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En mi ciudad amanece cuando sale un deslumbrante corazón que tiñe de rojo el cielo. En ese momento las parejas despertamos, nos besamos, nos duchamos juntos, desayunamos entre pétalos de rosas…, y luego paseamos cogidos de las manos por las calles aterciopeladas, sin dejar ni un segundo de regalarnos cariño. Después todos deseamos que se ponga el corazón cuanto antes y aparezcan en el cielo los dos rombos. La señal para que las parejas nos soltemos de la mano, nos desnudemos y busquemos nuevas compañías para pasar la noche haciendo el amor hasta acabar rendidos y despertarnos, una mañana más, bajo el maravilloso corazón que late en el cielo hasta otro apasionado anochecer.
Nunca cruces un semáforo en ámbar, a no ser que quieras que ocurra una desgracia, para los demás.
Por suerte pisé el freno, justo cuando empezaba a llorar.
Un joven se puso a hacer malabares delante de los coches, justo cuando empezaba a llover.
Y la luna del coche se cubrió de agua y se activó el limpiaparabrisas automáticamente; el joven seguía allí, con su sonrisa y sus malabares, empapado.
Pensé en que las personas no tenemos un limpialágrimas automático que se active ante el llanto; no, llorar no es malo, pero que te humille alguien que te importa, sí.
El disco se puso verde y no lo vi, a pesar del limpiaparabrisas automático. Allí me quedé, menospreciada en punto muerto, sin escuchar los cláxones que también me insultaban.
Hasta que el joven se acercó.
“Hola ¿Te pasa algo?”
Sólo balbuceé.
“Aparca, te invito a un café”.
Nunca cruces un semáforo en ámbar, puede ser dichoso, para ti.
Antes de hundirse la coloración del ocaso anaranjado en aquel horizonte rojizo, el suave viento de la tarde mecía nuestros sueños. Las chicas confesaban que les gustaba el rojo Ferrari: -Es el color de la velocidad y la pasión, y añadían coquetas, levantándose y dejándonos observarlas como a pajarillos en las copas de árboles que pintaban de encarnado. -Vamos, se hace tarde-.
Teniéndolas cerca era fácil enamorarse. Caminaban bajo la puesta de sol descalzas por la tierra blanda, con las faldas y el pelo al viento, adivinando formas en las nubes deshilachadas. A nosotros, salidos en aquel momento, los rojizos brillantes del atardecer, imponentes y mudos, nos parecían mujeres muy escotadas, vestidas de rojo semáforo y lencería rojo cereza a juego; despertando ganas de bañarnos en el arroyo cargado de margaritas blancas y amapolas rojo geranio. Mientras las animábamos yo intentaba descender mis dedos entre los botones de la camisa rojo fresa de Paquita, mi novia. Al remontar la cuesta le regalé una cajita de música rojo mandarina, la abrió y colmó mis labios y la hebilla roja de mi cinturón de fantasía. El caso fue que tonteando no intuimos la envergadura de aquel largo beso ni su rojiza extensión.
Las carreteras se hallan bordeadas por un rojo infinito bajo unos centímetros de tierra y asfalto. Rojo sangre, rojo vergüenza. En una guerra, como todas sin compasión, los chivatazos de verdades o mentiras los usaban las tropas del alzamiento para castigar a tantos que no encajaban en los estrechos márgenes de su palabra libertad. De un pueblo de la meseta castellana huyó un grupo, compañeros de sindicato, aterridos ante la mancha unicolor que extendían por las cunetas. A través de los bosques del Pirineo consiguieron cruzar la frontera, esquivando uniformes en un largo camino. No lo tuvieron fácil, pero lograron una nueva vida.
Juan, y con él Juana, se salvaron y en el exilio, de los dos surgió Jeanne. Juan buscaba la justicia social, perseguida sin tregua en su país, por la que siguió trabajando en Francia. Juana pudo salir en las noches de París, sin ese corsé que la oprimía dentro de Juan coleccionando silencios ahogados y comportamientos reprimidos. Adaptaron el nombre a su tierra de acogida, disfrutando por fin del aroma de la fraternidad.
