¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Tengo casi sesenta años. Y el recuerdo de cuando tenía diez, once, doce. De cómo bajábamos al río y me ponía en el tobillo la pulsera de cuentas de cristal. Era buen nadador. Jugaba mal al fútbol. No me gustaba coger cangrejos, pero lo hacía. Ni ranas o lagartijas, y también lo hacía. Luego comenzaron las charlas de chicas. Ellas me gustaban, a mi manera, y eso me ayudaba a disimular. Poco a poco necesité algo más para sentirme bien, y dejé de usar la tobillera.
Esta tarde voy de compras. Algo corto y con encaje. Diré, como siempre, que es un regalo para mi mujer. Ahora, pasado el tiempo, sé que nunca volveré a sentirme como con aquella pulsera en mi pie. Podía llevarla por la calle sin que nadie mirara.
La contundencia del padre no admitía negativas: Aquí solo hay miseria y va a seguir habiéndola cada vez más. Yo ya no me voy a ir, pero tú debes marcharte cuanto antes. Hazte un hatillo con lo que puedas y llégate a algún lugar donde encuentres otros posibles. Busca una vía de tren y escoge el camino que quieras. Verás que aunque los raíles van paralelos se juntan en el horizonte, pero eso no indica un final, dicen que es un efecto óptico fuera de mis entendederas. Tú no desesperes y sigue sin volver la vista atrás; olvídate de mí y de este maldito lugar como si nunca hubiéramos existido.
En algún momento, vuelve a bajar a sus pies desnudos. Tras besarlos unos instantes, le separa las piernas y comienza a ascender muy muy despacito, sin parar de acariciar y lamer esos miembros casi interminables.
Cuando ya está en el ángulo donde los muslos se funden, y antes de seguir jugando, repite su característico ¡ya he llegado!
–Lo sé, lo sé siempre –manifiesta la mujer entre una tenue risa y un placer acomodado.
Él, en realidad, eso no se lo dice a ella.
Después de una recta de varios kilómetros, una curva, y tras ella un pueblo. Su calle principal: dos líneas de casas que titilan en la reverberación del sol en el asfalto. Parecen ir del brazo y andar a pasitos desacompasados como viejas reumáticas. Luego, unas cuantas granjas más repartidas al tuntún entre retama y rastrojos. Sentada en lo alto del trampolín del falso edén de arena caribeña inaugurado por el alcalde —para que nuestros jóvenes no tengan que irse a buscar otros divertimentos por ahí, había dicho con voz engolada—, y con los ojos entrecerrados por la luz inmisericorde, la joven del bikini azul eléctrico mira por encima de los cipreses guardianes del edén. Aún les queda por crecer si quieren poder rivalizar un día con los del cementerio. Abajo, el chico de las Ray Ban de espejo no la mira, nunca lo hace. Sin embargo hoy se siente guapa. Ha podido cogerle el bikini a su hermana, el que deja las nalgas muy al aire y tiene algo de relleno para las tetas. La chica del trampolín mira el agua. De repente le llega el olor pestilente de una nave avícola cercana. Frunce el ceño. Se tira.
Otro año más empieza el peregrinar del ánade real hacia los humedales del sur, a sus tardes soleadas. Otro año más estoy sentada sobre la madera fría del embarcadero, estudiando cómo propulsa sus patas anaranjadas del agua al aire, juntando mis pies en sintonía. Y no lo entiendo. Por más que papá diga que tengo dos pies izquierdos yo los veo diferentes, más allá de su simetría en el espejo. La disposición de los dedos, la curva del empeine… Todo normal. Por no disgustarle llevo en el tobillo la pulsera de cuentas que me regaló. «Así –me explicó– sabrás que tienes que adelantar primero el que está desnudo. Plantarlo bien en el suelo. Uno primero y otro después. Nunca los dos a la vez». Luego me llamó pato mareao, y nos reímos. Hoy he amanecido con la sospecha de que me quiere suya, como ave anillada. Los años pasan y no me convierto en el cisne prometido. Mis pies han formado una punta de flecha que indica una dirección. Un lugar compartido por el cielo y el mar. Y entonces lo entiendo, y salto con los dos pies juntos, y comienzo a correr sobre las aguas, y remonto el vuelo…
El día en que ella no lo vio por primera vez, estaba en el muelle, sentada, con sus piernas suspendidas sobre el agua. Balanceándose. A él aún le duele ese recuerdo. Por una vez en su vida sintió un relámpago reptando por sus brazos invisibles y un calambre en el preciso lugar donde sus manos nunca estuvieron.
