Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

DESORDEN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL DESORDEN

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto DESORDEN en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de MARZO

Relatos

11. DE PROFUNDIS (Toribios)

A mi madre le gustaba el verde. Quizás fuese por su viaje a las húmedas tierras del norte, desde  la paramera de su infancia, siendo una mocita en edad de merecer. De este viaje me hablaba mucho en las largas noches de invierno, trasplantada ya a la ciudad de interior de donde no volvería a salir. En aquellas semanas de gloria conoció las verdes pomaradas que habitaron sus pupilas para siempre. En las tardes de lectura y confidencias, mientras el sol reposaba su oreja en los tejados, sus ojos adquirían un tornasolado verde musgo que titilaba de emoción recordando su amor de aquel verano. Él era uno de aquellos cíclopes que horadaban las entrañas de la tierra. Su silueta contrastaba con el brillo de los prados, cuando emergía llamado por el ulular de las sirenas. Así hasta el día aciago en que Gea cobró su tributo de sangre. No lo supe hasta mucho tiempo después, siendo ya adulto; su nombre permanecía aún en su memoria cuando solo era ya una esponja de sílice llena de galerías.

 

10. Animales de granja

Aparta la vista del microscopio y se frota los ojos vencido por el cansancio. El número de bebés muertos alcanza cifras preocupantes y hace mucho que ha avisado de que esta epidemia podría suponer el fin de la especie humana. El gobierno, interesado en no alarmar a la sociedad, sostiene que si la civilización ha evolucionado hasta el punto de eliminar prácticamente todas las enfermedades, superar una más solo será cuestión de tiempo. Y sin embargo, los datos demuestran todo lo contrario, en pocas semanas los efectos van a resultar devastadores. Las glándulas humedecen la piel verde del científico, como las gotas de sudor que resbalan por la frente de los humanos cuando están nerviosos. Teme que el virus deje a sus descendientes sin alimentos.

 

09. EL VERDE VERDE (Jesús Alfonso Redondo Lavín)

Todos mis ancestros trasmeranos, por generaciones, agacharon el espinazo, día tras día, segando en los prados de la costa el verde para el ganado. Los mis predecesores merachos y pasiegos hicieron lo mismo pero la abrupta orografía les obligaba a arrastrar sobre sus hombros el peso de los coloños de hierba verde atrapados a belorta allí donde la recogida no era posible ni a rueda ni a corzón. Y arrastraron peñas arriba sus ganados y a caballo sus cahizos hasta los pastos verdes de sus cabañas de altura de los portillos del Pas o del Pisueña.

Siempre miraban al suelo verde de las riberas del Merilla, del Miera o del Aguanaz preocupados por el aspecto del trébol, del llantén o la acedera para rumio de sus vacas o el de las hojas verdes de los salces, los zarzales y espinos que crecen entre las garmas de los montes para el ramoneo de sus ovejas. Solo miraban al cielo de Cabarga o Porra-Colina para predecir la lluvia, la surada o la cellisca.

Creo yo que, gracias a ellos, los de mi generación, libres de las penas del pan, somos los primeros que pueden, por encima de ese verde, admirar el paisaje.

08. VERDE GRISÁCEO (Mercedes Marín del Valle)

Podría ser verde esperanza, pero la tarde pintaba amarillo como mi rostro, después de caer en un vacío inesperado, que no desconocido. Si pudiera mezclarlo con el azul del cielo, un verde aguamarina se abriría ante tus ojos, porque los míos, añejos y cansados, no distinguen los matices desde el día en que caí en el fango del pantano, camuflado bajo grandes hojas cuajadas de moho.
Inmóvil y en silencio, recelo del futuro.
Si las bolas de cristal fueran verdes,estaríamos tumbados sobre la hierba del prado, sin embargo, aquí seguimos, suspendidos de la nada, y me aflige tanto esta visión, que acierto a abrir la puerta, quiero huir de estos espectros, parásitos de mi mente.
Mis pies hacen crujir los guijarros escondidos bajo el follaje que la clorofila abandonó hace meses, o tal vez es mi alma la que chirría.
Me zarandeas con firmeza y con dulzura me calmas. Otra pesadilla, me dices besando mi pelo enmarañado.
Mis ojos llenos de lágrimas apenas pueden distinguir el verde oliva de los tuyos.
Tú también has envejecido, te digo entre hipidos y risa.
El olor a menta procedente de tu pecho nos envuelve en un sopor que hace retornar el sueño.

