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Luisa y yo gastamos todos nuestros ahorros en clínicas y tratamientos, solo para poder acunarla. La criamos entre algodones y nos olvidamos totalmente de nosotros.
Yo no veía por otros ojos que no fueran por los suyos, azules, pequeños y vivarachos. La mimé tanto que Luisa enfermó de celos.
Así entre desvelos y caprichos llegó Isadora a la adolescencia.
Para su dieciocho cumpleaños quiso una de sus extravagancias, un coche que imitara uno de juguete. Descapotable, color nube, una gris azulada, una de tormenta.
La complací como siempre y encargué aquel proyecto soñado para mi niña, pero como tantas otras cosas, ahí quedó, arrumbado en la calle, siendo objeto de la curiosidad de los transeúntes.
Creo que me he equivocado cuando voy a ver a Luisa al sanatorio. En sus ojos sigue habiendo desconfianza y rabia. Procuro no hablarle de Isadora, aunque vivo por y para ella, tan rosada, tan inocente, tan dulce.
Vuelvo enseguida a casa, pero últimamente no coincidimos. De casualidad la vi hoy, llevaba prisa. Reconocí el foulard de flores de Luisa.
Un flamante descapotable blanco la aguardaba.
No me esperes papá, no volveré. Me ha dicho lanzando un beso al aire mientras soltaba una carcajada.
¡Isadora!
Leticia y yo seguimos sentados en nuestro Corvette, rígidos como dos maniquíes. Varados en el arcén. Las luces de emergencia parpadean en nuestras esquinas y algunos coches nos envuelven con sus gritos. Sonido de claxon en pasado, presente y futuro: la partitura del efecto Doppler. El sonido podría ser un participio, pero se comporta como un violento tictac si no tienes nada más que decir. Es agudo cuando está llegando, el gozne de la puerta de una casa que se abre por primera vez. Todo por llenar de muebles.
La voz de un niño también es aguda.
La de Pau lo era.
Los coches nos sobrepasan rápidamente en esta carretera nacional. Inventan estelas de colores. Nos muestran el sentido del ruido, horizontal y más grave según se aleja. Pasa de largo una ambulancia que nos trae el recuerdo de aquella otra sirena atronadora. Leticia me aseguró que superaríamos lo de Pau y me lo creí. Los dos nos lo creímos hasta que el camino asfaltado se nos ha acabado de golpe. El kilómetro 63 nos ha sorprendido justo aquí, constatando el puto efecto Doppler, en silencio, porque nunca he visto un maniquí que hable ni llore por su hijo.
“…Para ti y todo lo que en ti vive,
Yo estoy escribiendo.”
(Para quién escribo – VICENTE ALEIXANDRE)
Todo lo que el chico decía o hacía era automáticamente anotado en la libreta del Psicoanalista. El crío jugaba con el cochecito que éste le había entregado dejándolo correr sobre la mesa hasta que llegaba al final y se precipitaba al vacío abismo existente entre el mueble y el suelo. Después, lo recogía y volvía a empezar.
−¿Qué te gustaría ser de mayor? –le preguntó el especialista en uno de los momentos en que el chaval volvía a darle cuerda al juguete para repetir la secuencia.
− Quiero ser hombre y mujer y animal y…
−Lo ve Doctor –le interrumpió la madre− ya está otra vez con sus chaladuras.
−Deje que el muchacho se explique, señora. A ver, chaval, ¿cómo crees que vas a poder ser todas esas cosas a la vez?, eso no es posible.
−Sí se puede –dijo el pequeño mirándole fijamente con sus dos grandes ojos negros.
−¿Cómo?
−Fácil, voy a ser escritor.
Los adultos se miraron asombrados y el niño volvió a concentrarse en su juego.
