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Era mediodía, cuando el sol quema más, una familia numerosa pescaba con los pies a remojo en el cauce bajo del rio. Con juegos y risas desproporcionadas, observaban aquel campo con los ojos entornados. El prado amarillo y verde parecía azul, y era solo para ellos y sus árboles. A lo lejos se acercaba la tormenta y las nubes se rajaban de abajo a arriba; ascendiendo.
Los aromas y colores todo lo colmaban; aun así, la sombra de las ramas se quejaba al afluente por el próximo temporal y el nauseabundo olor a tierra húmeda. A las aguas de aquel exótico barranco les preocupaba la mano negra del rayo; las haría perder la mansedumbre de sus espejos y el esplendoroso reflejo del pinar verde; incluso alterarían su color y sabor las blandas cortezas quemadas.
De pronto el espantoso ruido seco del trueno conmovió a todos haciéndoles volver a la realidad. La corriente del agua los lamia con su larga lengua sin dudarlo, dándoles fuertes patadas en la espalda bajo infinitas nubes grisáceas.
Desde entonces la madre ve llover con los ojos muy abiertos y los labios prietos, y se asoma al cielo intentando desplegar unas alas invisibles, y una nana.
No quiero ni imaginar mi mueca… Quiero seguir viviendo. Necesito respirar y prometo encontrar sentido a mi existencia.
Mi vida pende de un hilo así como mi cuerpo pende de esta soga que abraza mi cuello, que baja de la viga de un feo cobertizo en una vieja casa, como yo, abandonada.
Ahora me arrepiento de haber pateado la banqueta y aquí, con mi ridículo balanceo, sigo pateando al aire en busca de algún soporte o de la puta banqueta que a pisar no alcanzo.
No, no quiero ni imaginar mi mueca… Qué lenta es la asfixia y cuán largometraje de vida me evoca. Patear ya es inútil, lo sé, pero cejar no puedo. Sólo quiero vivir, pisar, respi…
IsidroMoreno
Mi primer recuerdo lúcido fue considerar a mi madre una miserable porque me untaba en las tostadas poquísima Nocilla, no como en el anuncio. No la odiaba, pero nunca nos caímos bien. Luego, lo normal, suspensos en matemáticas, unas tetas pequeñas, el novio de mi mejor amiga acariciándome, la soledad suplantando a mi sangre, la polla de algún profesor de la facultad, el diploma de Magisterio ardiendo, los ojos llorosos de mi padre, gritos, portazos…
Tengo un recuerdo que no puede ser real: llovía todo el tiempo. Llovía sin nubes, llovía dentro de la casa, llovía bajo mi piel… Luego, el tipo aquel del paraguas que no se iba. El cabrón consiguió que escampara. Probamos un tiempo, nada planeado. Tuvimos a Dani y comencé a actuar en algunas obras. Cuando tuve a Berta, cogió su paraguas y se largó. Lloré solo un día porque al día siguiente tenía mamografía y la audición para aquella primera película de Zlateck. Ayer cumplí cincuenta. Berta huyó hace tiempo, dice que soy una miserable, que la he ignorado desde lo de Dani y creo que tiene razón. ¿Qué cómo me ha tratado la vida? ¿Quieres un titular o un epílogo? Vamos, no me jodas.
Es el mejor. A pesar de publicar constantemente su secreto, no hay ingeniero biofacial como él: Lo importante es la elasticidad de las comisuras, insiste. Si no se trabaja desde la primera puesta en funcionamiento, la sonrisa original de fábrica se pierde pronto y se desploma enseguida en sucesivos pliegues de tejido plástico, que retuercen el gesto del humanoide para siempre.
Él mira cada androide con ternura, como si fuera una criatura única y acaricia con golpecitos sus mejillas inertes, para dotarles de esa pizca de alma que pueda ser autocaptada por su precaria inteligencia artificial.
Cuando nos besamos ante el cura y los invitados, nos comprometimos, y era nuestro deseo, amarnos toda la vida. Un sueño que, con el paso del tiempo, se volvió en nuestra contra. Sin saber cómo, perdimos habilidad para relacionarnos, los pucheros y payasadas ya no bastaban para dar por terminada una bronca casi desde su inicio. Los pecados veniales, que dejaban los enfrentamientos en tablas, desembocaron en reyertas mortales, sin penitencia que los redimiera.
Aquellos susurros cariñosos vieron llegar contestaciones violentas, las palabras, dulces y mimosas de otro tiempo, se tornaron en munición de artillería pesada, insultos y ofensas que buscaban hacer el máximo daño al enemigo devolviendo el dolor mil veces aumentado.