“Rojo sobre negro, sangre que tiñe el barrizal…”, tarareé las estrofas de Aute mientras contemplaba el cadáver exangüe del anciano de barba blanca. Sus ojos, color mar, contemplaban la eternidad con expresión de infinito cansancio. Estuve tentado de sentir lástima, menudo contrasentido. De todas formas había trabajado para él, aunque hiciera siglos de aquello, así que me quité el sombrero en señal de respeto. Quizás no merecía ese final, se había esforzado mucho para estar en lo más alto, pero cuando todos pierden la fe en tí, estás acabado. La gente confunde la bondad con debilidad, se lo advertí cuando me echó de su lado. Sin embargo prefirió escuchar a su adulador coro de falsos profetas. Pasó mucho tiempo hasta que, al final, todos le abandonaron. Podría decirse que aniquilarle fue algo piadoso, otra divertida paradoja.
Lavé con minuciosidad la sangre que me cubría, me despojé de mis ropas, ya innecesarias, y arranqué el Ferrari. Mientras Angus Young iniciaba el riff que sirve de banda sonora en mi autopista, contemplé satisfecho la imagen del espejo: perpetuamente joven, seductor e inmortal. Y ahora con el mundo entero a mis pies. No es de extrañar que los Stones me tengan simpatía.
Aquellos rumores apuntaban un verdadero peligro para su estatus. Alguien en las techumbres, hacía visualizar las manadas de animales que cazaban.
Traspasando la cavidad, con la luz exterior, contempló la paredes con marcas, símbolos, trazos y grafísmos enigmáticos. Todo surgido espontánemente, en ceremonias entre humeantes hogueras de ramajes extraños que trastocaba la mente. Numerosas huellas de manos, con pigmentaciones rojizas sopladas sobre ellas, eran lo más realista.
Ya en el corazón de la cueva, lámparas quemaban tuétano iluminando nítidamente el gran espacio. Quedó estupefacto con la mirada en la bóveda. Bisontes recostados, en movimiento, ciervos, caballos, que lo sobresaltaron al acercar la luz jugando con los volúmenes naturales de la piedra y la viveza del rojo, negro y ocres. Observó la elaboración de pigmentos, el perfilado de las figuras con la punta de piedra. Los dedos, palos forrados, pieles con lo que aplicaba el color. Aquel bisonte encogido sobre sí mismo, retozando en la tierra o herido, lo trasladó a los días de caza. En ese momento, reafirmó que él era el chamán del clan. El que plasmaba aquellos animales idénticos a los que cazaban, no imploraba a los espíritus. No podía ser chamán. Tal vez fuera el primer pintor.
Entregué el cubo de carbón a Madre. Ella levantó las arandelas de la cocina y echó dos paladas. Las piedras negras casi cegaron el rojo encendido de las ascuas, pero enseguida surgieron varias llamitas relampagueantes que danzaban y hablaban entre ellas. Era un momento crucial, porque por primera vez, estaba entendiendo lo que decían. Algo así como darle su merecido, no pude escuchar a quién, porque, justo entonces, Madre colocó las arandelas en su sitio con un gancho y me tapo la visión. Por dentro, el choque de los hierros resonaba como un gong. Era un sonido de máquina de tren cuando entra en un túnel. Y luego reverberaba con eco de tambores alejándose. Madre salió. Yo me subí a una banqueta para mirar por el agujerito de la arandela pequeña. Lo poquito que veía bastaba para adivinar lo demás. Los tamborileros volvían. El demonio se puso en pie y se hizo el silencio, hasta las llamas dejaron de crepitar. Alzó su tridente y ordenó: sí, dadle su merecido. Entonces salió un chorro de humo y hollín que impregnó la cocina con olor a peces muertos. Luego escuché el llanto inconsolable de Madre. Mi hermano nos había dejado para siempre.
Después de que el vacío infinito de su boca hubiera tragado paisaje y lienzo, pincel, mano y caballete, se relamió con su enorme lengua viscosa y espesa. La fue deslizando luego, con empeño, por cada uno de los colores de la paleta: succionó el rojo con fruición, dejando un rastro parecido al de la sangre en la comisura de sus labios; del verde, engulló, sin masticar, cualquier grumo de esperanza; y al naranja le chupó, de una forma casi obscena, todo el jugo…
Dejó, para el final, un breve fundido en negro que pronto se diluyó en la nada para que no tuvieran, ni siquiera, con qué vestir su luto.