Se pelean por hablar, porque eso sí pueden hacerlo ambos. A él le apasionan sus descripciones de sonidos. El arrastrarse de un caracol. El estruendo del contenedor del vidrio, al vaciarse en un camión. El crichcrich del plástico rígido, el de los envoltorios de regalo. Él no le dice que nunca ha abierto un regalo. A cambio, él suele describirle el mar. Es torpe con las palabras: le dice que es azul, o gris. Ella, en su oscuridad y según el día, lo siente tibio, anguloso, esférico o áspero. Pero no le corrige.
Nunca se tocan, porque eso ya no pueden hacerlo ambos. Se sientan a una distancia exacta de cinco palmos (medidos con las manos de ella) y siete miradas (medidas con los ojos de él). Y así pasan las tardes. Esperando al día siguiente.
Para no verse.
Para no tocarse.
En el cine parecen hermosas, pero son despiadadas. Por eso ya no hago promesas. Un verano, aquel chico y yo prometimos que, si tras un tiempo no nos había cristalizado ese amor de anillos y maternidad, cada treinta de agosto, volveríamos al embarcadero, cómplice inerte de nuestra despedida.
El tiempo y los desengaños arrastrarían revelaciones: que el amor fue aquel zarpazo inmaduro, aquella explosión cegadora, aquel ardor insoportable. De tan hermoso, lo creímos imposible. Y parecía obligado probar, conocer, vivir la vida de verdad.
Nada ha cristalizado. Regreso cada verano; nerviosa, dubitativa, ilusionada. Algunos, querría impresionarle; toda maquillaje y perfume. Otros, me descuido, fingiendo desinterés. Una medio jipi, puro caos vital.
Estos años he pensado en él, a menudo cuando enfermaba, imaginando si sería un marido de calditos y compresas frías o de los que toman cervezas de camino a la farmacia. Pero no, ya no hago promesas. Duelen demasiado. He pasado días enteros aquí sentada, reviviendo sus besos aprendices, aquel cosmos en sus pupilas, pujos y jadeos entre susurros. Y sigo viniendo, preguntándome si podría ser él aquella silueta escondida tras el eucalipto, aquel tipo con niños observando desde la barcaza o esas tímidas pisadas alejándose a mis espaldas.
Sentada en la rama se mira los pies sucios. Más abajo, el plástico que cubre los invernaderos ondula como un mar caliente. Con la memoria del mar llega la de su madre. La de sus manos, que le trenzaban el cabello; que trenzaron la pulsera de cuero que abraza su tobillo derecho; que ahora ―está segura― trenzan algas, porque eran inquietas y no las habrá podido detener aquella noche de mar en cólera. En cólera como el encargado, que al principio le regalaba los tomates más dulces; que le regaló la pulsera de plástico que se le clava en el tobillo izquierdo; que hoy le ha regalado unos arañazos en las muñecas cuando ella se le ha escurrido entre las garras.
Se quita las lágrimas a manotazos y se lame los rasguños, como si a lametones pudiese arrancarse las capas de arena y tierra amontonadas sobre su piel tierna. Piel de fruta que allá los hombres consumen aún sin madurar, que aquí consumen madurada a destiempo bajo toneladas de plástico.
Fruta verde que a veces cede a su propio peso, cae y va pudriéndose en el suelo, entre pies sucios y restos de plástico comidos por el sol.
La tarea no es fácil, pero intente mantener unas reglas simples. Procure alejarse de las salas de fiesta, de los amigos solteros, de la primavera. Si se cruza con una joven por la calle (una que usa un perfume distinto), cámbiese de acera. Si, sentado en un parque, ve a esa muchacha delgada y con el pelo largo leyendo en el banco de al lado, levántese y huya. Puede ir al cine, a museos, a la iglesia, pero siempre en las horas menos concurridas, más anodinas. Evite sesiones nocturnas.
Aun así, puede que, paseando por el muelle, se fije en unos pies descalzos que oscilan suavemente sobre el agua oscura, como el péndulo de un hipnotizador. Acaso recuerde esos pies más tarde, puede que por la cadenita roja del tobillo. No es habitual llevar una pulsera en el tobillo, razona usted; es lógico que le llame la atención, piensa, esa pulsera; entra quizá dentro de lo posible que ocupe su pensamiento día y noche, que sueñe con ella, que vuelva una tarde y otra al mismo lugar del muelle, esperando encontrarla de nuevo, atado el pensamiento a esa cadena sin poder liberarse de ella, porque ya es demasiado tarde.
