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Regina intenta trepar al árbol para esconderse junto a su amigo Wooba.
—¡Pareces un colmillo de elefante! Tu piel descolorida es difícil de ocultar —se burla Wooba, mientras él se camufla entre las ramas.
Wooba tiene la sonrisa más blanca que Regina ha visto. Cuando Wooba sonríe, sus dientes relucen como nido de luciérnagas. A Regina le gusta buscar luciérnagas cerca de la gran charca. Colgado de aquella rama, Wooba parece el gato de Alicia: ¡una enorme sonrisa balanceándose en las alturas! El País de las Maravillas debe de parecerse a África, piensa Regina, mientras Wooba continúa riéndose.
—Los elefantes son torpes y ruidosos como tú —bromea Wooba, antes de tenderle la mano.
Entre las ramas, embadurnada de sombras, Regina hace señas a Wooba para que cierre la boca. Wooba oculta sus dientes y piensa que, tal vez, el blanco marfil conserve parte de la nobleza, tesón y fidelidad del resto del elefante.
—En Alemania era muy buena escondiéndome, aunque allí no jugaba al escondite…
—¡Ahí vienen! —exclama cada uno en su idioma, sin entenderse.
—Aquí, no nos encontrarán, ¿verdad, Buba? —susurra Regina.
—Hablas como lluvia torrencial —murmura Wooba, mientras sonríe sin despegar los labios.
Regina traduce: “¡Seguro que ganamos!”
El viejo Matías es el guardián del camposanto. Cuando lo llaman enterrador menea la cabeza y mira con displicencia. Solo él sabe que poner a los muertos bajo tierra es un quehacer pequeño comparado con la tarea de convertir ese lugar sagrado en un hogar.
Desde la verja de la entrada, el cementerio parece un pueblo blanco de serranía. Las paredes encaladas y la claridad marmórea de las lápidas han decolorado los ojos azules del anciano, donde asoma el delicado velo de una incipiente ceguera. Ahora es la luz del día la que le lleva por los senderos empedrados de níveos cantos.
Al acabar la jornada, va en busca de su Carmen. Descansa bajo el jazmín que plantó junto a su tumba. Agosto le regala sombra y el aroma de unas flores que le conducen a su lado. Allí se sienta y le cuenta a media voz que añora sus pies descalzos empapados de espuma de mar y su sonrisa perlada vestida de acento andaluz. Le confiesa que está impaciente por volver a estar con ella y, aunque sabe que bajo aquella losa solo quedan sus huesos de nieve, aún siente cada tarde las caricias silenciosas de sus manos morenas.
Alguien le recomendó que, cuando la tensión le superara, dejase la mente en blanco. “Por un minuto no va a pasar nada”, le dijeron. Y probó. Al principio, unos instantes; le preocupaba qué pensarían los demás. Pero poco a poco su cerebro le reclamó más de aquello, y empezó a ser normal verle en su oficina mirando al infinito. No fue consciente del momento en que se enganchó. Solo sabía que durante unos segundos no existían mercados con divisas fluctuantes ni quejas sindicales. Y esos eran los mejores momentos. No tardó en utilizar aquella vía de escape también en casa. Cuando los niños chillaban demasiado, o su mujer le exigía tiempo, él desconectaba, y desaparecía del mundo una hora entera.
Que la empresa quebrase, su esposa le dejara y los chicos creciesen y volasen fue algo que ocurrió sin que él se percatara. Lo encontró un vecino que, alarmado por el olor, tiró la puerta abajo. Medio cadáver, miraba a un punto en el techo que nadie más que él veía.
Cuentan que, a veces, desde la clínica de desintoxicación, recuerda quién fue, y llora. Pero vuelve a perderse antes de que la lágrima llegue al suelo.
En una de las curvas del trayecto de su oficia del centro a la casa de las afueras la vio. Estaba de pie, en el arcén, con la cara mirando al suelo y las manos entrelazadas sobre el vientre. Era una adolescente de piernas largas, delgada, vestida tan solo con una camiseta blanca —grande, que casi cubría sus rodillas— con un dibujo en el pecho del que solo pudo distinguir una maraña de trazos negros. Pisó a fondo y no miró por el retrovisor. Pocos minutos antes de llegar a la finca sonó el móvil.