Billetes de tren sin usar, cartas vagabundas sin sello ni remite, besos transeúntes a la búsqueda de un trozo de piel donde adherirse y palabras que murieron en la obstinación del silencio. Todo ello conforma una basura inclasificable que comienza a ser preocupante.
El gabinete de crisis ha decidido tomar cartas en el asunto contratando a un grupo de expertos en materia de energías renovables para ver si son capaces de transformar tanto desánimo en combustible barato. De momento han instalado contenedores de color rojo en las ciudades que nadie sabe por qué, combustionan al contacto humano.
El político de turno ha buscado una rápida explicación: calentamiento global.
Me la encontré en la estación de cercanías. Cuando me pidió la hora, intuí que solicitaba mi ayuda, sobre todo al reparar en la presencia de aquel individuo malencarado que nos observaba atentamente. Le sugerí acudir al policía que patrullaba la estación, pero ella rechazó la idea con un expresivo ademán de sus ojos y, aprovechando la algarabía tras la llegada de un tren, salió a toda prisa indicándome que la siguiera, cosa que hice vigilando subrepticiamente al «sospechoso». Ella me esperó en una bocacalle, y casi me empujó hasta el interior de un café destartalado. Allí simuló derrumbarse, mientras me hablaba acongojada de antiguas correrías, deudas pendientes y supuestas amenazas; pero de pronto se levantó, como movida por un resorte. Fue demasiado tarde, cuando una sospecha hizo que me palpara compulsivamente los bolsillos. Salí tras ella y aún pude verla, arriesgando su vida en medio del tráfico, acompañada del tipo aquel. Enrabietado ante un semáforo que «jugaba siempre al rojo», comprendí que mi gesto de viejo «cruzrojista» me había jugado una mala pasada. Por no hablar del carmín de aquellos labios.
El atardecer en llamas y una bandada de estridentes gaviotas orbitando sobre el acantilado. Eso es lo último que veo mientras salto al vacío.Desde esta cama de hospital maldigo esa suerte que tuve cuando aquel inesperado pescador dio la voz de alarma. Deberían dejarse ir a la gente, cuando así lo decide. A un suicida no se le debe salvar. Tiene siempre una cita, y la mía era contigo. Espérame amor, siempre fuiste una mujer paciente y yo, un hombre de palabra. Oigo un fuerte pitido y abro los ojos; se me tiñen de un rojo oscuro que se me antoja la antesala del infierno…pero no, procede de una bolsa de sangre que pende de un soporte junto a la cama. Algo va mal. Las enfermeras murmuran nerviosas lo que no logro escuchar. Por un momento salgo de mi cuerpo y observo que sonrío. Hoy serían nuestras bodas de oro. Creo que, a pesar de todo, llegaré a tiempo.
Se ponía rojo por todo. “Niño, sal y di al cobrador que no estamos”. Abría la puerta y el cobrador se iba diciendo “ya, ya…” y haciendo muecas. En clase tenía fama de acusica. Le gustaba una niña, y se pasaba los recreos como un semáforo. Era un desastre. Sobre todo porque a Antidio lo que más le gustaba en el mundo era ser espía. Le subyugaban esos agentes de las películas con sus mini cámaras y sus microfilms y sus zapatos con teléfono. Pero Antidio nunca podría ir por la plaza Roja disfrazado de uzbeko. Jamás podría mentir a la KGB sin que su cara hiciese palidecer a las banderas. Lo sabía y sufría. Le hablaron del autocontrol y se puso a ello con denuedo. Estuvo años practicando hasta conseguir el objetivo. Por fin podía decir “no hay nadie en casa” sin delatarse. Corrió al ministerio de Defensa. “Quiero ser espía”, dijo al centinela. “Pero ya no hay muro”, le contestaron. “Vino la glasnost, la perestroika, Gorbachov, Yeltsin, Putin”. No entendía nada. Pero lo peor fue cuando le dijeron aquello de si no era ya muy mayor para andar con esas cosas. Se puso rojo como un tomate.
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