Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

FE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA FE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Comenzamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de FE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
14 de FEBRERO

Relatos

63 Reconquista

  1. Hitler sale del coche, echa un trago, bosteza, eructa, mea. Entonces la ve. Es ella, la presa. Drogadicta, lesbiana, marroquí: tres cosas imperdonables. Tres. Su madre le enseñó a perdonar solo una. Eso es: a Hitler su madre no le quería, pero le enseñó normas. Rectitud. Y esta tía es escoria. Antes de matarla le mostraré lo que es un hombre, piensa. Luego se la sacude, avanza, se relame. La chica está vomitando, la muy zorra.

De pronto un tercer personaje aparece en el callejón. Es ese hijoputa de Bonaparte. Hitler lo mira, se retan. El que gane se quedará con la presa. También con el callejón. Se acercan, gruñen, sonríen. Parten sus botellas contra la pared. Poco a poco, los restos de líquido avanzan por el muro en caprichosos afluentes que, ya en el suelo, se buscan y van formando un único río. Denso, mugriento. Imparable.

62. Desembocadura

El león murió feliz en el santuario de animales sin recordar ya la crueldad del domador, cuyo Alzheimer le ha hecho olvidar cómo abandonó a la trapecista embarazada, quien en su vejez ha tenido que olvidar a su única hija, pues esta olvidó a su madre en cuanto huyó a París con el mánager que le había prometido una brillante carrera artística, pero que se olvidó de ella cuando conoció a Malaika, una cantante de jazz con voz temperamental y amplísimo repertorio que, sin embargo, ha olvidado todas las canciones africanas aprendidas de su padre, el anciano que ahora, sentado frente al río, se acuerda con un remordimiento cada vez más lacerante del cachorro de león que en su juventud capturó y cambió a un traficante de animales por un pasaje de tercera para Europa.

61. SALIRSE DE LA RAYA (Belén Sáenz)

Con decisión, pese al temblor de los dedos, extrajo el lapicero de la caja. Setenta y seis colores, recién comprada. Ni siquiera de niña le habían gustado los tonos pastel; sí los verdes tiernos o los vibrantes azules. Especialmente aquel, que no era pardo ni granate ni morado, pero que era todos juntos. El cuadernillo de caligrafía sí era viejo, aún virgen. Lo había encontrado en un montón desordenado en un mercadillo, entre revistas sicalípticas.

Se había sentado frente a la ventana, cubiertas las piernas por los faldones de la mesa camilla. En la primera página se trataba de enlazar la eme con la a… Además de las letras, había que unir líneas de puntos para revelar las ilustraciones: mamá… mariposa…

Con el primer rayajo de ensayo, sorprendida, cruzó la hoja de lado a lado. Y después emborronó, tachó, trazó garabatos desquiciados hasta rasgar el papel. Saltaba de una a otra tarea al dictado de vaya usted a saber qué hormonas. Una vez que decidió que había aprobado su asignatura pendiente, la anciana maestra dibujó una polla en la portada y lamentó todos y cada uno de los palmetazos en los nudillos que había propinado a sus alumnos.

60. Humo

El día que alguien le ofreció el primer cigarrillo creó sus primeras figuras de humo en el aire. A su talento innato se unió el afán por perfeccionar una técnica que fue depurando hasta alcanzar unos resultados insospechados. Igual proyectaba un castillo de naipes con el tubo de escape del coche de su padre que una línea de infantería en lo alto de una hoguera durante la noche de San Juan. Llegó a alcanzar una popularidad a nivel planetario. Cuando le nombraron director de la central nuclear hubo un gran clamor popular. A casi nadie le importó que el mundo estuviera más cerca de convertirse en un puñado de cenizas.

59 El incorrecto

Los ancianos, que nunca asisten a la ceremonia, han entregado el sobre con el nombre al alcalde. Nadie recuerda quién fue el primero. Solo que, cada año, se elige al incorrecto entre los habitantes del pueblo. Dicen que no es por un crimen, porque eso sería asunto de la justicia, pero no se sabe con certeza qué implica la incorrección. Solo corren rumores sobre lo que podría ser: una pregunta incómoda, hablar con forasteros, incluso vestir algo inadecuado. Lo único en lo que coinciden todos es en que no acudir significa arriesgarse a ser el próximo en aparecer en el sobre.

