Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

QUIJOTERÍAS

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en QUIJOTERÍAS

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2025 Comenzamos nuestro 15º AÑO de concurso. Este año hemos dejado que sean nuestros participantes los que nos ofrezcan los temas inspiradores, y el tercero serán QUIJOTERÍAS Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE MAYO

Relatos

15. La casa de muñecas (Susana Revuelta)

Que en su primer día como asistenta en aquella casa le encargase doña Asun fregar el suelo de su casita de muñecas, pasar el polvo y repartir por la diminuta sala dedales decorativos con brotes de lentejas, le pareció a Fernanda una chaladura. No sabía si contárselo a la hija que la había contratado para limpiar un poco entresemana y dejar algo hecho para la comida y la cena. Y que además ese viernes le pidiese la anciana, antes de irse a la peluquería, que envolviera en papel transparente un dadito de queso curado de oveja, otro de paleta ibérica, un biscote, una fresa y un botellín de cava de los de hotel que guardaba en la alacena y que lo metiera en la mini nevera, le hizo sospechar de una posible demencia.

Pero cuando el lunes, tras no lograr despertarla de su sueño, se arrodilló a regar con un cuentagotas las lentejas, observó atónita que en los peldaños de la escalera estaban esparcidos, como un reguero, unos mocasines, un traje y camisa gris marengo, una corbata y, en el suelo del dormitorio, unos calcetines y unos calzoncillos negros.

Y, como era de esperar, las sábanas de la cama revueltas.

14. PERSONALIDAD MÚLTIPLE ( Fernando García del Carrizo)

Conforme envejezco me vuelvo cada vez más excéntrica y cambiante. Sé que estas rarezas se deben al contacto diario con los vecinos. Convivir con sus defectos y caprichos me hacer ser más tolerante y humana. Poco queda ya de mi rectitud y brillo inicial. Tan pronto soy el joven del séptimo y vibro cada vez que baja saltando los escalones de tres en tres, como el tímido del cuarto que siempre sube pegado a la pared . Cada mañana me convierto en la abuela del primero que pasito a pasito y bien agarrada a la barandilla desciende para ir a misa. Me transformo en la mirada del conserje al pasar la fregona y al igual que él, me enojo cuando alguien pisa si mi rostro todavía está mojado. De madrugada me encarno en la chica del octavo cuando se cita con el novio en la oscuridad de mi rellano para besarse con pasión. Por eso no oculto mi satisfacción cuando la otra noche ayudé a escapar a la vecina del quinto del ogro con el que vivía, al que hice tropezar con tan mala suerte, que al caer se desnucó con uno de mis peldaños.

13. CARRUSEL DEPORTIVO

Sentí unos dolores tan ochentones, que la esquiva madrugada en vela me obligó a meditar. Pero la vela debió prender mi inocencia llevándome directa al ayuntamiento: cuarenta escaleras diarias eran demasiadas. En el amplio hall de estilo churrigueresco planteé mi necesidad de un ascensor. Pero la displicencia mostrada me remitió al plan B: hacerme deportista. Socia del club de fútbol desde 1940, hablé con el “míster” y, contra todo pronóstico, prometió ayudarme. En el ayuntamiento, la apatía mutó en preocupación. ¡Oiga, que es únicamente para aconsejarle algunos ejercicios gimnásticos! El alcalde amenazó con renunciar al palco. Numerosos aficionados se pusieron de uñas. Colgaron pancartas en los alrededores del estadio. Y la subvención al club se postergó sine die. La caja de los truenos se destapó cuando el primer edil lo dejó bien claro: ascensores o subvención.
Las escaleras, como la vida misma, se vuelven más pesadas a medida que envejecemos. Nos hablan de caducidades, de estar aquí de paso, de preparar la maleta y despedirse dignamente…
Aquella temporada echó a andar zigzagueante. Pero los truenos apenas fueron una tormenta seca. Llegaron los triunfos. Pocos recordaban los ascensores. Menos aún me veían llorar de rabia siguiendo los partidos en el Carrusel Deportivo.

12. Esa cueva oscura, de Jose María Escudero Ramos

De niño vivíamos en el bajo del edificio. Antes de que llegara el ascensor, la gente pudiente vivía en el piso principal. Luego cambió y los más pudientes comenzaron a disfrutar de las viviendas de los pisos de arriba, abajo las de los porteros o humildes ciudadanos.

Recuerdo una mañana en la que jugaba con la peonza, el mejor regalo de cumpleaños que nunca había tenido. Al primer lance se fue debajo de la escalera, un lugar siniestro en el que, según decían, se escondían los peores monstruos del vecindario. Mi mente respondió antes de que pudiese hacer el intento de moverme ¿Yo meterme en esa cueva oscura? Dejé ahí la peonza. Nunca me atreví a cruzar la frontera a lo desconocido.