07. Teorías cromáticas

Explicar los colores a tu hijo es todo un ejercicio de creatividad. Intento que sea divertido, porque está comprobado que así todo se aprende antes.

Siento a mi niño en su silla y la acerco a la mesa. La mesa es azul, siempre comenzamos con este color. Como el azul del cielo, le digo, y pregunta si mamá es también azul. Cambio rápidamente de color y acerco a sus manos la pelota roja. Roja, como los tomates de la ensalada, y ríe, porque no le gustan. Pasamos al amarillo, como el peluche que le ayuda a coger el sueño. Y como el sol, afirmo. Toca el verde, y recuerdo cabizbajo el vestido que llevaba ella, que acabó rasgado y ensangrentado, y recuerdo el coche volcado, y al bebé inconsciente…

Me busca con sus manos y palpa mi cara hasta encontrar esas lágrimas que intuye, pero que no puede ver.

06. INSTINTOS (Modes)

Te amé desde la noche de los tiempos.

Te amé desde el instante en que te vi.

Y siempre fui un estallido de husos y huesos enamorados, pero tú, tan iceberg, jamás me regalaste una mirada.

Sin embargo, esta mañana, un rayo de fortuna llenó de luz mi vida, y mi corazón bailó entre electrones cuando te acercaste.

Y después me rozaste, y me acariciaste, y…

Y mi muerte ha sido un mínimo precio a pagar, ante el privilegio de haberte conocido.

Ante el privilegio de haberte sentido.

Y ahora mi alma vuela feliz hacia prados infinitos, mientras tú, mi adorada mantis hembra, continúas devorando mi cabeza.

 

 

05. SOBRENTENDIDOS (Ángel Saiz Mora)

El diagnóstico fue claro: sus dificultades para interactuar en sociedad constituían un serio trastorno psicológico. Maldije al destino. Mi mujer miraba hacia el suelo con inquietud cuando detectó un trébol de cuatro hojas en el jardín de la clínica. Dijo convencida que aquella planta era una variación prodigiosa, que al existir solo una entre diez mil sería portadora de buena suerte, como nuestro hijo.
Contratamos a los mejores especialistas. Intentar corregir las carencias del niño supuso un desembolso prohibitivo, pero no menos que su microscopio electrónico y la costosa formación para que desarrollase las habilidades con las que, en contraste, despuntaba de forma increíble.
Durante un tiempo me pregunté cómo podíamos afrontar tantos gastos. No era suficiente que yo estuviese todo el día en las calles, a la búsqueda de clientes que apagaran la luz verde del taxi.
Esta noche, años después, durante la entrega del Nobel por sus descubrimientos contra el cáncer, no sé de quién me siento más orgulloso, si de él y su superación, o de la fe y sacrificios de la madre. Nunca hablamos de aquellos discretos servicios suyos a domicilio, íntimos y tan bien pagados. Ella agradece mi silencio.

04. EL VIAJE

Se lo había prometido. Cuando se curase de su enfermedad y sus ojos pudiesen ver más allá de las batas verdes de los médicos y de su ridículo camisón, abierto por la espalda, la llevaría a sumergirse en los mágicos verdes que él ya conocía.

La subiría con cuidado en su globo de rayas y, bajo las nubes, viajarían los dos, acunados por el viento sur, hasta las suaves colinas de verdes profundos, sobre los campos roturados y recién sembrados de plantones enanos.

Planearían después junto a las cascadas que bañaban las laderas musgosas, sobre los brotes nuevos de los prados y, más allá, tras los manzanos tiernos y los viejos olivos de hojas verde plata, aterrizarían en la laguna de las mil algas, donde él se refugiaba de niño.

No llegó a cumplir su promesa. Ella salió del hospital para viajar a su tumba.

