza hizo que su mente abandonara las presiones, hasta que intuyó la necesidad del cambio. Instante fugaz. Tuvo un poco de vértigo pero nunca se dio cuenta de que su vida anterior cesaba de interferir.
Ya era uno más.
En las ramas más altas del nuevo árbol, el viento juega a las escondidas mientras compone una canción de cuna, irresistible.
Siempre hay por ahí un corredor insomne.
Aquella tarde estaba triste. Me di una ducha, cogí un folio y un bolígrafo. Dibujé una cara, después un cuerpo, y todo se transformó en una niña con dos coletas, ojos grandes, tez clara y pelo rizado. A su lado, hice una lista de miedos y comencé a escribir:
“Tengo miedo a no callarme a tiempo, a no decir nada cuando merece la pena decirlo, a quedarme sola, a estar rodeada de gente, a las cosas que me dan miedo. También miedo a lo desconocido, a perder lo que tengo, a no conocer lo que no tengo, a que te marches, a cambiar, a que cambies, a que me cambies.
Miedo a no ser lo que yo espero de mi, a perderme, a conocerme más, a la infidelidad, a la infelicidad; y, sobre todo, mucho miedo a no encontrarte nunca, niña de ojos grandes”.
Volví mis ojos a la niña que había dibujado, y pregunté en voz alta:
– Y tú, bonita ¿A qué tienes miedo?
De repente, como en un cuento, de la boca de la niña salieron unas palabras que se escribieron sobre el papel:
– Yo tengo miedo a que tu miedo te impida ser tú misma.
¿Por qué nací es este lugar tan sombrío y húmedo? Pensaba la margarita mirando hacia arriba. Aquellas plantas tan inmensas que crecían a su alrededor no le dejaban ver un rayo de sol, ella siempre achacaba su malestar a la falta de luz. Luego miraba hacia abajo y veía el arroyuelo de agua helada que fluía a través del bosque pasando a su lado, al cual sólo le tenía simpatía en los días de verano de mucho calor y cuando coquetamente se veía reflejada en él. ¿Por qué nací tan vulgar? Pensaba la margarita cuando echaba un vistazo alrededor y veía otras flores iguales a ella. Nunca me gustó ser blanca y menos con este botón amarillo en el centro, al menos podía haber sido rosada y más alta como otras de mi especie. ¿Por qué ser símbolo de inspiración de amores? Pensaba la margarita aterrorizada cuando alguna pareja de enamorados paseaba por el bosque se fijaba en una de sus compañeras y la arrancaba deshojándola mientras canturreaban el típico si, no, si. no….. y acongojada la pobre pensaba ¿Ay de mí cuando me tocará decidir el amor a mí?.
Llovía hasta debajo del agua. Había dejado el cenicero en la balaustrada de madera y la humedad se había zampado la ceniza. Salí al bosque a por leña con una bolsa de basura por la cabeza. Parecía el hombre del saco mojado. Los conejos se escondían entre la leña. Me miraban asustados mientras seleccionaba los mejores troncos del montón. Imaginé invitarlos a tomar café y a calentarse junto a la chimenea. El pensamiento se desvaneció al caerme uno de los trocos sobre el pie. Trate de cubrir la leña con el mismo plástico que cubría mi cabeza. Fue imposible. Tuve que escurrir la leña antes de meterla en la chimenea.
Me puse ropa seca y pasé la tarde agarrado a una taza de chocolate caliente. En la radio, Frank Sinatra cantaba White Christmas. Yo silbaba la melodía mientras esperaba los huéspedes para ese fin de semana.
Estaba todo preparado.
Llegaron en torno a las cinco de la tarde, cargados como burras. Les expliqué todo muy rápido y me marché.
De camino al coche eché una mirada por la ventana de la casa y de sus sonrisas pude intuir que deseaban que llegara este fin de semana desde hacía mucho tiempo.
El hombre esperó a que la luna de Enero estuviera llena. Dejó su cama y se abrigó bien, saliendo del albergue rural en donde llevaba dos días preparándose. Ya tenía elegida la encina y fue hacia ella. Primero la abrazó, apretando su rostro contra la fría corteza; luego de alcanzada lo que él entendió como armonía mental, se volvió y mirando hacia la luz lunar, bien abiertos los ojos, se agarró al chaparro ajustando espalda y piernas a su superficie… La luna brillaba, él se hermanaba con la tierra y la noche, hasta que logró la paz, quieto, hermanado con el todo.
Me da un vuelco el corazón cuando me doy cuenta de que estoy perdida. A ambos lados del sendero se yerguen árboles altos, troncos de tonalidades sombrías y denso follaje cubriendo el cielo.
A mi pareja actual y a mí nos encantan las casas rurales con muchas actividades, senderismo, bosques, ríos, playas cercanas y picadero. Y los niños con su madre.
Nosotros no salimos de la casa en todo el fin de semana y aprovechamos la ausencia de los otros para disfrutar de ella.
Llevamos un bolso con la comida y bebida y si hay microondas y neverita todo resuelto.
Tenemos una maleta con juguetes eróticos, adminículos y complementos para nuestras fiestas. El otro fin de semana en Ezcaray, una señora volvió antes de tiempo por unas pérdidas y nos pilló en el salón, yo en pelota picada con un gorro de navidad, enhiesto como un unicornio y persiguiendo a mi chica desnuda también, que blandía un vibrador de negro Mandinga.
La señora se quedó en la puerta y la pérdida ya fue total y nosotros al grito de somos elfos y a saltitos la sorteamos a ella y al charquito y nos subimos a nuestra habitación.
En una casa en Donamaría que enseñan a amasar pan, lo hicimos en la mesa como en el cartero llama dos veces, nos pillaron por las huellas harinosas del pasillo.
Somos adictos al turismo rural.
Caminaba descalzo de esperanza, por un sendero arbolado, su perfectiva infinita abrazada mi cuerpo con sus robustas ramas, y las sombras de los árboles reflejaban rostros de enfado que perseguían mi paciencia. Era de noche y estaba perdido.
Sus ojos penetrantes me invitaron a salir, el búho mágico estaba allí esperándome, me guió a la salida de aquel laberinto y sin apenas ser consciente, regrese a la realidad de mi equilibrio.
Los malos momentos habían desaparecido y ahora debía de aprender a caminar en soledad, con la alegría de la luz del sol, con la enrome ilusión de cada amanecer.
Deje de vivir en futuro y comencé a sobrevivir en presente, y de esta manera el susurro del viento calido, acaricio mi mejilla, una suave lagrima recorrió mi rostro, al contemplar tanta belleza.
Abrace a mi madre, naturaleza, observe su plenitud, sentí su aroma, y dibuje sueños en las nubes. Tras dejar atrás, la cárcel de asfalto que me había mantenido prisionero en su
Maquina del tiempo inventada por el hombre.
Temí que aquella felicidad, la enorme sensación de libertad que manaba desde mi interior, tan solo fuera un espejismo. El baile de los árboles y la música del viento… me enseñaron a vivir.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