Con el tiempo aprendí a tener más coraje y a superar mis miedos, justo cuando fui consciente de que te paralizan.

Para sacar provecho de mis fracasos, empecé a coleccionar peldaños. Ya tengo unos cuantos, casi finalizo la escalera del primer piso hacia el éxito. Cuando la termine, tapiaré ese hueco de la escalera que me hace temblar, no sea que descubra el lugar en donde se esconde el monstruo que llevo dentro… y me paralice.

Jose María Escudero Ramos

www.escuderoramos.com

11. Blowing in the wind

Esperas impaciente tu turno. Al fondo distingues a un anciano barbudo con unas llaves al pie de una escalinata de mármol que se pierde en las nubes, un pasillo lateral envuelto en la niebla y una rampa humeante directa al inframundo. La mayoría descienden cabizbajos, envueltos en llamas; unos pocos, muy pocos, suben cantando las escaleras; y rara vez desaparece alguno meditabundo por el pasillo lateral. Cuando llega tu turno, el de las llaves exclama: “Pasillo”. Tú preguntas que a dónde va. Te dice que al limbo. “Imposible”, contestas. “El Papa aseguró que no existe”. El barbudo se ríe de ti, “otro panoli que se lo ha creído. Venga, elige: pasillo o rampa”. Te amenaza con el pulgar hacia abajo. Tú le das la vuelta y escapas escaleras arriba. Maldice. Grita. Te persigue. A pesar de la edad es muy rápido. Cuando por fin te alcanza te lleva de las orejas de vuelta al limbo. Tú finges arrepentimiento, mientras tanteas en tu bolsillo. Para cuando se dé cuenta de que le falta una llave ya habrás escapado y regresado al tanatorio, a tiempo de rellenar con una X la casilla de incineración. “Vuela”, piensas mientras tarareas Stairway to heaven.  

10. SALUD Y TRABAJO (Ángel Saiz Mora)

Los ruidos extraños del ascensor coincidieron con las octavillas anónimas dentro de los buzones, que invitaban a elegir las escaleras como actividad física suave, integrable de forma sencilla en la vida cotidiana.

Problemas de apertura de la puerta, llamadas no atendidas, detenciones en plantas no solicitadas, o los frecuentes avisos a los bomberos para liberar a personas atrapadas, acentuaron el comportamiento irregular del elevador, al tiempo que proseguían los mensajes favorables a la actividad física.

Muchos propietarios e inquilinos ya optaban por subir y bajar a pie, persuadidos de los beneficios para su organismo, mientras sentían los peldaños como una extensión de su cuerpo. Para las personas con movilidad reducida la comunidad de vecinos decidió contratar a otra empresa de reparación. Poco tardó el gerente de la anterior en ser destituido por los directivos, tras hacerle responsable de la caída de ingresos. En una estrategia errónea de ahorro de costes había prescindido de los mejores técnicos, entre los que me cuento.

La primera decisión del nuevo encargado fue la de readmitirnos. Solo entonces, mis compañeros y yo interrumpimos nuestra campaña secreta, aplicada en varios edificios: recomendaciones de ejercicio saludable, combinadas con inofensivos, aunque molestos, sabotajes.

09. La rueda

Subí. Topé con el techo de cristal. Tuve que bajar dos escalones para encajar en el arquetipo. En mi peldaño recién estrenado, me la tenían jurada. Sufrí el acoso de los altos. Me creí las patrañas y confié en el sistema. Me devoraron porque yo no era la víctima perfecta. Bajé otros dos escalones. Salí en los papeles. Me encumbraron y escalé la cima en décimas de segundo, bastante más allá de las estrellas. Jugué bien el papel. Lo absorbí. Se me atragantó, casi me mata.

A la vez que vomitaba, bajé hasta el punto de partida.

Empecé de nuevo con otro rol, mucho más maduro, certero, resignado. Poquito a poco fui ascendiendo. En esta ocasión, bien calladita. Social. Adecuada.

Alcancé la cima en el otoño de mi vida: bien fundado el escaño; muy bien asentada. Me convertí en una urraca, blanca y negra, con cadáveres en el armario. Plumas azules de las que no quiero hablar.

Eliminé la conciencia, el espíritu, las babas nocturnas.

Ahora miro por encima del hombro a mis congéneres y les lanzo canicas desde lo alto de la escalera.

Sonrío.

O8. ESCALERAS DE MI MEMORIA (Jesús Alfonso Redondo Lavín)

Reconozco mi adicción por las escaleras de caracol. No hay almena de castillo ni torre de campanario, aun albarrana, que no me tiente y aunque últimamente por edad y por andorga termino echando el bofe no me resisto a su llamada.

Me dicen que a la edad de dos y pico, me pillaron trepando, agarrado a la parte externa de la barandilla de la escalera, también de caracol, que subía desde el patio hasta un primer piso. Decía mi madre que Don Ramón, el médico con consulta en la plata baja, en silencio para no asustarme, me seguía brazos abiertos para recogerme en mi posible caída.

