¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Lo leí en el papel amarillo que el joven me ofrecía en la calle. Me había asaltado con la diligencia propia de la rutina: una mirada orgullosa al verme pasar, una mano que me ofrece una carpetilla con varios papeles, un giro de cintura semejante a un paso de baile hasta ponerse a mi lado con intimidad. Me preguntó: “¿le apetece entrar en nuestro club?”. Y a continuación pasó a explicarme no sé qué pamplinas acerca del medio ambiente y la escasez de recursos naturales. Yo iba con prisa, no recuerdo ya a dónde. Con la cabeza puesta en mi destino, agarré el bolígrafo que el joven me ofrecía y firmé mi nombre bajo una lista de rúbricas. Ni siquiera dije nada. No me fijé en todos los pormenores de esa tarjeta.
Cuando me empezaron a crecer ramas en los brazos, visité a muchos médicos. El último se quedó patidifuso, al ver que un par de gorriones fueron a posarse en mi hombro para acariciar las hojas verdes que brotaban de él. Me preocupé por un tiempo.
Hoy solo busco un lugar tranquilo, cerca del mar, en el que echar mis raíces.
Fijamente, sin poder apartar la vista, lo miraba. Verde, no muy intenso, como el de algunas manzanas de las que llaman doncella, ¿sería por ella?.
Verde un poco más opaco que sus ojos, esos ojos que nunca le habían mirado. Debería desterrarlos, cual rey inquisidor ejerciendo su poder. Los relegó a un tímido segundo plano, ocultos y a la vez presentes, como las canicas que de niño llevaba siempre en los bolsillos acariciándolas con un impulso irresistible.
El verde había variado, era un poco más intenso.
Se apresuró a leer el manual que tenía entre manos, nunca fue rápido leyendo y no siempre comprendía el sentido de lo leído.
Mejor mantener la calma.
Verde, ahora sí como la mirada idolatrada. Igual hasta en su parpadeo, cadenciosamente sensual, hipnótico.
Se obligó a leer.
Qué aburridas instrucciones, saltó páginas en busca de alguna referencia cromática.
Nada.
Última página. ¡Dios! Si, Dios, porque como si de los mandamientos se tratara, aquellas instrucciones se resumían en una sola:
“En caso de que el cuadro de mandos adopte una tonalidad verde, esta sea progresivamente más intensa y de paso a un parpadeo, solo quedará una cosa por hacer: ABANDONAR INMEDIATAMENTE LA CENTRAL NUCLEAR”
—Abuelo, ¿cómo sabes el color de las cosas?
—Porque los colores se sienten, Pedrito.
—Y, ¿cuál es tu color preferido, abuelo?
—El verde.
—¿Por qué?
—Porque lo siento en la hierba bajo mis pies y lo oigo cuando silva el viento entre los árboles. También huelo el verde del aceite de oliva cuando la abuela Reme prepara el ajoblanco. Y lo paladeo en el aguacate mantecoso que trae tu mamá del huerto de Granada y que me encanta.
El abuelo sabe que el cigarro de marihuana terapéutica que se fuma en el patio y que le ayuda a dormir, y el calor de la Reme por las noches en la cama, también son verdes. Pero esas cosas no se las cuenta a su nieto.
—Y el agua del río y el tacto de las piedras resbaladizas del fondo—sigue diciendo.
—Abuelo, y la brisa del mar, ¿también es verde? —, pregunta el niño al ver su cara de felicidad cuando pasean de la mano por la playa.
—No, Pedrito —responde él—, la brisa del mar es azul.
—¿Sabes, abuelo?, el azul es mi color preferido.
—¿Por qué, Pedrito?
—Porque lo siento hasta con los ojos cerrados.
Conocí a Ángeles en la escuela de música, mientras mi hija asistía a clases de piano. Parece que la estoy viendo, charlando de música y libros, detrás de su escritorio. La afición mutua a la lectura fue dando paso a otras confidencias.
Una tarde, mientras tomábamos té, me pidió que la ayudase a regar las plantas del jardín de la academia. Una vegetación inmensa, como una selva en miniatura, nos esperaba. Manguera en mano, Ángeles iba contándome anécdotas mientras regaba cada una de las plantas de las macetas y columpios colgantes. Nunca había visto tanto verde junto: verde en las hojas, verde en el té que tomábamos, verde en aquel jueves de abril. Verde en los ojos de Ángeles.
En aquel mismo jardín, otro jueves, me lo dijo:
-Padezco esclerosis múltiple. Voy a dejar la academia, no puedo seguir trabajando.
