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– ¡Se agota, se agota! Y el pozo, encorvado, escupió la última gota.
El país entró en inacción, sin que nadie aventurase ninguna solución. Hasta que, abriéndose paso entre la multitud, apareció aquel mozalbete, con su envidiable juventud.
– ¡Escuchadme! Tengo una idea: utilizaremos el sol, que es de todos, como la lista de los Reyes Godos.
El bravo mocoso por los guardias fue acallado, como si algo malo hubiera perpetrado.
– El sol, dijo el presidente de todos, no es de todos. Eso es lo que creéis, pero no os confiéis.
El vivaracho jovenzuelo levantó su voz, como el campesino que levanta la hoz.
– ¡El sol es nuestro y usted es un siniestro! Gratis nos amanece cada día, así que ¡no diga más tonterías!
– ¡Callad! El sol es del gobierno, y si no pagáis, os traeré el más duro invierno.
– No queremos pagar por lo que ya tenemos derecho a disfrutar.
– Pagaréis, si con luz y calor vivir queréis.
– ¡No pagamos, y a por usted que nos vamos!
Y, simulando un accidente, al negro pozo arrojaron al malvado presidente, junto a su extraño deportivo a cuerda, del que ya nadie se acuerda.
Encaramado en el murete de la azotea, Fernando miraba hacia abajo el deambular de los viandantes y el tráfico que a esta hora de la tarde todavía era fluido. Su mirada fue a parar a su coche, un deportivo azul claro, su última adquisición de la que se tendría que despedir para pagar sus deudas de juego. Esta vez había ido muy lejos con la ruleta, apostó fuerte y lo perdió todo en un momento. Cuando vio acercarse unos empleados del casino no lo dudó y saltó.
Un ruido sordo se oyó cuando su cuerpo chocó con la acera, mientras un policía local colocaba una multa en el parabrisas de su coche estacionado en lugar indebido.
Acelero.
El motor ruge furioso. Protesta porque lo estoy pasando de revoluciones.
Mis manos se aferran al volante como a una tabla de salvación y la adrenalina fluye en mís arterias, rauda como este descapotable que vuela sobre el asfalto. Todo mi cuerpo se estremece, sabe que esta aventura puede costarle la vida, pero la vida sin más no es suficiente para mí… Y piso el acelerador a fondo.
El viento zumba en mis oídos y me alborota el cabello. Dicen que la velocidad produce el efecto túnel, eliminando la visión periférica del conductor. ¿Ese efecto se parecerá a… ¡BUM! Un pájaro se estrella contra el parabrisas abortando mi pensamiento.
Más tarde, agotado, pero exultante por haber hecho realidad la fantasía tantas veces soñada, vuelvo a la ciudad. Llegado a los suburbios aminoro la marcha. Circulo hasta que una calle solitaria me ofrece un lugar adecuado donde abandonar este deportivo que he tomado prestado.
Freno bruscamente. Desciendo del coche.
Sacudo la espalda de mi camisa empapada de transpiración y echo a andar hacia una parada de autobuses. Voy golpeando adelante, a izquierda y derecha con mi bastón blanco. Lo hago lentamente, invitando al corazón a acompasar el ritmo.
A veces soy madre de un niño de cuatro años. De un niño de ojos marrones y cabello castaño. Veo sus manos aferradas a las mías antes de cruzar la calle. Nos imagino a los dos parados en un paso de peatones con la vista fija en el monigote rojo que no se decide a cambiar. Lo veo en el tiovivo, subido en un descapotable azul que parece de juguete. En la mesa de la cocina, torciéndole el gesto a la merluza. Sentado en el baño, con los pies colgando, sin tocar el suelo. Le leo un cuento, sentada en una cama que debería seguir en tu estudio. Ese estudio de paredes grises que una vez fueron azules. Lo observo en el ascensor, de puntillas, intentando llegar hasta el botón del piso tres.
A veces sucede. Está sucediendo ahora. Esas imágenes son solo un destello. Las borro con un parpadeo enérgico. Después, ignoro ese ruido que siento dentro del estómago, semejante al estruendo que provoca aquel que pisa caracoles. Recompongo el gesto. Salgo del baño. Me acerco a la cocina. Me siento delante de ti. Sigo comiendo. Mastico. Mastico. Mastico.
Mastico y me preparo para contestarte.
