¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2025
PREMIO SENDERO EL AGUA 2025
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


El viento levanta las hojas. El rocío resbala por miss hojas y mi tronco, y tras caer al suelo, comienzan a crujir las hojas del otoño. Los pasos se acercan, y después de un silencio; el llanto de un hombre corrompe el bosque y resquebraja el crepúsculo. Me acerco a él, y poso mis hojas en su espalda. Sin siquiera mirar a su alrededor, se duerme el hombre hecho y derecho cual niño en el regazo de un desconocido árbol.
Se oyen pasos cerca del arroyo y retumban con estruendo. Caminar solo por este bosque no fue una buena idea y mucho menos romperse la pierna. El dolor ha paralizado mis ansias de conseguir llegar a algún sitio para poder pedir ayuda y la hiriente humedad se cuelga de mi ánimo como un yunque macizo, conminándome a adoptar una postura de postración penosa.
Atravesó el umbral de la puerta del hostal, observó los primeros rayos de sol en el horizonte y, chapoteando sobre las lágrimas de la noche anterior, emprendió su camino hacia el bosque. Acostumbraba a pasear bajo ese entramado de pinos y abedules siempre que le era posible; de alguna forma, la arboleda le infundía un soplo de aire fresco lejos de la batalla diaria. A sus pies, cientos de huellas huérfanas. El sendero parecía sitiado por un ejército de pezuñas de corceles en pleno desfile ante el altar de la naturaleza. Su mirada pesaba como un grillete prensado al pie de un reo en la cárcel, al tiempo que sus pulmones se inundaban de la fragancia de saberse libre de la esclavitud del trabajo. Realmente, su alma no necesitaba mayor equipaje que el proporcionado por esos parajes. Horas después, bajo un cielo pintado de rojizo sublime, regresó al hostal y, con voz de satisfacción, dijo: “Tras sentir el incombustible latido del bosque y ayudar en su vuelo a un gorrión malherido, he fraguado la lanza del destino de un alma afligida. Creo que es hora de volver a casa”.
Oyó la sentencia.
Cuenta una vieja leyenda que, en lo más profundo del bosque, se encontraban dos de sus más bellos árboles que se amaban con sus ramas rozándose a diario… Pero un día, a pesar de que la dulce savia del amor nunca había dejado de alimentarlos, uno de ellos sintió que todo había cambiado, que su amor no era correspondido hasta el punto de desear con todas sus fuerzas que fuera el hacha del leñador quien le librara de aquella angustia y sufrimiento…
He corrido más de doce kilómetros, pero no puedo terminar sin asomarme al mirador de la Ermita de San Esteban y ver la puesta de sol en el mar desde allí.
Se esconde despacio y el agua cambia sus azules por rojos y naranjas, dejándose acariciar por los rayos sin pudor alguno, la imagen va adentrándose en mi espíritu, sosegándolo, aliviando los pesares que me acompañan desde hace meses. Tan metido estoy en las brumas de mi alma, que no me di cuenta que la noche, ha cubierto el Monte Corona por entero.
No pasa nada, me digo, no hay más que seguir el sendero.
Algo he debido de hacer mal, y no soy capaz de encontrar la salida. No tengo miedo, presiento que las sequollas, los robles, las hayas… me protegen. Pero si tengo frío.
Una pequeña luz me sobresalta., es una llama, como de candil, se mueve indicándome que la siga. No veo a nadie, tan solo la llama y un aroma a flores. La sigo y en poco tiempo, justo cuando comienzan las luces del alba, reconozco el camino de salida.
Desde la entrada, tiritando aún, sonrío a la llama que se extingue:” Gracias Anjana.”
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