03. VERDE (Mariángeles Abelli Bonardi)

La hiedra que tapiza la casa. Los cactus que adornan la ventana. Las hojas del limonero del jardín. El caparazón metalizado de los escarabajos patagónicos. Los alcauciles que deshojo y saboreo lentamente. El mate recién cebado. Mi pulóver preferido. La malaquita del anillo en mi anular izquierdo. La de la pulsera en mi muñeca derecha. Los ojos de mis sobrinos. El guisante bajo el colchón de la princesa del cuento. La piel de los lagartos de la serie «V, Invasión Extraterrestre», que tanto miedo me daban. Una de las tres bolitas plásticas que adornaban mi silla de bebé, que siempre atraía mi atención. El gorro de cirugía con que me envolvieron para que no perdiera peso, porque no dejaba de moverme en la incubadora. El primero que recuerdo haber visto. Que fue, es, y siempre será mi color.

02. ¿Te quiero verde?

Quien de verde se viste por guapo se tiene, sentenciaba mamá desdeñando mi incipiente vanidad. Pero a mí me chiflaban los ositos de goma de sabor desconocido, el terciopelo de los geranios,  el musgo, la rana de los teleñecos, la hierba del parque, los ojos de Miguelito… El día que escuché la palabra glauco me derretí escribiéndole un poema que jamás leyó.

La primera vez que el marido de doña Lola me transformó en modelo susurrándome guapa había cumplido trece. Después algunos piropos se volvieron incomprensibles para mí, pero  el orgullo herido en la escuela, donde solo era gafas y acné, me empujaba a hacerme la encontradiza con él. Entonces dejó de conformarse con palabras y exigió compartir mis chicles de clorofila y explorar bajo mis faldas de menta.

Empecé a  vestir de negro para no parecerle guapa, ni ser presumida, o que su mujer  tuviera que llamar a la guardia civil.

Pero la tarde que el ascensor se detuvo entre dos pisos y su aliento aceitunado de botella añeja se aceleró sobre mi cuello, decidí que esos verdes tan oscuros no me gustaban. Las primaveras brillantes que aún me correspondían me animaron a darle una patada en la entrepierna.

01. El camino (Jesús Garabato)

La frescura de la madrugada  y lo evocador de sus sonidos lo acompañan: el relincho de un, a sus ojos,  invisible caballo en libertad; una ráfaga huidiza;  el ulular inesperado de algún moucho vigilante y solidario… También  el olor de la tierra húmeda y antigua,  o el de la acre salinidad del mar, presentido cada vez más cerca.  Cubierto por las  espesas y hermanadas copas de los bidueiros, avanza sobre  la agreste frouma que algún día, no tan lejano,  estuvo viva. Nada alcanza a atenuar la cadencia esperanzada de sus pasos.

Empieza a amanecer. Más allá de  las cunetas, entrevé la estampa vigorosa  de los fentos y los toxos que, engarzados, lo escoltarán  en el último repecho del camino. Atrás quedaron las sirenas, los gritos, los culatazos… Cumplirá su promesa. Ahí abajo lo espera San Andrés.

115. Mujer de rojo sobre fondo oscuro

Hay dos cosas a las que Vanessa no acaba de acostumbrarse: a caminar con zapatos de tacón y a que los hombres la miren. Aunque ahora, cuando se acercan, ya no se sonroja como antes, cuando era una niña y el color le subía por todo el cuerpo hasta instalarse en sus mejillas. Vanessa, que en realidad se llama Patricia, pronuncia su nombre alargando las eses y se pasea por el Paradise con un minúsculo vestido rojo, manteniendo el equilibrio sobre unos tacones que la hacen parecer quince centímetros más alta. El club siempre está repleto de clientes que entran y salen, comparando minifaldas y escotes, preguntando a cuánto está el kilo de carne. Pero Vanesa no se avergüenza. Por muy mal que se le den las noches, siempre encuentra un brazo que la lleve al piso de arriba y, a final de mes, siempre saca más de lo que necesita. Así puede enviarles lo que le sobra. Lo único que teme es que, al subir a las habitaciones, se le rompa un tacón y se desplome por las escaleras. Sabe que entonces se pondría como un tomate y la vergüenza es algo que ya no puede permitirse.

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