Las campanas suenan tres veces y la plaza se va llenando. Al llegar, cada persona anota su nombre en un libro. Nadie habla. Algunos consultan el reloj, inquietos; otros, de reojo, miran el sobre. El alcalde lo abre y, con voz temblorosa, pronuncia el nombre en voz alta. El elegido no se resiste. El castigo se ejecuta sin que nadie lo cuestione ni aparte la mirada. Temen que hacerlo sea también una incorrección.

Al terminar, el alcalde entrega el libro de asistentes a los ancianos, quienes eligen al incorrecto del año siguiente.

Solo entre quienes figuran en el libro.

58 ERRORES DE ORO (VALDESUEI)

Cada día mi abuela cruzaba la ciudad para visitar al abuelo. Lo hacía justo después comer, arruinándole la cabezadita de sobremesa que tanto le gustaba. Por eso, él se vengaba convirtiéndose en brisa para despeinarla o, si le llevaba unos crisantemos, zumbando entre ellos como un nervioso moscardón al que tenía que espantar a manotazos si quería enjugarse las lágrimas tranquila.

Con tanto tira y afloja, muchas veces acababan discutiendo para sorpresa de los otros visitantes, que observaban estupefactos a la solitaria mujercita haciendo aspavientos frente a una lápida mientras renegaba:

— ¡Los chicos dicen que es un error venir todos los días con este calor! Que llego a casa muerta…

Ante tal argumento, mi abuelo hacía un sencillo ejercicio de empatía y se disculpaba.

Con el ocaso llegaba la nueva despedida. Camuflado entre las alargadas sombras de los cipreses acompañaba a la abuela hasta la invisible puerta que separaba ambos mundos. Desde allí soplaba como huracanado viento contra su espalda, ayudándola a subir la empinada cuesta del cementerio para regresar al que había sido su hogar.

Mañana volvería a visitarle. Volverían a enfadarse, y volvería a cometer el mismo error, porque era lo que daba sentido a sus últimos días.

 

57. EFECTO INVERNADERO (Edita)

Viudo y sin herederos, Jesús despide a los trabajadores, abandona los cultivos y se retira a consumir salud y capital. Camila, una de las jornaleras perjudicadas, algo más joven que las otras, deja su casucha alquilada y se arriesga a cambiar de aires. Después de largos meses malviviendo en la ciudad, retorna a la misma aldea con la intención de buscar cualquier empleo por la zona y ocupar con discreción un invernadero del antiguo amo. Escoge el mejor: es de vidrio, se ve menos deteriorado que los de plástico y está alejado de las viviendas. No será un palacio, pero en sitios peores ha dormido. Camila sabe por experiencia que disponer de un techo fijo donde cobijarse resulta fundamental en las entrevistas laborales. Amuebla su nuevo habitáculo con una hamaca vieja, la maleta medio vacía, un cubo… Por suerte, el grifo de riego sigue funcionando. También perduran unas cuantas hortalizas todavía comestibles, además de bastante hierba que arrancar. En días sucesivos, agrega algunos alimentos básicos y un hornillo portátil. De noche, pasa frío; cuando luce el sol, como no hay habitantes cerca, se va desnudando poco a poco hasta quedar en cueros, para no achicharrarse. Jesús compra unos prismáticos caros.

 

56 Impedimentos

Imaginar realidades en las que su amigo Luis no estuviera. Eso sí que lo había hecho Nicanor infinidad de veces. Mundos en los que no existiesen impedimentos entre él y Azucena. Algo muy distinto era desear que desapareciera. Ni siquiera le gusta pensar en ello ahora, con él de cuerpo presente. Aunque no por eso deja de mirar a su viuda —con ese discreto jersey de pico y esa falda por las rodillas que no consiguen disimular la hermosura que esconden—, de despojar con los ojos sus deseadas carnes de ese luto que tan bien les sienta. Se ha puesto de pie al verlo acercarse y lo ha abrazado con ternura. Está deshecha de dolor, y al escuchar sus palabras de pésame, rompe a llorar desconsoladamente, gimiendo de pena, expulsando el aliento en su oreja y chorreándole lágrimas y hasta alguna moquita por el cuello, balbuceando entre sollozos los detalles de la prematura muerte. Y Nicanor le mantiene el prolongado abrazo aparentando escucharla, aunque en realidad está repasando la lista de los reyes godos, las paradas de la línea siete del Metro, la biodiversidad de una charca de agua dulce, la inmensa gama de esencias florales usadas en perfumería.

55 Jaque mate

La sangre se mezclaba con la lluvia en el asfalto. Claudia apretó los dientes y contempló al hombre por última vez. El topo estaba muerto. Todo había terminado.