—Cariño —sonó la voz de su mujer por los altavoces de su coche—, hoy Sara duerme en casa de Laura. Me ha dicho que no te enfades, ¿vale?
—¿Y por qué iba a enfadarme? Laura es buena chica. Me parece bien.
—No, no es eso. Es por la camiseta.
—¿Qué camiseta?
—La blanca con el dibujo del lobo de la serie esa que tanto os gusta a los dos. Se la ha llevado para usarla de pijama…
La recopilación de todos sus escritos, hoy desaparecida, se editó en dos volúmenes de similar grosor. La portada del primero se acabó en cuero granate repujado con árboles, gorriones, la luna y varias estrellas. En el centro, en letras doradas, el título —Obras completas. Tomo I— y el nombre del autor. Todas las cubiertas estaban ribeteadas con hojas de acanto en oro viejo. En el interior, con perfecta caligrafía, la primera parte de su obra. Las hojas, de fino papel estucado, resaltaban la perfecta impresión del texto y del ribete dorado de hojas de parra que lo encuadraba. En la solapa, una sucinta biografía inacabada.
El segundo volumen era más sencillo. El cuero liso de las cubiertas, hacía destacar el título —Obras completas. Tomo II—, sin más adornos que desviaran la atención. La solapa estaba vacía. Las hojas, de blanco satinado y ribeteadas con hojas de parra, no coloreadas, solo visibles por un fino relieve níveo, no contenían palabra alguna.
El armiñado y suave tacto de cada página, hacía que se pasaran con atención hasta el final. En la hoja de cortesía, sobre el albo plano, destacaba en luctuoso azabache: Federico García Lorca 1898-1974.
El sol entraba sin pedir permiso en su nueva cocina blanca. Se desperezó buscando el café en el armario mientras intentaba acordarse de dónde había guardado la cafetera la noche anterior. Aún quedaban dos cajas por desembalar en una esquina pero no tenía prisa: quería pasear, oler el mar, ir al mercado, hacer esas cosas que desde hacía tiempo no podía hacer.
Las vistas desde la ventana de la cocina eran preciosas; mucho más bonitas de lo que se veía en las fotos de la inmobiliaria. Aprovechó la calma matinal para observar lo que no pudo ver cuando llegó por la noche. De pronto reparó en un papel blanco cuidadosamente doblado en cuatro sobre la encimera. No recordaba haberlo visto antes. Lo abrió sonriendo; la luz que llenaba la habitación era tan alegre que se sentía bien, con ganas de empezar de cero. Pero al leer las tres palabras escritas en mayúsculas se quedó lívida. Aunque se agarró no pudo evitar caer al suelo. Allí quedó, hecha un ovillo, llorando, mientras el café se quemaba. Sin poder moverse. Sin respirar.
La nota decía: “TE HE ENCONTRADO”.
Este es mi pueblo. Con el buen tiempo ha vuelto a enjalbegar sus casas con cal y tierra blanca y con este sol recoge tanto albor que ciega la vista. Hay instantes que correteo con estos niños por sus calles de zahorra, pero no hay día que no cruce las eras para llevar a María una rama de almendro en flor. Así acabo con estas sandalias blanquecinas.
-Hola papá, ¿cómo estás?… Hemos venido tus hijos. ¿Te alegras de vernos?… ¿Te acuerdas de nosotros?…
-Sigue igual (les dice una bata blanca de la residencia). María le retenía su memoria y la sonrisa. Pero, desde la muerte de vuestra madre ya no ha vuelto a hablar ni a conocer. Apenas balbucea ya alguna palabra que podamos entenderle: “María, pueblo, blanco…”. Le hemos vendado los pies para que no se dañe con su silla, porque, a menudo, hace el ademán de querer correr, alentando al resto de ancianos…
-Papá, te queremos tanto… (se amontonan los besos mojados en lágrimas).
He cruzado en silencio. ¡Toma, María!, tu rama de flores blancas… ¿Sabes?, he vuelto a ver a esos señores tan cariñosos que me hacen feliz… Algún día tendremos unos hijos como ellos.