Para Eduardo Martín que nos lee desde el cielo
Sale furiosa de la casa y le da toda la cuerda al coche, se sube, quita el freno de mano y alcanza una velocidad de vértigo. Mientras se aleja, con el pelo al viento, en su reluciente descapotable, se siente más cerca que nunca de la libertad, casi puede tocarla, pero, cuando está a punto de salir de la finca, el volante no responde y el coche da la vuelta. Hace varios intentos, con el mismo resultado, hasta que se queda sin cuerda. Ya agotada, piensa que nada tiene tanta importancia como para huir y dejar todo atrás, y abandona su objetivo.
Desde el interior de la casa, la madre sonríe al verla por la ventana de la cocina. Es un alivio que, tras una discusión, aún pueda utilizar el control remoto, al menos con el cochecito de su pequeña díscola.
A veces se empeña en que esa cáscara que habita, ese cuerpo traidor que lastra las alas de su espíritu, no sea real. Maldice los dientes postizos que aún desean morder manzanas en un picnic eterno, los dedos retorcidos que sueñan con regalar caricias de seda, los pies cansados que no pueden conquistar montañas, devorar bosques, bailar hasta el amanecer. Los brazos que duelen intentando dar cobijo.
A veces se afeita, se baña en agua de colonia, se viste con traje azul y pajarita roja y empuña el marfil de su bastón. Corta una flor para el ojal en el boulevard y cruza la calle para sentarse en el banco que queda bajo su ventana. Ella le saluda, tímida, detrás de la cortina. Pero el resto del mundo cree que es un fantasma.
A veces inventa un vehículo imposible y diferente que nadie más sepa conducir, la llama y viajan juntos, despacito, a todos los lugares que siempre quisieron conocer. Sin teclados, sin pantallas, sin realidades virtuales. Con el único combustible de un amor a prueba de tecnologías.
A veces quisiera voltear el imparable reloj de arena de la vida, como un supermán desesperado por salvar el mundo que conoce.
Como cada mañana suena el pitido insufrible del despertador, se levanta a regañadientes, se ducha, se viste, desayuna, se lava los dientes, susurra un adiós cariñoso en voz baja y lanza un beso hacia la habitación; donde ella aún duerme.
Y baja al garaje.
Donde estaba el coche. Su coche. Con el que iba a trabajar cada mañana. El que se convirtió en un arma mortal aquella todavía madrugada de neblina baja, de demasiado stress y preocupaciones acumulados.
En la cama del hospital su cuerpo intenta recuperarse; su mente sigue en piloto automático, recordando la escena. Esforzándose en no apurar tanto en aquella maldita curva.
Esta vez sin lágrimas ni ese intenso dolor que le muerde dentro. Que supera al de sus heridas.
Pero es incapaz, porque la mitad de las hojas con las instrucciones para seguir dando cuerda a su vida se perdieron en el asfalto.
Las del otro conductor se perdieron por completo.
Y ella ya no puede dormir.
Cuando me regalaste el flamante vehículo, me pareció tan fácil de manejar…
-Pisa fuerte, nena.
El acelerador del deseo nos llevaba hacia horizontes desconocidos.
-Más fuerte, nena.
Su azul metalizado brillaba en atardeceres de palmeras recortadas sobre cielos de fuego. Competía con el destello de las estrellas.
-Pisa más fuerte, nena.
Nos sorprendía el alba exhaustos, más allá del placer y del vértigo.
No advertí en qué consistía el mecanismo. Nunca fui dada a leer la letra pequeña. Había que darle cuerda, cada vez con mayor frecuencia.
-Pisa fuerte, nena.
Me esforzaba en hacer girar aquella llave para emprender cada nueva aventura.
-Vamos, nena, con más empuje.
Casi sin aliento, lo puse de nuevo en marcha y os abandoné al borde del vacío.
Desde entonces camino sola y leo con atención los manuales de instrucciones.