Nos vimos dos o tres veces más y, antes de mudarnos de ciudad, fui a tomar un último té a su casa. Montones de libros apilados a ambos lados del pasillo me hicieron recordar nuestras primeras charlas. Aún guardo su teléfono en la agenda. Muchos jueves, cuando llueve, pienso en llamarla.
Nunca había visto ese vestido color verde jade ni la peluca en matices de lila, pero quien los llevaba con deslumbrante sensualidad mientras engatusaba a un cliente del club nocturno era, sin dudas, Eva, mi mujer.
Me lo habían dicho; no quería creerlo. Al verlo con mis ojos sólo atiné a huir de aquel lugar.
Fue sorprendente el efecto que el suceso tuvo sobre mí. Por encima del dolor y el desengaño afloró un inusitado aumento del deseo que me arrastró a hacer el amor con Eva con un fuego que parecía inextinguible.
Pero un hecho vino a sofocar las llamas: la vi cuando intentaba deshacerse del vestido y la peluca, tirando a un contenedor la base de mis fantasías.
Sin dudarlo, lo recuperé todo y me marché.
Desde entonces he deambulado por el mundo consiguiendo que compañeras ocasionales lucieran el atuendo fetiche y participaran, sin saberlo, en mi búsqueda de revivir aquellas noches desaforadas.
Pero estas pasiones sucedáneas nunca pudieron dar la talla.
Sólo logré hallar la paz cuando comprendí quién debía lucir como la Eva del club nocturno.
Travestido de lila y jade consideré nuevas alternativas…
Y, decidido, cogí un cinturón. Verde.
Paseado de casa en casa junto a la hornacina de Nuestra Señora de la Temeridad, el cuerpo embalsamado del último prócer local era venerado y rezado con la misma devoción. Todos habíamos necesitado alguna vez de su ayuda, de su consejo, y las buenas gentes, agradecidas, nunca olvidan a sus benefactores. Al menos hasta que otros ocupan su lugar.
Abandonado desde hace años en un estercolero, a las afueras del pueblo, sobre los restos del ataúd de aquel que años atrás decidiera nuestros destinos, crece ahora un musgo de color verde amarillento, como la bilis, que nos recuerda que, con el tiempo, el respeto deja paso al olvido y al rencor.
El paisaje reside en la memoria. Quizás por mi afición a la Fotografía y al Cine se configuran en mi memoria los instantes del pasado como si de fotogramas se tratase. Así, en esa película se dibujan y permanecen escenas, y luces que van dando forma a unos recuerdos.
Como Salvatore en Cinema Paradiso cuando emocionado revive esos 123 minutos de fotogramas escondidos y recuperados por el viejo proyeccionista Alfredo, los instantes del pasado se convierten en una hermosa película que a menudo se va editando con el devenir del tiempo.
…Desde lo alto de la espadaña de la pequeña Iglesia de San Salvador en la Omañuela y tras ascender por unos peldaños recubiertos de musgo, la imagen compone unos tonos verdinegros en el tejado, a la derecha y bajo el puente de madera las frías aguas del Omaña bajan impetuosas. El cauce pizarroso ayuda poco a que el agua alcance temperaturas más altas. En lo alto y siguiendo la vista hacia la derecha y sobre los robles en la cima de un cerro se aprecia la silueta de la aldea de Castro de la Lomba. De color verde oxidado es la cerradura que da acceso a la Iglesia.
Zapatos de clavos, polo y visera de marca… Par cinco. Coloco el tee de salida en el green, la bola a la corona del driver, la base del palo bien cuadrada, pies juntos, ajuste. El pie izquierdo un poco separado, bastante menos que el pie derecho, la bola queda mirando de frente el talón del pie izquierdo. Adress, todo listo. Ataque ascendente. Down swing.
Es inútil indicarle a este pijo lo que tiene que hacer para no caer en el bunker, él jamás conseguirá sacar la bola de ahí, tendré que hacerlo yo en riguroso silencio y con el menor número de golpes de que soy capaz tras negociar una rácana propina.
Algún día vestiré la chaqueta verde del Augusta Masters y quizá este imbécil presuntuoso quiera acompañarme para acercarme el palo más complicado de la bolsa. Cuando mi nombre dé la vuelta al mundo, él se olvidará de que fui su caddie; comentará en voz alta en la barra del bar que somos buenos amigos, que me conoce desde que era un chaval y que ya apuntaba maneras cuando jugábamos juntos al golf… aunque fuera en las antípodas.