Justo antes del amanecer, en esa hora difusa en que nada es lo que parece, sus pies, adornados con abalorios de otras tierras, se dejaban balancear por el vaivén del agua, y el resto de su cuerpo, de piel cobriza y sin ropaje alguno, reflejaba las últimas luces de la noche. A todo lo largo de la playa se podían ver siluetas semejantes, desnudas y con piel de avellana, pero solamente la suya tenía esa tersura sensual y apetecible.
No tardarían en llegar los veraneantes más madrugadores, de modo que, acercándola hacia mí, alivié con ella en un breve jadeo mi forzada abstinencia.
Cuando el cielo comenzó a clarear, me despedí de ella y recorrí con mis manos todo su cuerpo, terminando con un lento adiós, besuqueando los dedos de sus pies, menudos y arrugados. Ya era hora de marcharse, la oscuridad era compinche, tanto como rival era la luz.
Todo había ido bien, las olas de la noche trajeron a la costa los restos de un naufragio sin supervivientes para una orgía sin testigos ni acusados.
Perfectamente simétricos, hasta la arena pegada en la planta y ocupa en el pulgar de ambos pies, destacan sobre la oscuridad del mar. La pulsera del tobillo izquierdo, rompe el equilibro y da un toque ambiguo que me produce desazón. No debo moverme, puede que debajo de la superficie haya vida que esté mirando con apetito mis dedos.
Así pensaba tras su largo paseo diario, sentada en la escollera, escuchando música en su walkman. Un leve repunte del oleaje, algo mayor de lo que el espigón permitía, le llamó la atención. Se quedó inmóvil, como si esperara que subiera la marea hasta limpiarle los pies y el ánimo. Vio como el agua se ennegrecía, los barcos buscaban el horizonte y el graznido de las gaviotas se tornaba amenazador. El nivel del mar subió, sin que nunca llegara a mojarla, a pesar de que el agua cubrió sus pies, rodillas y hombros, hasta sumergirla en el profundo silencio que acompaña al ocaso.
El viento arreciaba y sintió frío. Se levantó silbando unas notas de despedida. Cuando la canción acabó habían pasado cincuenta años.
Sentados uno al lado del otro. Mirando al infinito mar. Sus piernas cuelgan sobre el abrazo salado de las olas al espigón. Detrás, la vida lejana de la ciudad. Atardece.
Me gustas…
¿Qué?
… por lo que me permites recordar.
¿Qué dices? ¡No te entiendo!
Me gustas por los recuerdos que me permites revivir. Por la posibilidad de volver a soñar. De reír de nuevo, de querer vivir, conocer gente y salir de mi rutina. Me gustas por lo que me recuerdas que era antes…
No te entiendo. No sé lo que quieres decir. No…
No deseo nada más. No puedo pedírtelo. Mi falta de valor impedirá que me separe. Mi edad tampoco ayuda y, por encima de todo, tu juventud…
¿¡Mi juventud?! ¿Qué cosas estás diciendo?
… revosas energía y aún tienes muchas experiencias por vivir. Una historia conmigo te cortaría esa posibilidad y esa resposanbilidad no la quiero. Y tampoco te podré dar todo aquello que aún deseas conocer y hacer. Has de volar. Vivir. Experimentar la vida. Conocerla.
¡Vete a la mierda! Eso no lo decides tú. Me voy.
Sólo quedan dos piernas en el espigón. Dos piernas que lloran. Dos piernas que desean desaparecer en el mar.
Anochece.
Sentada en el malecón imagino caminar sobre la alfombra que el agua teje bajo mis pies, mientras veo una moto que se acerca a gran velocidad por la carretera, derrapa en la curva y su conductora sale despedida estrellándose contra el guardarraíl. En ese momento mis piernas se hunden en el agua a la altura de las rodillas y ya no consigo dar un paso. Después me despierto sudando y angustiada y compruebo que es la misma pesadilla de siempre solo que, esta vez, estoy en un hospital y a pesar de que estoy moviendo los pies no consigo adivinar sus perfiles bajo las sábanas.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