Su mirada empieza a cojear, como él, sin fuerza ni peso se echa al suelo. Qué te pasa, le pregunta, y hace venir al médico. Es duermevela matinal, asegura y enseguida se marcha. Como lo entiende bien, a pesar de creerlo caprichoso, lo invita a mirar desde la ventana y a su manera le habla despacio igual que a un niño mientras hierve la olla en la cocina. Despierta, murmura intentando hacerlo reaccionar, mira que hervidero de automóviles cruza la avenida, las mejores marcas ¿Qué te sugiere nuestro Renault azul celeste aparcado en ella? Parece un juguete delicado ehh, nos espera ¿Has visto el cielo? Está manso, y las palmeras son altas, verdes y variopintas; hasta aquí llega la melodía del mar blanco dándole suaves topadas a la arena desnuda.
Se que veo peligros imaginarios, pero soy infeliz; estoy asustada curioseándote con atención como el niño al muñeco. No me atrevo a dejarte en paz, ni a salir de paseo en el descapotable sin tus alas viajeras y tu honda respiración, por cierto; se le saltó la cuerda.
Al besarlo en la mejilla le pareció sudoroso, la cara blanca y mate, todo ojos negros y dientes blancos; intentó inútilmente sostenerlo.
Acqua: con ese color fluye, por las volutas de asfalto, a la velocidad de la vida. Se desdibujan las señales, las siluetas, los contornos; el vértigo lo intoxica. Nemo nunca se ha sentido tan poderoso. Chirrían los frenos… Su flamante Nautilus se incrusta en el colmillo largo y retorcido de un enorme Narval.
La Sinfonía de los juguetes resonaba mientras la cámara hacía un barrido por las líneas del deportivo. Del deportivo le fascinaba su mecanismo a cuerda, por eso lo compró ella, caprichosa como una manzana. Una manzana ecológica era la fruta que consumía a diario “para mantener lejos al médico”. Al médico lo abandonó en el portón de la ermita de San Nicasio como a un bebé. Un bebé koala es lo que le apeteció tener ipsofacto para volver a creer en el amor. Amor viajó hasta Australia, olvidándose del marsupial en cuanto conoció a un aborigen que usaba el perfume de Napoleón. Napoleón le empalagó en tres semanas y decidió regresar a la ciudad. La ciudad había seguido latiendo en su ausencia. Su ausencia del trabajo provocó el despido. El despido le ocasionó estrés, que mitigó masticando semillas de amapola. Amapola, amapola, ¿cómo puedes tú vivir tan sola?. Tan sola que lloró como una niña cuando se le rompe su muñeca favorita. Su muñeca favorita era ella. Ella encendió la televisión, donde emitían el anuncio de un nuevo modelo de automóvil, secundado por una pieza musical de fondo que le transportó a su infancia, la Sinfonía de los juguetes.
Se acerca gateando. Con sus deditos coge el coche azul del Scalextric. Mi favorito. Lo tira al suelo. Lo rompe. Sonríe. Me acerco a él. Sonrío. Sonrío. Sonrío.
Y de nuevo vuelvo a ser el único hijo de mis padres.
Hasta sus padres le decían que no estudiara tanto, que saliera a divertirse. Anda que no lo intenté yo veces. «Venga», le insistía, «vete de parranda, que tu novia de toda la vida, la carrera, el máster, las oposiciones a judicatura, ¡todo puede esperar! No tengas tanta prisa por la boda, el deportivo, el chalé con piscina y la caseta del perro». Pero ni caso me hizo. Antes de los treinta había alcanzado todas sus metas y al poco de casarse nació su hijo. Un niño precioso, una ricura de bebé.
El colmo de la felicidad se respiraba en aquel hogar hasta que una mañana de verano el Husky, cazando una mariposa, empujó al crío al agua. Todo moradito lo sacaron. Y el perro, moviendo el rabo.
Si me hubiese escuchado aún estaría en casa de sus padres, a la sopa boba, sacudiéndose la última resaca y soñando con un descapotable. Pero mírale, hecho una piltrafa. Le he convencido para encerrarse en el baño y ha cogido del botiquín las pastillas de dormir. Una a una se las ha tragado todas y ahora, detrás del niño y la mariposa, estamos atravesando el túnel hacia la luz que parpadea al final.
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