Olvidamos cómo pedir perdón y, cada mañana, toca ir al frente. La intimidad se ha convertido en un juego esquivo para evitar el roce, como si estuviéramos envueltos con alambre de espino. Entre los dos, un ensordecedor ruido de hierros y la falta de aire fresco. Vivir juntos es como habitar en el interior de un tanque. Mirarnos a los ojos disparar sobre las trincheras que han brotado entre nosotros, un campo de batalla por el que transitamos, atentos a nuestra espalda, preguntándonos quién disparará primero.
Ya llevo dos años en este agujero. Procuro mantenerme vestida y lo más arreglada posible. Me ayuda a sentirme persona. Me peino con los dedos hacia atrás. Como el agua no es muy abundante, la propia grasa permite que se me quede repeinado, como si llevara gomina…¡Gomina!…No sé ni cómo soy capaz de recordar esa palabra. Ese objeto. Ese concepto. Todas las paredes rugosas de este lugar están llenas de marcas. Decidí empezar a hacerlas el segundo día de mi cautiverio. Pensé que me ayudarían a calcular el tiempo y a tener algo que hacer. A veces las cuento, las sumo, las resto. Eso me permite aguantar. Sigo conservando la esperanza de que me encuentres y me saques de aquí. Por favor, ven hoy. Es mi cumpleaños. Por favor, asómate de una vez por todas a ese agujero en el suelo y sácame de aquí.
Pipí, los dientes y a la cama sin sexo.
La habían llamado para un casting. Les gustaba su físico para hacer un papel en La boca crispada de las hadas. Acudió con un vestido blanco y vaporoso. Una joven le entregó el texto que tendría que representar. Tenía solo cinco minutos para prepararse. Leyó con atención, cerrando los ojos de vez en cuando para concentrarse en la expresión facial y en los gestos que utilizaría. Sólo le preocupaba la acotación tras la última frase.
Se descalzó y ocupó el centro del escenario. Toda la luz era para ella.
ꟷArrodíllense ꟷordenó, mirando severamente a la cuarta pared. Estiró su cuello de cisne hacia el cielo, a la vez que se ponía de puntillasꟷ. A la luz de la luna ꟷcontinuó con la mirada perdida en vuelo altoꟷ, una hiena adora lagartijas ꟷcontrajo su barbilla en un mohín de desconsuelo y orientó las comisuras de sus labios hacia sus pies descalzosꟷ, sobre psilocibina ardiente ꟷgritó, estiró sus brazos en alto con las manos abiertas y cayó desplomada sobre las tablas del escenario.
El director y su equipo aplaudieron con ganas. Ella permanecía inmóvil aunque ya no sonaban aplausos. Parecía muerta. Siempre se tomaba sus papeles muy en serio.
Fui una bella durmiente narcotizada por el sueño de hombres flácidos con billeteras de piel de dólar y pellejo sobre su carne decrépita.
¿Por qué me habrán descalificado del concurso de mises?
Llámenle intuición femenina, pero hace tiempo que tengo la certeza de que esta nueva obsesión de mi marido no acabará bien. Me lo acabo de encontrar llorando a moco tendido frente al televisor, donde Piqueras ha informado al mundo mundial del feliz nacimiento de un bebé gorila en el zoo de Sebastopol. Dice que es la mejor noticia que le han podido dar en toda la semana.
Y es que desde que lo prejubilaron lleva dedicando todo su tiempo libre, que es mucho, muchísimo, yo diría que demasiado, a informarse sobre todo lo relacionado con el calentamiento global y la desaparición de animalitos protegidos. La otra noche me confesó que sufría mucho por el deshielo del casquete polar. Aprovechando la ocasión le lancé una buena indirecta, pero no se dio por aludido. Está seriamente preocupado por los osos polares y su futuro.
Entonces me acordé de Manolo, lo más parecido a un oso y/o gorila que conozco, y hemos quedado a esa hora de la siesta cuando echan los documentales de la 2. Al fin y al cabo, la reproducción de la especie humana también es un asunto preocupante…
Voy encendiendo las luces de la casa para no tropezar en la oscuridad. Esto es la cocina. Hay un vaso sobre la mesa y una botella de agua. Bebo lentamente y observo las líneas de los armarios. Está todo recogido. Abro uno por uno. Aquí está. Parto un buen trozo y me lo llevo a la boca. Dulce, muy rico. Si me descubren, se enfadan. Él me vigila de noche. De día llegan ellas. Deben de ser mis primas, porque me cuidan bien y me preparan la comida y la ropa.
Orino y me lavo las manos. En el espejo ella me mira. Es mi madre, que ha vuelto. Lleva los cabellos recogidos, pero le caen algunas mechas encanecidas. Me mira con atención. Está a punto de decirme algo.
-Teresa, apaga ya la luz y ven a dormir, cariño.
Desaparece de pronto. Ahora me veo a mí misma, tragándome las lágrimas.
-Mamá, no me dejes aquí con este extraño .
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