— ¿En qué piensas?
Papá siempre ha buscado lo más conveniente para mí. Ya de pequeño sospechaba yo que, de algún modo misterioso, él también influía sobre lo que me dejaban los Reyes Magos, que siempre acataban su concepto de lo útil y lo educativo. Y en aquella época, un juego educativo significaba ñoño hasta el aburrimiento. Yo suspiraba por un coche teledirigido: su respuesta fue aquella ambulancia blanca, sin luces, unida a su mando por un cable de metro y medio. Era como pasear un perrito. Pero un año, por fin, sus Majestades me concedieron uno sin cables, tal y como les había dejado bien claro en mi carta. Resultó ser monomando: atrás y adelante, nada más. Ni volantito ni palancas.
Ahora que le estamos preparando la fiesta de jubilación en la principal de nuestras empresas, a mí, como vicepresidente, me toca encargarme del regalo. Va a ser toda una sorpresa. Él siempre ha querido un Aston Martin descapotable. Y últimamente, su compromiso con el medio ambiente resulta de lo más convincente. Así que he logrado encontrar uno con cero emisiones. Precioso, azul. Funciona mediante un mecanismo de cuerda que le da una autonomía considerable. Cuesta abajo, supera incluso los veinticinco metros.
No me enamoré de ti, me enamoró tu deportivo. El llevar mis cabellos al aire por todas aquellas carreteras. Éramos la envidia de la gente que al pasar nos miraban diciendo: ¿Quiénes serán esos locos?
Presiona más el acelerador ¡Dale más, más marcha! Juntos éramos los dueños del asfalto, no me importaba nada, ni nadie. Te exigía. ¡Dale más! Obsesionada con la velocidad. Esa adrenalina me subía por cada poro de mi piel. Riesgo adoraba ese riesgo. Sentir la muerte cerca muy cerca.
-Derrapó
-El coche ha quedado para la chatarra.
-El piloto irreconocible.
-La chica todavía vive. Se oye como un susurro.
-No pares “Dale … Dale más … Caña”.
Siempre que me pongo nostálgica recreo en mi mente la misma escena. Tras de mí se cierra la puerta, aceleras y desapareces en tu Mercedes descapotable. Lo jodida que me dejaste. Antes habías tenido un BMW, grande, estaba claro que pertenecías a otro mundo, al que mi Seat Ibiza no podía llegar. El primer día que me llevaste en él era verano, me puse el vestido más mono del armario (era de mercadillo, pero eso no te lo dije) y un pañuelo a juego, a lo Grace. Tú, yo y el descapotable. Han pasado algunos años y yo sigo con mi Ibiza, aunque se le descolgó el techo y le puse chinchetas. Los niños me lo tienen destrozado. Cuando voy por la ciudad miro de reojo los BMW y Mercedes familiares, entiendo que seguirás fiel a tus preferencias. Hoy me pillas contenta, Marcos ha sacado un diez en el examen de matemáticas y Carlos se ha clasificado para las nacionales de atletismo, son buenos chicos. En eso se parecen a mí. El semáforo cambia a verde y arranco, atrás queda el Porsche rojo y tu cara de asombro. Sí, en todo lo demás son clavados a ti.
Su colección de coches era una de las más completas del mundo.
Tenía autos de las marcas más importantes: Ferrari, Porsche, Rolls-Royce, Mercedes, Audi, Bmw, Bentley, Maserati, Austin Martin, Mazda, Chrysler, Range Rover, Jaguar, Jeep o Lincoln Continental.
Pero también atesoraba vehículos de las más modestas: Seat, Renault, Hyundai, Ford, Dacia, Kía, Suzuki, Mitsubishi o Mini.
Su ilusión desde niño era poseerlas todas. Y efectivamente, gracias al premio de lotería que había ganado su padre, casi lo había conseguido.
Su progenitor, que ahora disponía del bien más preciado, tiempo libre para dedicárselo a su hijo pues ahora no necesitaba trabajar, iba con él todos los fines de semana a ferias de juguetes, mercadillos, o rastros, para buscar las piezas más raras.
A pesar de ello, el pequeño Daniel estaba frustrado.
No había conseguido que el dueño de la juguetería de su barrio le vendiese el coche azul de cuerda que tenía en el escaparate. Y eso… que le había ofrecido una verdadera fortuna.