Una hora antes la espía se había derrumbado en silencio. Lo impensable había sucedido y lo que no podía ser había sido.

Un sobre, unas fotos, una evidencia.

«¡Si lograra hacer retroceder el tiempo!», suspiró frente al cadáver.

La noche anterior todo era perfecto. Acurrucada en su pecho, sonreía feliz. Lo amaba y solo eso importaba.

No sabía que las ruedas del destino ya giraban contra ella.

Tres días atrás había recibido una nota en clave: «El topo está en tu equipo. Identifica y elimina», eran las instrucciones.

«¡Imposible!», fue su primer pensamiento.

Y sin embargo…

─ ¿Estás segura de querer dirigir esta operación?, había insistido su jefe de unidad la semana  anterior.

─ Por completo. Conozco al equipo. Confío en ellos.

¡Maldita respuesta! ¡Siempre tratando de hacer lo correcto!

54. MILAGRO EN NAVIDAD

Un 22 de diciembre, de cuyo año no quiero acordarme, el tutor nos dio el boletín con las notas del primer trimestre para que lo entregáramos en casa.

Adiós a beber con los peces en el río, a la noche de paz, a los ricos mazapanes, a la Navidad, Navidad, dulce Navidad y, sobre todo, a los regalos de los Reyes Magos. Aprobar solo música y gimnasia suponía encierro, regañina y alguna que otra colleja. Negros días los que se aproximaban. Tan solo un milagro podría dar un giro a aquella situación. Y ocurrió. Ocurrió como ocurren en la vida las cosas milagrosas. No daré demasiados detalles, pero la mirada de mi padre y la mía se encontraron, cuando al salir del colegio cruzaba yo un semáforo y el coche en el que él viajaba, acompañado de una mujer que no era mi madre, ni hacía cosas con mi padre que mi madre hiciera habitualmente con él, se detuvo ante el disco en rojo.

Aprendí en el corto trayecto hasta mi casa lo que significaba el chantaje, antes de saber que hubiera una palabra que lo definía. Ni que decir tiene que esas fueron las mejores navidades de mi vida.

53. ESPACIO VITAL

Pobre…sólo quería consolarme.

“¡Yo quiero dormir cuando YO quiera, no cuando ella duerma, porque además no puedo!”

Ese fue mi grito desesperado después de pasar una noche entera a expensas de las ocurrencias de mi bebé que, por lo visto, ésa como tantas otras veces no había encontrado a Morfeo. Creo que mi instinto maternal no flaqueó nunca pero sí mis energías y claro, mi respuesta a cualquier comentario era una salida de tono a la altura de mi agotamiento y mi sparring era el papá de la criatura al que yo cerraba la puerta del dormitorio para que pudiera descansar y cumpliera en el trabajo al día siguiente. Esto ocurrió hace más de treinta años.

Hoy es sábado y nos hemos levantado con la idea de dar un paseo por la ciudad, sin prisas, sin plan preestablecido. Suena el teléfono…

“¿Mamá qué pasa?”

“No hija, no, es que como no has venido…y vienes todos los días…”

¿En serio?  ¿Estoy casi en la edad de jubilarme y tengo que dar más explicaciones que cuando era una adolescente?

Tal vez suene algo exagerado y hasta incorrecto pero el hartazgo a veces me supera.

52. La jerga de los gatopardos

No era suficiente aquel giro de poder para abandonar. Mi ausencia en la jefatura de los gatos implicaba un hecho político diferencial: un golpe de estado para trastocar la vigilancia de las farolas y la cópula de las hembras con la retórica de la renovación. Pronto intenté diluir responsabilidades de mi gobierno en los tejados de la noche, porque las ciudades, liberales de día, en la oscuridad se llenan de brisas lunáticas y ladridos de conspiración. Es ahí donde pululan otros felinos advenedizos para aprovechar una coyuntura, cultivar una cultura de entendimiento, una cultura política, una cultura de aceptación. Por consiguiente, tras un ejercicio de competencia, un ejercicio de prudencia, un ejercicio de humildad, me arrimaré al poder; mi feudo es una monarquía amenazada, pero mantengo mis micciones territoriales y la variedad de mis maullidos. Es el momento de saber esperar: no habrá restauración, ni gobierno bipartito, ni reforma, ni ley revolucionaria desprotegida del exceso verbal. Todos cambiaremos para mantenernos igual.

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