El salón se encontraba abarrotado de gente poseída por el alcohol, danzando hasta el desatino…
En una esquina del inmenso gentío nos encontrábamos a solas mi alma y yo; y allí, delante de nuestra presencia, no cabía nadie más…
¡Qué desierto me parecía aquel poblado espacio con la multitud disfrazada de masa y al ritmo de “Paco el chocolatero…”
¡Cuánto echaba de menos a mi gato, a mi libro; a mis momentos felices y a solas…!
La diversión de toda aquella jungla social me desplazaba. ¡Qué lejos de todo y todos me sentía…!
Ya no me divertían esas apuestas multitudinarias.
Sin duda alguna hubiera elegido mis danzas privadas con sones y líricas concertadas entre mi alma y corazón para sentir la armonía y el ritmo del gran baile existencial en el que respiro.
Salió de la consulta de la vidente creyendo a pies juntillas que muy pronto una mujer con algo verde entraría en su vida y pondría fin a esa soledad que tanto le afligía. Impaciente se puso a buscarla en cuanto pisó la calle sin esperar que fuera el destino el que propiciara tal encuentro. La primera en aparecer, la de la bufanda verde, se cruzó con él sin ni siquiera mirarle. Descartó a la del abrigo verde porque le recordaba a su abuela. La del suéter, mejor no. La morena con tipazo podría tener el verde en los ojos, pero la vio alejarse en un taxi sin darle tiempo a comprobarlo. Convendría que hubiese ido más atento para darse cuenta de que cuando decidió atravesar la calle para llegar a la altura de la chica que corría con un chándal verde, el semáforo no estaba de ese color para él. Así habría evitado que un vehículo que marchaba a una velocidad excesiva se le viniera encima. El impacto fue tan brutal que salió despedido antes de caer roto sobre el asfalto. Nunca llegaría a saber que la conductora del coche rojo que le embistió iba vestida de azul.
Veo el viento agitar los brazos de la encina; yazco boca arriba y las hojas cobran frenética vida yendo del Jade al olivino.
El sol incide en ellas, creando sombras chinescas; paso del sopor al frío y una extraña paz me invade; oigo pedir ayuda y no soy capaz de reaccionar.
Tengo el torso húmedo, viscoso… ¡mal día para montear!.
¿De dónde saldría aquella maldita bala?…¿ Quizás; del ánima acerada de algún compañero demasiado <<verde>>?.
Por no querer ocultar el barbour que me regalaste, no me puse el chaleco naranja; ¿cómo iba yo a querer ocultar, ninguno de aquellos tonos: enebro, musgo y salvia?.
Se me agolpan los recuerdos, de entre ellos; tu mirada esmeralda contemplandome con ternura. Ah…¿si pudiera estar ahora a tu lado?, cuantas cosas te diría; ¡pero estoy aquí!.
Tus ojos se me van figurando cetrinos, mientras una luz fulgente nace de ellos y me siento levitar, <<la mirada de mi Diosa me transporta>>.
¿Pudo haber sido diferente?, ¡¡Si!!; pero es la historia de siempre, no cae el Sol hacia el Este, abnegado voy hacia mi ultimo vahído.
¡¡Te quiero,!!.
¡Mal día para montear!..
Abrió el armario. De entre todos, eligió el vestido con lentejuelas brillantes, de color verde oliva, como su nombre. La tela tenía brillos resplandecientes. Los zapatos en fila esperaban ansiosos: sabían que unos zapatos con poco tacón usurpaban su sitio. Oliva se notaba ya pesada. Con el paso de los meses empezaba a hacer todo más despacio. Con calma se vestía, calzaba sus zapatos nuevos, se rociaba con perfume, retocaba el maquillaje y pintaba sus labios apetecibles de tonalidad rojo anaranjados. Se engarzaba los pendientes largos. Le encantaba que danzaran al compás del movimiento de su melena, con caída vertiginosa hasta las caderas. Esa noche lucía especialmente hermosa.
Bullía el café-teatro. El silencio enmudeció cuando Oliva emergió en el escenario. Su figura embrujaba. Su cuerpo y su melena danzaban al son de la música, con movimientos espasmódicos. Los zapatos taconeaban tras el vuelo de su vestido, como mariposa revoloteando. Llevaba media hora de delirante danza. En medio de su catarsis escapó un gemido de sus labios. El público estalló en vítores y aplausos. No tuvo un minuto para sentir el dolor de las contracciones. Un bebé había salido a escena.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