Pero Jaime, el juguetero había jurado que jamás vendería su verdadero tesoro, el único recuerdo que guardaba de su hermano pequeño, fallecido hacía ya treinta años en aquel terrible incendio….
Hasta los playmobils giran las cabezas de un lado a otro lamentándose, sin poder creerlo. Los mayores recogen a los más pequeños. Entre todos ayudan a los soldados caídos, incapaces de ponerse en pie por sí mismos sobre esa base verde en que tienen clavadas las botas. Los piratas desentierran tesoros y rompen mapas que ya de nada servirán. El éxodo es imparable. Las colas ante la gasolinera ubicada desde hace más de un año bajo la cama, son permanentes. Coches de colección, tanques, aviones, submarinos, dos caballos, familias enteras de dinosaurios, dos naves espaciales y hasta una alfombra mágica. Todos esperan repostar para poder emprender viaje.
Desde que Nico apareciera con aquella niña rubia que ni los ha mirado y solo ha emitido unas risitas tontas mientras él intentaba meter la lengua en su boca, la decisión es unánime.
Ignoran qué habrá más allá de la puerta blanca de la que ha desaparecido el poster de Cars. Pero intuyen que el exilio, resultará menos duro que el olvido.
La madre intentaba aquietar al niño que lloraba en medio de la pesadilla. Tenía un coche azul entre las manos. El mismo que le regaló su amigo. Su amigo de piel blanca y olor a tisana. El niño se levantó llorando, salió corriendo de la casa y llamó al timbre de una puerta vecina. Abrió una mujer de sonrisa triste y vestido negro: “Tu amigo no volverá, ya no podrá jugar más contigo”. El niño empezó a gritar el nombre del amigo, pero nadie respondió.
“Tu amigo se ha ido, igual que el pez globo de la pecera y el hámster de María”, le dijo su madre, en un intento por apaciguarle. El niño volvió a llamar a su amigo, una vez tras otra. Luego estrelló el coche contra el silencio y ambos se rompieron en pedazos. Regresó a casa y encerrado en su habitación cogió un papel y una caja de colores. Dibujó y pintó un agujero negro, cada vez más grande, hasta desaparecer en su interior por completo. Su madre intentó rescatarlo, pero el niño ya corría por el túnel sin entender para que quería Dios un amigo, un hámster y un pez; si los tres estaban muertos.
La presentación del nuevo coche para el agente secreto 007 era un acontecimiento en el ala oeste del edificio del MI6. Bond escuchaba con impaciencia y un leve arqueamiento de ceja al director del programa ultra secreto.
– Lo último en tecnología inglesa, James. El primer motor del mundo basado en el movimiento perpetuo. Accionando la manivela situada en la parte central se activa un sistema de contrapesos magnéticos que proporciona autonomía ilimitada con cero emisiones. En la tecla a la derecha tiene el sistema de camuflaje con 3 posiciones, negro para la noche, blanco para nieve y rosa palo para lo que surja. Hilo directo con su Majestad pulsando el botón con la corona. Bajo la lona blindada del asiento del copiloto están los sistemas anti tanque, el lanzagranadas y un juego de té de porcelana de Bristol.
El agente Bond, azote de villanos globales y corruptor de espías novatas, contempló el flamante vehículo con flema británica y dijo:
– Verás que follón para la ITV.
Cada vez que me miro en el espejo siento vértigo, igual que cuando monto en el bólido azul a cuerda que aparco frente a la ventana. La imagen se mueve a mi alrededor y me tambaleo como el péndulo del reloj. Naufrago en la superficie que me ahoga fragmentada en pedazos que caen al lavabo. Todo es tan rápido que no logro bajarme en ninguna parada. Viajo sin más compañía que las chicas de blanco que me visitan de vez en cuando. También hay un chico muy agradable que me despierta por las mañanas, incluso antes que cante el gallo que tiene la vecina asomado al balcón. Alguna vez me lo llevo en mi coche a dar una vuelta para que tome el aire de la carretera. Si pudiera apearme en uno de esos paseos, quizás no volviera a esta habitación tan sombría como la noche sin estrellas.
Sentada en la cama, contemplo sobre mi mano el lienzo colorido de las pastillas de las cinco de la tarde. Suspiro resignada ante la atenta mirada que me vigila hasta que la última desaparece por mi garganta.
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