Siempre he vivido en casas con escalera. Fueron castigo: “vete a la escalera”; fueron deporte, cronometrando el tiempo de subirlas hasta mi tercer piso o apostar por cuántas bajar de un salto. También fueron causa de tropezones, esguinces y morradas. Gracias a dios las de color fueron para mí solo un juego, que no un vicio.

Me gustaría subir la imposible escalera espiral de Santa Fe de Méjico, hecha por un misterioso San José carpintero, que sin clavos ni coste une sus treinta y tres peldaños, edad de Cristo, hasta el coro sin soportes.

07. Terror en el hipermercado

Siento auténtico pavor a las escaleras mecánicas desde que, de niño, mi madre me advirtiera sobre el peligro de no evitar a tiempo la fatal rendija dentada que engulle con ansia los escalones. Mi mujer e hijos se burlan tachándome de crédulo e infantil. Pero cuando los operarios de mantenimiento descubren el foso que se abre a los píes, puedo adivinar en sus rostros de espanto lo que se oculta ahí abajo.

06. FOTO 22

Buscaba habitación tranquila de alquiler para el curso de agronomía. Escogí la aislada mansión. Salió al desastrado porche la anciana, sonriente, cariñosa. Me enseñó el cuarto. Le pregunté por el corcho en la pared con fotografías de jóvenes numeradas del 1 al 21. Son los estudiantes que han estado aquí. ¿Puedo hacerte el retrato? Claro. Tenía preparada la cámara y el taburete. Me dijo, querida jamás subas esta escalera. Se refería a la vertical del pasillo en lamentable estado que terminaba en una trampilla. Por las noches oía ruidos y susurros encima de mí, a veces algún roce metálico. Esperé a que mi casera fuera a la compra. Trepé por los peldaños. Con el corazón desbocado abrí el portillo. En la absoluta oscuridad me pareció percibir el brillo en el filo de la hoz y el siseo cortando el aire. Mi cabeza cayó rebanada limpiamente al igual que mi desmadejado cuerpo. La Bicha descendió lentamente. Recogió con cuidado los despojos encaramándose de nuevo a su guarida cerrando el portón. Al poco rato unas añosas manos limpiaron pulcramente la sangre dejándolo todo impoluto, las mismas manos que a continuación colocaron en el corcho la foto, mi foto, con el número 22.

05 Arriba y abajo

El cuarto apagón de esta semana me sorprendió en medio del tramo de escalera que conduce a mi piso, el segundo. Regresaba del cine, de ver una de Batman de hace unos años. Seguía impresionado por la prisión donde se desarrolla la trama. Me recordaba con exactitud la situación que estaba viviendo ahora: inmóvil, en la oscuridad y sin posibilidades de escapatoria. Para evitar males mayores me acomodé en el rellano a la espera de iluminación, cuando me llegó un tufillo desagradable y un resplandor lejano.

La vecina del tercero tiene la mala costumbre de bajar la basura en pijama, con esas babuchas rosas que alguien debería prohibir. Se alumbra con la linterna del móvil, aunque se juega el cuello en cada descenso. Tras un tropiezo, el teléfono cayó escaleras abajo lanzando fogonazos luminosos antes de apagarse por completo. Ella apenas rodó unos escalones porque chocó contra mí y allí permanecimos sentados hasta que a tientas conseguimos llegar a mi casa.

Los efluvios de la bolsa de basura empiezan a molestar. Han pasado varios días y el suministro eléctrico se ha restablecido, pero ni ella ni yo tenemos ninguna prisa por que regrese a su domicilio.

04. Descensos y ascensos

Salía de casa a las seis de la mañana, y puedo asegurar que mi vida era mejor gracias a la claustrofobia. Sin ella no habría conocido a Don José, el del cuarto, que me esperaba en el rellano para invitarme a café y tostadas. Ni a Felipe, el ingeniero divorciado del tercero, que me proponía, antes de meterse al ascensor, algún plan para la tarde. Y qué decir de Margarita la del segundo, que preparaba dos fiambreras idénticas de comida, para su marido y para mí. Con Luisa, la del primero, desde que puso el felpudo de BIENVENIDO, estaba hasta las ocho. Abandonaba su piso recién duchado y con una sonrisa. Cuando llegaba al bajo salía Alfredo con los niños, y, de camino al cole, me acercaba en coche al trabajo para que no tuviera que coger el metro abarrotado. Menos mal que yo ocupaba un despacho en las amplias oficinas de la segunda planta: solo tenía que detenerme en la primera para asegurarme de que López no había intentado ganar terreno con algún agasajo al jefe más valioso que los míos y que Verónica, su secretaria, aparte de mantenerme informado, seguía estando dispuesta a hacer cualquier cosa por mí.

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