Llegan a la cafetería cada uno por su lado. No se besan. Se sientan y él es el primero en hablar.
―No podemos seguir así.
―Lo he pensado mucho. Quiero ofrecerte algo ―le propone ella.
―Adelante ―responde, con los ojos muy abiertos.
―Aquí lo tienes. ―Sonríe y le da un sobre.
Él lo abre. Al ver su contenido, deja el papel sobre la mesa, se levanta y se marcha cabizbajo.
Con lágrimas en los ojos, la microrrelatista recoge la hoja en blanco. Le pone un título interrogativo, la vuelve a introducir en el sobre y lo guarda. Espera inútilmente unos minutos y también se va.
Siguiéndola, una noche más, vuelvo a mi antiguo barrio. Dando la vuelta a la esquina se encuentra el ajado rótulo del Black or White, el club en el que tras la barra pasé la mitad de mi vida.
Aquella madrugada, después de marcharse el último de los clientes, unos golpes en la puerta llamaron mi atención. Tras ella se encontraba la que me pareció la más hermosa de las mujeres. Con una sonrisa le indiqué que pasara.
Acariciando el bourbon que le serví, comenzó a relatarme sus cuitas: por qué había decidido abandonar su pueblo, cómo nada más llegar a la ciudad conoció a quien le propuso hacerla la más feliz de las mujeres y cómo decidió abandonarlo tras su última paliza. Se estremeció.
Consolándola, la invité a acompañarme a mi hotel: «Puede que tengan alguna habitación libre», le dije. Sonrió.
Ya fuera del local, echó a correr hacia la esquina, mientras una mano y una navaja, alentadas por su voz, se hundieron en mi bolsillo y en mi vientre. Amanecía.
Amanece. Tirada en la calle, ahora parece la más infeliz de las mujeres; una vieja atormentada por unas pisadas que nadie puede oír. Y además, sola, negra y sin blanca.
Enfilan huellas, sobre la arena mojada, en una calurosa tarde de verano.
Dedos diminutos- de no más de año y medio-, prueban la mar salada. Juegan con esta, mientras mi blanca espuma les atrapa.
A su lado, otros pies, temblorosos e inseguros, aguardan a que yo los bañe. Se apoyan en sus bastones y fruncen el ceño cuando las salpicaduras les alcanzan.
A veces, se forma un remolino de agua turbia, al mezclarse con la arena, hecho por jóvenes que juegan a la pelota y, en sus saltos, horadan marcados surcos que yo me apresuro a cubrir con el manto de las olas.
Hoy es un día excepcional. Por vez primera, a la luz del día, unas botas negras, duras, de uniforme persiguen a un grupo de jóvenes que, atemorizados, arrojan unos pequeños fardos al agua. Estos se abren con el impacto y un polvo blanco queda diseminado por toda la orilla.
Uno de los sacos está fuera de mi alcance. Me mira desafiante y espera, con tranquilidad, la llegada de los guardias.
Noelia siempre soñó con vestir de blanco el día de su boda. Desde que se convirtió en mujer, su madre siempre le dijo que era el color de la pureza, el cual simbolizaba el hecho de que la novia se había mantenido virgen hasta el matrimonio. Por eso, le hizo prometer que jamás se entregaría a ningún hombre por muy enamorada que estuviera.
Lloró lágrimas secas al recordarla. Seguramente estaría en casa, esperando su regreso inútilmente o quizás, todavía anduviera por las calles buscándola desesperadamente. No era consciente del tiempo transcurrido.
Ahora, el único blanco que vestía su cuerpo era el de la sábana que la cubría de pies a cabeza.
Escuchaba a los médicos, pero no entendía sus palabras. Había leído en su libro de ciencias naturales que el sentido del oído es lo último que se pierde. Dio gracias a Dios por no poder sentir nada cuando distinguió perfectamente el sonido chirriante de la sierra eléctrica cortando hueso.
Su única ingenua esperanza de justicia, eran los restos de piel debajo de sus uñas, arrancada a conciencia al arañarle la cara al monstruo que le arrebató su honra y su vida.
El mismo que medía y pesaba su corazón.
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